No.
No. Ésta no es una tierra extraordinaria. La provincia de Formosa, en el noreste argentino, es una planicie sin elevaciones con una vegetación que fluctúa entre el verde discreto de las zonas húmedas y los campos agrios de la sequía. No hay lagos ni montañas ni cascadas ni animales fabulosos. Apenas el calor del trópico mezclado con el polvo en una de las regiones más pobres del país. Y sin embargo, allí un pueblo de nombre El Colorado -donde 17.000 personas viven del trabajo en la Administración pública y la cosecha del algodón- tiene, entre todas sus criaturas, a una criatura extraordinaria: El Colorado es la tierra del gigante.
-Al fin. Ahora
estás en mi territorio.
Desde su casa, a
cinco cuadras del mejor hotel del pueblo, Jorge González, el gigante, se ríe.
-Ya me viniste a molestar. Pasá.
Después se pone
de pie y se aferra a la silla de ruedas de construcción casera que usa como
andador -negra, de hierro- y queda claro que 2,30 metros es la altura de una
casa.
En el living hay
un ordenador, fotos de antiguas glorias de la NBA. Hacia el fondo, una cocina
sin ventanas, el cuarto de Carlitos -medio hermano de Jorge, de ocho años, hijo
del segundo matrimonio de su padre- con un televisor siempre encendido.
Jorge González
empezó a construir esta casa el mismo día en que se fue de El Colorado, cuando
tenía planes de volver e instalarse aquí con Mercedes, su madre. Ahora, a un
lado y otro viven sus hermanos: Omar, de 32 años, empleado de un taller
mecánico, y Ricardo, de 33, desocupado, padre de Valentino, un niño de dos.
-Carlitooo.
-Quéee.
-¿Me traés la
insulina, papi?
Carlitos aparece
con los aplicadores de las 150 unidades de insulina diarias que necesita su
hermano mayor. Jorge se levanta la camiseta, apoya un aplicador en la cintura,
duda un segundo, aprieta.
-Carlitos vive
acá desde que murió mi viejo, en agosto pasado. Sabe que no lo necesito, pero
que para quedarse acá tiene que cumplir mis reglas.
-No te las voy a decir.
Después asegura
que sólo tiene buenos recuerdos de su infancia.
-Cuando uno no
es consciente de la miseria, lo pasa bien.
Jorge González
creció sabiendo qué cosa eran los lujos: todo lo que él y su familia no podían
hacer. Ir al cine, comprar ropa, tomar gaseosas, un helado: "Éramos muy
pobres, pero yo tenía un gran alivio cuando llegaba a casa. Mi mamá era todo
para mí".
Empezó a
trabajar a los nueve años vendiendo diarios, cosechando algodón, y aunque a los
seis parecía de 14 y a los 15 calzaba un 56, nadie -ni él ni su madre ni su
padre- vio en eso nada extraño. Hasta la mañana del 21 de septiembre de 1982,
cuando -16 años, 2,18 metros- entró a aquel bar y lo vio un viajante que se
quedó mudo.
-Me dijo que iba
a hablar con los dirigentes del Hindú Club de Resistencia, un club de
baloncesto. Dos días después vinieron dos tipos y me preguntaron si quería
probarme. Y fui.
-Era un trabajo. ¿A quién le gusta su
trabajo?
Y así, sin vocación, Jorge se fue.
-Se fue por nosotros -dirá después su
hermano Omar-. Si hubiera sido por él, no se habría ido nunca. Pero no pensó en
él.
Aquel
septiembre, el hijo de Felipe y de Mercedes tuvo una ambición desmesurada: no
la de hacerse rico, sino la de salvar a un pequeño grupo de personas: Felipe,
Mercedes, Plácida, Zunilda, Ricardo y Omar. Sus padres, sus hermanos.
Llegó al
Resistencia con lo puesto -un jean, una camisa- y empezó a aprender las reglas
de ese deporte que ignoraba.
La noticia del
enorme jugador de aquel club de provincias no tardó en esparcirse. Ese mismo
año fue contratado por el Gimnasia y el Esgrima de La Plata, una ciudad a más
de mil de kilómetros de su pueblo natal; en 1985 pasó al Sport Club de Cañada
de Gómez, y al poco tiempo fue convocado por la selección nacional.
-Empecé a viajar
por todo el mundo y en diciembre de 1987 fuimos a España con la selección para
jugar el torneo de Navidad. Tuvimos que quedarnos a pasar el 24 de diciembre en
Madrid. Fue la mejor Navidad de mi vida. La pasé solo, en el hotel, comida,
champán. Por la ventana se veía el paseo de la Castellana, nieve, luces en los
árboles.
Y mientras él
comía y brindaba y veía la nieve caer, en Estados Unidos un hombre llamado
Richard Kane, cazatalentos de los Atlanta Hawks, equipo de baloncesto del
emporio de Ted Turner, miraba un vídeo de la selección argentina durante el
torneo de Navidad en Madrid y se relamía con eso que no parecía posible: un
increíble hombre ágil de 2,30 metros.
Y ése fue el
principio del fin.
-Pidamos pizza.
La silla
oficiará de mesa para los vasos, la pizza, la gaseosa. Carlitos, sentado a
espaldas de su hermano, comerá cinco porciones mirando al suelo. Jorge,
ninguna.
-Yo nunca ceno.
-¿Eso es bueno
para tu diabetes?
Se encogerá de
hombros con desprecio. Mirará la calle, una víscera brillante y resbalosa.
-Nunca va a
parar de llover.
Cada año, la NBA
realiza su 'draft', una selección de jugadores que implica un contrato
provisorio con el equipo. Aquella Navidad de 1987, Richard Kane había visto
jugar a Jorge González en España y pensado que valía la pena apostar por él. El
draft de 1988 se realizó en junio y Jorge quedó seleccionado: tercera ronda,
puesto número 54. En enero de 1989 viajó a Atlanta para hacerse pruebas y
regresó a Argentina con instrucciones que incluían la de bajar de peso. Si las
cumplía, jugaría en la NBA desde la temporada siguiente. Pero Fernando Bastide,
su representante durante años, asegura que las posibilidades en la NBA siempre
fueron remotas.
-Un año después
del viaje de Jorge me llamó Richard Kane y me preguntó por sus condiciones
físicas. Le respondí que estaba igual, y me dijo que entonces las posibilidades
de la NBA eran remotas, si le interesaba hacer lucha libre en la compañía del
grupo Turner. Llamé a Jorge, y él preguntó: "¿Hay plata?". Le
respondí que para saber teníamos que viajar a Atlanta. Ya en el avión me dijo
que por lo menos quería 2.000 dólares por mes para terminar su casa en El
Colorado. Él no tenía idea de las cantidades.
El contrato está
fechado en 1990, entre Jorge González y la WCW (World Championship Wrestling) y
promete un pago de 150.000 dólares el primer año, 225.000 dólares el segundo y 350.000
el tercero. Jorge vio esos números, regresó a Buenos Aires, se despidió del
baloncesto, volvió a Atlanta y debutó el 20 de mayo de 1990 con un sobrenombre
obvio: El Gigante.
-Era un trabajo. ¿A quién le gusta su
trabajo?
Empezó a viajar
por Estados Unidos a razón de 27 pueblos en 30 días y sin descanso. Tenía
chófer, hoteles de cinco estrellas, dicen que mujeres y regresaba cada tanto a
El Colorado, portando maletas repletas de ropa para dejarlas allí, en esa casa
donde tenía previsto su futuro.
Pero el 9 de
febrero de 1992, a los 45 años, Mercedes, su madre, murió por una dolencia
cardiaca. Jorge llegó tres días después del entierro.
-Desde ese
momento -dice Jorge- me quedé sin planes y no creí más en nada. Mi mamá era
todo para mí.
Después de
aquella muerte, su padre empezó amores con quien sería madre de Carlitos; sus
hermanas se fueron del pueblo, y Omar y Ricardo, los hermanos de 15 y 16,
quedaron solos. Jorge se quedó en El Colorado más tiempo del que la compañía le
había permitido, y cuando regresó a Estados Unidos se encontró con el contrato
rescindido por incumplimiento. Así, como si nunca hubieran existido, los
350.000 dólares por el tercer año de trabajo se desvanecieron en el aire.
La puerta está
abierta y la casa exuda un silencio ominoso, amenazante.
-¿Puedo pasar?
-No -retumba la
voz calculada: descortés.
La lluvia ha
colapsado este pueblo sin cloacas, y el baño de la casa del hombre que estuvo
en hoteles de cinco estrellas rebosa humanas inmundicias. Ese día, todo el día,
delegaciones de estudiantes se acercarán para preguntar si pueden tomarse
fotos, pero él dirá que no, que está ocupado.
-Soy el oso del
circo. Vienen a ver al monstruo de 2,30 metros. Mañana vas a tener que venir
temprano porque tengo que mirar la carrera de fórmula 1.
Carlitooo. A veces pasa noches así:
los pies le arden como si tuviera clavos y se levanta con humores perros. Un
Nerón déspota, enloquecido.
Después de la
muerte de su madre, la carrera de Jorge no se detuvo. En 1993 firmó contrato
con otra compañía de lucha, participó en un capítulo de Los vigilantes de la
playa e hizo series como Trueno en el paraíso I y II, en las que fue enemigo
del rubio de bigotes Hulk Hoogan. En las fotos de esos años aparece en Florida,
musculado, sonriente, junto a un Ferrari o a muchachas en biquini.
-Cuando nos
quedamos solos, Jorge empezó a darnos plata -dice su hermano Omar-. Pero
nosotros teníamos 15 años, y sin un adulto que nos ponga límites fue un
descontrol. Despilfarramos mucho.
Mientras, en
Japón y en Florida, en México y en Atlanta, Jorge hacía su trabajo: golpear y
dejarse golpear. Fueron tres años de masacre sobre un cuerpo castigado. Porque
aunque él dice no saber que era diabético, se retiró de la lucha en 1996
después de una pelea en Japón, asustado por una lipotimia que lo derribó del
ring, sus hermanos aseguran que en 1996 hacía cuatro años que Jorge lo sabía.
-Él tuvo un coma
diabético en Estados Unidos después de la muerte de mi madre -dice su hermana
Zunilda- y desde entonces se empezó a aplicar insulina.
Después de
aquella pelea en Japón, Jorge abandonó la lucha para siempre y regresó a su
pueblo natal.
-Quería vivir
seis meses en Nueva York y seis meses en El Colorado.
Pero jamás
volvió a salir de allí.
La camioneta -la
Ford Bronco roja, vieja- se desliza bajo la lluvia. Para apretar el acelerador
o el freno, Jorge levanta la pierna derecha con la mano y la arroja sobre el
pedal. Mientras conduce, señala los negocios pujantes, los que no, los que
podrían ser suyos.
-Aquel hijo de
puta me debe 600 dólares. Yo podría tener un departamento en Buenos Aires.
Pensar que tenía una American Express y trajes carísimos.
Cada tanto, la
camioneta se detiene frente a una verdulería, un quiosco, y un verdulero o un
quiosquero se acercan y Jorge grita:
-Dos kilos de
bananas, cuatro alfajores.
Son las cinco y
media de la tarde cuando se detiene frente a una carnicería, y está a punto de
abrir la puerta -de bajar a hacer sus compras- cuando se acuerda.
-Ah, no, cierto
-dice.
Un hombre con
delantal de carnicero se acerca, pregunta qué va a llevar, y Jorge
imperturbable dice:
-Un pollo.
En 1996, cuando
regresó al pueblo, ningún club de baloncesto mostró interés por un hombre con
el cuerpo resentido por la lucha, y un año después, lleno de dolor por un
pinzamiento de las vértebras, Jorge viajó a Buenos Aires para hacerse estudios
más completos. Y fue allí, en el hospital Italiano, donde escuchó por primera
vez el diagnóstico que nunca había sospechado: el de una enfermedad llamada
gigantoacromegalia, con una prevalencia de tres personas por millón, producida
por el exceso de una hormona de crecimiento llamada IGF-1, cuyos síntomas,
además del crecimiento descontrolado del cuerpo, son pérdida de la visión,
agrandamiento de las vísceras abdominales y del corazón, impotencia sexual y,
claro, diabetes. Para cuando supo que la suya era una enfermedad que debió
haberse tratado en la infancia, llevaba dos décadas sacándole provecho al
atributo que lo estaba aniquilando, y cuando volvió a su pueblo, las cosas se
pusieron peor.
-Un día se me
durmió un pie, después el otro, y ya no pude caminar. Es una neuropatía
provocada por la hiperglucemia.
Entonces mandó
construir esa silla de ruedas negra y chirriante, no volvió a caminar, empezó a
vivir de ahorros y a gastar, exactamente, 200 euros al mes.
Hace mucho que
la vida se transformó en esto que es: supervivencia.
Son las seis de
la tarde y no ha comido nada desde el día anterior.
-Pensé que la
mujer de Ricardo me iba a cocinar, pero no pudo. Y no me gustan las cosas recalentadas.
-¿Y Carlitos?
-Él tampoco
comió, me quiere acompañar.
Esa noche
comprará cinco hamburguesas con huevo, mayonesa, lechuga, tomate, mostaza y
ketchup. Comerá dos; Carlitos, tres.
Será una noche
rara. Hablará durante horas y, cuando termine, habrá dejado de llover, la calle
será una alfombra de insectos bajo la luz lechosa de los faroles, y al día
siguiente habrá un sol incendiario. Interminable.
Empezará
hablando de sus sueños.
Que una vez soñó
con serpientes, dirá. Que soñó que estaba en una cama llena de serpientes y que
no podía hacer nada. Y que otra vez soñó que se había muerto y que lo llevaban
en su cajón al cementerio. Que recuerda los viajes por Estados Unidos con el
chófer y el Cadillac y Willie Nelson en el radiocasete, y que nadie puede
acostumbrarse a haber estado así y estar como está él: preso de sí, encerrado.
Que de todos modos, si es que existe algo santo y grande y poderoso, lo que le
pasó es todo bendición, porque antes de ser lo que fue era un chico que
plantaba melones y sandías y después conoció grandes hoteles y mujeres y autos
de lujo. Que no se quiere morir, pero que igual se muere. Que si tuviera
muchísimo dinero arreglaría su Ford Bronco viejo y rojo e intentaría que sus
hermanos no tengan apuros económicos. Que si alguien le hubiera dicho en su
momento cuál era la diferencia entre 1.000, 10.000 y 100.000 dólares, habría
hecho otras cosas. No sabe cuáles: otras.
-Pero los
deportistas pobres no tenemos masters en economía.
En el silencio
claro de la noche -el aire blando todavía de humedad- se agacha sobre las
rodillas, se mira los pies inútiles.
-Qué pena que
esto me pasó ahora. Si hubiera sido a los 50
Pero ahora
Desde el cuarto
de Carlitos llegan las risas, los ruidos de una película de Jackie Chan.