Es lunes y empieza la semana 37. Esta semana voy a conocer a la matrona y a partir de ahora voy a verla cada lunes para hacer algo a lo que llaman monitores. Esta semana también me toca la preanestesia por si fuera a cesárea. Todo lo que sé de la matrona es que se llama Bea y que tiene rulos, porque la vi en la foto de whatsapp. Me suena que tiene un poco más de 50 y aunque se limitó a decirme “lunes a las 4” cuando le escribí para que me diera una cita, tengo fe en que por algo eligió esa profesión. Capaz no me dijo ni hola porque estaba en medio de una consulta o de un parto, pidiéndole a alguien que puje.
El viernes pasado fui a un taller de pujos. Me gustó escribir la palabra pujos o pujar al que me preguntaba qué planes tenia para el viernes. El lugar donde se daba la clase era amplio, un espacio parecido a un estudio de yoga, tenia piso de madera y sillas ubicadas en forma de ronda, de dos en dos. Éramos ocho embarazadas con sus parejas. Con Seba llegamos tarde porque nos costó mucho aparcar.
Pujar es hacer fuerza para vencer un obstáculo - dice una de las matronas apenas nos sentamos. Tengo que pujar para que el bebe salga de mi cuerpo. ¿Es mi cuerpo el obstáculo? Las matronas que dan el taller están sentadas en pelotas de yoga, el único lugar donde me pude sentar las últimas semanas y donde dormiría si pudiera. En el pizarrón, al lado de la fecha, hay una pregunta escrita: ¿Se puede aprender a pujar? Nos dicen que si se puede aprender a pujar y que hay una curva de respiración que debemos respetar. La matrona explica como debemos respirar en cada etapa de la contracción, nos pide que lo hagamos junto con ella. Una inspiración profunda, respiraciones cortas, apnea, fuerza en la pelvis. Pienso en mi madre y en que parió a tres sin curso de preparto, ni clase de pujos, ni puericultora, ni doula. Me la imagino sola, con las piernas colgando en una camilla como las de antes y a mi padre mirando el espectáculo como en un acuario, a través de un vidrio gigante, como si fuéramos otra especie. Es que un poco lo somos, ¿o no? Miro a las parejas, hay siete hombres y una mujer. Seba presta atención a lo que dice Carmen, una de las matronas y levanta la mano para hacer una pregunta. Quiere saber cuál es el momento óptimo para colocar la epidural. Carmen le explica que no hay un momento óptimo, que depende de cuánto dolor se está experimentando. Lo que sí hay es un momento de inicio y uno de fin, en el que la anestesia se vuelve contraproducente.
En la consulta de preanestesia un hombre alto, calvo y que parecía simpático me dijo: con esta presión que tienes la recomendación es que vayas directo a una cesárea. Un especialista en tratamiento del dolor, experto en sustancias que hacen que las cirugías no sean una tortura, no sabe que la elección correcta de las palabras es también una forma de anestesia. Le explico que mi presión alta es emocional. Que hay algo que se llama síndrome de la bata blanca y que es una especie de nerviosismo que sentimos los que padecemos eso, que hace que nos suban las pulsaciones, nos transpiren las manos, la cara o la cabeza, los cachetes se llenen de sangre, suba la presión. Pero que al salir de ahí, del contexto médico volvemos a respirar normal, el pulso cardíaco baja, la presión se normaliza. Me pregunta si soy fumadora, le digo que no, que dejé hace más de un año. Y que fumaba un tope de 4 por día. Entonces fumabas diez, me dice. ¿Alcohol? Si, lo normal - le respondo - cerveza, vino. Entonces whisky y vodka, me responde. Todos los pacientes mienten. Por último, me pregunta si soy alérgica a algo, quiero decirle que a los médicos, pero le digo que no, a nada.
Se enrosca el estetoscopio en el cuello y se para atrás mío. Me pide que respire profundo una, dos, tres veces. ¿Alguna pregunta? Le digo que quiero saber en qué momento sugiere él la epidural, si al comienzo de las contracciones o si es mejor aguantar un poco el dolor y que el efecto anestésico llegue en la peor parte. Vos pedila apenas llegas, me dice. Porque si la pedis cuando te duele mucho, las contracciones son más fuertes y si te mueves justo en el momento que te están pinchando, puede ser muy muy peligroso. De nuevo.
Salgo del hospital y lloro. Es la segunda vez que camino por esa cuadra llorando. La primera vez fue después de conocer a Bea, que cuando le pregunté cuáles eran los signos de alarma y en qué casos debía hablarle, me dijo: por favor cuanta ansiedad, estás recién en la semana 37. Le escribo por Whatsapp a mi amiga anestesióloga y le cuento. Me dice que ella coincide con el médico alto y calvo porque la presión alta es muy riesgosa, tanto para la mamá como para el bebé. Lo importante es que estén los dos bien, si tiene que ser cesárea que sea. Lo entiendo, lo acepto, no tengo nada en contra de la cesárea. Fue la forma, el modo, la distancia, la elección de las palabras. Igual, una medición aislada no significa nada, me aclara. Es que eso fue, un dato aislado, influenciado por una situación de tensión, en un hospital en el que estoy por segunda vez en mi vida, en otro país, con una barriga de diez kilos, próxima a parir, con una enfermera que sin decirme hola me enchufa a un medidor de presión y me pega cables con sensores en las tetas para hacerme lo que ya sé que se llama electrocardiograma, pero que por supuesto ni mencionó. ¿Esto es siempre así? Lloro un poco y me autoregulo. Que sanador que es llorar. Ceci, mi amiga psicóloga me explicó que llorar es un mecanismo que tiene la psiquis para volver al eje, que no tiene por qué ser bueno o malo, es solo que nosotros le damos esa connotación. Pobrecita, mirala, está llorando, qué le habrá pasado, en lugar de, qué bien, se está autorregulando. El problema es si se vuelve una constante, acompañado de tristeza o falta de sentido. Sino, es reparador, como dormir cuando tenemos sueño.
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Llega el segundo lunes de monitores y me propongo encarar a la matrona con otra actitud. Tengo que poder. No es un ogro, me digo. Es su forma y las palabras que elige. La obstetra me aclaró que es una gran profesional por eso la elige para su equipo. Me concentro en eso. El monitoreo consta de dos registros: en uno miden las contracciones y en el otro registran el latido del bebé. Leí por ahí que es bastante inutil y que en algunos países ya no se hacen. Tardo en darme cuenta pero Bea me recuerda a Gloria.
Gloria era la mujer de Cacho, los caseros de la casa de mis abuelos desde mucho antes de que yo naciera. Se jubilaron cuando yo tenía 12 años. Antes, sobre todo en las zonas rurales, era muy común que hubiera caseros, una pareja o una familia que cuidaba la casa a la vez que hacía algunas tareas laborales también. Con el tiempo esa práctica fue en desuso, ya nadie quiso instalarse en el campo a cuidar casas y las personas fueron reemplazadas por alarmas y cámaras. Gloria era bajita, tenía el pelo rojizo y con rulos. Hablaba poco y nada. También era flaca y, como Bea, tenía los nudillos de los dedos aumentados por la artritis en sus articulaciones. Todos los días a la misma hora, iba hasta el gallinero que quedaba al fondo del parque. Volvía con la canasta llena de huevos y tocaba la puerta de la casa de mi abuela para dejarle algunos. Había huevos marrones y blancos, grandes, medianos y chicos. Eso - me explicó la única vez que la acompañé - era porque había diferentes tipos de gallinas y un solo gallo para todas. Aunque nunca supe si era cierto, Gloria entraba y las espantaba, las gallinas dejaban sus nidos y salían cacareando, dejando sus huevos a la vista. Ella se daba cuenta con solo mirarlos si estaban listos o si había que empollarlos un poco más.
Bea imprime el registro de los monitores y me dice que esta todo bien, que nos vemos el próximo lunes, salvo que me ponga de parto. Llamame cualquier cosa, me dice y me tranquiliza que entremos en confianza. Aunque usa otras palabras, es más o menos lo mismo, tengo que seguir empollando.
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