«Al
alba y con tiempo duro de levante…. con fuerte levante, 35 nudos de viento,
cautivo y desarmado el ejército rojo… Ay, no, que estoy mezclando discursos.»
Así
rememoraba el Embajador aquellos días desde su confortable despacho, forrado de
estanterías de madera oscura, en su exilio neblinoso. Majestuosa ciudad, cuna
de un imperio, lástima que tuviera un clima tan desagradable. Había acabado su
jornada laboral. Atenuó la luz ambiente y se arrellanó en su mullido sillón
frente a la chimenea encendida, tras servirse un vaso de Macallan, dispuesto a
disfrutar de sus recuerdos. La penumbra, el calor del fuego, y el olor del buen
whisky le hacían sentirse somnoliento. Pronto cayó en un profundo sueño
poblado de imágenes…
«El
cabo Pérez, que hacía guardia con sus prismáticos, se frotó los ojos. Pues iba
a ser verdad lo que decían aquellos chavales, que mientras hacían surf habían notado
extraños movimientos en el pedrusco aquel frente a las costas de Marruecos.
¾¿Mi capitán? Se presenta el cabo Pérez. ¡Nos han invadido,
señor!
¾¿Cómo? ¿Está de broma, mi cabo?
¾¡No, señor, disculpe, señor! ¡Se divisan doce personas con barbas
y turbantes sobre la isla de Perejil, y han izado dos banderas de Marruecos,
señor!
¾Yo me encargo, cabo. Páseme el móvil… ¿Es el enemigo? Que se
ponga… ¿alguien habla en castellano? ¿Que Abdallah, que tiene un primo en
Fuengirola…? A ver, Abdallah, te habla el capitán García. ¿Me puedes explicar
qué hacéis ahí? Que si os ibais de merienda con el patín os habéis equivocado,
que ahí no hay ni un chiringuito, ni siquiera una sombra… Y, además, que eso es
territorio español… ¿Ah, que son órdenes? ¿Que os quedáis? Pues nada, voy a
tener que dar parte, tú mismo…»
D.
Federico se revolvió inquieto en el sillón. Le incomodaban aquellas imágenes,
pero el sopor le venció, y volvió a quedarse dormido.
«En
Moncloa reinaba la mayor agitación.
¾¿90 millones al día por pescar en la zona? ¡Por encima de mi
cadáver! Movilizaremos a quien haga falta, el cuerpo de Operaciones Especiales
del Ejército de Tierra, la Armada, el Ejército del Aire… ¿A que sí, Fede?
¾Por supuesto, Presidente.
¾La Unión Europea nos apoya, menos los malditos franchutes,
siempre llevando la contraria… Lo que no entiendo es lo de George, que no
espere luego que le ayudemos cuando se meta en líos. ¿Verdad, Ana?
¾Por supuesto, Presidente.
Del
fondo del salón salió una voz discordante:
¾Presidente, ¿está seguro de que es necesario semejante
despliegue? Que son doce hombres y unas cabras… que ni hierba tienen para
comer, las pobres. Hasta lo ha dicho uno de nuestros periódicos afines, que
solo el combustible de llegar allí vale más que el peñasco ese…
El
Presidente y el resto de altos cargos presentes reaccionaron ante aquellas
palabras con un elocuente silencio de censura. Y, en un magnífico golpe de
efecto, aprovechando que en el hilo musical sonaba la canción de Oficial y
Caballero, el Presidente pronunció aquella frase que le llevaría a la
gloria y a los libros de historia: “Ya no se puede hacer nada más. Que Dios les
ayude, que tengan mucha suerte y que vuelvan con el triunfo.”»
D.
Federico sonrió satisfecho. «Where we belong…», canturreó entre sueños. Aquello
ya le complacía más.
«El
capitán García reunió a la compañía, algunos de cuyos miembros tenían dudas
sobre la operación.
¾Que sí, Pérez, que es sencillo, que les atraemos hacia un
lado de la isla, y cuando no miren, los paracas saltan sobre el otro lado y les
reducen… A ver, señores, ¿qué se les ocurre para llamar su atención?
¾¡Música, señor!
¾¿Música, cabo? ¿Qué tipo de música?
¾¡La Macarena, señor! ¡Que la coreografía nos la sabemos
todos, señor!
¾¿La Macarena? ¿Con coreografía? Déjeme que me lo piense,
cabo… ¡Buena idea!
¾¡Yo llevo el loro, señor, que tengo la cinta!»
La
visión de un destacamento de militares españoles, unas cabras, y doce
individuos con barbas y turbantes bailando juntos la Macarena, a los sones de
un radiocasete de doble pletina, estremeció al Embajador, que se despertó sobresaltado,
dejando caer el vaso al suelo, contra el que se estrelló con estrépito. Al oír
el ruido, apareció solícita la asistenta salvadoreña en la puerta del despacho.
¾Señor, ya me iba, ¿necesita algo?
¾No, María, muchas gracias, puede irse… Y ¡viva Honduras!
No hay comentarios:
Publicar un comentario