martes, 26 de octubre de 2021

Nihil obstat



Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo (Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, proposición 5.6)


Siempre supimos que el objetivo de la Inteligencia Artificial era controlar y sustituir a la natural, por escasa que ésta fuese. Pero sonaba tan bien al principio, que preferimos engañarnos a nosotros mismos. Qué simpático Spotify, acertando con esas canciones que no has oído nunca pero que siempre te acaban por gustar. Y qué práctico Amazon, mostrándote en cada momento aquello que todavía no sabes que quieres comprar. Aplicaciones IA para la cocina, para elegir el coche y la ropa que te definen como persona, para encontrar al amor de tu vida, para elaborar las mentiras que estás dispuesto a creer o ese discurso político que te hace sentir moralmente superior.

Y, claro, tenía que llegar el asistente de escritura basado en IA. Un avance enorme respecto a los correctores ortográficos de toda la vida. No sólo corregía errores evidentes, sino que interpretaba el escrito y mejoraba su estilo. Lo mismo que el Auto-Tune puede convertir el maullido de un gato en celo en una pegadiza melodía pop, el Asistente de Escritura de MS transformaba cualquier bodrio confuso y cacofónico en una historia que podría ser leída en público sin pasar demasiada vergüenza. Una idea muy buena. Tan buena que enseguida le encontraron algunos usos mucho más prácticos.

Y por eso, unos años después, me encuentro aquí, a las cuatro de la mañana, en la parada del 93 en la avenida de los Naranjos, junto al Cementerio del Cabañal, esperando impaciente a un desconocido, como un yonqui ansioso que aguardase al camello que le va a cubrir sus vicios por un día más. 

Debe ser ese tío que lleva el chándal retro y una bolsa de deporte Puma; todo según me indicó mi contacto. Joder,  es un crío que no pasará de los 20. Le suelto la pregunta secreta para asegurarme de que venimos al mismo negocio:

— ¿Boris Vian?

Me replica al instante con la contraseña de seguridad.

— Con las mujeres no hay manera.

Me dan ganas de preguntarle si conoce de verdad el libro, pero el chico está más nervioso que yo y quiere ir al grano.

— ¿Traes el dinero?

— Y tú, ¿traes el equipo?

Abre su bolsa y saca un portátil del año de la polca.

— Aquí lo tienes, todo un Compaq Armada con Windows 95. Conectividad cero. Imposible que detecten que no lleva instalado el CELA. Y, de regalo, una caja de disquetes de 3.5’’; con la memoria que tiene este trasto no creo que puedas escribir los Episodios Nacionales. Sólo debes tener cuidado de no conectarlo a otra unidad de almacenamiento, ni a una impresora que funcione: no lo conectes a nada o te pillarán. Ya conoces las consecuencias.

El maldito CELA (Corrector de Estilo para un Lenguaje Apropiado). Un engendro que salió de los primeros correctores de estilo y donde incorporaron todas las estupideces políticamente correctas. Como decía la canción de Mamá Ladilla*, “para evitar ofensas a cualquier colectivo, persona humana, animal, planta o canto rodado”. Primero lo incluyeron gratis como complemento a los procesadores de texto. Y luego fue obligatorio. Ahora está instalado, por Ley, en todo dispositivo donde se escriban o se pronuncien palabras en cualquier idioma conocido, incluido el esperanto. Todo lo que digas o escribas en un ordenador, una tableta o un teléfono es analizado. Y las frases que se aparten del pensamiento apropiado son mutiladas. Automáticamente y en tiempo real. Peor que mutiladas: CELA traduce el mensaje original al idioma de Bambi para gilipollas.

— ¿Oye, de verdad me quieres cobrar 4000 euros por este fósil del Cretácico?

— Pensaba que YY te había explicado que es un precio cerrado. Pero si no te conviene, puedes volver a la libreta de gusanillo y al boli BIC. Antes los escritores trabajaban así. Y con pluma, jeje. Bueno, también tengo máquinas de escribir a buen precio, pero hacen ruido y seguro que tienes algún vecino quisquilloso y con buen oído.

Sé que no tengo escapatoria. Si quiero volver a ver mis relatos en letra de imprenta necesito pasarme al lado salvaje de la vida.

— Al menos podré probarlo, ¿no?

— Claro, en cuanto vea la pasta.

Saco el sobre con lo estipulado en el encargo:  4000 euros en billetes de 50 usados. Mientras el dealer adolescente cuenta el dinero, enciendo el ordenador y abro el procesador de texto, provocando a las Fuerzas del Bien con un conjuro de J.M. de Prada:


“Las sirvientas, por supuesto, deben permanecer quietas, como estatuas de carne trémula, y dejarse toquetear por mi señor amo, el marques de Redondilla, expertísimo catador de coños y dilucidador de alegorías…”


Contengo el aliento mientras espero no sé bien qué: que me caiga un rayo del cielo, que se encienda una sirena roja sobre mi cabeza o que aparezca un comando del Ejército de Salvación Anti Delito de Odio para llevarme a un campo de reeducación. Nada. No pasa nada. Ni siquiera me avisa de la falta de ortografía. Por fin un ordenador libre de toda censura.

— Si quieres, también tengo libros electrónicos en disquetes de 3.5’’, aptos para el equipo. Títulos que ya no se encuentran en ningún sitio y que ocupan mucho menos espacio que los libros de papel que venden en el mercado negro. Y son mucho más fáciles de esconder. Ya me entiendes.

Claro que le entiendo, hace más de dos años que todos los libros que se publican, da igual el soporte que tengan, deben ser editados previa revisión del CELA. Con resultados espectaculares. Algunos se desvanecen directamente, no queda ni una página legible. En otros, llega a permanecer como un eco de lo que el autor quería decir, pero tan remoto que no merece la pena leerlos. La mayoría se transforman en la misma historia estilo Casa de la Pradera, pero con perspectiva de género. Sólo las obras de grandes autores clarividentes, como Pemán, Eduardo Marquina o los hermanos Álvarez Quintero, pasan el corrector de estilo moral sin ningún problema destacable. La mayoría de escritores ha cambiado de oficio y las librerías han cerrado: no se puede vivir de vender libros de autoayuda, cuentos de Peppa Pig o la poesía íntima de Mónica Carrillo.

— No te preocupes por los libros, todavía tengo muchos antiguos en papel.

Apenas he pronunciado la frase, y ya me doy cuenta de no los voy a poder conservar por mucho tiempo. Acaban de crear un Impuesto Especial por la Posesión de Obras Potencialmente Ofensivas  (popularmente llamada tasa POPÓ). Un euro por cada libro editado antes del CELA. En casa tengo 2400 libros, pues 2400 euros a sumar a la Declaración de la Renta. Podría pagar este año, pero sé que, una vez declarados, estaré fichado. Y el año que viene serán dos euros, o cinco; tarde o temprano tendré que deshacerme de ellos. Nuestras autoridades no han necesitado a la KGB, a la Gestapo o a la Guardia Roja para anular el pensamiento. Ha bastado un programa de ordenador y unas políticas fiscales inclusivas. Y claro, la sumisión gregaria de la población, con los intelectuales al frente del rebaño. Cualquier cosa antes de ser señalado o padecer un proceso de cancelación.

— Tú mismo. Yo me abro. Ya sabes cómo encontrarme si cambias de opinión sobre los libros. O si tienes algún amigo creativo y solvente que necesite un ordenador tolerante.

Se marcha sin esperar  respuesta, mientras guardo el ordenador en la roñosa bolsa PUMA. Deben tener los mismos años.

Al pasar por la Plaza de Honduras, me cruzo con alguien a quien creo reconocer. Él también me ha conocido, sin duda. Aunque intenta hacerse el longuis, le abordo directamente.

— ¡Hola! ¿Eres XX, verdad? ¿No te acuerdas de mí? Soy ZZ, iba a tus talleres de escritura, hace ya años ¡Qué bien lo pasaba! He visto que han quitado tus libros del catálogo de Amazon, una pena. ¿Qué es de tu vida?

Claro que se acuerda, pero es evidente que XX ha pasado por mejores épocas, que vuelve de una juerga y que puede que no esté muy fino en este momento. Daba unos talleres estupendos sobre escritura creativa. En una librería que había cerca de la Avenida de Aragón; ahora hay una tienda de juguetes educativos, manualidades y patchwork. Y una especie de gimnasio para hacer yoga y meditación trascendental: era un local muy grande.

— ¡Ah! Sí, sí, ya me acuerdo de ti. ¡Qué mal escribías! ¡jajaja! Sí, claro, ya dejé de escribir relatos. Y ahora es imposible hacer un taller medianamente digno. Bueno, supongo que la vida es así. Tampoco me quejo, ¿eh? Se cierran unas puertas y se abren otras….

Sólo le falta decirme que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Lo que quiero saber es a qué se dedica un escritor tan bueno como él en estos tiempos de idiotez tan profunda. Duda un momento, pero al final se sincera.

— No te lo vas a creer, pero me han contratado en el Ministerio de Igualdad, Armonización Cultural y Respeto a la Diversidad. Escribo textos para folletos divulgativos y trabajo con los programadores del sistema CELA. Como asesor literario, ya sabes…La verdad es que gano más que antes y tengo un horario fijo. Y una estabilidad. Uno se acaba cansando de la vida de bohemio, muy creativa, sí, pero sin ninguna seguridad. No sé si me entiendes.

No, no le entiendo a él, pero sí acabo de comprender que esto ya es irreversible. Que nunca volveré a leer Tintín en el Congo o las Aventuras de Tom Sawyer. Que no podré asombrarme con los Coños de Prada ni con las pesadillas de American Psycho. Nada de Lolitas, ni Halcones Malteses, ni Topos , ni Chacales. El Lazarillo de Tormes se ha tenido que apuntar a los Boy Scouts. Y Celestina es ahora trabajadora social.

Mientras nos alejamos, me pregunto qué habrá podido hacer el CELA con el relato El Huevo y la Gallina, de Clarice Lispector.

 Álvaro 


* Letra de “Subdesarrollo Insostenible” de Mamá Ladilla (fragmento):

Con la cabeza bien alta y sin mirar atrás, construyendo codo con codo un entorno universal participativo de pluralidad, diversidad y poliamor, la hermandad humana camina por fin despojada de miedos atávicos hacia el ilusionante paradigma definitivo en el que juntos como hermanos, miembros de una iglesia, cogidos de la mano y cantando una de Macaco nos libraremos por fin de toda violencia y desterraremos para siempre la agresividad de nuestras vidas. Todas las culturas, razas, etnias, clases sociales y variantes sexuales son bienvenidas a sumarse y aportar, sin temor alguno al escarnio, cualquier reflexión que deseen hacer pública, excepto las que a mí me salgan de la polla.

El mundo será todo él un gran espacio seguro por el que circularemos montados en nuestros ponis. Al cruzarnos con cualquier persona la saludaremos con una gran sonrisa y lágrimas en los ojos, embriagados de dicha bajo el sol radiante y el cielo azul, mientras de manera ininterrumpida suena la música étnica procedente de un escenario junto al cual habrá en todo momento funcionando un patíbulo en el que se ahorcarán cinco personas cada media hora, elegidas a dedo por mí.

El arte se purgará por completo y quedará por fin libre de toda apología de cualquier cosa, y de cualquier hipotética agresión o posible molestia a cualquier colectivo, persona humana, animal, planta o canto rodado. No se podrán usar palabras que inciten al odio, ni conjunciones, ni preposiciones, ni adverbios, ni nombres, ni adjetivos, ni verbos, ni artículos. Las canciones serán instrumentales. Las películas serán mudas y consistirán todas en un solo fotograma repetido, de un color agradable, que no sea demasiado claro ni demasiado oscuro, ni demasiado rojo, ni verde, ni azul, ni de ningún otro color.

El premio Nobel de literatura lo ganará el autor de una novela llamada "E", de una sola página, con una única frase que dirá "Eeeeeeeeeeeeee".

 

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