EL NUCLEO DE LA EXISTENCIA PENSANTE: LA PESQUISA VITAL
Abrid bien los oídos, escuchad lo que vengo a contaros; imaginad lo que queráis, porque no tengo ni tinta ni tiempo para escribir más de setecientas siete palabras: todas han sido elegidas con esmero, que ni una sola palabra, y su acepción, caiga y rebote contra el suelo.
Un hombre, en una mañana de otoño, baja temprano a la parada del autobús de la esquina de Gil i Morte y San Vicent para coger la linea 10 e irse a impartir clases de Historia a la facultad de Blasco Ibañez. Su cerebro todavía estaba rumiando la novela que leyó del tirón ayer por la noche. En esa novela (premio Nadal de 1990) una cuarentona frustrada, atormentada y perdida en la vida, por la reciente desaparición de su madre, se hacía seguir por un detective para conocerse a sí misma: le pidió al perseguidor que le hiciera un informe subjetivo de su propia existencia. Ya lo dijo Shakespeare: “De todos los conocimientos posibles, el más sabio y útil es conocerse a sí mismo”.
Pues ese hombre que me narra mi cabeza al subirme al 10 soy yo. Consigo un asiento libre y no paro de pensar en que no me conozco a mí mismo y que nadie del autobús tiene autoconocimiento. En la parada de San Vicent con Ànimes sube un hombre con un traje caro, el pelo engominado y un reloj de oro. Lo observo y empiezo a pensar en lo que pensará de sí mismo. Cuando este hombre se apea en la parada de Barques con Pl. De L´Ajuntament —a unos doscientos metros de la parada donde se subió— un resorte me expulsa del asiento y comienzo a seguirlo; entra en el edificio del Banco de Valencia y decido llamar a la facultad para decir que me es imposible impartir clases esta semana por enfermedad. Me dedico toda la semana a seguirlo y perseguirlo, anotando sus emociones y su forma de actuar. Elaboro un informe subjetivo de todas sus manías, sus virtudes y defectos. Estoy seguro que ese hombre vive engañándose toda su vida y debería leer como lo ve un desconocido. Consigo hacerle llegar el informe mediante el buzón de su vivienda y le pongo mi número por si decide contactar conmigo.
Ha pasado ya un mes desde que mis impulsos me hicieron perseguir al extraño banquero. Ahora estoy esperando al autobús y me suena el teléfono. Un hombre me dice que la persona a la que perseguí está interesada en montar una empresa dedicada al seguimiento para que las personas consigan conocerse a sí mismas. Los informes subjetivos realizados por desconocidos consiguieron hacer más por la paz mundial que el Papa Francisco.
Esto que acabáis de escuchar me lo contaba mi padre una y otra vez. Mi padre murió hace diez años y yo tengo los años del siglo XXI menos uno, es decir, nací en el año dos mil uno. Ahora tengo 56 años (año 2057) y recuerdo que la literatura llevó a mi padre a copiar lo que había leído: la ficción se puede convertir en realidad. Y es que “Ninguno de los libros de este mundo te aportará felicidad, pero secretamente te devuelven a ti mismo” como dice en su poema Bücher Herman Hesse.
La obsesión de mi padre, y su obstinación en conocerse a sí mismo, consiguió que en los años veinte de este siglo la gente contratara a empresas de seguimiento para el conocimiento personal. Treinta años después los gobiernos estatales de todo el mundo obligan por ley a ponerse un detective subjetivo al cumplir los cuarenta y tres años —como la protagonista de la novela La soledad era esto—. De este modo los que se creían muy malos se enteran de que no lo son tanto y los que se creen muy buenos se dan cuenta de que tienen algo de maldad.
El caso es que la gente al conocerse mejor ha dejado de odiar, porque odiar a otro es imposible cuando se es consciente de que todo lo que odias lo llevamos todos en nuestro interior. También se ha conseguido erradicar el sentimiento de culpabilidad, no es que sea un mundo perfecto pero si que es bastante mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario