EL DIARIO DE MATUSALEN MARTINEZ
A duras penas consiguió levantarse de la cama. Una voz de otro mundo le espetó: “Levántate y anda”. Era su cincuenta cumpleaños, y su familia quería celebrar su medio siglo de inquilino en este planeta extraño. Anduvo como pudo hasta el cuarto de baño y al mirarse al espejo le dolían hasta las legañas, pero no tanto como contemplar su rostro ajado de cincuentón: «espejito espejito que te den por el culito». Antes de su dosis de cafeína lo veía todo negro. Después de tomar su café tampoco es que se viniera arriba: no entendía porque lo quería torturar su familia celebrando el día de su lejano nacimiento .
Caminó hacia el calvario de la celebración maldita con la mirada puesta en la punta de goma de sus Converse. Seguía llevando ese tipo de zapatillas más propio de la juventud, pues él no se veía con la edad que dictaba su documentación.
Le abrió su madre la puerta y lo primero que le dijo es que iba hecho una birria, y continuó con su perorata: “a ver si maduras y te vistes como un caballero: ¡Para eso te hemos pagado los mejores colegios!, desde luego venir a tu cincuenta cumpleaños con los vaqueros rotos, la camiseta agujereada y las zapatillas llenas de mierda” . Como era su costumbre no le contestó y se rascó la nariz. Recorrieron el largo pasillo y al abrir la puerta del salón comedor, que estaba a oscuras, se encendieron de improviso las luces y se oyó un grito infernal: ¡SORPRESA ! ( ? ) . Para él no fue una sorpresa, ya se esperaba alguna desgracia como la que le estaba sucediendo: su hermano (divorciado de sesenta años) y su hermana (viuda de cincuenta y cinco años) parecían disfrutar de verlo envejecer ; sus sobrinos veinteañeros lo miraban con pena; su propia hija (adolescente) contemplaba la escena con desmesurada alegría (su exmujer con acrimonia y mordacidad); y su padre —que era el que mejor lo conocía— permanecía indolente, impasible, taciturno y expectante.
Cuando le preguntaron que quería beber eligió cerveza : el vino le parecía una bebida de viejos. Comenzó a abrir los regalos y la crispación se le iba subiendo desde los tobillos hasta las cervicales: “ Una corbata, un reloj de marca, unos mocasines (de marca también), y lo peor, un viaje a un balneario", le hicieron más regalos pero tampoco es cuestión de entrar en detalle. Una vez abiertos los regalos, pues, se dispusieron en la mesa a zamparse una paella de pollo y conejo, es decir, valenciana. Todos reían y charlaban, a dos carrillos, menos el héroe de esta historia. Matusalén sólo fumaba y bebía cerveza A LO LOCO, para ser franco, se comió una alita de pollo, unas costillas de conejo y un garrofón.
—Deja ya de beber y come arroz que estás sequiñoso (esta palabra no aparece en el diccionario de la RAE pero en su pueblo, o idioma familiar, debe significar enjuto y birrioso) —le dijo su hermana.
—Ni quiero, ni puedo, ni me digas lo que tengo que hacer o dejar de hacer, hermanita—contestó el Martínez pequeño a la Martínez mediana, y fue la única conversación que mantuvo en todo el almuerzo.
El temido trance del descorche del cava y la tarta y las velitas y la canción típica llegó sin que Matusalén consiguiera una mínima ilación lógica, conforme a su estrafalaria capacidad de raciocinio, de lo que allí estaba sucediendo. Los acontecimientos y las conversaciones se sucedían conforme a un guion que él no sabía quién había creado, aquello no podía ser real, pensó.
Cuando le dijo su hermana, entre cánticos, (cumpleaños feliz tócate la nariz! (?) ) que apagara las velas, no lo dudó, él sacó su manguera y apagó las velas con todo el liquido que llenaba su vejiga. La escena que siguió no la voy a contar porque no soporto las tragedias. El caso es que cuando llegó a casa, Matusalén, tuvo una iluminación y se puso a meditar intrascendentalmente, si esto y la palabra es posible. Decidió instalarse en el presente, sin pasado y sin futuro, y escribir un diario. Multiplicó cincuenta por los días de un año y le sumó doce ( por los años bisiestos) el resultado fue DIECIOCHO MIL DOSCIENTOS SESENTA Y DOS. Llamó a una pizzeria y encargó su pizza preferida para celebrar su 18.262 cumpledíasos y esperó hasta las 11´27 post meridiem para comenzar su diario. Los últimos 33 minutos de cada día los dedicaría a escribir su odisea particular:
Día 18.262.- Hoy me han hecho una extraña celebración que no venia a cuento, cuando he hecho lo que me han dicho que hiciera (apagar las velas) se ha liado parda. No he entendido nada. Quiero manifestar mi deseo de que en mi tumba sólo se ponga mi hora de nacimiento y mi hora de defunción. Ha sido un día extraño.
Día 18.263.- He estado durmiendo todo el día. Ha sido el mejor día de mi vida. Aunque ahora me duele un poco la cabeza, debe ser de pensar y escribir. Me tomo un paracetamol y me voy a la cama. Hasta mañana.
