¿No conoces a Luis Carlos? Si lo conocieras te caería genial. Si lo conocieras en el trabajo al menos. Todos lo adoran. Luisca es un gran profesional, un empleado responsable, un amigo con el que siempre se puede contar.
Nunca le verías una mala cara cuando hay que quedarse toda la tarde para cerrar una oferta o hacer el cierre. Incluso te daría pena ver cómo le trata el jefe a veces o alguno de esos clientes sádicos. El pobre no se lo merece, siempre tan servicial y dispuesto a echar una mano.
Te sorprendería que cualquier martes traiga galletas de mantequilla con sabor a vainilla. Deliciosas, te encantarían. Le oirías decir que las trae para afrontar lo que queda de semana con una sonrisa. Te parecería tan atento.
Al salir de la oficina, le verías saludando desde la ventanilla de su viejo Volvo y deseándonos a todos que tengamos un feliz descanso.
También te sorprendería cómo le cambia la cara al encarar la avenida que da acceso a la modesta urbanización de clase media dónde reside. Sentirías un peso en el pecho si le ves aparcar junto al pequeño jardín de la entrada, salir del auto con gesto cansado y dirigirse al buzón de latón para enfrentarse al correo y revisar una pila de cartas entre las que se encuentran evidencias de una nómina insuficiente, unas facturas excesivas y esa sensación de presión en el pecho por no llegar a final de mes.
Te parecería desanimado al verle resoplar tras abrir la carta que llevaba un tiempo esperando, esa en la que le informan que lamentablemente no ha obtenido la calificación suficiente para optar a la certificación por la que tanto se había esforzado.
Luego verías cómo al darse la vuelta repara en el olor a mierda que desprende el gallinero de su vecino. Podrías ver su gesto de resignación al descubrir que las malditas gallinas se han vuelto a escapar. Notarías cómo frunce el ceño al ver la puerta del gallinero rota y cómo se le tensa la mandíbula al descubrir una pelota de fútbol, que le es familiar, junto a la escena del crimen.
Te parecería escuchar las risas de unos niños mientras encara los peldaños del porche y abre la puerta. Luego le oirías gritar “Ya estoy en casa” y te darías cuenta de que las risas cesan súbitamente. Oirías pasos apresurados y un portazo al fondo del pequeño pasillo de la humilde casa del barrio residencial de clase media y sentirías frío mientras ves a Luisca suspirar tensamente al dejar el correo en el mueble del recibidor y estirar el cuello hacia un lado hasta provocar un fuerte chasquido cervical.
Sentirías una mezcla de rabia y asco al verle aflojarse el nudo de la corbata y sacarse el cinturón lentamente mientras se adentra en la casa…
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