lunes, 22 de noviembre de 2021


EL DIARIO DE MATUSALEN MARTINEZ

 A duras penas consiguió levantarse de la cama. Una voz de otro mundo le espetó: “Levántate y anda”. Era su cincuenta cumpleaños, y su familia quería celebrar su medio siglo de inquilino en este planeta extraño. Anduvo como pudo hasta el cuarto de baño y al mirarse al espejo le dolían hasta las legañas, pero no tanto como contemplar su rostro ajado de cincuentón: «espejito espejito que te den por el culito». Antes de su dosis de cafeína lo veía todo negro. Después de tomar su café tampoco es que se viniera arriba: no entendía porque lo quería torturar su familia  celebrando el día de su lejano nacimiento .

Caminó hacia el calvario de la celebración maldita con la mirada puesta en la punta de goma de sus Converse. Seguía llevando ese tipo de zapatillas más propio de la juventud, pues él no se veía con la edad que dictaba su documentación.

Le abrió su madre la puerta y lo primero que le dijo es que iba hecho una birria, y continuó con su perorata:  “a ver si maduras y te vistes como un caballero: ¡Para eso te hemos pagado los mejores colegios!, desde luego venir a tu cincuenta cumpleaños con los vaqueros rotos, la camiseta agujereada y las zapatillas llenas de mierda” . Como era su costumbre no le contestó y se rascó la nariz. Recorrieron el largo pasillo y al abrir la puerta del salón comedor, que estaba a oscuras, se encendieron de improviso las luces y se oyó un grito infernal: ¡SORPRESA ! ( ? ) . Para él no fue una sorpresa, ya se esperaba alguna desgracia como la que le estaba sucediendo: su hermano (divorciado de sesenta años) y su hermana (viuda de cincuenta y cinco años) parecían disfrutar de verlo envejecer ; sus sobrinos veinteañeros lo miraban con pena; su propia hija (adolescente)  contemplaba la escena con desmesurada alegría (su exmujer con  acrimonia y mordacidad); y su padre —que era el que mejor lo conocía— permanecía indolente, impasible, taciturno y  expectante.

Cuando le preguntaron que quería beber eligió cerveza : el vino le parecía una bebida de viejos. Comenzó a abrir los regalos y la crispación se le iba subiendo desde los tobillos hasta las cervicales: “ Una corbata, un reloj de marca, unos mocasines (de marca también), y lo peor, un viaje a un balneario", le hicieron más regalos pero tampoco es cuestión de entrar en detalle. Una vez abiertos los regalos, pues,  se dispusieron en la mesa a zamparse una paella de pollo y conejo, es decir, valenciana. Todos reían y charlaban, a dos carrillos, menos el héroe de esta historia. Matusalén sólo fumaba y bebía cerveza A LO LOCO, para ser franco, se comió una alita de pollo, unas costillas de conejo y un garrofón.

—Deja ya de beber y come arroz que estás sequiñoso (esta palabra no aparece en el diccionario de la RAE pero en su pueblo, o idioma familiar, debe significar enjuto y birrioso) —le dijo su hermana.

—Ni quiero, ni puedo, ni me digas lo que tengo que hacer o dejar de hacer, hermanita—contestó el Martínez pequeño a la Martínez mediana, y fue la única conversación que mantuvo en todo el almuerzo.

El temido trance del descorche del cava y la tarta y las velitas y la canción típica llegó sin que Matusalén consiguiera una mínima ilación lógica, conforme a su estrafalaria capacidad de raciocinio, de lo que allí estaba sucediendo. Los acontecimientos y las conversaciones se sucedían conforme a un guion que él no sabía quién había creado, aquello no podía ser real, pensó.

Cuando le dijo su hermana, entre cánticos, (cumpleaños feliz tócate la nariz! (?) )  que apagara las velas, no lo dudó, él sacó su manguera y apagó las velas con todo el liquido que llenaba su vejiga. La escena que siguió no la voy a contar porque no soporto las tragedias. El caso es que cuando llegó a casa, Matusalén, tuvo una iluminación y se puso a meditar intrascendentalmente, si esto y la palabra es posible. Decidió instalarse en el presente, sin pasado y sin futuro, y escribir un diario. Multiplicó cincuenta por los días de un año y le sumó doce ( por los años bisiestos) el resultado fue DIECIOCHO MIL DOSCIENTOS SESENTA Y DOS. Llamó a una pizzeria y encargó su pizza preferida para celebrar su 18.262 cumpledíasos y esperó hasta las 11´27 post meridiem para comenzar su diario. Los últimos 33 minutos de cada día los dedicaría a escribir su odisea particular:

Día 18.262.- Hoy me han hecho una extraña celebración que no venia a cuento, cuando he hecho lo que me han dicho que hiciera (apagar las velas) se ha liado parda. No he entendido nada. Quiero manifestar mi deseo de que en mi tumba sólo se ponga mi hora de nacimiento y mi hora de defunción. Ha sido un día extraño.

Día 18.263.- He estado durmiendo todo el día. Ha sido el mejor día de mi vida. Aunque ahora me duele un poco la cabeza, debe ser de pensar y escribir. Me tomo un paracetamol y me voy a la cama. Hasta mañana.

 

domingo, 21 de noviembre de 2021

RETORNO

Una vez más recogió de los probadores varias piezas de ropa desechadas, se dirigió sorteando a las clientas que hacían cola para probarse otras tantas y las fue distribuyendo, cada una de ellas, en su correspondiente sección. A continuación dobló prendas expuestas en las mesas centrales que, luego, las clientas desdoblaban. Era el final del día y sus movimientos los de una autómata, aturdida por: la música ambiente, las voces del público que llenaba la tienda y el ruido del trafico que entraba desde la gran avenida. De vuelta con una nueva carga, chocó con una mujer y algunas prendas se le cayeron al suelo; la señora, indiferente, siguió ojeando; ella las recogió y fue a colocarlas en su sitio. 

Una mano en su espalda la hizo volverse; su amiga Ana preguntaba porqué no respondía al teléfono. Se encogió de hombros, no lo sé, respondió. Mañana es el sábado del mes que libras, vengo a decirte que hemos quedado todos, donde siempre, para cenar y tomar unas copas, ¿vendrás?. No, dijo ella. ¿Porque? preguntó Ana. No lo sé; no puedo hablar, la encargada me mira. De acuerdo, te dejo, mañana te llamo, responde por favor. 

En la calle se incorporó a la multitud y apresuró el paso para llegar al metro. En el tren buscó con dificultad una esquina y se encajo en ella; el trayecto era largo y las paredes le servían de apoyo. Se dedico a observar la masa de cuerpos. Indiferentes, algunos, escuchaban a través de auriculares. Otros alzaban la voz para hacerse oír, participando en un coro enloquecido. Una pareja se mantenía muy junta, solo la ropa les impedía ser uno. En su parada sorteó los cuerpos que querían seguir, se unió a los que habían llegado y con su impulso alcanzo la salida. 

Caminó quince minutos. Frente a su casa entró en el supermercado para evitar la aglomeración del sábado. Más personas pensaron lo mismo y tuvo que hacer una larga cola en la caja. 

En su portal, varios vecinos esperaban los lentos ascensores que les distribuirían por las veinte plantas. Cuando cerró su puerta, después de recorrer el largo descansillo con varias de ellas, respiró hondo el aire de su minúsculo apartamento.

Guardó la compra, metió la pizza que acababa de comprar en el horno, se duchó, cenó y se preparó para dormir. Cogió los tapones para aislarse del ruido del trafico, de las voces de televisiones y de los vecinos. Se dio cuenta entonces del silencio. Miro por la ventana y la avenida estaba desierta, sin coches, sin gente, lo contrario de todos los días, y más en viernes. Miró la hora y eran las diez. Se durmió sin taparse los oídos. 

La despertó el teléfono, era Ana, lo silenció sin responder y vio que había dormido once horas en vez de las seis habituales. Persistía el denso silencio de la noche anterior. Los vecinos seguían callados. Se levanto y abrió la ventana, miró a lo lejos la ciudad perdida en el horizonte y ningún vehículo circulaba por la calzada, tampoco personas, como en cualquier sábado. Nadie entraba ni salia de supermercado de enfrente. Distinguió a lo lejos tres personas que le resultaban familiares caminando, cada una, solitaria. 

Dedicó la mañana a tareas que su horario de trabajo no le permitía durante la semana. Preparó su comida favorita, y disfrutó de una pequeña siesta. 

Despertó y el silencio seguía allí. Significaba una tarde tranquila leyendo uno de los libros pendientes. Escogió uno, las paginas estaban vaciás, no recordaba haberlo ojeado cuando lo compro y lo apartó para devolverlo a la librería donde habitualmente compraba; escogió otro y en su interior no había nada, lo dejo en la mesa junto al anterior. Desplegó los que no había leído y sucedía lo mismo en ellos. 

Repasó algunos que hacia tiempo leyó y las palabras se estaban diluyendo; ilegibles eran en otros. Abrió el tomo primero de El tiempo perdido, sus palabras seguían siendo intensas; a continuación repasó los siguientes tomos y estas se estaban perdiendo, miró en  El tiempo recobrado, y sus palabras tenían el vigor de siempre; suspiró. Ojeo Jane Eyre y el contenido tenía la misma fuerza, respiró hondo.

Finalmente, para cumplir su propósito escogió una vez más el viejo y manoseado volumen. Ajustó su cuerpo al sillón, abrió el libro y se sumergió en el silencio sonoro de La Tempestad.

Pepa López


Rodar y rodar - Edu Rey


Padre e hijo, Román y Ramiro, sentados en un banco en silencio. Frente a ellos, un depósito de neumáticos de varias hectáreas conforma un manto negro que cubre el suelo hasta donde alcanza la vista. Es un mediodía de verano y sus frentes brillan.


  • Siempre me relaja venir aquí, hijo. La inmensidad de este mar de caucho le hace sentir a uno muy pequeño y esa ligera brisa gomosa… ese olor a plástico quemado, a alquitrán, me transporta a otros lugares. Me recuerda a cuando joven... me recuerda a tu madre.

  • No se ponga usted exótico, padre…

  • No fastidies hijo, que ya tienes una edad. El olor a caucho a tu padre le pone loco y lo sabes. Puede que cuando huele a rueda me convierta en una bestia irracional rendida a los instintos primarios, a las más bajas pasiones, pero sigo siendo tu padre. No has de avergonzarte, si no fuera por esa filia olfativa mía, tú no estarías aquí.


El chico asiente con la mirada distraída. El padre respira profundamente, disfrutando el aroma a neumático. Con los ojos cerrados suelta pequeños bocaditos al aire. Lo está gozando. El chico incómodo:


  • Bueno qué, ¿me va a ayudar con lo mío o va a seguir pensando en madre delante mía? No se corta usted una cala, padre…

  • Estoy aquí para escucharte ,hijo, poco más te voy a poder ayudar. En todo caso te puedo expresar mi experiencia, por si te sirviera de algo.

  • Pues hombre, menos dará una piedra, padre.

  • Es diferente hijo, yo a tu edad tenía muy claro que quería ser taxista y me fue muy fácil decidirme a estudiar taxidermia.

  • ¿Cómo podía tenerlo tan claro? Quiero decir, ¿usted lo ha tenido todo claro siempre?

  • Yo sí.

  • Vaya padre, pues así no ayuda…

  • No te agobies hijo, no todos podemos ser firmes y determinados. Tenéis que haber algunos mierdecillas para que se pueda diferenciar a los virtuosos de los mediocres.

  • Está usted haciendo sangre, padre…

  • No temas la verdad, hijo. La verdad no hace daño si uno no se empeña en engañarse.

  • Bueno, a mí me gusta pensar que es de sabios reflexionar y dudar…

  • Tonterías.

  • ¿Entonces no cree usted que es injusto tener que tomar una decisión de este calado a tan temprana edad? ¿Cree de verdad que uno tiene madurez suficiente para elegir el camino que marcará su destino por el resto de su vida? Yo, sinceramente, no me siento autorizado para joderme así la vida. Ni en un sentido ni en otro. Quiero decir, que elija lo que elija no me lo perdonaré jamás, probablemente. 

  • Mira hijo, mira a aquel perro.


A lo lejos un perro olfatea y camina en círculos. Levanta el hocico, observa el entorno, y vuelve a olfatear. Gira otra vez sobre sí mismo. Incrementa el ritmo de su respiración agitada mientras olfatea con avidez. Ramiro y Román le observan en silencio. Después de varias vueltas más, cerca de dónde había empezado su ancestral danza, adopta una postura desencajada y defeca.


Ramiro, dándole un golpecito con el codo a Román:


  • ¿Lo ves? Pues más vueltas le estás dando tú... Total, para cagarla. ¿Qué más te da qué estudiar? Al final te dedicarás a lo que te dejen.

  • Joder padre, con el debido respeto, pedirle a usted consejo es como hablarle a una piedra. Sólo que la piedra no me vacila, eso sí…

  • Con el debido respeto hijo, eres un meapilas infumable además de demasiado susceptible. Encima de que intento pasar tiempo de calidad contigo, como si me importase, me vienes con esas insolencias. ¿Sabes lo que te digo? Que si quieres un consejo sobre como recorrer tu camino, ahí tienes un buen montón de ruedas que entre todas sumarán un buen montón de kilómetros recorridos y experiencias acumuladas… Pregúntale a ellas, seguro que tienen más juicio que tu viejo padre. Los jóvenes de hoy en día no tenéis respeto por nada. 

  • Pero padre, no se ponga así…

  • Román, querido, que te den por culo. 

  • Y usted que lo vea, padre.


El padre le da una palmada en el hombro y se retira visiblemente afligido. Román queda sólo en el banco mirando a las ruedas.


  • Bueno, ¿algún consejo?


Las ruedas permanecen mudas. Román supone que estarán muertas al haber acabado en esa fosa común de neumáticos, pero le queda la duda de si no le responderán porque le ningunean o por hacerle el feo. A lo mejor su padre tiene razón y es un mierdecilla por no tener claro qué itinerario formativo debe elegir para continuar sus estudios. A lo mejor es tan mierdecilla que ni las ruedas le prestan oídos.


De repente, una piedra junto a él comienza a hablarle:


  • Mira Román, cuando uno no sabe qué elegir en la vida, lo mejor que puede hacer es dejarse llevar por su instinto. Usar la vibración como brújula. Dejar que tu esencia te indique cual es el camino que quieres recorrer. De manera subconsciente tu cuerpo te indicará la leyenda personal que has de cumplir, para la que has nacido…


Román la escucha atentamente por un momento. De repente, se levanta del banco de un brinco y propina un puntapié a la piedra que la hace desaparecer entre el mar de neumáticos.


  • No me va a rallar la cabeza una puta piedra Zen de esas, con sus movidas trascendentes y ese aire de superioridad espiritual. ¡Anda ya!


Román abandona la escena refunfuñando y sin saber qué quiere ser de mayor.


Ita

Alguna vez has pensado ¿qué precio tienen las letras? mi tía Ita, lo sabe perfectamente: 10 mil bolívares. A ella le costó 50 mil bolívares y 7 años de trabajo cambiar su nombre de nacimiento.


La historia, varía según el narrador que la cuente, para mi abuela Isabel el nombre de mi tía fue un acto de cariño, para mi madre (Tatiana) fue el momento de poner en práctica todo su talento,  para mis tíos Teodoro y Zacarias un juego. Mi tía Yolanda siempre se ha sentido culpable, ya que ella estaba demasiado centrada en su carrera, como para tomárselo en serio y para mi abuelo Emilio fue una cosa menos de la que ocuparse. 


Mi abuela crió a sus hijos, bajo el absoluto régimen de la democracia participativa, colaborativa y comunal. Así, cuando para sorpresa de todos, quedó embarazada a los 52 años, decidió unánimemente, que la selección del nombre de esta quinta criatura recayera sobre sus hijos. 


Mi madre, se tomó ese proyecto muy en serio y llegó a la conclusión de que lo mejor era hacer una conjugación de todos sus nombres y que cada uno aportará una o dos letras máximo para la nueva integrante de la familia. Aquello, necesito muchas veladas familiares y del profundo compromiso de mi madre, en convertirse en anagramadora profesional. 


El resultado de este proyecto fue: Itayectzi, nombre que contiene todas las iniciales de sus padres y hermanos y por supuesto de Igor, el perro de la familia. Para todos siempre ha sido Ita, ya que ni mi madre, responsable directa de esta creación, ha logrado dominar la pronunciación del mismo. 


Como era de esperarse, mi tía Ita, se cambió el nombre en el registro civil, sin embargo, no sabía que tendría que hacerlo letra a letra, debido a la negativa de mi abuela, a financiar semejante afrenta familiar.. 


Los ahorros de sus primeros dos años de canguro, le permitieron a sus 18 años eliminar la letra “i”, así, durante su primer año de universidad no pudo presentarse, ya que pronunciar la “TZ” del final de su nombre era imposible. Al cumplir los 19, fue feliz, porque al terminar su nombre en “T” le daba cierta entonación de autoridad, que ella acentuaba al pronunciarlo. 


Cuando cumplio 20, lo pensó mejor y se guardó el dinero para el año siguiente, porque pasar de ser un poco rusa con Itayet! a ser la Itaye... le minaba la moral. Con 22 años pasó a llamarse Itay, y finalmente a los 23 consiguió llamarse legalmente Ita Cuica Redondo, como la conoce todo el mundo.


Una vez terminada su carrera, y gracias a su organización y tenacidad, mi tía, ha desarrollado una importante carrera académica, que la ha llevado a vivir en diferentes países. Ahora se encuentra en Islandia, realizando una investigación sobre las nuevas corrientes en pedagogía experimental. 


En este país, mi tía ha encontrado su trocito de mundo, a la persona con la que compartirlo, y con quien intenta casarse, digo, que lo intenta, porque al parecer, esta gente tan famosa por su innovador sistema educativo, no lo son tanto en sus leyes migratorias, no entienden algo tan bien documentado y explicado, como que, Itayetzi Cuica Redondo ahora se llama Ita Cuica Redondo y que en el intermedio, existieron Itayetz, Itayet, Itaye e Itay.


sábado, 20 de noviembre de 2021

PEREJIL


 

«Al alba y con tiempo duro de levante…. con fuerte levante, 35 nudos de viento, cautivo y desarmado el ejército rojo… Ay, no, que estoy mezclando discursos.»

Así rememoraba el Embajador aquellos días desde su confortable despacho, forrado de estanterías de madera oscura, en su exilio neblinoso. Majestuosa ciudad, cuna de un imperio, lástima que tuviera un clima tan desagradable. Había acabado su jornada laboral. Atenuó la luz ambiente y se arrellanó en su mullido sillón frente a la chimenea encendida, tras servirse un vaso de Macallan, dispuesto a disfrutar de sus recuerdos. La penumbra, el calor del fuego, y el olor del buen whisky le hacían sentirse somnoliento. Pronto cayó en un profundo sueño poblado de imágenes…

«El cabo Pérez, que hacía guardia con sus prismáticos, se frotó los ojos. Pues iba a ser verdad lo que decían aquellos chavales, que mientras hacían surf habían notado extraños movimientos en el pedrusco aquel frente a las costas de Marruecos.

¾¿Mi capitán? Se presenta el cabo Pérez. ¡Nos han invadido, señor!

¾¿Cómo? ¿Está de broma, mi cabo?

¾¡No, señor, disculpe, señor! ¡Se divisan doce personas con barbas y turbantes sobre la isla de Perejil, y han izado dos banderas de Marruecos, señor!

¾Yo me encargo, cabo. Páseme el móvil… ¿Es el enemigo? Que se ponga… ¿alguien habla en castellano? ¿Que Abdallah, que tiene un primo en Fuengirola…? A ver, Abdallah, te habla el capitán García. ¿Me puedes explicar qué hacéis ahí? Que si os ibais de merienda con el patín os habéis equivocado, que ahí no hay ni un chiringuito, ni siquiera una sombra… Y, además, que eso es territorio español… ¿Ah, que son órdenes? ¿Que os quedáis? Pues nada, voy a tener que dar parte, tú mismo…»

D. Federico se revolvió inquieto en el sillón. Le incomodaban aquellas imágenes, pero el sopor le venció, y volvió a quedarse dormido.

«En Moncloa reinaba la mayor agitación.

¾¿90 millones al día por pescar en la zona? ¡Por encima de mi cadáver! Movilizaremos a quien haga falta, el cuerpo de Operaciones Especiales del Ejército de Tierra, la Armada, el Ejército del Aire… ¿A que sí, Fede?

¾Por supuesto, Presidente.

¾La Unión Europea nos apoya, menos los malditos franchutes, siempre llevando la contraria… Lo que no entiendo es lo de George, que no espere luego que le ayudemos cuando se meta en líos. ¿Verdad, Ana?

¾Por supuesto, Presidente.

Del fondo del salón salió una voz discordante:

¾Presidente, ¿está seguro de que es necesario semejante despliegue? Que son doce hombres y unas cabras… que ni hierba tienen para comer, las pobres. Hasta lo ha dicho uno de nuestros periódicos afines, que solo el combustible de llegar allí vale más que el peñasco ese…

El Presidente y el resto de altos cargos presentes reaccionaron ante aquellas palabras con un elocuente silencio de censura. Y, en un magnífico golpe de efecto, aprovechando que en el hilo musical sonaba la canción de Oficial y Caballero, el Presidente pronunció aquella frase que le llevaría a la gloria y a los libros de historia: “Ya no se puede hacer nada más. Que Dios les ayude, que tengan mucha suerte y que vuelvan con el triunfo.”»

D. Federico sonrió satisfecho. «Where we belong…», canturreó entre sueños. Aquello ya le complacía más.

«El capitán García reunió a la compañía, algunos de cuyos miembros tenían dudas sobre la operación.

¾Que sí, Pérez, que es sencillo, que les atraemos hacia un lado de la isla, y cuando no miren, los paracas saltan sobre el otro lado y les reducen… A ver, señores, ¿qué se les ocurre para llamar su atención?

¾¡Música, señor!

¾¿Música, cabo? ¿Qué tipo de música?

¾¡La Macarena, señor! ¡Que la coreografía nos la sabemos todos, señor!

¾¿La Macarena? ¿Con coreografía? Déjeme que me lo piense, cabo… ¡Buena idea!

¾¡Yo llevo el loro, señor, que tengo la cinta!»

La visión de un destacamento de militares españoles, unas cabras, y doce individuos con barbas y turbantes bailando juntos la Macarena, a los sones de un radiocasete de doble pletina, estremeció al Embajador, que se despertó sobresaltado, dejando caer el vaso al suelo, contra el que se estrelló con estrépito. Al oír el ruido, apareció solícita la asistenta salvadoreña en la puerta del despacho.

¾Señor, ya me iba, ¿necesita algo?

¾No, María, muchas gracias, puede irse… Y ¡viva Honduras!


miércoles, 17 de noviembre de 2021

Una preciosa vista al mar

“Se busca “compi” para compartir acogedor piso 
con preciosa vista al mar, fácil acceso a transporte, 
comercios y todos los servicios cerca. 
Interesados escribir por DM”

Esto fue lo que publicó Pablo en su muro de Facebook y las respuestas no se hicieron esperar. Una en especial le llamó la atención, sólo decía: “Me interesa”.  Pensó que era el indicado, tal vez no hablaría mucho y la convivencia no sería un problema. Así que lo citó en el piso. 

Pablo estaba sin empleo, y el dinero que ganaba por los dibujos que hacía y vendía en la calle, no era suficiente para mantenerse, además, no cobraba paro. Se había graduado de arquitecto, pero no podía ejercer como tal por no estar colegiado, hacerlo costaba mucho dinero. 

Luego de mostrarle el piso a Carlos, le indicó: "Esta es la habitación, es la más grande, serán 350Є al mes, de entrada el equivalente a dos meses de fianza y el primer mes por adelantado". Carlos aceptó, después de todo el piso estaba muy bien y la vista al mar era realmente hermosa. Recibió un contrato que entre otras cosas, señalaba que se le avisaría con un mes de antelación si debía abandonar la habitación y así mismo, él notificaría con tiempo si tuviera que irse.

Carlos llevaba a sus amigos al piso, también chicas con las que tenía sexo casual. Cada vez que tenía invitados, Pablo salía a saludar, siempre lo miraban en silencio hasta que se daba la vuelta y volvía a su habitación.

Un día Carlos se levantó muy temprano y fue a la cocina. En la mesa estaba el móvil de Pablo, sonó una notificación y en la pantalla podía leerse: “Recibido el pago de los 400Є de renta. Seguid disfrutando de las puestas de sol sobre el mar”.  Siguió revisando y vio el mismo mensaje en la misma fecha pero en meses anteriores. Indignado puso de un golpe el móvil donde estaba. 

Ese mismo día en la tarde Pablo llegó muy contento, finalmente había conseguido un empleo, no era su trabajo soñado, pero le pagarían bien y tendría un horario muy bueno de 7:00 de la mañana a 3:00 de la tarde. Le contó a Carlos, pero éste sólo respondió con una mirada muy fría. Pablo salió a celebrar, debía regresar temprano porque iniciaba en su nuevo curro al día siguiente. Al llegar, se encontró con una fiesta en la casa, había música a volumen muy alto y personas hablando. Se fue a su habitación después de saludar, pero el ruido no lo dejaba dormir, no quiso discutir con Carlos y se durmió como pudo. Al día siguiente despertó  muy cansado, quedaban aún algunas personas muy borrachas en la casa cuando salió, apenas era miércoles. Ese mismo día en la noche Carlos llegó con otro grupo de amigos.

“Tío, necesito descansar, debo levantarme muy temprano”, le dijo Pablo, a lo que Carlos respondió: “Me la pela”. Las fiestas y reuniones continuaron todas las semanas. Un domingo, cuando Pablo regresaba a casa, al acercarse a su habitación escucha música y a Carlos con una chica. Cuando intenta abrir la puerta, ésta, está cerrada con llave. Empezó a golpear y a gritar para que le abrieran, pero en respuesta Carlos subió todo el volumen de la música. Pablo esperó afuera, estaba dispuesto a todo. Cuando Carlos salió con la chica, le dijo “Las patas de mi cama suenan mucho y me cuesta concentrarme”, se marcharon riendo. 

Como era imposible hablar con Carlos, Pablo decidió enviarle un mensaje por WhatsApp:

“Querido Carlos, lamento que nuestra convivencia se haya convertido en esto, es imposible hablar contigo. Cuando te dije que no tenía inconveniente alguno en que trajeras a tus amigos, no me refería a que hicieran fiestas todo el tiempo, o que usaras mi habitación con tus chicas, esta situación es insostenible, para mi es imposible descansar. Como bien sabes, ya encontré un empleo y económicamente estoy mejor, por lo que debo pedirte que te vayas. Además, no has pagado los últimos tres meses. Por favor, hablemos. Un abrazo”

La respuesta de Carlos fue:

“Me importa una mierda que no puedas descansar, o si estás mejor o no. No dejaré de hacer mis fiestas o de invitar a mis amigos. Y que no se repita que sales a saludarlos con esa sonrisita como si fueras mi abuela. Si tanto te molesta esto, pues vete tu, y por la renta no esperes un duro, ya he pagado bastante”

Pablo quedó con la boca abierta, no sabía qué hacer, este tipo era de cuidado y sus amigos realmente tenían mala pinta, así que debía moverse con cautela. Las fiestas continuaron, también el uso de su habitación. Las puestas de sol ya no eran lo mismo. 

Obstinado, iracundo y cansado, Pablo decide actuar. Esperó a que Carlos se fuera, cambió la cerradura de la puerta y empezó a sacar sus cosas. Cuando Carlos llegó se inició la gran pelea. La ropa y otros objetos volaban en el aire hacía la calle por el balcón, la discusión pasó de gritos a golpes, cayeron al suelo Carlos tenía dominado a Pablo, pero éste logró soltarse, lo tumbó y tomó a Carlos por el cuello, le estaba ahorcando. Carlos logró alcanzar una roca que Pablo tenía como decoración y lo golpeó en la cabeza tan fuerte como pudo, cayó inconsciente y la sangre empezó a correr rápidamente. Carlos lo toca y se da cuenta de que está muerto, cuando trata de levantarse, se resbala con la sangre y cae de espaldas pegando la cabeza contra la punta de una mesa de mármol, muere de inmediato.

Finalmente llega la policía y logran tirar la puerta. Al entrar, Pablo y Carlos están tendidos en el suelo, uno pegado al otro, como abrazados sobre un gran charco de sangre. Los agentes no lograban entender que había pasado. De pronto uno de ellos mira al frente hacía el balcón, toca al otro en el brazo y le hace señas con la mirada, estaba cayendo el sol, parecía que se ocultaba dentro del mar lentamente, habían hermosos destellos sobre el agua y hasta parecía escucharse el canto de un coro celestial. Ambos se quedaron observando maravillados y conmovidos, uno de ellos rompe el silencio al decir "Es una preciosa vista al mar".



martes, 16 de noviembre de 2021

Apocalipsis hoy


Cuando Adrián despierta, ella sigue ahí. Por un instante ha pensado que su mujer había vuelto, pero no:  es la arpía, que ha venido para quedarse y ahí la tiene, acostada a su lado y durmiendo a pata suelta. Se da media vuelta para no verla, pero no puede evitar oír sus resoplidos suaves y regulares. Y sentir el aura de repulsión que le provoca su presencia, el espanto de sólo pensar en tocarla. Se levanta con cuidado para no despertar a la bestia y se marcha a la cocina. Otro día de angustiosa irrealidad.

Un rayo del sol del amanecer entra por la ventana de la cocina e impacta en la retina de su ojo derecho.  Entonces siente un disparo de inspiración repentina, un relámpago de lucidez, una explosión de conocimiento. Acaba de entender lo que está pasando.

Benditos San Anselmo, San Justino y San Agustín. San Irineo de Lyon, Venerable Firmiliano, Prudentísimo Pascasio Radberto, y preclaro Hildeberto de Tours, el más clarividente de todos. Vosotros sentasteis los cimientos de la sabiduría que explica la realidad del mundo.

Adrián ha encontrado una teoría y necesita un consejo de especialista.

­­— Ave María Purísima.

— Sin pecado concebida.

— Hijo ¿de qué te acusas?.

— Padre, no me acuso de nada, he venido para aclarar unas dudas teológicas

— ¿Dudas teológicas? ¿Qué clase de dudas teológicas?

 — Padre, tenemos que hablar de la transubstanciación.

Silencio.

El padre Argimiro repasa mentalmente el significado de la palabra y el complejo problema filosófico que encierra. Lo estudió en el seminario hace más de 20 años y no es exactamente un trending topic en estos tiempos tan confusos. Divorcios, aventuras extramatrimoniales, cambios de identidad sexual, coqueteos con la coca, incluso alguna trampilla financiera…. está preparado para todo eso, pero lo que trae este friqui parece excesivo para el confesionario de la parroquia de un barrio de clase media en una ciudad de provincias. Aunque es guapo y, la verdad, no parece drogado…

— ¿Transubstanciación? ¿A qué te refieres hijo mío?

— Le explico, padre. Si, en cada Eucaristía, Dios puede obrar el milagro de convertir la sustancia del pan en el verdadero Cuerpo y en la verdadera Sangre de Cristo, sin cambiar su forma ni propiedades, ¿no podría modificar también la esencia de otros cuerpos y objetos para cambiar su naturaleza sin alterar su forma accidental?

Dios mío, pero qué dice este hombre. A ver si va a estar loco y saca una catana o algo así y me degüella aquí mismo. Puestos a morir, prefiero un martirio más épico. No, no, parece inofensivo; además, no tengo escapatoria en el confesionario…

 — ¿Pero qué sustancias, hijo? ¿Qué formas accidentales? ¿Por qué iba Dios a querer hacer una cosa así?

— Padre, acabo de comprender que se ha cambiado la sustancia de mi mujer sin modificar el accidente. La forma es como ella, su voz, su pelo, ese tatuaje en el culo que me gusta tanto…, pero ha dejado de ser una esposa y se ha transformado en…, en…, en...

 —¿En qué hijo? ¿En una bruja? ¿La ha poseído Satán? ¿En un súcubo?  ¿Una lamia?

Esto se anima...

 — No, no padre, es mucho peor. Se ha trasformado en … en una suegra. Lo he estudiado y la única explicación que existe para un cambio tan radical de la sustancia sin alterar la forma es esa: una transubstanciación.

Vaya, qué decepción. Soltaremos el rollo estándar para cuernos.

— Hijo, todos los matrimonios tienen altibajos, discuten, se enfadan. A veces se pierde la ilusión. ¿No será eso? Otras, por desgracia, se encuentra consuelo en otro sitio. ¿No has notado un comportamiento extraño, como un alejamiento paulatino?

— ¿Alejamiento paulatino? Padre, hasta hace una semana éramos una pareja ejemplar.  Dos niños y un dúplex en las afueras, con piscina colectiva y club social. Sábados en el centro comercial , domingo de paella con los cuñados, y  felices veranos en Cullera. Sexo de vez en cuando; con libertad, pero sin libertinaje. Vamos, una vida normal, tranquila y feliz. Y, de un día para otro, se ha vuelto igual que su madre. Ha pasado del cariño al desprecio, de la pasión al asco, de la ilusión a la inquina más cruel. Me desautoriza delante de mis hijos, me humilla delante de los extraños y, cuando se junta con mi cuñada, me lanzan dentelladas descarnadas. Es una suegra, y de las peores. Me recrimina en todo momento con esa horrible mirada de arpía, con esa mirada orgullosa, orgullo de suegra cabrona, con perdón.

— Pero hijo, ¿de dónde has sacado la idea de la transubstanciación?, ¿eres acaso filósofo o estudiante de Teología?

— No, padre, soy bombero.

Más silencio.

— No se quede callado, padre. Los bomberos tenemos mucho tiempo libre, entre fuego y fuego. Y no será usted uno de esos que se cree que nos pasamos el día posando en calzoncillos con el casco puesto y una manguera en las manos, ¿verdad? Además, yo no soy muy de calendario: aprovecho el tiempo para leer libros de filosofía y entender por qué pasan las cosas. Hablo latín con corrección, y me defiendo en griego, no crea.

El padre Argimiro se ruboriza un poco, la advertencia del guapo feligrés ha alejado de golpe la agradable ensoñación que empezaba a rondarle por la cabeza. Latín y griego, qué mocetón tan completo.

— Sí, pero no pensarás que Dios se dedica obrar el milagro más grande que existe para fastidiar a un pobre mortal.

— Padre, no me está fastidiando sólo a mí. Me he fijado y está empezando a pasar con muchas otras cosas y con muchas más personas. Hay una ola de transubstanciaciones. No me dirá que el cambio de los políticos de Podemos le parece normal. O que no se ha dado cuenta de que el Papa, que ya era jesuita y argentino, encima se comporta ahora como un ateo. Y en mi entorno empiezo a ver cambios increíbles. Después de estudiar a los padres de la Iglesia Primitiva he comprendido lo que pasa. Dios está castigando a la Humanidad y empieza a repetir las maldiciones bíblicas, pero siguiendo un orden inverso hasta deshacer la propia creación, de la que se ha arrepentido. Fíjese: nos acaba de mandar una epidemia de COVID, como las plagas de Egipto, y ahora está sembrando la confusión de Babel con esta guerra psicológica de transubstanciaciones. El cambio climático es el aviso de un próximo Diluvio Universal…¿Qué seguirá después?

El padre Argimiro se deshace como puede del atribulado bombero, aunque esta visita le ha dejado confuso y preocupado. Él también está percibiendo cambios sutiles pero inquietantes. En los feligreses que vienen, en los que han dejado de venir. También tiene esa sensación de estar viviendo un presente irreal donde las cosas aparentan ser como siempre, pero realmente son completamente diferentes.

Al salir del confesionario ve a doña Angustias, la beata sexagenaria que viene a barrer la iglesia y arregla las flores en las bodas y comuniones. Está sentada en los escalones del presbiterio, liándose un porro. Ya llevaba una semana notando que el incienso olía raro. Menos mal que el altar la oculta de la vista de San Alipio, que no alcanza a ver este sacrilegio desde su elevada columna. Decididamente, están ocurriendo cosas muy extrañas.

Pasa por un lateral y entra en la sacristía sin decirle nada.

Tiene que comentar estos acontecimientos con su amigo Agapito, un diácono joven que trabaja en el archivo del obispado y con el que queda los fines de semana. Salen, cenan juntos, van al cine, y lo que surja. Son mayores de edad, discretos y no hacen daño a nadie. Cuando le contesta al móvil, el padre Argimiro entiende cuánta razón tenía el bombero escolástico.

— “Argi”, perdona que sea tan brusco, pero debemos pasar página. Me sabe mal decírtelo así, tan de repente y por teléfono, pero es mejor ser claro:  me echado una novia y lo nuestro no puede continuar. No creo que debamos volver a vernos.

Fuera, el cielo se ha puesto negro y resuenan unos truenos terribles que hacen temblar los pesados muros de la Iglesia de San Alipio Estilita.

Empieza a llover con fuerza.


Álvaro

EL GALO


Se me ha taponado el oído derecho y solo oigo a mi yo interior.


He decidido utilizar un bastoncillo. He notado que había algo extraño allí. Lo he podido mover levemente y al final lo he enganchado con dos de mis dedos. Era una especie de tela. He tenido que sentarme en el suelo para estirar con mis dos manos y he conseguido que salga: era un abrigo azul, con botones dorados y un cinturón de cuero negro con una hebilla enorme que me ha rasgado el lóbulo auricular. Realmente ha sido duro y además, me ha desconcertado un poco, porque yo jamás llevaría un abrigo como ese, y encima no era de mi talla. 


Me he levantado y he decidido saltar sobre la pierna izquierda ladeando mi cabeza y golpeándola rítmicamente con mi mano derecha, porque mi oído seguía taponado. Ha caído un silbato. Ha tardado un rato, como cuando intentas hacer caer una moneda de una hucha sin romper el cerdito. Era metálico. Un silbato metálico es muy profesional y eso descarta que entrara en mi oído en cualquier cabalgata, producto de algún paje real con mala baba y buena puntería. 


Lo que ha sucedido después ha sido sencillamente extravagante: un dedo índice salía de mi oreja. Lo he visto en el espejo del baño e inmediatamente he deducido que no era mío. No he necesitado ni contar los dedos de mis manos; esa uña larga no podía ser mía. Después, han salido los cuatro restantes. Ha sido complicado, especialmente cuando detrás del brazo ha emergido un tipo calvo con bigote al que he tenido que sacar estirando de su cuello como una matrona. La naturaleza es sabia y ha “nacido” con profunda calvicie y eso también ha ayudado. Cuando ha salido se ha puesto de pie, me ha mirado indiferente y me ha arrebatado el silbato con su mano sin decir nada. Ha cogido el abrigo del suelo y se lo ha enfundado. He de reconocer que le quedaba perfecto. Incluso el silbato era el complemento perfecto para ese personaje.


Yo estaba desnudo, porque cuando estoy en el baño y dedico tiempo a mi aseo personal acabo siempre en la ducha, y considero oportuno estar desnudo para ese menester. Al tipo no ha parecido importarle, pero he de reconocer que el contraste que ofrecíamos ante el espejo era francamente extraño. 


El sujeto se ha acomodado el abrigo frente el espejo y ha dicho:


  • Bon jour.


He sonreído complacido al oírlo, porque mi oído derecho volvía a funcionar perfectamente, al menos para el francés. 


Afortunadamente, los franceses calvos con bigote no son mi tipo; porque que me hablen en francés mientras estoy desnudo es una fantasía recurrente en mis sueños, y no sé qué hubiera pasado si no llega a tener ese bigote.


No he sabido qué contestarle. Quizás debería haber sido más explícito, pero en mi desnuda  situación he temido que la amabilidad podía ser mal entendida. Ante mi falta de respuesta, el señor ha dicho:


  • Au revoir


Y ha salido por la puerta. Yo me he quedado un momento parado, pero enseguida me he lanzado a comprobar si esos pelos que me salen últimamente del oído derecho, y que yo suelo estirar en soledad, eran míos o quizás eran la parte saliente del poblado mostacho del gabacho.


Inesperadamente, he vuelto a oír la puerta, e imprevisiblemente, el funcionario (he deducido que era un funcionario por su atuendo) me ha cogido la oreja y ha metido su mano dentro. He notado cómo escarbaba cerca de mi cerebro y al final ha sacado un gorro azul ridículo, como los de la legión española; una especie de casquete de tela bordada con una borlita. Me ha asustado pensar que podía tener también una cabra esperando, pero afortunadamente no ha sido así.


He deducido que en mi último viaje a Burdeos algo raro debió pasar, pero no acierto a entender qué fue. Reconozco que poder oír por la derecha de nuevo es una gran satisfacción, pero debo admitir también que siento un gran vacío interior. 


Creo que, después de esta experiencia, debo reconocer que los galos ralos con bigote y uniforme me llenan absolutamente…y también estoy notando que el queso ya no me apasiona tanto.


Pd: mi mujer lo ha leído y me pide que, a partir de ahora y por seguridad, duerma con tapones en los oídos




lunes, 8 de noviembre de 2021

 EL NUCLEO DE LA EXISTENCIA PENSANTE: LA PESQUISA VITAL

 

Abrid bien los oídos, escuchad lo que vengo a contaros;  imaginad lo que queráis, porque no tengo ni tinta ni tiempo para escribir más de setecientas siete palabras: todas han sido elegidas con esmero, que ni una sola palabra, y su acepción,  caiga y rebote contra el suelo.

Un hombre, en una mañana de otoño, baja temprano a la parada del autobús de la esquina de Gil i Morte y San Vicent para coger la linea 10 e irse a impartir clases de Historia a la facultad de Blasco Ibañez. Su cerebro todavía estaba rumiando la novela que leyó del tirón ayer por la noche. En esa novela (premio Nadal de 1990) una cuarentona frustrada, atormentada y perdida en la vida, por la reciente desaparición de su madre, se hacía seguir por un detective para conocerse a sí misma: le pidió al perseguidor que le hiciera un informe subjetivo de su propia existencia. Ya lo dijo Shakespeare: “De todos los conocimientos posibles, el más sabio y útil es conocerse a sí mismo”.

Pues ese hombre que me narra mi cabeza al subirme al 10 soy yo. Consigo un asiento libre y no paro de pensar en que no me conozco a mí mismo y que nadie del autobús tiene autoconocimiento. En  la parada de San Vicent con Ànimes sube un hombre con un traje caro, el pelo engominado y un reloj de oro. Lo observo y empiezo a pensar en lo que pensará de sí mismo. Cuando este hombre se apea en la parada de Barques con Pl. De L´Ajuntament —a unos doscientos metros de la parada donde se subió— un resorte me expulsa del asiento y comienzo a  seguirlo; entra en el edificio del Banco de Valencia y decido llamar a la  facultad para decir que me es imposible impartir clases esta semana por enfermedad. Me dedico toda la semana a seguirlo y perseguirlo, anotando sus emociones y su forma de actuar. Elaboro un informe subjetivo de todas sus manías, sus virtudes y defectos. Estoy seguro que ese hombre vive engañándose toda su vida y debería leer como lo ve un desconocido. Consigo hacerle llegar el informe mediante el buzón de su vivienda y le pongo mi número por si decide contactar conmigo.

Ha pasado ya un mes desde que mis impulsos me hicieron perseguir al extraño banquero. Ahora estoy esperando al autobús y me suena el teléfono. Un hombre me dice que la persona a la que perseguí está interesada en montar una empresa dedicada al seguimiento para que las personas consigan conocerse a sí mismas. Los informes subjetivos realizados por desconocidos consiguieron  hacer más por la paz mundial que el Papa Francisco.

Esto que acabáis de escuchar me lo contaba mi padre una y otra vez. Mi padre murió hace diez años y yo tengo los años del siglo XXI menos uno, es decir, nací en el año dos mil uno. Ahora tengo 56 años (año 2057) y recuerdo que la literatura llevó a mi padre a copiar lo que había leído: la ficción se puede convertir en realidad. Y es que “Ninguno de los libros de este mundo te aportará felicidad, pero secretamente te devuelven a ti mismo” como dice en su poema  Bücher   Herman Hesse.

La obsesión de mi padre, y su obstinación en conocerse a sí mismo, consiguió que en los años veinte de este siglo la gente contratara a empresas de seguimiento para el conocimiento personal. Treinta años después los gobiernos estatales de todo el mundo obligan por ley a ponerse un detective subjetivo al cumplir los cuarenta y tres años —como la protagonista de la novela La soledad era esto—. De este modo los que se creían muy malos se enteran de que no lo son tanto y los que se creen muy buenos se dan cuenta de que tienen algo de maldad.

El caso es que la gente al conocerse mejor ha dejado de odiar, porque odiar a otro es imposible cuando se es consciente de que todo lo que odias lo llevamos todos en nuestro interior. También se ha conseguido erradicar el sentimiento de culpabilidad, no es que sea un mundo perfecto pero si que es bastante mejor.

 

domingo, 7 de noviembre de 2021

Todos somos Escribientes

Roberta, ¿preparada?, porque me lo he aprendido de corrido. Roberta respira un poco agitada. Preparada. 

De acuerdo, pues escribe y no me interrumpas. 

Adelante. 


Protagonista es una palabra compuesta por cinco sílabas, doce letras, tres de ellas repetidas. Pero es mucho más, es lo que yo anhelaba ser antes, cuando mi naturaleza me conservaba en una lata en la que solo entraban los discretos segundos planos y un atrevimiento contenido. Yo quería hacerme de notar, tenía muchas opiniones fallecidas dándole mal sabor a la punta de mi lengua y algunos rasgos distintivos, como los pies bonitos. 

¿Qué tienen que ver los pies?, espeta Roberta. 

Tú escribe. 

Nunca lo conseguía, mi vida era prescindible. Un trabajo anodino, una amiga llamada Roberta que me consideraba la mejor después de su mejor amiga. 

No digas eso.

Pero que no opines. 

Conseguí diferenciarme cuando empecé a trabajar en una revista digital que había conseguido la fama con un artículo sobre el placer femenino que inició un intenso debate. Allí fui feliz, me liberé de miles de palabras que tenía dentro; escribí sobre el duelo, sobre los sueños, las pesadillas, las terapias, los terapeutas, la depresión, las costumbres que se enredan, la religión. 

Pues yo te recuerdo super estresada.

Escribe y calla. 

Vale, sigue. 

Apenas unos meses después me convertí en la paciente cero de la Enfermedad de los Escribientes, desde que sé que "protagonista" tiene cinco sílabas y doce letras pero no puedo leerla ni escribirla, ni comprender las letras cuando se unen. Puedo verlas, puedo distinguir que la P está hecha con un palito que se une a una forma redondeada, pero de acuerdo con los neurólogos, nunca podré volver a leer. Ni a escribir. 

¿Quieres que empecemos de nuevo?

Roberta, ¿no te he dicho que no me interrumpas?. 

Como te habías quedado en silencio. 

Belén levanta la cabeza y dos gotas transparentes caen desde sus ojos incapaces. 

Seguimos. 

Vale. 

E

sta lesión en mi cerebro fue provocada, fue un ataque, y necesito que los medios dejen de obviarlo y de tratarnos como víctimas del aire que respiramos. Sabemos de sobra que nuestra deficiencia no pudo provenir de la naturaleza, que no hay ningún virus que ataque solamente a escritores y redactores, que esto forma parte de un plan, un plan para detenernos, para que no haya opiniones propias ni distinguibles. De hecho, de un modo que tachan de casual, los infectados son mayoritariamente mujeres. 

Realmente puede ser casualidad. 

No me jodas. 

Me han robado todo lo que me hacía feliz, pero nos tendrán que romper las cuerdas vocales porque no tenemos miedo y seguiremos opinando y peleando por ser libres de expresarnos. Quienquiera que esté detrás de esto debe saber que solo ha hecho que incendiar más nuestro deseo de remover las mentes, que no pensamos parar, que reclamamos que nuestro protagonismo no se deba a nuestra enfermedad. 


Cálmate un poco,dice Roberta mientras ve con espanto que en su móvil entra una noticia: Escribiente afectado por la neuralgia pierde la voz. 

Vale, envía esto por hoy, para mañana prepararé algo más elaborado. 

¿Cómo lo título? 

Todos somos Escribientes. 

Le doy a enviar, ¿segura?. Yo estoy temblando. Mañana me llamas a primera hora para saber que sigues pudiendo hablar. 

Dale, dale. 

Enviado. 








sábado, 6 de noviembre de 2021

SEIS PALABRAS


Todos empezó con Monterroso. Con su dinosaurio impertérrito. Esas seis palabras me fascinaron:


Cuando despertó, el dinosaurio permanecía allí.


Me obsesioné, he de reconocerlo; el dinosaurio…permanecía. 


Lo que pasó después sé que fue culpa mía, pero nunca pude imaginar un final tan terrible.


Seis palabras, un micro relato. Y un dinosaurio en mi cabeza…


Después llegó Hemingway con:


Vendo zapatos de bebé sin usar


Tan triste, tan frágil. Tan grave, tan inesperado.


Yo también tenía que encontrar una forma de concentrar la introducción, el nudo y el desenlace en solo seis palabras. Me di cuenta de que el desenlace con Monterroso o Heminway lo elegía el lector, y que podía quedar abierto. Intente copiar:


  • Para fichar, quítense las putas alas


  • Vendo balón o cambio por muñeca


Pronto aprendí que las frases hechas eran fantásticas, porque te hacían viajar a lugares comunes con pocas palabras. 


  • Ave María Purísima
  • Tenemos que hablar 


Después descubrí que una sucesión de palabras podían encaminar al lector hacia algún lugar, y ofrecerle luego un giro inesperado era algo sencillamente arrebatador: 


Gritos, sudor, sangre, dolor, lágrimas…bebé 


Pronto decidí hacer una web para mis recientes relatos de seis palabras. 


Los jóvenes no quieren ver películas, ven series de 40 minutos, incluso las prefieren de 20. Dedican horas a ver vídeos de 10 segundos en Tik Tok y descartan la mayoría simplemente lanzando su dedo hacia arriba en la pantalla. Son incapaces de leer una novela porque no saben concentrarse. La inmediatez ha ganado; por eso triunfé.


Para un pueblo pequeño, que la televisión entreviste a uno de sus vecinos fue un gran acontecimiento. Me convertí en alguien importante para ellos. 


Un día recibí la visita de una vecina. Su marido había fallecido y quería que le escribiese un epitafio. Me explicó que había muerto en un accidente de tráfico con 40 años. Decidí escribir:


  • Cumplió cuarenta, compró una moto. RIP


Sencillo, concreto y descriptivo. Planteamiento, nudo y desenlace.


Los cementerios son una de las pocas distracciones que existe en los pueblos pequeños. La gente pasea por el cementerio un domingo como antes lo ha hecho por la plaza Mayor tras tomar el vermut. Pasar de la iglesia al cementerio es un tránsito natural. Cuando no hay demasiada gente para relacionarse se disipa la diferencia entre vivos y muertos que existe en las grandes ciudades.


Pronto llegaron otras mujeres. Una de ellas maltratada:


  • No dejó huellas. Solo dejaba cicatrices.


Y aquel terrible accidente:


  • La última. Un coche. Tres huérfanos


La gente paseaba por las tumbas para cotillear y para aprender a esquivar a la muerte. Desfilaban por mis micro relatos tallados en mármol con fruición, esperando encontrar en ellos las claves para no repetir los mortales errores de sus vecinos.


Fueron unos meses increíbles en mi vida.


Hasta ahora. He perdido la inspiración. No consigo crear sin repetir. Los pedidos se agolpan en mi mesa y no soy capaz de escribir nada original. No puedo  transmitir intriga, contundencia o duda con mis epitafios. El marmolista me llama porque se le acumulan las lápidas y el enterrador me insiste en que no puede dejar los nichos sin cubrir por la normativa municipal. Y yo sufro por las viudas, porque sé que no voy a ser capaz de darles consuelo, y no encuentro la salida. Estoy desesperado porque soy el único que conoce la realidad:


Soy un impostor. En tres palabras.


Una lápida reza en el cementerio:


Transformó el sufrimiento en bala. DEP







Entrevista a Bárbara

 https://www.elconfidencial.com/espana/comunidad-valenciana/2022-07-10/barbara-blasco-a-veces-es-escritora-he-pasado-gran-parte-de-mi-vida-p...