Cuando Adrián despierta, ella sigue ahí. Por un instante ha pensado que su mujer había vuelto, pero no: es la arpía, que ha venido para quedarse y ahí la tiene, acostada a su lado y durmiendo a pata suelta. Se da media vuelta para no verla, pero no puede evitar oír sus resoplidos suaves y regulares. Y sentir el aura de repulsión que le provoca su presencia, el espanto de sólo pensar en tocarla. Se levanta con cuidado para no despertar a la bestia y se marcha a la cocina. Otro día de angustiosa irrealidad.
Un rayo del sol del amanecer entra por la ventana de la
cocina e impacta en la retina de su ojo derecho. Entonces siente un
disparo de inspiración repentina, un relámpago de lucidez, una explosión de
conocimiento. Acaba de entender lo que está pasando.
Benditos San Anselmo, San Justino y San Agustín. San Irineo
de Lyon, Venerable Firmiliano, Prudentísimo Pascasio Radberto, y preclaro Hildeberto
de Tours, el más clarividente de todos. Vosotros sentasteis los cimientos de la
sabiduría que explica la realidad del mundo.
Adrián ha encontrado una teoría y necesita un consejo de
especialista.
— Ave María Purísima.
— Sin pecado concebida.
— Hijo ¿de qué te acusas?.
— Padre, no me acuso de nada, he venido para aclarar unas
dudas teológicas
— ¿Dudas teológicas? ¿Qué clase de dudas teológicas?
— Padre, tenemos que
hablar de la transubstanciación.
Silencio.
El padre Argimiro repasa mentalmente el significado de la
palabra y el complejo problema filosófico que encierra. Lo estudió en el
seminario hace más de 20 años y no es exactamente un trending topic en estos
tiempos tan confusos. Divorcios, aventuras extramatrimoniales, cambios de identidad
sexual, coqueteos con la coca, incluso alguna trampilla financiera…. está preparado para todo eso, pero lo que trae este friqui parece
excesivo para el confesionario de la parroquia de un barrio de clase media en
una ciudad de provincias. Aunque es guapo y, la verdad, no parece drogado…
— ¿Transubstanciación? ¿A qué te refieres hijo mío?
— Le explico, padre. Si, en cada Eucaristía, Dios puede
obrar el milagro de convertir la sustancia del pan en el verdadero Cuerpo y en
la verdadera Sangre de Cristo, sin cambiar su forma ni propiedades, ¿no podría
modificar también la esencia de otros cuerpos y objetos para cambiar su
naturaleza sin alterar su forma accidental?
Dios mío, pero qué dice este hombre. A ver si va a estar
loco y saca una catana o algo así y me degüella aquí mismo. Puestos a morir,
prefiero un martirio más épico. No, no, parece inofensivo; además, no tengo
escapatoria en el confesionario…
— ¿Pero qué
sustancias, hijo? ¿Qué formas accidentales? ¿Por qué iba Dios a querer hacer una
cosa así?
— Padre, acabo de comprender que se ha cambiado la sustancia
de mi mujer sin modificar el accidente. La forma es como ella, su voz, su pelo,
ese tatuaje en el culo que me gusta tanto…, pero ha dejado de ser una esposa y
se ha transformado en…, en…, en...
—¿En qué hijo? ¿En
una bruja? ¿La ha poseído Satán? ¿En un súcubo? ¿Una lamia?
Esto se anima...
— No, no padre, es mucho peor. Se ha trasformado en … en una suegra. Lo he estudiado y la
única explicación que existe para un cambio tan radical de la sustancia sin alterar la
forma es esa: una transubstanciación.
Vaya, qué decepción. Soltaremos el rollo estándar para
cuernos.
— Hijo, todos los matrimonios tienen altibajos, discuten, se
enfadan. A veces se pierde la ilusión. ¿No será eso? Otras, por desgracia, se
encuentra consuelo en otro sitio. ¿No has notado un comportamiento extraño,
como un alejamiento paulatino?
— ¿Alejamiento paulatino? Padre, hasta hace una semana
éramos una pareja ejemplar. Dos niños y
un dúplex en las afueras, con piscina colectiva y club social. Sábados en el
centro comercial , domingo de paella con los cuñados, y felices veranos en Cullera. Sexo de vez en
cuando; con libertad, pero sin libertinaje. Vamos, una vida normal, tranquila y
feliz. Y, de un día para otro, se ha vuelto igual que su madre. Ha pasado del
cariño al desprecio, de la pasión al asco, de la ilusión a la inquina más
cruel. Me desautoriza delante de mis hijos, me humilla delante de los extraños
y, cuando se junta con mi cuñada, me lanzan dentelladas descarnadas. Es una
suegra, y de las peores. Me recrimina en todo momento con esa horrible mirada
de arpía, con esa mirada orgullosa, orgullo de suegra cabrona, con perdón.
— Pero hijo, ¿de dónde has sacado la idea de la
transubstanciación?, ¿eres acaso filósofo o estudiante de Teología?
— No, padre, soy bombero.
Más silencio.
— No se quede callado, padre. Los bomberos tenemos mucho
tiempo libre, entre fuego y fuego. Y no será usted uno de esos que se cree que
nos pasamos el día posando en calzoncillos con el casco puesto y una manguera
en las manos, ¿verdad? Además, yo no soy muy de calendario: aprovecho el tiempo
para leer libros de filosofía y entender por qué pasan las cosas. Hablo latín
con corrección, y me defiendo en griego, no crea.
El padre Argimiro se ruboriza un poco, la advertencia del
guapo feligrés ha alejado de golpe la agradable ensoñación que empezaba a
rondarle por la cabeza. Latín y griego, qué mocetón tan completo.
— Sí, pero no pensarás que Dios se dedica obrar el milagro
más grande que existe para fastidiar a un pobre mortal.
— Padre, no me está fastidiando sólo a mí. Me he fijado y
está empezando a pasar con muchas otras cosas y con muchas más personas. Hay
una ola de transubstanciaciones. No me dirá que el cambio de los políticos de
Podemos le parece normal. O que no se ha dado cuenta de que el Papa, que ya era
jesuita y argentino, encima se comporta ahora como un ateo. Y en mi entorno
empiezo a ver cambios increíbles. Después de estudiar a los padres de la
Iglesia Primitiva he comprendido lo que pasa. Dios está castigando a la Humanidad
y empieza a repetir las maldiciones bíblicas, pero siguiendo un orden inverso hasta
deshacer la propia creación, de la que se ha arrepentido. Fíjese: nos acaba de
mandar una epidemia de COVID, como las plagas de Egipto, y ahora está sembrando
la confusión de Babel con esta guerra psicológica de transubstanciaciones. El
cambio climático es el aviso de un próximo Diluvio Universal…¿Qué seguirá
después?
El padre Argimiro se deshace como puede del atribulado
bombero, aunque esta visita le ha dejado confuso y preocupado. Él también está percibiendo cambios sutiles pero inquietantes. En los feligreses que vienen, en
los que han dejado de venir. También tiene esa sensación de estar viviendo un
presente irreal donde las cosas aparentan ser como siempre, pero realmente son
completamente diferentes.
Al salir del confesionario ve a doña Angustias, la beata
sexagenaria que viene a barrer la iglesia y arregla las flores en las bodas y
comuniones. Está sentada en los escalones del presbiterio, liándose un porro. Ya
llevaba una semana notando que el incienso olía raro. Menos mal que el altar la
oculta de la vista de San Alipio, que no alcanza a ver este sacrilegio desde
su elevada columna. Decididamente, están ocurriendo cosas muy extrañas.
Pasa por un lateral y entra en la sacristía sin decirle
nada.
Tiene que comentar estos acontecimientos con su amigo
Agapito, un diácono joven que trabaja en el archivo del obispado y con el que queda
los fines de semana. Salen, cenan juntos, van al cine, y lo que surja. Son
mayores de edad, discretos y no hacen daño a nadie. Cuando le contesta al
móvil, el padre Argimiro entiende cuánta razón tenía el bombero escolástico.
— “Argi”, perdona que sea tan brusco, pero debemos pasar
página. Me sabe mal decírtelo así, tan de repente y por teléfono, pero es mejor
ser claro: me echado una novia y lo
nuestro no puede continuar. No creo que debamos volver a vernos.
Fuera, el cielo se ha puesto negro y resuenan unos truenos
terribles que hacen temblar los pesados muros de la Iglesia de San Alipio
Estilita.
Empieza a llover con fuerza.
Álvaro
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