lunes, 28 de febrero de 2022

EL GIGANTE QUE QUISO SER GRANDE -- LEILA GUERRIERO


No. 


No. Ésta no es una tierra extraordinaria. La provincia de Formosa, en el noreste argentino, es una planicie sin elevaciones con una vegetación que fluctúa entre el verde discreto de las zonas húmedas y los campos agrios de la sequía. No hay lagos ni montañas ni cascadas ni animales fabulosos. Apenas el calor del trópico mezclado con el polvo en una de las regiones más pobres del país. Y sin embargo, allí un pueblo de nombre El Colorado -donde 17.000 personas viven del trabajo en la Administración pública y la cosecha del algodón- tiene, entre todas sus criaturas, a una criatura extraordinaria: El Colorado es la tierra del gigante.

Son las dos de la tarde de un día de  noviembre. Las calles del pueblo se revuelven a 43 grados de calor y en el hotel Jorgito una mujer joven, de andar cansado, dice pase, le muestro su cuarto. Los cuartos son así: cama, el baño. Cuando la mujer se va suena el teléfono y una voz honda -la excrecencia del eco de una catedral o de una bóveda- dice:

-Al fin. Ahora estás en mi territorio.

Desde su casa, a cinco cuadras del mejor hotel del pueblo, Jorge González, el gigante, se ríe.

Un resumen diría lo que sigue: que Jorge González nació el 31 de enero de 1966 en El Colorado, hijo del matrimonio de Mercedes y Felipe, ama de casa ella, empleado de la construcción él, y que vivió con esa familia compartiendo lo poco que compartir se podía: un cuarto con sus hermanos (Plácida, Zunilda, Ricardo, Omar) y apenas la comida. Diría también que después de iniciarse a los nueve años en trabajos de los brutos -cosechar algodón, desmontar monte cerrado- a los 16 le propusieron integrar un equipo de baloncesto en un club de la vecina provincia de Chaco y él dijo sí. Que jugó en la selección argentina, fue elegido en el draft de la NBA, devino estrella de la lucha libre, viajó por treinta países, participó en la serie Los vigilantes de la playa, y que hoy vive en el pueblo que lo vio nacer sin poder caminar, solo y diabético. Y diría también que todo eso le sucedió a Jorge González por ser una criatura extraordinaria de dos metros y treinta y un centímetros de alto -un gigante-, y que a eso -a esa altura- le debe toda su suerte. Le debe toda su desgracia.

El aire está asediado por una tormenta líquida que durará tres días con sus noches, pero por la calle de Salta -de tierra, a cinco cuadras del centro- todavía se puede caminar. El barrio es humilde, y allí, bajo la galería de una casa, junto a una camioneta Ford Bronco roja y vieja, sentado en un enorme sillón de madera, fumando, Jorge González hace lo de todos los días: espera, intenta hacer sus bromas.

-Ya me viniste a molestar. Pasá.

Después se pone de pie y se aferra a la silla de ruedas de construcción casera que usa como andador -negra, de hierro- y queda claro que 2,30 metros es la altura de una casa.

En el living hay un ordenador, fotos de antiguas glorias de la NBA. Hacia el fondo, una cocina sin ventanas, el cuarto de Carlitos -medio hermano de Jorge, de ocho años, hijo del segundo matrimonio de su padre- con un televisor siempre encendido.

Jorge González empezó a construir esta casa el mismo día en que se fue de El Colorado, cuando tenía planes de volver e instalarse aquí con Mercedes, su madre. Ahora, a un lado y otro viven sus hermanos: Omar, de 32 años, empleado de un taller mecánico, y Ricardo, de 33, desocupado, padre de Valentino, un niño de dos.

-Carlitooo.

-Quéee.

-¿Me traés la insulina, papi?

Carlitos aparece con los aplicadores de las 150 unidades de insulina diarias que necesita su hermano mayor. Jorge se levanta la camiseta, apoya un aplicador en la cintura, duda un segundo, aprieta.

-Carlitos vive acá desde que murió mi viejo, en agosto pasado. Sabe que no lo necesito, pero que para quedarse acá tiene que cumplir mis reglas.

-¿Y cuáles son tus reglas?

-No te las voy a decir.

Después asegura que sólo tiene buenos recuerdos de su infancia.

-Cuando uno no es consciente de la miseria, lo pasa bien.

Jorge González creció sabiendo qué cosa eran los lujos: todo lo que él y su familia no podían hacer. Ir al cine, comprar ropa, tomar gaseosas, un helado: "Éramos muy pobres, pero yo tenía un gran alivio cuando llegaba a casa. Mi mamá era todo para mí".

Empezó a trabajar a los nueve años vendiendo diarios, cosechando algodón, y aunque a los seis parecía de 14 y a los 15 calzaba un 56, nadie -ni él ni su madre ni su padre- vio en eso nada extraño. Hasta la mañana del 21 de septiembre de 1982, cuando -16 años, 2,18 metros- entró a aquel bar y lo vio un viajante que se quedó mudo.

-Me dijo que iba a hablar con los dirigentes del Hindú Club de Resistencia, un club de baloncesto. Dos días después vinieron dos tipos y me preguntaron si quería probarme. Y fui.

-¿Te gustaba el baloncesto?

-Era un trabajo. ¿A quién le gusta su trabajo?

Y así, sin vocación, Jorge se fue.

-Se fue por nosotros -dirá después su hermano Omar-. Si hubiera sido por él, no se habría ido nunca. Pero no pensó en él.

Aquel septiembre, el hijo de Felipe y de Mercedes tuvo una ambición desmesurada: no la de hacerse rico, sino la de salvar a un pequeño grupo de personas: Felipe, Mercedes, Plácida, Zunilda, Ricardo y Omar. Sus padres, sus hermanos.

Llegó al Resistencia con lo puesto -un jean, una camisa- y empezó a aprender las reglas de ese deporte que ignoraba.

La noticia del enorme jugador de aquel club de provincias no tardó en esparcirse. Ese mismo año fue contratado por el Gimnasia y el Esgrima de La Plata, una ciudad a más de mil de kilómetros de su pueblo natal; en 1985 pasó al Sport Club de Cañada de Gómez, y al poco tiempo fue convocado por la selección nacional.

-Empecé a viajar por todo el mundo y en diciembre de 1987 fuimos a España con la selección para jugar el torneo de Navidad. Tuvimos que quedarnos a pasar el 24 de diciembre en Madrid. Fue la mejor Navidad de mi vida. La pasé solo, en el hotel, comida, champán. Por la ventana se veía el paseo de la Castellana, nieve, luces en los árboles.

Y mientras él comía y brindaba y veía la nieve caer, en Estados Unidos un hombre llamado Richard Kane, cazatalentos de los Atlanta Hawks, equipo de baloncesto del emporio de Ted Turner, miraba un vídeo de la selección argentina durante el torneo de Navidad en Madrid y se relamía con eso que no parecía posible: un increíble hombre ágil de 2,30 metros.

Y ése fue el principio del fin.

Es de noche y la calle de Salta es un vórtice oscuro. En el living, Jorge fuma despacio. Sobre la silla negra hay cigarrillos, un mate, sus boquillas.

-Pidamos pizza.

La silla oficiará de mesa para los vasos, la pizza, la gaseosa. Carlitos, sentado a espaldas de su hermano, comerá cinco porciones mirando al suelo. Jorge, ninguna.

-Yo nunca ceno.

-¿Eso es bueno para tu diabetes?

Se encogerá de hombros con desprecio. Mirará la calle, una víscera brillante y resbalosa.

-Nunca va a parar de llover.

Cada año, la NBA realiza su 'draft', una selección de jugadores que implica un contrato provisorio con el equipo. Aquella Navidad de 1987, Richard Kane había visto jugar a Jorge González en España y pensado que valía la pena apostar por él. El draft de 1988 se realizó en junio y Jorge quedó seleccionado: tercera ronda, puesto número 54. En enero de 1989 viajó a Atlanta para hacerse pruebas y regresó a Argentina con instrucciones que incluían la de bajar de peso. Si las cumplía, jugaría en la NBA desde la temporada siguiente. Pero Fernando Bastide, su representante durante años, asegura que las posibilidades en la NBA siempre fueron remotas.

-Un año después del viaje de Jorge me llamó Richard Kane y me preguntó por sus condiciones físicas. Le respondí que estaba igual, y me dijo que entonces las posibilidades de la NBA eran remotas, si le interesaba hacer lucha libre en la compañía del grupo Turner. Llamé a Jorge, y él preguntó: "¿Hay plata?". Le respondí que para saber teníamos que viajar a Atlanta. Ya en el avión me dijo que por lo menos quería 2.000 dólares por mes para terminar su casa en El Colorado. Él no tenía idea de las cantidades.

El contrato está fechado en 1990, entre Jorge González y la WCW (World Championship Wrestling) y promete un pago de 150.000 dólares el primer año, 225.000 dólares el segundo y 350.000 el tercero. Jorge vio esos números, regresó a Buenos Aires, se despidió del baloncesto, volvió a Atlanta y debutó el 20 de mayo de 1990 con un sobrenombre obvio: El Gigante.

-¿Te gustaba la lucha?

-Era un trabajo. ¿A quién le gusta su trabajo?

Empezó a viajar por Estados Unidos a razón de 27 pueblos en 30 días y sin descanso. Tenía chófer, hoteles de cinco estrellas, dicen que mujeres y regresaba cada tanto a El Colorado, portando maletas repletas de ropa para dejarlas allí, en esa casa donde tenía previsto su futuro.

Pero el 9 de febrero de 1992, a los 45 años, Mercedes, su madre, murió por una dolencia cardiaca. Jorge llegó tres días después del entierro.

-Desde ese momento -dice Jorge- me quedé sin planes y no creí más en nada. Mi mamá era todo para mí.

Después de aquella muerte, su padre empezó amores con quien sería madre de Carlitos; sus hermanas se fueron del pueblo, y Omar y Ricardo, los hermanos de 15 y 16, quedaron solos. Jorge se quedó en El Colorado más tiempo del que la compañía le había permitido, y cuando regresó a Estados Unidos se encontró con el contrato rescindido por incumplimiento. Así, como si nunca hubieran existido, los 350.000 dólares por el tercer año de trabajo se desvanecieron en el aire.

La puerta está abierta y la casa exuda un silencio ominoso, amenazante.

-¿Puedo pasar?

-No -retumba la voz calculada: descortés.

La lluvia ha colapsado este pueblo sin cloacas, y el baño de la casa del hombre que estuvo en hoteles de cinco estrellas rebosa humanas inmundicias. Ese día, todo el día, delegaciones de estudiantes se acercarán para preguntar si pueden tomarse fotos, pero él dirá que no, que está ocupado.

-Soy el oso del circo. Vienen a ver al monstruo de 2,30 metros. Mañana vas a tener que venir temprano porque tengo que mirar la carrera de fórmula 1.

Carlitooo. A veces pasa noches así: los pies le arden como si tuviera clavos y se levanta con humores perros. Un Nerón déspota, enloquecido.

Después de la muerte de su madre, la carrera de Jorge no se detuvo. En 1993 firmó contrato con otra compañía de lucha, participó en un capítulo de Los vigilantes de la playa e hizo series como Trueno en el paraíso I y II, en las que fue enemigo del rubio de bigotes Hulk Hoogan. En las fotos de esos años aparece en Florida, musculado, sonriente, junto a un Ferrari o a muchachas en biquini.

-Cuando nos quedamos solos, Jorge empezó a darnos plata -dice su hermano Omar-. Pero nosotros teníamos 15 años, y sin un adulto que nos ponga límites fue un descontrol. Despilfarramos mucho.

Mientras, en Japón y en Florida, en México y en Atlanta, Jorge hacía su trabajo: golpear y dejarse golpear. Fueron tres años de masacre sobre un cuerpo castigado. Porque aunque él dice no saber que era diabético, se retiró de la lucha en 1996 después de una pelea en Japón, asustado por una lipotimia que lo derribó del ring, sus hermanos aseguran que en 1996 hacía cuatro años que Jorge lo sabía.

-Él tuvo un coma diabético en Estados Unidos después de la muerte de mi madre -dice su hermana Zunilda- y desde entonces se empezó a aplicar insulina.

Después de aquella pelea en Japón, Jorge abandonó la lucha para siempre y regresó a su pueblo natal.

-Quería vivir seis meses en Nueva York y seis meses en El Colorado.

Pero jamás volvió a salir de allí.

La camioneta -la Ford Bronco roja, vieja- se desliza bajo la lluvia. Para apretar el acelerador o el freno, Jorge levanta la pierna derecha con la mano y la arroja sobre el pedal. Mientras conduce, señala los negocios pujantes, los que no, los que podrían ser suyos.

-Aquel hijo de puta me debe 600 dólares. Yo podría tener un departamento en Buenos Aires. Pensar que tenía una American Express y trajes carísimos.

Cada tanto, la camioneta se detiene frente a una verdulería, un quiosco, y un verdulero o un quiosquero se acercan y Jorge grita:

-Dos kilos de bananas, cuatro alfajores.

Son las cinco y media de la tarde cuando se detiene frente a una carnicería, y está a punto de abrir la puerta -de bajar a hacer sus compras- cuando se acuerda.

-Ah, no, cierto -dice.

Un hombre con delantal de carnicero se acerca, pregunta qué va a llevar, y Jorge imperturbable dice:

-Un pollo.

En 1996, cuando regresó al pueblo, ningún club de baloncesto mostró interés por un hombre con el cuerpo resentido por la lucha, y un año después, lleno de dolor por un pinzamiento de las vértebras, Jorge viajó a Buenos Aires para hacerse estudios más completos. Y fue allí, en el hospital Italiano, donde escuchó por primera vez el diagnóstico que nunca había sospechado: el de una enfermedad llamada gigantoacromegalia, con una prevalencia de tres personas por millón, producida por el exceso de una hormona de crecimiento llamada IGF-1, cuyos síntomas, además del crecimiento descontrolado del cuerpo, son pérdida de la visión, agrandamiento de las vísceras abdominales y del corazón, impotencia sexual y, claro, diabetes. Para cuando supo que la suya era una enfermedad que debió haberse tratado en la infancia, llevaba dos décadas sacándole provecho al atributo que lo estaba aniquilando, y cuando volvió a su pueblo, las cosas se pusieron peor.

-Un día se me durmió un pie, después el otro, y ya no pude caminar. Es una neuropatía provocada por la hiperglucemia.

Entonces mandó construir esa silla de ruedas negra y chirriante, no volvió a caminar, empezó a vivir de ahorros y a gastar, exactamente, 200 euros al mes.

Hace mucho que la vida se transformó en esto que es: supervivencia.

Son las seis de la tarde y no ha comido nada desde el día anterior.

-Pensé que la mujer de Ricardo me iba a cocinar, pero no pudo. Y no me gustan las cosas recalentadas.

-¿Y Carlitos?

-Él tampoco comió, me quiere acompañar.

Esa noche comprará cinco hamburguesas con huevo, mayonesa, lechuga, tomate, mostaza y ketchup. Comerá dos; Carlitos, tres.

Será una noche rara. Hablará durante horas y, cuando termine, habrá dejado de llover, la calle será una alfombra de insectos bajo la luz lechosa de los faroles, y al día siguiente habrá un sol incendiario. Interminable.

Empezará hablando de sus sueños.

Que una vez soñó con serpientes, dirá. Que soñó que estaba en una cama llena de serpientes y que no podía hacer nada. Y que otra vez soñó que se había muerto y que lo llevaban en su cajón al cementerio. Que recuerda los viajes por Estados Unidos con el chófer y el Cadillac y Willie Nelson en el radiocasete, y que nadie puede acostumbrarse a haber estado así y estar como está él: preso de sí, encerrado. Que de todos modos, si es que existe algo santo y grande y poderoso, lo que le pasó es todo bendición, porque antes de ser lo que fue era un chico que plantaba melones y sandías y después conoció grandes hoteles y mujeres y autos de lujo. Que no se quiere morir, pero que igual se muere. Que si tuviera muchísimo dinero arreglaría su Ford Bronco viejo y rojo e intentaría que sus hermanos no tengan apuros económicos. Que si alguien le hubiera dicho en su momento cuál era la diferencia entre 1.000, 10.000 y 100.000 dólares, habría hecho otras cosas. No sabe cuáles: otras.

-Pero los deportistas pobres no tenemos masters en economía.

En el silencio claro de la noche -el aire blando todavía de humedad- se agacha sobre las rodillas, se mira los pies inútiles.

-Qué pena que esto me pasó ahora. Si hubiera sido a los 50 Pero ahora

Desde el cuarto de Carlitos llegan las risas, los ruidos de una película de Jackie Chan.

 


martes, 22 de febrero de 2022

EL DEDO DE TÍA MARTA

El tío Juan tenía las manos pequeñas y la cabeza grande, como una marioneta. Le gustaba tocarme. Bueno, nos tocaba a todos, incluso a mi padre. Él era el único que le decía que no lo manoseara. Todos notábamos en su cara cómo llegaba la tormenta…al explotar le gritaba “¿quieres dejar de tocarme de una puta vez?”, y se producía un silencio helado, como un lunes de madrugada. Pero él era de tocar, como un ciego enamorado. Y de salpicar con sus palabras cuando se emocionaba, como un perro que se mea de contento. Y a mí me daba mucho asco.


El tío Juan hablaba deprisa y gesticulaba mucho, buscando siempre la aprobación a sus palabras, aunque en el fondo no le importaba. Él tenía sus convicciones y sobre ellas había construido su vida, y volaba un par de metros por encima de las opiniones de los demás, y aunque parecía que le importábamos no era cierto. Éramos solo la excusa a sus acciones.


Su mujer, mi tía Marta, era lista, abnegada y servil, como una zorra venida a cordero. Ella sabía que la generosidad era una forma ejercer el poder. Vivía en cualquier rincón oscuro con buenas vistas para poder mover los hilos de todas las marionetas. La tía Marta amaba hasta derretir, pero el amor le duraba poco; básicamente una temporada. En ese tiempo era capaz de admirar, desear, amar, copiar, absorber o engullir, y desestimar; como quien chupa con vehemencia la cabeza de una gamba. Era un proceso vital que ensalzaba y mataba, como el polvo de una mantis. Era capaz de tejer una invisible y confortable tela de araña y convertirla en un hermoso capullo de seda para dos gusanos gemelos. Desgraciadamente de ese proceso solo salía vivo uno: la tía Marta. Y a mí me daba mucho asco…


Mi primo Jaime tenía la cara de mi tío y esa forma suya de andar tan peculiar, moviendo su cuadrada cabeza como el péndulo de un reloj de pared. Pero mi primo era gato, no como mi tío, que era un schnauzer enano y lamedor. Siempre teníamos que andar buscándolo por los tejados. Él necesitaba pasear cornisas, por encima del gallinero, y esconderse en las buhardillas. Desde allí nos estudiaba. En eso había salido a la tía Marta. Todavía no manejaba ningún hilo, pero yo sabía que algún día los movería todos, porque nos observaba como un búho mira a los ratones durante horas, en silencio, mientras decide quién será su próxima cena. Era brillante en los estudios, pero era incapaz de relacionarse con nadie. Excepto conmigo. Era inseguro, y por eso siempre estaba inmóvil, para no equivocarse. Aprendió a copiar antes que a andar, porque era una forma de no arriesgar. Solía imitarme en todo, y a mí me daba miedo pensar que acabaría engulléndome una vez absorbiera mi esencia, como hacía tía Marta.


Cuando Ana apareció en nuestras vidas trastocándolo todo intuí que no era un buen presagio.


Ana tenía las piernas largas y los pantalones cortos. Los ojos negros y la piel blanca. El pelo fino y unas cejas gruesas que enmarcaban sus oscuros ojos saltones. Y era tan fría que nos calentaba a todos desde su estudiada indiferencia. También a Jaime, que la seguía siempre con la mirada acechándola desde sus múltiples escondites. Ana pisaba fuerte sin tocar el suelo, y parecía que el mundo le era ajeno mientras levitaba, pero nos removía a todos constantemente por dentro. Ana se fue metiendo en nuestras vidas como una estación, irremediable. Cuando nos quisimos dar cuenta nuestra nueva vecina era imprescindible en nuestras vidas.


A Ana le gustaba impregnarse de los olores de la cocina de tía Marta, y a tía Marta le gustaba impregnarse de Ana. Era una relación simbiótica y las dos absorbían.


Jaime las observaba por la ventana cada tarde y su deseo iba creciendo caliente como las masas que horneaban. Uno desea lo que ve y él no veía otra cosa. Ana lo sabía. Tía Marta también, y cuchicheaba con Ana sobre lo inteligente y apuesto que era su hijo. Pero Ana tenía otros planes y eso no gustó a tía Marta. Ana veía a Jaime como un ser extraño e insociable y pronto cortó las expectativas de tía Marta, y eso despertó al gusano, que quiso salir del capullo.


Pronto Ana se mudó al disfraz que le cosió tía Marta. Un disfraz de persona despiadada, una sociópata.


Tía Marta estaba triste y cabizbaja todo el día y cuando le preguntaban contestaba que no le pasaba nada. Ya no se relacionaba tanto con Ana, pero seguían cocinando juntas. Cuando tío Juan le preguntaba se limitaba a soltar alguna lagrimita y a decir que sentía que Ana le había hablado un poco mal, pero que serían imaginaciones suyas, que Ana no era mala persona, únicamente no se daba cuenta de cómo decía las cosas. Y así durante semanas, cada vez más llanto y cada vez más tristeza. Ana pasó a convertirse en un sicópata a los ojos de la familia en una transformación provocada por la diana de tía Marta. Todos se fueron apartando de ella, excepto Jaime.


La personalidad de Jaime, esquiva, cerrada, huidiza, fue el nido perfecto donde acunar los delirios de tía Marta. Jaime empezó a transformar el amor en odio hacia donde señalaba tía Marta. Una tarde siguió a Ana hasta el callejón detrás de la casa. La abordó con saña, hiriéndola con palabras, maldiciéndola. La empujó y la golpeó, Ana cayó llorando al suelo del callejón y él se abalanzó sobre ella. Jaime no sabía de sentimientos y allí, en el suelo, sobre Ana, el dolor, el deseo, el rencor y el amor se mezclaron en una marmita con demasiado fuego.


– Jaime no pudo superarlo, y se suicidó. Tía Marta, tu abuela, se fue apagando con los vientos del remordimiento. Ana se marchó. El resto de la historia la conoces mejor tú, sobrina, y espero que me cuentes qué fue de tu madre y cómo pudo sobrevivir al recuerdo.

lunes, 21 de febrero de 2022

Es lunes y empieza la semana 37. Esta semana voy a conocer a la matrona y a partir de ahora voy a verla cada lunes para hacer algo a lo que llaman monitores. Esta semana también me toca la preanestesia por si fuera a cesárea. Todo lo que sé de la matrona es que se llama Bea y que tiene rulos, porque la vi en la foto de whatsapp. Me suena que tiene un poco más de 50 y aunque se limitó a decirme “lunes a las 4” cuando le escribí para que me diera una cita, tengo fe en que por algo eligió esa profesión. Capaz no me dijo ni hola porque estaba en medio de una consulta o de un parto, pidiéndole a alguien que puje.

El viernes pasado fui a un taller de pujos. Me gustó escribir la palabra pujos o pujar al que me preguntaba qué planes tenia para el viernes. El lugar donde se daba la clase era amplio, un espacio parecido a un estudio de yoga, tenia piso de madera y sillas ubicadas en forma de ronda, de dos en dos. Éramos ocho embarazadas con sus parejas. Con Seba llegamos tarde porque nos costó mucho aparcar.

Pujar es hacer fuerza para vencer un obstáculo - dice una de las matronas apenas nos sentamos. Tengo que pujar para que el bebe salga de mi cuerpo. ¿Es mi cuerpo el obstáculo? Las matronas que dan el taller están sentadas en pelotas de yoga, el único lugar donde me pude sentar las últimas semanas y donde dormiría si pudiera. En el pizarrón, al lado de la fecha, hay una pregunta escrita: ¿Se puede aprender a pujar? Nos dicen que si se puede aprender a pujar y que hay una curva de respiración que debemos respetar. La matrona explica como debemos respirar en cada etapa de la contracción, nos pide que lo hagamos junto con ella. Una inspiración profunda, respiraciones cortas, apnea, fuerza en la pelvis. Pienso en mi madre y  en que parió a tres sin curso de preparto, ni clase de pujos, ni puericultora, ni doula. Me la imagino sola, con las piernas colgando en una camilla como las de antes y a mi padre mirando el espectáculo como en un acuario, a través de un vidrio gigante, como si fuéramos otra especie. Es que un poco lo somos, ¿o no? Miro a las parejas, hay siete hombres y una mujer. Seba presta atención a lo que dice Carmen, una de las matronas y levanta la mano para hacer una pregunta. Quiere saber cuál es el momento óptimo para colocar la epidural. Carmen le explica que no hay un momento óptimo, que depende de cuánto dolor se está experimentando. Lo que sí hay es un momento de inicio y uno de fin, en el que la anestesia se vuelve contraproducente.

En la consulta de preanestesia un hombre alto, calvo y que parecía simpático me dijo: con esta presión que tienes la recomendación es que vayas directo a una cesárea. Un especialista en tratamiento del dolor, experto en sustancias que hacen que las cirugías no sean una tortura, no sabe que la elección correcta de las palabras es también una forma de anestesia. Le explico que mi presión alta es emocional. Que hay algo que se llama síndrome de la bata blanca y que es una especie de nerviosismo que sentimos los que padecemos eso, que hace que nos suban las pulsaciones, nos transpiren las manos, la cara o la cabeza, los cachetes se llenen de sangre, suba la presión. Pero que al salir de ahí, del contexto médico volvemos a respirar normal, el pulso cardíaco baja, la presión se normaliza. Me pregunta si soy fumadora, le digo que no, que dejé hace más de un año. Y que fumaba un tope de 4 por día. Entonces fumabas diez, me dice. ¿Alcohol? Si, lo normal - le respondo - cerveza, vino. Entonces whisky y vodka, me responde. Todos los pacientes mienten. Por último, me pregunta si soy alérgica a algo, quiero decirle que a los médicos, pero le digo que no, a nada.

Se enrosca el estetoscopio en el cuello y se para atrás mío. Me pide que respire profundo una, dos, tres veces. ¿Alguna pregunta? Le digo que quiero saber en qué momento sugiere él la epidural, si al comienzo de las contracciones o si es mejor aguantar un poco el dolor y que el efecto anestésico llegue en la peor parte. Vos pedila apenas llegas, me dice. Porque si la pedis cuando te duele mucho, las contracciones son más fuertes y si te mueves justo en el momento que te están pinchando, puede ser muy muy peligroso. De nuevo.

Salgo del hospital y lloro. Es la segunda vez que camino por esa cuadra llorando. La primera vez fue después de conocer a Bea, que cuando le pregunté cuáles eran los signos de alarma y en qué casos debía hablarle, me dijo: por favor cuanta ansiedad, estás recién en la semana 37. Le escribo por Whatsapp a mi amiga anestesióloga y le cuento. Me dice que ella coincide con el médico alto y calvo porque la presión alta es muy riesgosa, tanto para la mamá como para el bebé. Lo importante es que estén los dos bien, si tiene que ser cesárea que sea. Lo entiendo, lo acepto, no tengo nada en contra de la cesárea. Fue la forma, el modo, la distancia, la elección de las palabras. Igual, una medición aislada no significa nada, me aclara. Es que eso fue, un dato aislado, influenciado por una situación de tensión, en un hospital en el que estoy por segunda vez en mi vida, en otro país, con una barriga de diez kilos, próxima a parir, con una enfermera que sin decirme hola me enchufa a un medidor de presión y me pega cables con sensores en las tetas para hacerme lo que ya sé que se llama electrocardiograma, pero que por supuesto ni mencionó. ¿Esto es siempre así? Lloro un poco y me autoregulo. Que sanador que es llorar. Ceci, mi amiga psicóloga me explicó que llorar es un mecanismo que tiene la psiquis para volver al eje, que no tiene por qué ser bueno o malo, es solo que nosotros le damos esa connotación. Pobrecita, mirala, está llorando, qué le habrá pasado, en lugar de, qué bien, se está autorregulando. El problema es si se vuelve una constante, acompañado de tristeza o falta de sentido. Sino, es reparador, como dormir cuando tenemos sueño.

***

Llega el segundo lunes de monitores y me propongo encarar a la matrona con otra actitud. Tengo que poder. No es un ogro, me digo. Es su forma y las palabras que elige. La obstetra me aclaró que es una gran profesional por eso la elige para su equipo. Me concentro en eso. El monitoreo consta de dos registros: en uno miden las contracciones y en el otro registran el latido del bebé. Leí por ahí que es bastante inutil y que en algunos países ya no se hacen. Tardo en darme cuenta pero Bea me recuerda a Gloria. 

Gloria era la mujer de Cacho, los caseros de la casa de mis abuelos desde mucho antes de que yo naciera. Se jubilaron cuando yo tenía 12 años. Antes, sobre todo en las zonas rurales, era muy común que hubiera caseros, una pareja o una familia que cuidaba la casa a la vez que hacía algunas tareas laborales también. Con el tiempo esa práctica fue en desuso, ya nadie quiso instalarse en el campo a cuidar casas y las personas fueron reemplazadas por alarmas y cámaras. Gloria era bajita, tenía el pelo rojizo y con rulos. Hablaba poco y nada. También era flaca y, como Bea, tenía los nudillos de los dedos aumentados por la artritis en sus articulaciones. Todos los días a la misma hora, iba hasta el gallinero que quedaba al fondo del parque. Volvía con la canasta llena de huevos y tocaba la puerta de la casa de mi abuela para dejarle algunos. Había huevos marrones y blancos, grandes, medianos y chicos. Eso - me explicó la única vez que la acompañé - era porque había diferentes tipos de gallinas y un solo gallo para todas. Aunque nunca supe si era cierto, Gloria entraba y las espantaba, las gallinas dejaban sus nidos y salían cacareando, dejando sus huevos a la vista. Ella se daba cuenta con solo mirarlos si estaban listos o si había que empollarlos un poco más. 

Bea imprime el registro de los monitores y me dice que esta todo bien, que nos vemos el próximo lunes, salvo que me ponga de parto. Llamame cualquier cosa, me dice y me tranquiliza que entremos en confianza. Aunque usa otras palabras, es más o menos lo mismo, tengo que seguir empollando. 

 

***

El ciclo

María acariciaba tiernamente la mejilla de Manuel para despertarlo, luego se levantaba sin hacer mucho ruido ni movimiento para darle unos minutos más, iba a la cocina y preparaba el café que luego le llevaba a la cama, le daba un beso en la frente, él abría los ojos y se incorporaba para tomarse el café, María apartaba la cortina solo un poco para entrara algo de luz, sin incomodar los recién abiertos ojos de su marido, se sentaba en la cama y empezaba a contarle los raros sueños que había tenido durante la noche, terminaban hablando de lo que les esperaba durante el día, aunque esos minutos de conversación le restaban tiempo para prepararse, Manuel lo disfrutaba tanto que no le importaba apresurarse luego para no llegar tarde al trabajo. María le acomodaba la corbata y lo acompañaba hasta la puerta, se daban un apasionado beso y se despedían como si no fueran a verse en mucho tiempo.

Antes de ponerse a trabajar en su estudio, salía a caminar por el parque, siempre se topaba con sus vecinas mayores a quienes saludaba una a una y les iba preguntando como se sentían, también por sus familias, prestaba mucha atención a lo que ellas le respondían, se ofreció a ayudar a Bea a limpiar su gallinero porque le contó que su marido se había puesto malo y a ella sola le costaba mucho. Al llegar a casa revisó su móvil y vio que su amiga Angela le había enviado una foto, era un test de embarazo positivo, ella le respondió con una nota voz, la felicitación era muy sincera, realmente le alegraba que su amiga estuviera embarazada de nuevo, pero no pudo evitar sentirse muy triste porque ella aún no lo había conseguido, así que se sentó y empezó a llorar. El día continuo bastante normal siguió trabajando en sus diseños y esperaba ansiosa que llegara la hora para ver a Manuel. Cenaban juntos siempre y hablaban sobre su día, no le contó sobre el embarazo de Angela. Vieron una película y luego se fueron a la cama.

La mañana siguiente ella se levantó con pocas ganas, le hizo el café pero no quiso hablar mucho, le estuvo dando caña todo el rato para que no se le hiciera tarde, apenas lo besó para despedirse. Salió a caminar más tarde para no toparse con nadie.

El siguiente día María no se levantó, no hubo caricias, ni café, ni siquiera se volteó a saludarlo. Manuel le tocó el hombro, ella hizo un movimiento para apartarlo, se fue sin despedida. María estuvo en la cama un rato más, salió a caminar pero llevaba sus cascos con música a todo volumen, se fue por otra calle para no cruzarse con las vecinas, al volver a su casa revisó sus diseños del día anterior, los que le habían gustado, en ese momento le parecían una mierda ¿en que estaba pensado cuando escogí esos colores, esas texturas?. El cliente lo odiaría seguro, nadie quiere esos colores en su salón, pensó. Sintió mucha rabia, había perdido tiempo, tiró todo contra el suelo, miraba su trabajo con desprecio. Esa noche no quiso cenar, se había dado un atracón con bocadillos que habían quedado fríos en la nevera y no le quedó espacio para acompañar a Manuel, su conversación con él se limitó a respuestas monosílabas, se acostó temprano. 

Después que Manuel se fue al trabajo, se levantó obligada por la presión de su vejiga. Se miró al espejo y lo primero que notó fue una cana que brillaba con la luz, se la arrancó con los dedos, luego miró las profundas y oscuras ojeras que se pegaron a sus ojos con la falta de sueño y encontró nuevas arrugas en su rostro. El teléfono sonó, era Bea, pero no tenía ganas de hablar con ella, mucho menos de limpiar gallineros, así que lo dejo repicar. No salió a caminar, tenía que terminar su proyecto de diseño pero las ganas de no hacer nada le superaron. En la tarde tuvo que salir a buscar unos materiales porque estuviera o no con ánimos, debía cumplir con una entrega. Lo primero que se encontró fue a una madre con cara de agobio y un pequeño berrinchudo dando patadas al suelo, la miró casi con asco y soltó: “¿a que estabas mejor sin él?” La mujer la miró sin saber que responder, alzó al niño y siguió su camino. El resto de la tarde estuvo pensando en lo que le había dicho a esa mujer, y se sintió fatal, pensaba en que igual quiere tener hijos y que llegarían cuando tengan que llegar. Llamó a Bea, y quedaron para limpiar el gallinero. Durante la cena le contó a Manuel lo que había hecho y también que su amiga Angela esperaba a su tercer hijo. 

-Tal vez el próximo mes por estas fechas sea mejor que te quedes con tu madre y me dejes encerrada en la casa. Le dijo María.

Manuel que creció siendo el único hijo barón entre cuatro hermanas, entendía eso de que la regla tomara el control sobre María, como si estuviera poseída por sus hormonas. Le contestó con una sonrisa: 

-No es mala idea, me lo pensaré.

Al día siguiente Manuel se despertó de nuevo con una caricia de María. El ciclo había empezado otra vez.

 EQUIPARACION

 

Un avispero y un gallinero tienen algo en común: en dos palabras están todas las vocales conocidas y por conocer. Es lo que hay, sólo vocales mezcladas con consonantes y en esa mezcla está el mundo entero ; con esta mezcla os contaré algo que jamás podréis creer.

«Que asco me das» le dijo su hijo a Héctor —sin venir a cuento—, mientras éste cortaba lascas de jamón ibérico para el desayuno del lunes. La noche había sido larga por el insomnio y con luna llena. La estrecha y larga cocina, dónde Héctor estaba preparando el desayuno de comienzo de semana,  contempló al afilado cuchillo sesgar el aire y cercenar la yugular del adolescente: el pijama blanco se tiñó de bermellón. El charco rojo emitió un chapoteo cuando Diana entró en la estrecha y larga cocina, el insomnio y el cuchillo hicieron el resto. Un hilo de sangre se deslizaba desde la cocina hacia el pasillo y entraba al cuarto de baño, Héctor tuvo precaución de no pisarlo para no dejar las huellas de sus pantuflas por toda la casa. Ariadna, desde su habitación color rosa palo gritó: «Mamá, ya estoy despierta». El hilo de sangre, la luna llena, el charco rojo en el que se habían convertido su mujer y su hijo y el insomnio hicieron que el afilado objeto matara a lo que él más quería, la pequeña Ari ni se enteró. Y Héctor siguió cortando jamón.  

Se había dejado de fumar hacía años, justo los que tenía su hijo Hermes, pero cada lunes cuando cruzaba la cancela de su edificio volvía a sentir una punzada de deseo por echarse el primer cigarrillo de la mañana y de la semana. Cuando cruzaba el Puente del Real las ansias de fumar se convirtieron en orgullo por su responsabilidad , aspiró el aire húmedo de la mañana, contempló la naturaleza y los cuerpos ejercitándose por el viejo cauce del Turia y la felicidad llegó hasta sus pulmones invadiendo todas sus neuronas. Entró, como todos los lunes (cambiaba de recorrido todos los días), por la calle de Jovellanos y sonrió cuando leyó el rótulo de la calle de Las Impertinencia:  «Así se debían de llamar las calles, por lo que pasa en ellas y no por políticos, actores, literatos o cualquier famoso al que se le pretenda hacer  un homenaje», se dijo y aceleró el paso para llegar a la Agencia de viajes de la calle de La Paz donde trabajaba como director. Cuando entró a la oficina, Amparo, le sonrió y le deseó buen día, se notaba que se lo decía de corazón. Héctor era muy apreciado en su trabajo y raro era el día en que no tenía que escuchar: «¡No sé qué haríamos sin tu buen humor!». Serían las cuatro cuando lo llamó su mujer para decirle que a Hermes y a Ari los recogía su hermana del colegio y que podían aprovechar para ir al cine. Héctor le respondió con un apasionado: «Claro que sí, te quiero Diana, nos vemos en Correos a las seis».

A las 17:17 ,como todos los lunes, Héctor llamó a la agencia de Buenos Aires (allá eran las 14:17), con la que mantenían una fiel colaboración desde hacía años, para saber los hoteles que estaban de oferta en Punta del Este, aunque esta rutinaria llamada de los lunes tuviera otra razón. Abel, el encargado de la agencia de viajes bonaerense, con la voz temblorosa, le comunicó que se acababan de llevar a Abraham, el dueño de la agencia: «Los ha degollado a todos, hasta a a su hijita, es un monstruo inmundo» dijo sollozando. En la pantalla del ordenador Héctor vio la foto de Abraham, se vio y pensó : algún día me tocará  a mi ser el malo, algún día...

Al pasar por la calle de La Tertulia de camino hacia Correos corroboró lo que había pensado por la mañana. Al reunirse con Diana se dieron un beso de amor verdadero; rieron como niños con la película. Tomaron un Cabify para regresar a casa y cuando Héctor contempló, al final de la Alameda, alzarse majestuosa La Pagoda se sintió el ser más afortunado de la Tierra por vivir en ese edificio. La niña ya dormía cuando llegaron a casa ; Héctor le dio un beso en la frente; Hermes todavía jugaba en su habitación con la Play 5 y Helena, su cuñada, disfrutaba de un Vega Sicilia. "Alguien tiene que pagar por este mundo perfecto” pensó Héctor mientras  servía una copa para Diana, él era abstemio y se puso un agua con gas.

Apagó la luz de la lámpara de la  mesita de noche y al cerrar los ojos una luz morada le hizo regresar al momento en que su hijo le decía “Que  asco me das” y vio dentro de sus pensamientos al mismo horror. Contó unas respiraciones y se durmió sabiendo que no somos nuestros pensamientos.

 

SIMBIOSIS

Me despierto, me quedo boca arriba, los ojos abiertos, las sabanas hasta la barbilla para que la cama no se enfrie, miro el rayo de sol y las brillantes motas de polvo que bailan en él. En el rincon, entre el techo y las paredes, la mancha de humedad hoy tiene tonos rosados. Al otro lado de la puerta se oye el trasiego de los demas huespedes, ya se han levantado. Uno de mis dos trajes cuelga de una percha en la pared, como el dibujo de un personaje inacabado, el otro descansa sobre la única silla, esperándome. Hoy es domingo y no tengo que ir a trabajar, pienso, esta tarde todo puede cambiar, el único amigo que he conseguido en este destierro me va a presentar a la mujer con la que puedo casarme, es de buena familia y, parece ser, ella también quiere un marido.

Mi tia es una copia benévola de mi madre, y me apoya, dice, tranquilizate que están a punto de llegar, tienes que causar buena impresion si quieres conseguirlo. Me miro una vez más en el gran espejo con marco dorado de su salón, tengo miedo de parecerle pueblerina, aunque haya llegado a este pueblo, desterrado, él viene de Madrid y quiero causarle buena impresión, es mi última oportunidad, no quiero pasarme la vida siendo la tía soltera.

Es evidente que anda por este mundo unos años antes de que llegase yo. Es provinciana pero su aspecto es agradable, parece sana, es lo que necesito para crear una familia respetable. Aparenta una fragilidad que me va a permitir dirigirla, enseñarla. Está hecho, y, si además aprovecho la oportunidad y le hago un hijo, es seguro que los padres no se van a oponer a que nos casemos.

Es más guapo de lo que imaginé, y de lo que me dijeron, ni en los días de fiesta he visto a un hombre con un traje como el que él lleva, seguro que se lo han hecho a medida, y sabe llevar el sombrero como los actores de película. Mis padres no lo van a aceptar, lo sé, ha estado en la carcel por rojo, pero a mí la politica no me interesa, la guerra se acabó y quiero casarme.

Tengo que tener mucho cuidado, no puedo hacer ruido, si se despierta no me dejara ir, solo puedo llevarme a la niña, ella ya entiende que tiene que guardar silencio, le pongo el abrigo sobre el pijama, somnolienta abraza su muñeca, le digo que tenemos que ir a casa de la abuela, su hermano se queda durmiendo, pero como ella tiene cuatro años mas, ya es mayor y puede venir conmigo. La noche es oscura y fria, la calle tiembla, es un tunel con intervalos de luz y penumbra, por él nuestas sombras aparecen y, desaparecen. Todos, parece que duermen. Al fondo del silencio se oyen los golpes del sereno, que da con su bastón sobre el asfalto. Entramos en la calle de casa de mi madre y lo encontramos de frente, mi hija aprieta mi mano, se esconderse entre mis faldas y se hecha a llorar, se calma cuando lo saludo y ve que conozco a ese hombre, él tambien me conoce, como a todos los del pueblo, tiene las llaves y le pido que abra la puerta de casa de mis padres, he olvidado las mias, le digo. Entramos, subimos sigilosamente hasta el primer piso, mi habitacion está como siempre, con la luz que entra a traves del balcón acuesto a la niña. Empiezo a desnudarme y un rectangulo de luz me atraviesa y proyecta mi sombra sobre la cama y la niña, me vuelvo, enmarcada en la puerta, con la bata de encaje azul, sobre el camisón blanco, mi madre parece la dama de un cuadro, su mirada me recorre de arriba abajo, se detiene en mi ojo, que empieza a teñirse de azul por el golpe. Nos miramos un tiempo que se me hace eterno. Tu padre, que en paz descanse, te advirtió de que algo de esto te iba a pasar, dice. La luz ha desaparecido cuando ella se ha ido, todo ha quedado en silencio y, abrazada a mi hija, trato de dormir.

Me ha despertado el llanto del niño, que ha venido a la cama buscando a su madre, tiene hambre, tengo que darle yo el desayuno, no se donde puede haber ido hoy domingo, estoy toda la semana trabajando y tambien hoy tengo yo que ocuparme del niño, ella no aparece, la niña tampoco, empiezo a pensar que se ha ido a casa de su madre, a quejarse por lo que paso ayer. Me pasé un poco, lo sé, pero es que se puso respondona, y eso es algo que un hombre de verdad no puede permitir. Estuve toda la mañana arriba en el terrado limpiando el gallinero, porque ella se niega a hacerlo, dice que es mi capricho, ¡mi capricho dice! Encima de que tiene huevos y pollos gratis se queja, dice que bastante tiene con los niños. Cuando bajé, cansado, encima me llenó de reproches, dijo que todo el mundo sabe la relacion que mantengo con la secretaria de mi amigo, vale, pero eso es natural en un hombre, no se de que se queja, con ella tambien cumplo, ¡vaya si cumplo! Ni en sueños pudo ella tener un hombre que la hiciera sentir lo que yo.

Ha venido, a echarme en cara el abandono, diciendo lo mala madre que soy por dejarlos de esa manera, sobre todo al niño. Siento que algo dentro de mi se ha roto, lo sé, es verdad, abandoné a mi niño, no lo olvidaré mientras viva, abandone a mi niño. No podia llevarmelo, habria llorado, lo habria despertado. Pero hoy, sentí algo que se parece a la felicidad, él se ha hechado a temblar ligeramente, lo he notado, le conozco, cuando se ha visto ante el capitan de la Guardia Civil. Lo llamo mi madre, y este acudió enseguida cuando le explicó el motivo. Ahora ya sabe que nunca más puede volver a hacer lo que hizo. La familia es lo primero, le ha dicho el capitán.

Siempre consigue aliados con su victimismo, ha puesto a mis hijos de su parte, ellos son lo que de verdad me importa. Mi hija, a la que le he dado todo, a la que he respetado siempre, a la que cuando se casó le dije que a la menor falta de respeto por parte de su marido, él tendria que verselas conmigo, y si ella lo deseaba, por cualquier circuntancia, si queria volver a casa, allí estaria yo para defenderla, en todo. Sin embargo, ahora que estoy enfermo se ha llevado a su madre, porque esta dice que ya no puede más, ¡me han dejado solo! La tristeza me invade, pienso, puede que en realidad yo sea un error.

Llevo meses viviendo con mi hija, despues de tantos años lo abandoné, todos me cuidan, mis nietos me adoran, sin embargo tengo remordimientos. Él está solo, no está bien dejarlo solo. Le he dicho a mi hija que quiero volver, ella dice que no lo entiende, que siempre me he quejado, que siempre ha tenido que estar defendiendome de él, que si vuelvo tendré que ser yo la que le haga frente. Sí, lo sé, pero él ya no puede hacerme nada. Además, necesito estar ahí para ver como se va apagando. Siempre deseé ver su final, sobrevivirle, sentir que él dejaba este mundo, ¡que ya no estaba en él!

Ha vuelto, a pesar de todo. Suelo estar bien durante dias, pero ya he perdido el conocimiento dos veces, al despertar ella estaba allí obsevandome, es cierto que no tiene fuerzas para levantarme pero me ayuda cuando lo intento, no me dice que vaya al medico, puede que sea porque sabe que los desprecio, que no me fio de ellos, siempre lo he dicho. Me oberva, no sé que piensa, yo ya no le digo nada, ya no me meto con ella, le estoy agradecido porque ha vuelto, creo que ella lo sabe. No se si lo ha escuchado, le he dado las gracias por haber sido mi mujer y le he pedido perdón por todo. He procurado ser un hombre.

No pide que venga el medico, siempre los ha detestado, veo como cada dia su cara adquiere un color mas azulado, no se queja, mi hija dice que tenemos que llevarlo al hospital, el se resiste y yo no insisto, con ochenta y cinco años poco le pueden hacer, y ya esta bién que deje este mundo, quiero conocer que se siente al saber que él ya no esta aquí. Ya no hablamos, pero hoy me ha cogido la mano y me la ha besado, a mi pesar me he emocionado.

Me viene a la memoria el cuento de Aladino, el genio de la lampara cumplia al pie de la letra los deseos. Los mios eran en un tiempo tener hijos, y ese deseo se cumplió. Casi toda mi vida he deseado su muerte, y hace dos años ocurrió. Ya no me queda ninguno por cumplir, no sé que hago aquí. 



domingo, 20 de febrero de 2022

Gracias a tu abuelo

 15 de Marzo


¿Recuerdas cómo nos conocimos?, yo llegaba al segundo curso desde otro colegio, incómoda, insegura, con la mirada perdida en todos los rostros nuevos y muy atenta en no ver ninguno en particular, como si evitar verlos me convertiría en invisible, pero allí estabas tú, en el tercio posterior de la clase, me miraste primero con curiosidad, luego con interés, me evaluaste en un segundo y me sonreíste. ¿Sabes lo que pensé en ese momento? me dije a mi misma, “tengo que tener cuidado con ella”…seguro estás sonriendo al leer esto, pero no lo hagas, aunque no lo creas, a los trece años lo sabía, sabía que entrarías en mi vida y no saldrías nunca. 


¿Porque mi cuerpo gritó peligro cuando te vio? por tu ubicación en la clase, esto lo hemos hablado muchas veces, y aunque nunca me das el crédito por resolverlo tan rápido, sabes que tengo razón, que siempre te ubicaras en el último tercio de la clase era una declaración de tu postura ante nosotros, no formabas parte de los populares, tampoco estabas con los deportistas, ni los empollones, eras una rara avis en aquel gallinero, podía estar con todos y con ninguno. Tenías el poder que da la seguridad, nunca fuiste adoslescente, pasaste de la ignorancia infantil a la certeza de la adultez, sin  titubeos, ni dudas, ni ansiedad, eras capaz de hacernos callar a todos con tus reflexiones cargadas de gravedad y lucidez.


Creo que todos sabíamos que no estaríamos contigo mucho tiempo, es decir, que tu interés en nosotros pasaría, así que el tiempo que nos dedicabas lo atesorabamos. Me reclutaste para el grupo de las chicas y de eso ya han pasado treinta años, tu interés ha ido variando pero contra todo pronóstico hemos construido una historia… te imagino ahora mismo, en tu escritorio, estirando la espalda y pensando que estoy sentimental por las fechas, que tendrás que llamarme y ver que me pasa. No me pasa nada, como siempre tienes razón (estoy sentimental por las fechas), es muy duro pensar que no podremos vernos este año, ya se que me dirás que no es la primera vez, pero justo este año que todas estamos en el mismo país…pero entiendo, entiendo que hay que adaptarse, que vivimos con la tecnología y como siempre dices “son herramientas, las herramientas están para usarlas”, así que espero nuestro encuentro aunque virtual, con ansias, con necesidad de verlas, con ganas de verte…


18 de Marzo


He esperado un día para escribirte, darte todo un día el beneficio de la duda, no dejarme llevar por  mi mente “confusa y débil”, 24 horas para ver si el odio se diluía entre las sombras y las pastillas, y no fue posible, contigo las cosas no pasan, se quedan, hacen sangre, crean pus, sacan costra y dejan marcas. ¿Qué te parece mi analogía? seguro que no esperabas que te comparara con una herida enquistada, pues es así como te veo. 

Me alegra saber que aun puedo sorprenderte, ahora pensarás que se me ha ido la pinza, que hace un minuto te odiaba y ahora estoy alegre. La vida no es simple! Las personas no somos sencillas! y si ahora te estoy gritando!…tu pragmatismo es desquiciante, puede ser útil, pero su práctica cotidiana es imposible, tu, por supuesto crees que lo has logrado, tus relaciones se filtran a través de tu lógica aplastante, sin espacio para nada más, no hay dramas, dolor, ni dudas. Todos los hombres de tu vida te siguen queriendo, todos creen que fuiste lo mejor que les paso, tu marido se sabe afortunado, te quiere, admira y respeta. 


¿Qué piensan de mí los hombres de mi vida?, seguro que sabes la respuesta…estás ahora mismo adelantandote a mi relato, estiras la espalda frente al ordenador y respiras profundamente porque sabes lo que viene, y no me importa, igual te lo cuento porque creo que hay algo que aún no te dicho y ahora mereces saberlo, te lo has ganado. 


Cuando estábamos en cuarto y salí con Pablo fue un acto de amor hacia a ti (esto ya lo sabías por supuesto), tú estabas convencida, me decias: “intentalo y así lo descartas”, sabías que Pablo accedería porque te queria, asi que nos prestamos a interpretar los papeles que tenías para nosotros, y funcionó, como siempre tenías razón, pero aquello no me impidió encadenar a partir de allí una lista de hombres que estoy segura no se sintieron afortunados de tenerme en sus vidas.


Tenías razón, pero yo no fui valiente, no soy valiente, y a pesar de todo seguimos siendo amigas, ¿por qué?, porque por un momento vislumbre en ti un poco de miedo, de inseguridad y eso te volvió humana. Es curioso como la debilidad une más que el amor, por supuesto que esto no lo sabías, pues leelo bien, ¡sigo siendo tu amiga porque eres débil como yo!


¿Te sorprende? se que si, pensaras que esta vez me he excedido con las pastillas, pero no, eres débil, débil, débil, es mentira que tengas todo atado, lo sé hace mucho, recuerdas los quince años de Alicia, te llamaron por teléfono, yo estaba detrás de la mesa de dulces y escuche tu voz, aguda, descompasada, como una cuerda a punto de romperse, me asomé despacio y por un instante te vi pérdida, en cuanto me viste, tu gesto habitual volvió, colgaste y me recordaste que teníamos que presentar el vídeo que habíamos hecho para Alicia. 


Días después nos enteramos que tu abuelo había muerto, nos lo contaste con la naturalidad de quien da un parte meteorológico, nos invitaste al entierro, nos diste detalles prácticos del funeral y resaltaste lo importante que es tener todo planificado para ese momento, tu abuelo que fue siempre un poco desastre, lo único que pagó en su vida fue el seguro funerario y el cementerio, esa era su única certeza, la muerte.


¿Por qué te lo cuento ahora? porque quiero que sepas que nunca has tenido el control, que siempre he sabido tus lineas, que he visto el atrezzo, que he sido yo la directora de esta historia, que si, que has tenido tu momento de improvisación pero ahora hay un nuevo casting, y te has quedado fuera.


Humanos recursos

Estoy yo y luego están los demás. Y los demás sienten que están cada uno de ellos y, después, el resto. 

Desconozco la razón por la que nos crearon de este modo, como cajas cerradas, capaces de sentir desde nuestras tapas hacia dentro e incapaces de saber cómo sienten los otros. Unos colocados en los estantes superiores y otros,en los de abajo. Entiendo que es una injusticia, que vivimos en un gallinero y no depende de nosotros si nuestro huevo saldrá roto o grande y lustroso, con un hermoso pollito dentro. 

Cuando entrevisto a alguien solo puedo intentar comprender cómo se siente porque ponerme en su lugar es imposible. Yo tengo el mío y no es el mismo que el de la otra persona. Eso sí, me pregunto qué pensará de mí, si se acabará de comprar la ropa que lleva puesta a propósito para aumentar sus posibilidades de conseguir empleo. Cuáles fueron sus aspiraciones antes, incluso mucho antes de llegar a mí. 

¿Se habrán sentido atemorizados dentro de su armazón cubierto por una americana antes de cruzar el umbral de mi puerta?

Mi madre me pregunta, hijo, cómo va el trabajo. De cine, mamá. Es muy emocionante. Llamo a los elegidos y les saco del desempleo, imagina qué satisfacción. 

Están como en esas máquinas de la feria en las que, con un mando, tienes que mover un brazo robótico y pescar un regalo. Salen del revoltijo de trastos y pasan a ser ciudadanos útiles.

Tú no sabes qué alegría da sentir su agradecimiento. 

Yo me los imagino, por la mañana, cuando el despertador les suena en mitad de la noche oscura y se visten y salen a la vida a ganarse un salario. Montando helados o envasando pollos. Salen de sus lechos calientes y sienten el frío de la madrugada pero a final de mes siguen pudiendo salir a una terraza y tomar un aperitivo. Mi trabajo es dar trabajo. Soy una pieza muy importante del engranaje. Muy importante porque ya lo sabemos todos, que trabajar nos hace dignos.

Lo que no le cuento es que algunas entrevistas me hacen pensar que para algunos desgraciados la vida es como un continuo orgasmo fingido. Hay que ver cuánto empeño le ponen. Así, sigue, sigue. Y me da placer. Que tengan que fingir me pone y por eso les empujo para que finjan más y más. Tienen que hacerlo, yo soy una pieza importante y ellos no. 

Les pregunto, ¿por qué debería elegirte? Y sé que ellos quieren contestar, porque estoy desesperado, si no de qué iba a aplicar a un trabajo de mierda como el que ofreces. Pero responden: soy organizado, metódico y responsable y siempre doy lo mejor de mí. Les pregunto, ¿cuáles son tus expectativas salariales? Y ellos responden, dóciles: según convenio; cuando querrían decirme, cabrón, qué pregunta retorcida, si sabes que me pagarán lo mínimo qué importa lo que yo querría. 

Y es que yo soy el brazo robótico y ellos el revoltijo de trastos. El mundo es así y no lo inventé yo. 

Mamá, la paella a la próxima, con un poco menos de sal, que se te va la mano. 

Claro, hijo, perdona. Qué orgullosa estoy de ti. Y yo de mí, pienso. Y yo de mí.

Luna llena

 





Se levanta sin despertar a su mujer, que duerme arropada por el edredón que le ha ido hurtando durante el sueño. Mientras el agua de la ducha sobre su cabeza le va espabilando, recuerda el día que es. Se siente ligeramente inquieto, pero pronto recupera los mecanismos mentales que tiene automatizados por la costumbre, y se tranquiliza. Deja dormir a Mai diez minutos más, y se va a preparar el desayuno. Sale al patio de la masía, hurga en el gallinero y vuelve a la cocina con su botín de huevos recién puestos. Pasa por la habitación de los niños, y los despierta con los rituales habituales: canciones, cosquillas, levantar la persiana poco a poco para que no renieguen demasiado… Ante el inevitable alboroto aparece Mai, restregándose los ojos, en la puerta de la habitación.

–Buenos días, cariño… Se me olvidó decírtelo ayer, mañana tengo una reunión en la sede central del banco, dormiré esta noche en el refugio para estar más cerca de Barcelona.

–Papá, pero ¿estarás aquí por la tarde? Que me tienes que llevar al cumple de Aitana.

–¡Jo, papi, te pierdes mi entrenamiento! Hoy íbamos a tirar penaltis…

 

Una vez todos listos para salir, se sienta ante el volante del todoterreno familiar. Hace un día precioso, el cielo es una carpa de un intenso azul ininterrumpido, y los rayos del sol hacen brillar las gotitas de rocío sobre las hortalizas de los campos que rodean la masía. Tras dejar a Mai en la puerta de la tienda, y a los niños en el colegio, se dirige a la oficina. Le sigue gustando la tradición de poner la radio mientras conduce.

–«Hoy, 16 de mayo, luna llena, se pondrá el sol a las 21:09 horas. El cielo está despejado y no se esperan precipitaciones.»

 

Aparca el coche en una de las plazas para directivos. Sube a su despacho, consulta el correo, responde un par de llamadas. Llama a su secretaria.

–Esperanza, por favor, concierta la reunión con Tarradellas para mañana a las 11:00. ¿Cómo sigue tu nieta, ha salido ya del hospital? Alegra esa cara de preocupación, mujer, si hoy en día una apendicitis no es nada, y los niños se recuperan rápido…

 

De nuevo al volante, se dirige hacia el norte, cruzándose con los coches de los que vuelven a casa después de la jornada laboral. Transcurridas un par de horas, toma un desvío hacia el interior. Al cabo de otra hora el paisaje cambia, se encrudece, asoman los picos de las montañas, que forman sombras sobre la cada vez más escarpada carretera, y los altos árboles aparecen cada vez más juntos, protegiéndose de la soledad.

Al final de un camino de piedras está el refugio. Ha pertenecido a su familia durante generaciones. Primero era una simple caseta de monte, donde guardar los aperos de labranza, pero todos los sucesivos propietarios han estampado su huella sobre la casa, tratando de hacerla acogedora, intentando hacer más confortable la imprescindible visita mensual de los miembros varones de la familia.

Se pone ropa cómoda. Intenta relajarse. No hay un ser humano en veinte kilómetros a la redonda. Sabe que no puede hacerle daño a nadie. Sabe también que, como cada mes, se dormirá y al día siguiente no se acordará de nada. Que su ropa aparecerá destrozada y llena de sangre. Y que en algún periódico local aparecerá una noticia sobre las alimañas que cada cierto tiempo asaltan los cercados y atacan a los rebaños, y de las que no se encuentra huella alguna. Aunque hay quien asegura haber oído aullidos en la lejanía.

sábado, 19 de febrero de 2022

Economía circular


Nunca como carne de pollo. Bueno, casi nunca como carne de ninguna clase. Podría comer chuletas de cordero, entrecot, o lomo de cerdo, incluso hamburguesas. Me gustan, sí, pero no soy capaz de entrar al pasillo de la carne en Mercadona. No soporto ver las bandejas de pollo. Los alones con restos de plumas, los cuartos traseros de piel amarillenta llena poros con trozos de cálamo incrustados. No puedo. 

A veces me preguntan en qué trabajo. Nunca digo la verdad. Trabajo en una granja, digo, soy veterinario. Ambas cosas son mentira. No trabajo en una, sino en muchas granjas y no soy veterinario, sino sexador de pollos. Una vez estaba en la cama con una chica y me preguntó ¿En qué trabajas? Se lo tuve que decir y primero pensó que era una especie de pervertido –¿qué dices que haces con los pollos?– Y fue mucho peor intentar explicárselo: le entró la risa floja y ya no hubo manera de que me centrase en el asunto. No, no puedo comer carne ni decir en qué trabajo. Y menos a las mujeres. 

A mí me enseñó el oficio un japonés que se llamaba Hotaka. Estudió en la Escuela de Sexadores de Nagoya y le pagaban a quinientos euros la hora. Claro que él era capaz de hacer dos mil pollos por hora sin equivocarse nunca. Yo no he conseguido pasar de tres o cuatrocientos, y cobro mucho menos, unos cuarenta la hora. No está mal para los tiempos que corren, pero nunca tendré el coche que se gastaba Hotaka, ni las mujeres que paseaba. A él no le importaba decir en qué trabajaba. Ni pagar por estar con mujeres, decía que le salía mucho más barato. No me enseñó gratis, qué va, tuve que pagarle una buena cantidad. Y nunca me contó todo lo necesario; hay mucha diferencia entre sexar dos mil pollos o sólo trescientos. Ganó mucho dinero y un día se marchó sin despedirse. Los japoneses son muy raros, se comentaba, y con ese trabajo, tú me dirás. Yo le he sustituido en algunas de sus granjas, aunque continuamente me dicen que no lo hago igual de bien. Claro que no lo hago igual, no te jode, ni ellos tampoco me pagan lo mismo.

En las granjas hace mucho calor y el olor es horrible. Y el ruido. Huele a gallinaza y al aliento de los pollos. La gente piensa que un pollo recién nacido es encantador y que no tiene aliento. Bueno, puede que uno no, pero dos o tres mil puestos en cajas a tu alrededor sí que lo tienen. Y fétido. Y pían sin cesar. Cuando los cojo y les soplo en las plumas del culo para ver la cloaca me rebota un olor repugnante que ninguna mascarilla puede tapar. Los estrujaría solo para ver cómo se les salen las tripas por sus asquerosos culos puestos del revés.

Los pollitos macho son sacrificados. Van a una trituradora donde se convierten en una papilla de proteína pura; pensándolo bien son prácticamente igual que huevos batidos, con algo de sangre, eso sí. No voy a contar en qué usan esa papilla, pero a todo se le saca hoy en día un provecho razonable. Yo separo las hembras en unas cajas de cartón. Vivirán, si a eso se le puede llamar vida. Y tiro los machos en un contenedor que va a la trituradora. Lo que haya en el contenedor va a la trituradora sin que nadie lo  mire. Qué va a haber dentro, sólo asquerosos pollitos macho piando. Nadie tiene interés en ver eso.

Así es como me deshice del cabrón de Hotaka cuando se negó a seguir explicándome cómo mejorar mi técnica. Y encima se burló de mí. Era un chino racista y codicioso, con todo el dinero que ganaba.   No le entendí muy bien, pero se estaba burlando de mi torpeza con los pollos y con las mujeres. Bastó un garrotazo en la nuca. Luego lo congelé en un arcón y lo corté en trozos no muy grandes que fui dejando poco a poco en el contenedor de los machos. Me sorprendió lo pequeña que era su polla, aunque tampoco sé cuál es el tamaño normal de una polla amarilla y congelada. 

Y es así como voy a deshacerme de esta puta. Ya sabía que no tenía que contarle en qué trabajo, ni sincerarme con ella. No sé por qué lo he hecho, ni por qué pensé que yo le podía gustar. El caso es que se ha descojonado y me he dado cuenta que sólo le interesaba mi pasta. Hay que reconocer las cosas como son. Hotaka siempre me decía que es mejor pagar, pero supongo que yo soy un romántico. Y creo en el amor verdadero, aunque es difícil encontrar la mujer que lo merezca. Con ésta me he equivocado, desde luego. Un mes de zalamerías para que se ría de mí a la primera intimidad.  Al arcón y, poco a poco, con los pollitos. Papilla de pollito enriquecida con trocitos de gallina puta. 

Una vez me contaron qué hacen con la papilla de pollos triturados. No la tiran, claro, si tiene prácticamente la misma composición que los huevos batidos.  No voy a contarlo aquí porque cada uno tiene sus gustos. Yo, por ejemplo, nunca como carne de pollo, ni tampoco soporto la bollería industrial, especialmente los donuts. Dicen que sobre gustos no hay nada escrito.

 

 

 

 

 

 

 

 

El cordero

¿No conoces a Luis Carlos? Si lo conocieras te caería genial. Si lo conocieras en el trabajo al menos. Todos lo adoran. Luisca es un gran profesional, un empleado responsable, un amigo con el que siempre se puede contar.


Nunca le verías una mala cara cuando hay que quedarse toda la tarde para cerrar una oferta o hacer el cierre. Incluso te daría pena ver cómo le trata el jefe a veces o alguno de esos clientes sádicos. El pobre no se lo merece, siempre tan servicial y dispuesto a echar una mano.


Te sorprendería que cualquier martes traiga galletas de mantequilla con sabor a vainilla. Deliciosas, te encantarían. Le oirías decir que las trae para afrontar lo que queda de semana con una sonrisa. Te parecería tan atento.


Al salir de la oficina, le verías saludando desde la ventanilla de su viejo Volvo y deseándonos a todos que tengamos un feliz descanso. 


También te sorprendería cómo le cambia la cara al encarar la avenida que da acceso a la modesta urbanización de clase media dónde reside. Sentirías un peso en el pecho si le ves aparcar junto al pequeño jardín de la entrada, salir del auto con gesto cansado y dirigirse al buzón de latón para enfrentarse al correo y revisar una pila de cartas entre las que se encuentran evidencias de una nómina insuficiente, unas facturas excesivas y esa sensación de presión en el pecho por no llegar a final de mes.


Te parecería desanimado al verle resoplar tras abrir la carta que llevaba un tiempo esperando, esa en la que le informan que lamentablemente no ha obtenido la calificación suficiente para optar a la certificación por la que tanto se había esforzado.


Luego verías cómo al darse la vuelta repara en el olor a mierda que desprende el gallinero de su vecino. Podrías ver su gesto de resignación al descubrir que las malditas gallinas se han vuelto a escapar. Notarías cómo frunce el ceño al ver la puerta del gallinero rota y cómo se le tensa la mandíbula al descubrir una pelota de fútbol, que le es familiar, junto a la escena del crimen.


Te parecería escuchar las risas de unos niños mientras encara los peldaños del porche y abre la puerta. Luego le oirías gritar “Ya estoy en casa” y te darías cuenta de que las risas cesan súbitamente. Oirías pasos apresurados y un portazo al fondo del pequeño pasillo de la humilde casa del barrio residencial de clase media y sentirías frío mientras ves a Luisca suspirar tensamente al dejar el correo en el mueble del recibidor y estirar el cuello hacia un lado hasta provocar un fuerte chasquido cervical.


Sentirías una mezcla de rabia y asco al verle aflojarse el nudo de la corbata y sacarse el cinturón lentamente mientras se adentra en la casa…

Entrevista a Bárbara

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