Todos empezó con Monterroso. Con su dinosaurio impertérrito. Esas seis palabras me fascinaron:
Cuando despertó, el dinosaurio permanecía allí.
Me obsesioné, he de reconocerlo; el dinosaurio…permanecía.
Lo que pasó después sé que fue culpa mía, pero nunca pude imaginar un final tan terrible.
Seis palabras, un micro relato. Y un dinosaurio en mi cabeza…
Después llegó Hemingway con:
Vendo zapatos de bebé sin usar
Tan triste, tan frágil. Tan grave, tan inesperado.
Yo también tenía que encontrar una forma de concentrar la introducción, el nudo y el desenlace en solo seis palabras. Me di cuenta de que el desenlace con Monterroso o Heminway lo elegía el lector, y que podía quedar abierto. Intente copiar:
- Para fichar, quítense las putas alas
- Vendo balón o cambio por muñeca
Pronto aprendí que las frases hechas eran fantásticas, porque te hacían viajar a lugares comunes con pocas palabras.
- Ave María Purísima
- Tenemos que hablar
Después descubrí que una sucesión de palabras podían encaminar al lector hacia algún lugar, y ofrecerle luego un giro inesperado era algo sencillamente arrebatador:
Gritos, sudor, sangre, dolor, lágrimas…bebé
Pronto decidí hacer una web para mis recientes relatos de seis palabras.
Los jóvenes no quieren ver películas, ven series de 40 minutos, incluso las prefieren de 20. Dedican horas a ver vídeos de 10 segundos en Tik Tok y descartan la mayoría simplemente lanzando su dedo hacia arriba en la pantalla. Son incapaces de leer una novela porque no saben concentrarse. La inmediatez ha ganado; por eso triunfé.
Para un pueblo pequeño, que la televisión entreviste a uno de sus vecinos fue un gran acontecimiento. Me convertí en alguien importante para ellos.
Un día recibí la visita de una vecina. Su marido había fallecido y quería que le escribiese un epitafio. Me explicó que había muerto en un accidente de tráfico con 40 años. Decidí escribir:
- Cumplió cuarenta, compró una moto. RIP
Sencillo, concreto y descriptivo. Planteamiento, nudo y desenlace.
Los cementerios son una de las pocas distracciones que existe en los pueblos pequeños. La gente pasea por el cementerio un domingo como antes lo ha hecho por la plaza Mayor tras tomar el vermut. Pasar de la iglesia al cementerio es un tránsito natural. Cuando no hay demasiada gente para relacionarse se disipa la diferencia entre vivos y muertos que existe en las grandes ciudades.
Pronto llegaron otras mujeres. Una de ellas maltratada:
- No dejó huellas. Solo dejaba cicatrices.
Y aquel terrible accidente:
- La última. Un coche. Tres huérfanos
La gente paseaba por las tumbas para cotillear y para aprender a esquivar a la muerte. Desfilaban por mis micro relatos tallados en mármol con fruición, esperando encontrar en ellos las claves para no repetir los mortales errores de sus vecinos.
Fueron unos meses increíbles en mi vida.
Hasta ahora. He perdido la inspiración. No consigo crear sin repetir. Los pedidos se agolpan en mi mesa y no soy capaz de escribir nada original. No puedo transmitir intriga, contundencia o duda con mis epitafios. El marmolista me llama porque se le acumulan las lápidas y el enterrador me insiste en que no puede dejar los nichos sin cubrir por la normativa municipal. Y yo sufro por las viudas, porque sé que no voy a ser capaz de darles consuelo, y no encuentro la salida. Estoy desesperado porque soy el único que conoce la realidad:
Soy un impostor. En tres palabras.
Una lápida reza en el cementerio:
Transformó el sufrimiento en bala. DEP
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