Se
levanta sin despertar a su mujer, que duerme arropada por el edredón que le ha
ido hurtando durante el sueño. Mientras el agua de la ducha sobre su cabeza le
va espabilando, recuerda el día que es. Se siente ligeramente inquieto, pero pronto
recupera los mecanismos mentales que tiene automatizados por la costumbre, y se
tranquiliza. Deja dormir a Mai diez minutos más, y se va a preparar el desayuno.
Sale al patio de la masía, hurga en el gallinero y vuelve a la cocina con su
botín de huevos recién puestos. Pasa por la habitación de los niños, y los
despierta con los rituales habituales: canciones, cosquillas, levantar la
persiana poco a poco para que no renieguen demasiado… Ante el inevitable
alboroto aparece Mai, restregándose los ojos, en la puerta de la habitación.
–Buenos
días, cariño… Se me olvidó decírtelo ayer, mañana tengo una reunión en la sede central
del banco, dormiré esta noche en el refugio para estar más cerca de Barcelona.
–Papá,
pero ¿estarás aquí por la tarde? Que me tienes que llevar al cumple de Aitana.
–¡Jo,
papi, te pierdes mi entrenamiento! Hoy íbamos a tirar penaltis…
Una
vez todos listos para salir, se sienta ante el volante del todoterreno familiar.
Hace un día precioso, el cielo es una carpa de un intenso azul ininterrumpido,
y los rayos del sol hacen brillar las gotitas de rocío sobre las hortalizas de
los campos que rodean la masía. Tras dejar a Mai en la puerta de la tienda, y a
los niños en el colegio, se dirige a la oficina. Le sigue gustando la tradición
de poner la radio mientras conduce.
–«Hoy,
16 de mayo, luna llena, se pondrá el sol a las 21:09 horas. El cielo está
despejado y no se esperan precipitaciones.»
Aparca
el coche en una de las plazas para directivos. Sube a su despacho, consulta el correo,
responde un par de llamadas. Llama a su secretaria.
–Esperanza,
por favor, concierta la reunión con Tarradellas para mañana a las 11:00. ¿Cómo sigue
tu nieta, ha salido ya del hospital? Alegra esa cara de preocupación, mujer, si
hoy en día una apendicitis no es nada, y los niños se recuperan rápido…
De
nuevo al volante, se dirige hacia el norte, cruzándose con los coches de los que
vuelven a casa después de la jornada laboral. Transcurridas un par de horas,
toma un desvío hacia el interior. Al cabo de otra hora el paisaje cambia, se encrudece,
asoman los picos de las montañas, que forman sombras sobre la cada vez más escarpada
carretera, y los altos árboles aparecen cada vez más juntos, protegiéndose de
la soledad.
Al
final de un camino de piedras está el refugio. Ha pertenecido a su familia durante generaciones.
Primero era una simple caseta de monte, donde guardar los aperos de labranza, pero
todos los sucesivos propietarios han estampado su huella sobre la casa,
tratando de hacerla acogedora, intentando hacer más confortable la imprescindible
visita mensual de los miembros varones de la familia.
Se
pone ropa cómoda. Intenta relajarse. No hay un ser humano en veinte kilómetros
a la redonda. Sabe que no puede hacerle daño a nadie. Sabe también que, como cada
mes, se dormirá y al día siguiente no se acordará de nada. Que su ropa
aparecerá destrozada y llena de sangre. Y que en algún periódico local
aparecerá una noticia sobre las alimañas que cada cierto tiempo asaltan los cercados
y atacan a los rebaños, y de las que no se encuentra huella alguna. Aunque hay
quien asegura haber oído aullidos en la lejanía.
Sorprendente final, me quedo con ganas de otro capítulo bajo la maravillosa escritura de siempre. Por favor, alguien localice editor que saque partido a esta pluma.
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