Nunca como carne de pollo. Bueno, casi nunca como
carne de ninguna clase. Podría comer chuletas de cordero, entrecot, o lomo de
cerdo, incluso hamburguesas. Me gustan, sí, pero no soy capaz de entrar al
pasillo de la carne en Mercadona. No soporto ver las bandejas de pollo. Los alones
con restos de plumas, los cuartos traseros de piel amarillenta llena poros con
trozos de cálamo incrustados. No puedo.
A veces me preguntan en qué trabajo. Nunca digo la
verdad. Trabajo en una granja, digo, soy veterinario. Ambas cosas son mentira.
No trabajo en una, sino en muchas granjas y no soy veterinario, sino sexador de
pollos. Una vez estaba en la cama con una chica y me preguntó ¿En qué trabajas?
Se lo tuve que decir y primero pensó que era una especie de pervertido –¿qué
dices que haces con los pollos?– Y fue mucho peor intentar explicárselo: le entró la
risa floja y ya no hubo manera de que me centrase en el asunto. No, no puedo
comer carne ni decir en qué trabajo. Y menos a las mujeres.
A mí me enseñó el oficio un japonés que se llamaba
Hotaka. Estudió en la Escuela de Sexadores de Nagoya y le pagaban a quinientos euros la
hora. Claro que él era capaz de hacer dos mil pollos por hora sin equivocarse
nunca. Yo no he conseguido pasar de tres o cuatrocientos, y cobro mucho menos,
unos cuarenta la hora. No está mal para los tiempos que corren, pero nunca
tendré el coche que se gastaba Hotaka, ni las mujeres que paseaba. A él no le
importaba decir en qué trabajaba. Ni pagar por estar con mujeres, decía que le
salía mucho más barato. No me enseñó gratis, qué va, tuve que pagarle una buena
cantidad. Y nunca me contó todo lo necesario; hay mucha diferencia entre
sexar dos mil pollos o sólo trescientos. Ganó mucho dinero y un día se marchó
sin despedirse. Los japoneses son muy raros, se comentaba, y con ese trabajo,
tú me dirás. Yo le he sustituido en algunas de sus granjas, aunque
continuamente me dicen que no lo hago igual de bien. Claro que no lo hago
igual, no te jode, ni ellos tampoco me pagan lo mismo.
En las granjas hace mucho calor y el olor es horrible.
Y el ruido. Huele a gallinaza y al aliento de los pollos. La gente piensa que
un pollo recién nacido es encantador y que no tiene aliento. Bueno, puede que
uno no, pero dos o tres mil puestos en cajas a tu alrededor sí que lo tienen. Y
fétido. Y pían sin cesar. Cuando los cojo y les soplo en las plumas del culo
para ver la cloaca me rebota un olor repugnante que ninguna mascarilla puede
tapar. Los estrujaría solo para ver cómo se les salen las tripas por sus
asquerosos culos puestos del revés.
Los pollitos macho son sacrificados. Van a una
trituradora donde se convierten en una papilla de proteína pura; pensándolo
bien son prácticamente igual que huevos batidos, con algo de sangre, eso sí. No
voy a contar en qué usan esa papilla, pero a todo se le saca hoy en día un
provecho razonable. Yo separo las hembras en unas cajas de cartón. Vivirán, si a eso se le puede llamar vida. Y
tiro los machos en un contenedor que va a la trituradora. Lo que haya en el
contenedor va a la trituradora sin que nadie lo mire. Qué va a haber
dentro, sólo asquerosos pollitos macho piando. Nadie tiene interés en ver eso.
Así es como me deshice del cabrón de Hotaka cuando se
negó a seguir explicándome cómo mejorar mi técnica. Y encima se burló de mí.
Era un chino racista y codicioso, con todo el dinero que
ganaba. No le entendí muy bien, pero se estaba burlando de mi
torpeza con los pollos y con las mujeres. Bastó un garrotazo en la nuca. Luego
lo congelé en un arcón y lo corté en trozos no muy grandes que fui dejando poco
a poco en el contenedor de los machos. Me sorprendió lo pequeña que era su
polla, aunque tampoco sé cuál es el tamaño normal de una polla amarilla y
congelada.
Y es así como voy a deshacerme de esta puta. Ya sabía
que no tenía que contarle en qué trabajo, ni sincerarme con ella. No sé por qué
lo he hecho, ni por qué pensé que yo le podía gustar. El caso es que se ha
descojonado y me he dado cuenta que sólo le interesaba mi pasta. Hay que reconocer
las cosas como son. Hotaka siempre me decía que es mejor pagar, pero supongo
que yo soy un romántico. Y creo en el amor verdadero,
aunque es difícil encontrar la mujer que lo merezca. Con ésta me he
equivocado, desde luego. Un mes de zalamerías para que se ría
de mí a la primera intimidad. Al arcón y, poco a poco, con los
pollitos. Papilla de pollito enriquecida con trocitos de gallina puta.
Una vez me contaron qué hacen con la papilla de pollos
triturados. No la tiran, claro, si tiene prácticamente la misma
composición que los huevos batidos. No voy a contarlo aquí porque cada
uno tiene sus gustos. Yo, por ejemplo, nunca como carne de pollo, ni tampoco
soporto la bollería industrial, especialmente los donuts. Dicen que sobre
gustos no hay nada escrito.
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