domingo, 21 de noviembre de 2021

RETORNO

Una vez más recogió de los probadores varias piezas de ropa desechadas, se dirigió sorteando a las clientas que hacían cola para probarse otras tantas y las fue distribuyendo, cada una de ellas, en su correspondiente sección. A continuación dobló prendas expuestas en las mesas centrales que, luego, las clientas desdoblaban. Era el final del día y sus movimientos los de una autómata, aturdida por: la música ambiente, las voces del público que llenaba la tienda y el ruido del trafico que entraba desde la gran avenida. De vuelta con una nueva carga, chocó con una mujer y algunas prendas se le cayeron al suelo; la señora, indiferente, siguió ojeando; ella las recogió y fue a colocarlas en su sitio. 

Una mano en su espalda la hizo volverse; su amiga Ana preguntaba porqué no respondía al teléfono. Se encogió de hombros, no lo sé, respondió. Mañana es el sábado del mes que libras, vengo a decirte que hemos quedado todos, donde siempre, para cenar y tomar unas copas, ¿vendrás?. No, dijo ella. ¿Porque? preguntó Ana. No lo sé; no puedo hablar, la encargada me mira. De acuerdo, te dejo, mañana te llamo, responde por favor. 

En la calle se incorporó a la multitud y apresuró el paso para llegar al metro. En el tren buscó con dificultad una esquina y se encajo en ella; el trayecto era largo y las paredes le servían de apoyo. Se dedico a observar la masa de cuerpos. Indiferentes, algunos, escuchaban a través de auriculares. Otros alzaban la voz para hacerse oír, participando en un coro enloquecido. Una pareja se mantenía muy junta, solo la ropa les impedía ser uno. En su parada sorteó los cuerpos que querían seguir, se unió a los que habían llegado y con su impulso alcanzo la salida. 

Caminó quince minutos. Frente a su casa entró en el supermercado para evitar la aglomeración del sábado. Más personas pensaron lo mismo y tuvo que hacer una larga cola en la caja. 

En su portal, varios vecinos esperaban los lentos ascensores que les distribuirían por las veinte plantas. Cuando cerró su puerta, después de recorrer el largo descansillo con varias de ellas, respiró hondo el aire de su minúsculo apartamento.

Guardó la compra, metió la pizza que acababa de comprar en el horno, se duchó, cenó y se preparó para dormir. Cogió los tapones para aislarse del ruido del trafico, de las voces de televisiones y de los vecinos. Se dio cuenta entonces del silencio. Miro por la ventana y la avenida estaba desierta, sin coches, sin gente, lo contrario de todos los días, y más en viernes. Miró la hora y eran las diez. Se durmió sin taparse los oídos. 

La despertó el teléfono, era Ana, lo silenció sin responder y vio que había dormido once horas en vez de las seis habituales. Persistía el denso silencio de la noche anterior. Los vecinos seguían callados. Se levanto y abrió la ventana, miró a lo lejos la ciudad perdida en el horizonte y ningún vehículo circulaba por la calzada, tampoco personas, como en cualquier sábado. Nadie entraba ni salia de supermercado de enfrente. Distinguió a lo lejos tres personas que le resultaban familiares caminando, cada una, solitaria. 

Dedicó la mañana a tareas que su horario de trabajo no le permitía durante la semana. Preparó su comida favorita, y disfrutó de una pequeña siesta. 

Despertó y el silencio seguía allí. Significaba una tarde tranquila leyendo uno de los libros pendientes. Escogió uno, las paginas estaban vaciás, no recordaba haberlo ojeado cuando lo compro y lo apartó para devolverlo a la librería donde habitualmente compraba; escogió otro y en su interior no había nada, lo dejo en la mesa junto al anterior. Desplegó los que no había leído y sucedía lo mismo en ellos. 

Repasó algunos que hacia tiempo leyó y las palabras se estaban diluyendo; ilegibles eran en otros. Abrió el tomo primero de El tiempo perdido, sus palabras seguían siendo intensas; a continuación repasó los siguientes tomos y estas se estaban perdiendo, miró en  El tiempo recobrado, y sus palabras tenían el vigor de siempre; suspiró. Ojeo Jane Eyre y el contenido tenía la misma fuerza, respiró hondo.

Finalmente, para cumplir su propósito escogió una vez más el viejo y manoseado volumen. Ajustó su cuerpo al sillón, abrió el libro y se sumergió en el silencio sonoro de La Tempestad.

Pepa López


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