Antes pensaba que en Blasco Ibáñez había muchos árboles.
Muchos y muy grandes: tilos, carrascas, falsas acacias, plátanos, cinamomos, álamos,
cedros, abetos y jacarandas. Dos aceras amplias y un paseo central dan para
muchos árboles. Pero si hubiese calculado a cuantos tocaba cada familia que
vive alrededor de la avenida, no me habrían parecido tantos. De hecho, ahora sé
que eran muy pocos. Lo noté cuando empezaron a bajar por la noche para
cortarlos. Para hacer leña. Para poder calentarse con algo. Para aguantar un
poco más.
Había muchos árboles, pero ya no queda ninguno.
Nos dijeron desde el principio que no habría suficiente gas ni
electricidad para las calefacciones, como antes. Ni como antes ni de ninguna
manera. Han cortado el gas y racionado la electricidad. Por la guerra con
Rusia. Por la guerra y por el invierno permanente.
No ha dejado de ser invierno desde lo de La Palma. Las erupciones que empezaron en La Palma, y luego siguieron en El Hierro y La Gomera. Dentro y fuera de las islas,
un rosario de volcanes echando sin parar humo y ceniza negra que ha cubierto el
cielo de todo el planeta. Como en un invierno nuclear.
Siete meses seguidos de invierno, eso nos ha cambiado la vida, pero lo que hundió el ánimo de la gente es cuando empezó la nieve negra. Nieve negra de ceniza
helada que cae de las nubes que cubren el cielo negro. Negro y frío desde hace meses.
Dicen que en otros países están peor, pero yo no lo entiendo, si no hay sol, no
veo qué diferencia puede haber entre estar más al norte o la sur. Nunca se ve
el sol, sólo una luz tenue y difusa durante el día y una oscuridad espesa por
la noche
Electricidad sí tenemos, pero sólo para alumbrarnos un poco.
Y para conectarnos a internet. Qué podríamos hacer sin internet. Al menos vemos
series, escuchamos música, chateamos y nos llegan las noticias. Internet y
realidad virtual. Eso ayuda un poco, imaginar que estás en una playa o nadando
en una piscina soleada, mientras te pelas de frío dentro de casa, aunque lleves los guantes y el
abrigo puestos.
Yo me caliento con una estufa de hierro que hice con una
bombona de butano vacía. Me ayudó mi vecino, que es un manitas. Así caliento
una habitación de la casa, sólo una. La caliento con la leña del árbol que
cortamos hace tiempo, no recuerdo cuánto. Una carrasca grande. Tiene la madera
dura y compacta, y cada leño te dura mucho. Bajamos una noche cuando ya era
evidente que esto no iba a ser provisional. La cortamos entre los dos, él tenía
una sierra mecánica pequeña y yo un hacha. Cortamos el tronco en trozos, y
todas las ramas, y lo subimos a casa. Nos costó una noche entera. La guardo en
las habitaciones que no uso. Quemo leña y también libros. En casa había muchos,
pero los libros duran menos que la madera de carrasca; mucho menos, no se puede
comparar. Y también están los muebles, de reserva, no sé hasta cuándo va a
durar esto.
Tampoco queda comida, nos reparten raciones cada semana. Unas
latas con una pasta de yuca y harina de pescado. No está muy buena, pero se
puede comer sin cocinarla. Nos reparten comida y nos dan instrucciones por
internet. Nos cuentan cómo va la guerra y los planes para afrontar la crisis
volcánica y para protegernos de la pandemia.
Ya no me acuerdo de qué ola es ésta, he perdido la cuenta,
pero cada vez son peores. Por culpa de los rusos. Dicen que las vacunas no
sirven y que debemos mantenernos aislados, porque tampoco hay mascarillas ni medios
de protección para todos. Los recursos hay que mandarlos a la guerra. Tampoco
sé a dónde podríamos ir, con el frío que hace, pero nos dicen que no nos
juntemos con los vecinos, que es muy contagiosa y las vacunas de antes no
sirven para las cepas que han soltado los rusos.
Mi vecino dice que todo es un montaje, que ya no hay guerra,
solo el invierno de los volcanes, pero ni rusos ni nada. Que allí están mucho
peor que nosotros y que no pudieron seguir con la guerra. Y que tampoco hay pandemia,
que lo dicen para tenernos en casa, porque no saben qué hacer. Mi vecino es un
poco conspiranoico, su mujer murió en la primera ola, cuando era primavera y podíamos
salir a los balcones a aplaudir. Ahora nadie abre ni siquiera una ventana; entraría
frío y no sé cómo sonarían los aplausos con guantes ni a quién íbamos a
aplaudir. Y también dice que lo que cuentan por internet y la tele es mentira,
que nos espían y nos controlan.
Yo no sé qué pensar. No entiendo qué tienen que controlar,
si ya estamos solos y aislados y no podemos ir a ninguna parte, con todo este
frío y la nieve negra. Hace más de un mes que salí por última vez. Fui a la
playa para ver el mar. Estaba cubierta de esta nieve tan rara. Y las orillas no
tenían casi olas, se estaban helando como una papilla enorme, tranquila y
silenciosa, de café granizado.
Mi vecino me ha ayudado mucho desde que se marchó mamá. Bueno, no se marchó, la verdad es que se la llevaron. Muerta. Un día se encerró en el cuarto
de baño con un brasero y se envenenó con monóxido de carbono. El día anterior habíamos recibido una carta diciendo que papá había muerto en la guerra. En un sitio de Alemania que no nos podían decir porque era secreto militar . Fue el primer día que empezó a caer nieve negra. Me acuerdo de la fecha porque al día siguiente era mi cumpleaños: dieciséis años. Mi vecino llamó a la policía y les dijo que él estaría
pendiente de mí. No pareció importarles mucho, pero tomaron nota; desde
entonces sólo recibo raciones de comida para una persona.
Ayer me tocó a la puerta muy nervioso, quería enseñarme la
prueba de que tiene razón, de que nos mienten y nos manipulan. Me mandó,
delante de mí, un guasap que decía: “el Gobierno nos miente. La guerra y la
pandemia son excusas para mantenernos disciplinados porque no saben cómo
afrontar la crisis. Hay que desenmascararlos. Reenvía este mensaje a todos tus
contactos”.
Sorprendentemente, el guasap que yo recibí al instante era diferente:
“A veces me desanimo y pienso que esto no terminará nunca. Menos mal que el
gobierno nos protege. Tenemos que seguir sus instrucciones y tener paciencia.
Ánimo”. Nunca había pensado que se pueden modificar así los mensajes, pero lo
vi con mis propios ojos
Estaba muy excitado y me contó que ni siquiera está seguro
de que todo el planeta esté igual. Posiblemente sólo pase en el hemisferio
norte, en Europa, que es donde se han acumulado las nubes y que han decidido
dejarnos morir mientras los que mandan están a salvo. Que controlan todo lo que
decimos y lo manipulan con un programa de inteligencia artificial. Que ha
contactado por internet con gente que ya se ha dado cuenta y que tenemos que
organizarnos. Yo no entiendo de inteligencia artificial y tampoco sé qué podría
hacer. Solo me preocupa que me traigan la comida y no quedarme sin leña.
Esta noche he oído ruidos en el rellano y he visto por la
mirilla que unos hombres con trajes de protección biológica salían de su casa. He
abierto la puerta para preguntar y me han dicho que no saliese, que mi vecino se
había contagiado y había muerto. Se lo han llevado en una camilla con ruedas,
dentro de una bolsa llena de símbolos de riesgo biológico. Me han advertido de
que nadie debía entrar, que es muy peligroso. No me han preguntado por su
familia. Tampoco se han interesado por si yo me hubiese podido contagiar. Han
puesto unas cintas para precintar la puerta y se han marchado. No me he atrevido
a preguntar nada.
Me ha parecido todo muy raro, esta tarde no tenía ningún síntoma
y no sé cómo se habrá contagiado si hace más de un mes que no nos hemos juntado
con nadie; ni siquiera hemos salido a la calle. Sólo al portal a recoger las raciones
que dejan cada semana.
Cuando he visto por la ventana que se marchaban, he despegado
con cuidado las cintas del precinto y he entrado con la llave que tengo. Toda
la casa estaba revuelta, los cajones por el suelo y se habían llevado su
ordenador.
Todavía le quedaba mucha leña, me la he llevado en unos
cuantos viajes, a él ya no le va a servir de nada. También tenía unas botellas de
alcohol y algunas latas de comida de la de antes, hasta latas de piña en
rodajas. Me lo he llevado todo. Sus libros también; no duran tanto como la
madera, pero algo hacen. Al acabar he cerrado la puerta y he pegado con cuidado
los precintos. No creo que venga nadie a controlarlo.
Mañana desayunaré piña Del Monte. No he comido fruta desde
mi cumpleaños.

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