EQUIPARACION
Un avispero y un gallinero tienen algo en común: en dos palabras están todas las vocales conocidas y por conocer. Es lo que hay, sólo vocales mezcladas con consonantes y en esa mezcla está el mundo entero ; con esta mezcla os contaré algo que jamás podréis creer.
«Que asco me das» le dijo su hijo a Héctor —sin venir a cuento—, mientras éste cortaba lascas de jamón ibérico para el desayuno del lunes. La noche había sido larga por el insomnio y con luna llena. La estrecha y larga cocina, dónde Héctor estaba preparando el desayuno de comienzo de semana, contempló al afilado cuchillo sesgar el aire y cercenar la yugular del adolescente: el pijama blanco se tiñó de bermellón. El charco rojo emitió un chapoteo cuando Diana entró en la estrecha y larga cocina, el insomnio y el cuchillo hicieron el resto. Un hilo de sangre se deslizaba desde la cocina hacia el pasillo y entraba al cuarto de baño, Héctor tuvo precaución de no pisarlo para no dejar las huellas de sus pantuflas por toda la casa. Ariadna, desde su habitación color rosa palo gritó: «Mamá, ya estoy despierta». El hilo de sangre, la luna llena, el charco rojo en el que se habían convertido su mujer y su hijo y el insomnio hicieron que el afilado objeto matara a lo que él más quería, la pequeña Ari ni se enteró. Y Héctor siguió cortando jamón.
Se había dejado de fumar hacía años, justo los que tenía su hijo Hermes, pero cada lunes cuando cruzaba la cancela de su edificio volvía a sentir una punzada de deseo por echarse el primer cigarrillo de la mañana y de la semana. Cuando cruzaba el Puente del Real las ansias de fumar se convirtieron en orgullo por su responsabilidad , aspiró el aire húmedo de la mañana, contempló la naturaleza y los cuerpos ejercitándose por el viejo cauce del Turia y la felicidad llegó hasta sus pulmones invadiendo todas sus neuronas. Entró, como todos los lunes (cambiaba de recorrido todos los días), por la calle de Jovellanos y sonrió cuando leyó el rótulo de la calle de Las Impertinencia: «Así se debían de llamar las calles, por lo que pasa en ellas y no por políticos, actores, literatos o cualquier famoso al que se le pretenda hacer un homenaje», se dijo y aceleró el paso para llegar a la Agencia de viajes de la calle de La Paz donde trabajaba como director. Cuando entró a la oficina, Amparo, le sonrió y le deseó buen día, se notaba que se lo decía de corazón. Héctor era muy apreciado en su trabajo y raro era el día en que no tenía que escuchar: «¡No sé qué haríamos sin tu buen humor!». Serían las cuatro cuando lo llamó su mujer para decirle que a Hermes y a Ari los recogía su hermana del colegio y que podían aprovechar para ir al cine. Héctor le respondió con un apasionado: «Claro que sí, te quiero Diana, nos vemos en Correos a las seis».
A las 17:17 ,como todos los lunes, Héctor llamó a la agencia de Buenos Aires (allá eran las 14:17), con la que mantenían una fiel colaboración desde hacía años, para saber los hoteles que estaban de oferta en Punta del Este, aunque esta rutinaria llamada de los lunes tuviera otra razón. Abel, el encargado de la agencia de viajes bonaerense, con la voz temblorosa, le comunicó que se acababan de llevar a Abraham, el dueño de la agencia: «Los ha degollado a todos, hasta a a su hijita, es un monstruo inmundo» dijo sollozando. En la pantalla del ordenador Héctor vio la foto de Abraham, se vio y pensó : algún día me tocará a mi ser el malo, algún día...
Al pasar por la calle de La Tertulia de camino hacia Correos corroboró lo que había pensado por la mañana. Al reunirse con Diana se dieron un beso de amor verdadero; rieron como niños con la película. Tomaron un Cabify para regresar a casa y cuando Héctor contempló, al final de la Alameda, alzarse majestuosa La Pagoda se sintió el ser más afortunado de la Tierra por vivir en ese edificio. La niña ya dormía cuando llegaron a casa ; Héctor le dio un beso en la frente; Hermes todavía jugaba en su habitación con la Play 5 y Helena, su cuñada, disfrutaba de un Vega Sicilia. "Alguien tiene que pagar por este mundo perfecto” pensó Héctor mientras servía una copa para Diana, él era abstemio y se puso un agua con gas.
Apagó la luz de la lámpara de la mesita de noche y al cerrar los ojos una luz morada le hizo regresar al momento en que su hijo le decía “Que asco me das” y vio dentro de sus pensamientos al mismo horror. Contó unas respiraciones y se durmió sabiendo que no somos nuestros pensamientos.
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