sábado, 19 de febrero de 2022

Economía circular


Nunca como carne de pollo. Bueno, casi nunca como carne de ninguna clase. Podría comer chuletas de cordero, entrecot, o lomo de cerdo, incluso hamburguesas. Me gustan, sí, pero no soy capaz de entrar al pasillo de la carne en Mercadona. No soporto ver las bandejas de pollo. Los alones con restos de plumas, los cuartos traseros de piel amarillenta llena poros con trozos de cálamo incrustados. No puedo. 

A veces me preguntan en qué trabajo. Nunca digo la verdad. Trabajo en una granja, digo, soy veterinario. Ambas cosas son mentira. No trabajo en una, sino en muchas granjas y no soy veterinario, sino sexador de pollos. Una vez estaba en la cama con una chica y me preguntó ¿En qué trabajas? Se lo tuve que decir y primero pensó que era una especie de pervertido –¿qué dices que haces con los pollos?– Y fue mucho peor intentar explicárselo: le entró la risa floja y ya no hubo manera de que me centrase en el asunto. No, no puedo comer carne ni decir en qué trabajo. Y menos a las mujeres. 

A mí me enseñó el oficio un japonés que se llamaba Hotaka. Estudió en la Escuela de Sexadores de Nagoya y le pagaban a quinientos euros la hora. Claro que él era capaz de hacer dos mil pollos por hora sin equivocarse nunca. Yo no he conseguido pasar de tres o cuatrocientos, y cobro mucho menos, unos cuarenta la hora. No está mal para los tiempos que corren, pero nunca tendré el coche que se gastaba Hotaka, ni las mujeres que paseaba. A él no le importaba decir en qué trabajaba. Ni pagar por estar con mujeres, decía que le salía mucho más barato. No me enseñó gratis, qué va, tuve que pagarle una buena cantidad. Y nunca me contó todo lo necesario; hay mucha diferencia entre sexar dos mil pollos o sólo trescientos. Ganó mucho dinero y un día se marchó sin despedirse. Los japoneses son muy raros, se comentaba, y con ese trabajo, tú me dirás. Yo le he sustituido en algunas de sus granjas, aunque continuamente me dicen que no lo hago igual de bien. Claro que no lo hago igual, no te jode, ni ellos tampoco me pagan lo mismo.

En las granjas hace mucho calor y el olor es horrible. Y el ruido. Huele a gallinaza y al aliento de los pollos. La gente piensa que un pollo recién nacido es encantador y que no tiene aliento. Bueno, puede que uno no, pero dos o tres mil puestos en cajas a tu alrededor sí que lo tienen. Y fétido. Y pían sin cesar. Cuando los cojo y les soplo en las plumas del culo para ver la cloaca me rebota un olor repugnante que ninguna mascarilla puede tapar. Los estrujaría solo para ver cómo se les salen las tripas por sus asquerosos culos puestos del revés.

Los pollitos macho son sacrificados. Van a una trituradora donde se convierten en una papilla de proteína pura; pensándolo bien son prácticamente igual que huevos batidos, con algo de sangre, eso sí. No voy a contar en qué usan esa papilla, pero a todo se le saca hoy en día un provecho razonable. Yo separo las hembras en unas cajas de cartón. Vivirán, si a eso se le puede llamar vida. Y tiro los machos en un contenedor que va a la trituradora. Lo que haya en el contenedor va a la trituradora sin que nadie lo  mire. Qué va a haber dentro, sólo asquerosos pollitos macho piando. Nadie tiene interés en ver eso.

Así es como me deshice del cabrón de Hotaka cuando se negó a seguir explicándome cómo mejorar mi técnica. Y encima se burló de mí. Era un chino racista y codicioso, con todo el dinero que ganaba.   No le entendí muy bien, pero se estaba burlando de mi torpeza con los pollos y con las mujeres. Bastó un garrotazo en la nuca. Luego lo congelé en un arcón y lo corté en trozos no muy grandes que fui dejando poco a poco en el contenedor de los machos. Me sorprendió lo pequeña que era su polla, aunque tampoco sé cuál es el tamaño normal de una polla amarilla y congelada. 

Y es así como voy a deshacerme de esta puta. Ya sabía que no tenía que contarle en qué trabajo, ni sincerarme con ella. No sé por qué lo he hecho, ni por qué pensé que yo le podía gustar. El caso es que se ha descojonado y me he dado cuenta que sólo le interesaba mi pasta. Hay que reconocer las cosas como son. Hotaka siempre me decía que es mejor pagar, pero supongo que yo soy un romántico. Y creo en el amor verdadero, aunque es difícil encontrar la mujer que lo merezca. Con ésta me he equivocado, desde luego. Un mes de zalamerías para que se ría de mí a la primera intimidad.  Al arcón y, poco a poco, con los pollitos. Papilla de pollito enriquecida con trocitos de gallina puta. 

Una vez me contaron qué hacen con la papilla de pollos triturados. No la tiran, claro, si tiene prácticamente la misma composición que los huevos batidos.  No voy a contarlo aquí porque cada uno tiene sus gustos. Yo, por ejemplo, nunca como carne de pollo, ni tampoco soporto la bollería industrial, especialmente los donuts. Dicen que sobre gustos no hay nada escrito.

 

 

 

 

 

 

 

 

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