Se me ha taponado el oído derecho y solo oigo a mi yo interior.
He decidido utilizar un bastoncillo. He notado que había algo extraño allí. Lo he podido mover levemente y al final lo he enganchado con dos de mis dedos. Era una especie de tela. He tenido que sentarme en el suelo para estirar con mis dos manos y he conseguido que salga: era un abrigo azul, con botones dorados y un cinturón de cuero negro con una hebilla enorme que me ha rasgado el lóbulo auricular. Realmente ha sido duro y además, me ha desconcertado un poco, porque yo jamás llevaría un abrigo como ese, y encima no era de mi talla.
Me he levantado y he decidido saltar sobre la pierna izquierda ladeando mi cabeza y golpeándola rítmicamente con mi mano derecha, porque mi oído seguía taponado. Ha caído un silbato. Ha tardado un rato, como cuando intentas hacer caer una moneda de una hucha sin romper el cerdito. Era metálico. Un silbato metálico es muy profesional y eso descarta que entrara en mi oído en cualquier cabalgata, producto de algún paje real con mala baba y buena puntería.
Lo que ha sucedido después ha sido sencillamente extravagante: un dedo índice salía de mi oreja. Lo he visto en el espejo del baño e inmediatamente he deducido que no era mío. No he necesitado ni contar los dedos de mis manos; esa uña larga no podía ser mía. Después, han salido los cuatro restantes. Ha sido complicado, especialmente cuando detrás del brazo ha emergido un tipo calvo con bigote al que he tenido que sacar estirando de su cuello como una matrona. La naturaleza es sabia y ha “nacido” con profunda calvicie y eso también ha ayudado. Cuando ha salido se ha puesto de pie, me ha mirado indiferente y me ha arrebatado el silbato con su mano sin decir nada. Ha cogido el abrigo del suelo y se lo ha enfundado. He de reconocer que le quedaba perfecto. Incluso el silbato era el complemento perfecto para ese personaje.
Yo estaba desnudo, porque cuando estoy en el baño y dedico tiempo a mi aseo personal acabo siempre en la ducha, y considero oportuno estar desnudo para ese menester. Al tipo no ha parecido importarle, pero he de reconocer que el contraste que ofrecíamos ante el espejo era francamente extraño.
El sujeto se ha acomodado el abrigo frente el espejo y ha dicho:
- Bon jour.
He sonreído complacido al oírlo, porque mi oído derecho volvía a funcionar perfectamente, al menos para el francés.
Afortunadamente, los franceses calvos con bigote no son mi tipo; porque que me hablen en francés mientras estoy desnudo es una fantasía recurrente en mis sueños, y no sé qué hubiera pasado si no llega a tener ese bigote.
No he sabido qué contestarle. Quizás debería haber sido más explícito, pero en mi desnuda situación he temido que la amabilidad podía ser mal entendida. Ante mi falta de respuesta, el señor ha dicho:
- Au revoir
Y ha salido por la puerta. Yo me he quedado un momento parado, pero enseguida me he lanzado a comprobar si esos pelos que me salen últimamente del oído derecho, y que yo suelo estirar en soledad, eran míos o quizás eran la parte saliente del poblado mostacho del gabacho.
Inesperadamente, he vuelto a oír la puerta, e imprevisiblemente, el funcionario (he deducido que era un funcionario por su atuendo) me ha cogido la oreja y ha metido su mano dentro. He notado cómo escarbaba cerca de mi cerebro y al final ha sacado un gorro azul ridículo, como los de la legión española; una especie de casquete de tela bordada con una borlita. Me ha asustado pensar que podía tener también una cabra esperando, pero afortunadamente no ha sido así.
He deducido que en mi último viaje a Burdeos algo raro debió pasar, pero no acierto a entender qué fue. Reconozco que poder oír por la derecha de nuevo es una gran satisfacción, pero debo admitir también que siento un gran vacío interior.
Creo que, después de esta experiencia, debo reconocer que los galos ralos con bigote y uniforme me llenan absolutamente…y también estoy notando que el queso ya no me apasiona tanto.
Pd: mi mujer lo ha leído y me pide que, a partir de ahora y por seguridad, duerma con tapones en los oídos
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