Estoy yo y luego están los demás. Y los demás sienten que están cada uno de ellos y, después, el resto.
Desconozco la razón por la que nos crearon de este modo, como cajas cerradas, capaces de sentir desde nuestras tapas hacia dentro e incapaces de saber cómo sienten los otros. Unos colocados en los estantes superiores y otros,en los de abajo. Entiendo que es una injusticia, que vivimos en un gallinero y no depende de nosotros si nuestro huevo saldrá roto o grande y lustroso, con un hermoso pollito dentro.
Cuando entrevisto a alguien solo puedo intentar comprender cómo se siente porque ponerme en su lugar es imposible. Yo tengo el mío y no es el mismo que el de la otra persona. Eso sí, me pregunto qué pensará de mí, si se acabará de comprar la ropa que lleva puesta a propósito para aumentar sus posibilidades de conseguir empleo. Cuáles fueron sus aspiraciones antes, incluso mucho antes de llegar a mí.
¿Se habrán sentido atemorizados dentro de su armazón cubierto por una americana antes de cruzar el umbral de mi puerta?
Mi madre me pregunta, hijo, cómo va el trabajo. De cine, mamá. Es muy emocionante. Llamo a los elegidos y les saco del desempleo, imagina qué satisfacción.
Están como en esas máquinas de la feria en las que, con un mando, tienes que mover un brazo robótico y pescar un regalo. Salen del revoltijo de trastos y pasan a ser ciudadanos útiles.
Tú no sabes qué alegría da sentir su agradecimiento.
Yo me los imagino, por la mañana, cuando el despertador les suena en mitad de la noche oscura y se visten y salen a la vida a ganarse un salario. Montando helados o envasando pollos. Salen de sus lechos calientes y sienten el frío de la madrugada pero a final de mes siguen pudiendo salir a una terraza y tomar un aperitivo. Mi trabajo es dar trabajo. Soy una pieza muy importante del engranaje. Muy importante porque ya lo sabemos todos, que trabajar nos hace dignos.
Lo que no le cuento es que algunas entrevistas me hacen pensar que para algunos desgraciados la vida es como un continuo orgasmo fingido. Hay que ver cuánto empeño le ponen. Así, sigue, sigue. Y me da placer. Que tengan que fingir me pone y por eso les empujo para que finjan más y más. Tienen que hacerlo, yo soy una pieza importante y ellos no.
Les pregunto, ¿por qué debería elegirte? Y sé que ellos quieren contestar, porque estoy desesperado, si no de qué iba a aplicar a un trabajo de mierda como el que ofreces. Pero responden: soy organizado, metódico y responsable y siempre doy lo mejor de mí. Les pregunto, ¿cuáles son tus expectativas salariales? Y ellos responden, dóciles: según convenio; cuando querrían decirme, cabrón, qué pregunta retorcida, si sabes que me pagarán lo mínimo qué importa lo que yo querría.
Y es que yo soy el brazo robótico y ellos el revoltijo de trastos. El mundo es así y no lo inventé yo.
Mamá, la paella a la próxima, con un poco menos de sal, que se te va la mano.
Claro, hijo, perdona. Qué orgullosa estoy de ti. Y yo de mí, pienso. Y yo de mí.
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