lunes, 28 de marzo de 2022

AUTOPARODIA


 Os presento un buen ejemplo de autoparodia, muy divertido. Atentos a la letra, es genial.


https://www.youtube.com/watch?v=sEho2QrKsuA



 CRONICA SALVAJE.

 

Vuelven a caer bombas sobre Europa y cada vez mi mirada del mundo se va volviendo a convertir, pues, en la de un niño pasmado. La misma mirada que visitaba el zoo de Viveros cuando lo llevaban sus padres. Europa es muy pequeña, ni siquiera es un continente. Los seres humanos que pueblan todas las naciones europeas dan vueltas sobre su identidad nacional mostrando la estereotipia del nacionalismo. Todo lo dan, hasta la vida, por una bandera.

La historia de Rómulo igual no les interesa pero de su crónica algo se puede aprender. Rómulo se ha curado de su estereotipia.

Rómulo no eligió nacer rinoceronte y tampoco dónde nacer. Nació en el Reino Unido el 15 de abril de 1979. Dalí presumía de saber pintar rinocerontes, por si alguien no ha visto un rinoceronte les diré que pesa entre 800 y 1.400 kilogramos y es lo más parecido a un unicornio que se puede ver (el cuerno lo tiene en el hocico y no en la frente); tiene la piel arrugada y las patas las lleva protegidas por minifaldas de grasa; su mirada es tierna, dócil y mansa; y mide 1´70 metros de altura. Su vida en la sabana se limita a comer hierbas bajas y a bañarse en las lagunas, nadie se mete con él y él no se mete con nadie; su longevidad está entre los 45 y 55 años.

Las naciones tampoco eligen cuando nacer, por ejemplo, España nació un 19 de marzo de 1812 y su madre fue La Pepa. Aquel nacimiento fue debido a una invasión “extranjera”. El nacimiento de Rómulo fue incentivado en un Safari Park de Inglaterra. Las gentes corrientes van de acá para allá todos los días: trabajan, comen duermen y matan el tiempo libre como pueden o según la moda. Mis padres eran gente corriente que iban de aquí para allí y algunos sábados nos llevaban a los tres hijos al zoo de los Jardines de Viveros. A la vista de un niño aquel jardín era inmenso y cuando vi a la jirafa Turita, por primera vez, no podía creer que existieran animales de esa altura, me quedé pasmado; el padrino de Turita era el gran cantante de fama internacional Raphael y la jirafa fue donada por cervezas Turia ( de ahí su nombre). Por cierto, el elefante Noi fue donado por Dalí. Ahora el zoo de Viveros ya no existe, desde 2007, pero yo me vuelvo a quedar pasmado con las invasiones en Europa, y sobre todo con un cielo que vuelve a llover bombas.

El rinoceronte Rómulo adquirió la enfermedad de su pesada estereotipia cuando fue vendido, por el Safari Park británico donde había nacido, a un circo. Cuando llegó al zoo de València ya sólo sabia andar dando vueltas, el espacio que disponía en su pequeña jaula tampoco le permitía otro tipo de paseo. Rómulo se llevaba bien con la gente, en los ochenta se colaron en su jaula seis yonkis a meterse un pico y Rómulo ni se inmutó, tampoco juzgó su vicio, después de todo, era otra forma de estereotipia. En los Viveros Rómulo estuvo dando vueltas en círculo 23 años (desde 1984) y fue trasladado al Biopark en agosto de 2007. En el nuevo parque zoológico valenciano tenía espacio suficiente para poder pasear, pero su estereotipia lo tuvo dando vueltas en círculo durante seis años. El 19 de junio de 2013 fue trasladado a su nuevo hogar en la Dehesa sevillana, en la Reserva Natural “Castillo de las Guardas”. En este nuevo espacio con 13 kilómetros cuadrados a su disposición, y con la compañía de diferentes tipos de antílopes, Rómulo se ha curado de su estereotipia y hasta toma baños en la charca natural. Si Rómulo se ha curado hay esperanza de que el orgullo nacionalista deje de dar vueltas en círculo, habrá que convenir que nadie elige dónde nacer.

La jirafa Che nació en el zoo de Viveros en 1995 y fue trasladada con Rómulo al Biopark, murió el 20 de noviembre de 2019. La jirafa murió el mismo día del año que aquel dictador que consiguió que la gente tuviera estereotipia en España durante 40 años. Recientemente ha surgido un grupo político que sigue con aquella  estereotipia. Y el ultranacionalismo sigue dando vueltas en círculo y vuelven a caer bombas sobre Europa.

Thai


 Tengo un perro precioso. Es un shiba Inu. Japonés…rarito.

Cuando me enfado con Thai la llamo Carla (el nombre de mi hija). Entonces me acuerdo de mi abuela que nos cambiaba el nombre a todos. Al perro que teníamos entonces le llamaba Felipe; se llamaba Flipper. No hubiera tenido más transcendencia si no hubiésemos estado en 1982, con Felipe González en el gobierno. Desde aquellos deslices algunos vecinos nos miraron mal. 


Thai y yo jugamos a lanzar y recoger la pelota de tenis.


Yo le tiro la pelota, Thai va corriendo a por ella. Luego viene hacia mí corriendo con la pelota en la boca (el primer día casi se me cae una lágrima al ver que lo hacía a la primera), pero cuando llega yo pongo la mano y ella no me la da. Yo le digo:


- Si me la das, lo bordas. 


Pero no. Tengo que perseguirla hasta que se la quito. Luego se la enseño y se la lanzo. A veces la lanzo lejos, ella mira la pelota, me mira después a mí y se queda sentada, impasible. Me vuelve a mirar. Yo le digo:


- Pues aquí se acaba el juego, si tú no vas no jugamos más.


Ella se rasca la oreja y se tumba.


Al final voy yo a por ella, la reboto retador contra el suelo, la miro, le sonrío y la lanzo más cerca. Thai va a recogerla, vuelve con ella en la boca y se para delante de mí, pero no me la da. Intento cogerla y se mueve unos centímetros. Me acerco más, ella repite el desplazamiento. Al final comprendo que ella quiere jugar a “a que no me quitas la pelota”... yo la persigo, me hace quiebros, damos vueltas a la mesa, me rompe la cintura, se acerca mucho, me chulea, me agota. No puedo más...


Me rasco la oreja y me tumbo


Al rato ella coge la pelota, se pone frente a mí, la suelta de su boca y la hace rebotar suavemente en el suelo, me mira retadora y sonríe. Que no os lo creéis? Los memes de perros sonrientes son shibas que putean a sus dueños 


Cuando llego de trabajar me espera al final de la escalera haciendo una especie de baile de caballo cordobés en la Feria de Sevilla, moviendo rítmicamente las patas delanteras. Luego da un par de vueltas a mi alrededor y tiene pequeñas pérdidas como Concha Velasco. Es uno de los pocos ratos en los que Thai es perro. 


El otro día le dimos un hueso de codillo. Si te acercabas salía un sonido de su cuerpo sobrenatural amenazante. Un sonido jalogüin gutural profundo. Tardó cuatro días en comerse el codillo en los que apenas nos relacionamos (por miedo) y ahora se tira pedos descompuestos, como los últimos días del codillo (mira, suena a reportaje del NO DO “los últimos días del codillo”)


Le gusta hacer agujeros en el césped. Tenemos la parcela como un campo de golf de novatos. Busca gusanos. A veces aparece con medio gusano colgando de su boca. Es asqueroso, pero son proteínas. El asco por los alimentos es algo cultural y nuestro perro no tiene cultura. Como es capaz de oler el subsuelo he enterrado papas con olor a trufa del Lidl por la parcela, para ver si lo convierto en perro trufero. 


Cuando lleva su peluche (un pequeño elefante) en la boca, va moviendo la cabeza de lado a lado corriendo por todo el salón como si estuviera poseída, pero como va tan rápido y el peluche le impide ver, al final choca con algo: una pared, un mueble, el sofá...Afortunadamente, el elefante indestructible, actúa de airbag y la hace rebotar. Eso la cabrea aún más y entra en una especie de bucle destructor. Como mueve la cabeza mientras corre y además la intenta morder más cada vez, en ocasiones el elefante sale disparado y Thai se cree que vuela (tampoco sería la primera vez, acordémonos de Dumbo). Entonces la  inmoviliza con saña. Para quitársela lllegué a pensar en darle un trankimazin, pero después de quitársela ya me lo tomo yo y también nos relaja. El otro día mi mujer me dijo, “al elefante indestructible se le ha caído una oreja”...y Thai la llevaba en la boca.


A veces pienso que vamos a acabar todos cogiendo moscas, entonces la miro y la veo dar bocados al aire, como cuando le soplo en la boca y quiere morder el viento. Cuando me acerco veo que efectivamente va detrás de comerse una mosca y que lo vive con la concentración de un controlador aéreo: no escucha, no se mueve, no pestañea; solo vigila el vuelo, y cuando la tiene cerca lanza bocado. Es un pelón, mitad perro mitad camaleón. 


El otro día, cansado de ver a la mosca y a Thai en su duelo a vida o muerte (de la mosca), decidí rociarla de spray anti insectos aprovechando una parada en el cristal. La mosca cayó fulminada y antes de llegar al suelo Thai la interceptó y se la tragó. No llegó a tomar tierra la pobre. Thai se quedó mirando por el cristal, con la mirada perdida, como un actor de Hollywood después de hacer aterrizar un avión en llamas, luego se giró y se puso a dar tres vueltas sobre sí misma y al final consiguió morderse el rabo. Una oreja, el rabo, y tres vueltas al ruedo, no está mal...Tuve que gritarle ¡olé mi chica!



lunes, 21 de marzo de 2022

Llegada

Respira profundamente, ya no hay marcha atrás, tu madre saldrá de un momento a otro por esa puerta y dejará de ser un personaje, un personaje que forma parte de esa vida que has contado y contado, y que con cada relato ha mutado y se ha transformado en un ser nuevo, pero tu sabes que tu madre, la real, sigue igual.

Recuerda Amanda que ya no tienes 6 años, que eres una adulta, que eres madre, y que tu hija está aquí, sosteniendo unos globos y un cartel para recibir a su abuelita y tu prioridad es protegerla, del personaje y del original, porque son uno y acaba de llegar.


Corazón, allí está la abuelita- le dices a tu hija- señalando en dirección a tu madre

Mama, mama por aquí-saludas a tu madre con la mano sin acercarte para no soltar a Lucia y mezclarte con el resto de familiares y pasajeros-


Tu madre se queda mirándote fijamente, no logras descifrar su expresión, hasta que sus ojos se desvían a Lucia y notas como su rostro se suaviza, sus ojos se humedecen y sonrie abiertamente.


-Mi princesa! pero qué grande estás! dame un abrazo- Lucia te ve primero, en cuanto asientes con la cabeza, la niña se acerca tímidamente a tu madre y le da los globos y el cartel.Tu madre deja escapar los globos y suelta el cartel para abrazarlA.

-Mi niña tan linda, tan grande - avanzas rápidamente y cojes los globos y el cartel que dibujo Lucia, y por fin la saludas

-Mamá estás guapísima, ¿qué tal el vuelo?

-¿Guapísima? ¿eso es lo primero que me dices? ven acá hija ingrata, dame un abrazo y un beso como dios manda, guapísima, guapísima, que no soy una de tus clientas.

Respondes con una sonrisa y un abrazo encorsetado y piensas, que tiene razón, tus clientas son mujeres felices, que vienen a ti para que las retrates en los mejores momentos de su vida.

-Vamos, te ayudo con las maletas, Lucia la mano, que hay mucha gente.

-Pero Amanda deja a la chiquilla, que ya es grande, no tiene que ir pegada a tu falda, a los hijos hay que dejarlos ser

-Solo tiene 4 años mamá, puede seguir siendo, tomada de mi mano.

-¡Ya estamos!, ni cinco minutos han pasado y ya empiezan los reproches, ten hijos para esto, bueno hijos no, ¡hijas! porque a tu hermano nunca se le ha ocurrido hablarme así.

-No te he hablado de ninguna manera mama, venga vamos al coche -suspiras y piensas en tu hermano, y su increíble capacidad de pasar de todo, en toda su vida nunca ha tenido que asumir ninguna responsabilidad, músico, hijo eterno e inmaduro profesional-.

-¿Este es tu coche?, ¿cómo crees que voy a meterme aquí? ¿acaso no ganas suficiente dinero para permitirte uno más grande? 

-Parece más pequeño de lo es mamá, además en una ciudad como está, es perfecto para aparcar…

-y ese es tu criterio para comprarte un coche, que sea fácil de aparcar?, no que sea cómodo?, seguro? estable? y seguro que Fran no te dice nada, es un…

-¡Mamá!- le dices señalando con tus ojos a Lucia- sube por favor.

El camino lo haces callada, mirando  de vez en cuando por el espejo retrovisor como tu madre juega con tu hija, feliz con los juguetes que le ha traído.

-Listo, hemos llegado, deja que te abra la puerta

-Doña Ana, pero que alegria tenerla ya aquí

-Fran, querido, pero que guapisimo estas- escuchas como le dice tu madre mientras se deja abrazar.

-Papá, papá mira lo que me trajo la abuelita.

-Oh, cuántas cosas, venga vamos adentro- dice Fran mientras deja la puerta abierta y se acerca al coche a ayudarte con las maletas

-¿Cómo estás?, ¿Qué tal ha ido?

-Bien, bien - le sonríes levemente-ve con ellas, luego hablamos.

-Así que desde aquí es donde siempre hablamos, que salita tan acogedora -su mirada se detiene unmomento en los candelabros que te hizo tu padre- por la cámara parece mucho más grande.

Sin darte tiempo a responder, Fran sale a tu rescate,

-Cariño, me llevo a esta pequeña vikinga a ducharse-dice mientras coje a Lucia y se la lleva al baño como si fuese un saco de patatas en medio de los gritos y risas de la pequeña-.

-¿Quieres beber algo?, agua?café? te? o prefieres instalarte en tu habitación?-le preguntas mientras te atrincheras en la cocina y te preparas para el primer asalto.

Sabes que tu madre ha notado tu tensión, decide no avanzar, te mira fijamente y sin previo aviso comienza a llorar, llora sin emitir sonido, sin parar, sin moverse, como si solo le estuviese permitido producir lágrimas y nada más. Te acercas poco a poco y la abrazas, y entonces como un petardo tardío explota!

-Juan, Juan, Juan,Juan, Juan, Juan

-ya mama, ya, lo siento tanto, lo siento tanto

-no puedo Amanda, no puedo sin tu padre, no quiero sin el.

-Ya mamá-qué más puedes decirle, sabes perfectamente que tiene razón, que no podrá sin el.


domingo, 20 de marzo de 2022

Pam, plof, crack


_Mamá, te quiero dar las gracias por haberme enseñado  a tener miedo a  las caídas. 

_Hija, cómo no. Es importante anticipar los obstáculos. Recuerda que el mundo está lleno de superficies resbaladizas, de objetos cortantes, de esquinas puntiagudas y temperaturas indeseables. Es mejor protegerse. 

_Sí, mamá. Cuánta razón tienes. Me pondré un abrigo grueso en invierno y braguitas de algodón en verano. Llevaré siempre pañuelos en el bolso y caminaré mirando por dónde voy.

_Así debe ser. Que ya sabemos que te puedes estampar sin caerte. Patinar sin caerte. Romperte los huesos sin rompértelos. Destrozarte tus propias uñas. Encontrar la comodidad en posturas dañinas. Atragantarte comiéndote una pipa. Y aún poniéndote vaselina se te terminarán agrietando los labios.  

_Es verdad. Y hacen falta ungüentos e infusiones para mantenernos a flote. Claro, mamá. Y siempre con condón.

_Y el agua, mineral. 

_Y el bronceado, con mesura. 

_Y el alcohol, a pequeños sorbos. 

_Y las zanahorias para el guisado quedan mejor si utilizas el pelador de verduras. Cuánta razón tienes.

_Pero mamá ahora quiere que te lances, que no te caigas pero que ya no tengas miedo a caerte. Has crecido y debes ser valiente. 

_Vale, pero por si acaso, para que no me absorba la oscuridad, seguiré dejando encendida una luz tenue en mi mesita de noche. 

_Hija, dobla la curva, tú puedes. 

_Y comprobaré cada mañana que no haya nadie escondido detrás de mi cortina de la ducha a punto de atacarme. 

_Venga, avanza, eres fuerte. 

_Y cuando me persiga la culpabilidad caminaré kilómetros para dejarla atrás. Me meteré en la cama sin cenar. Me rascaré la misma zona de la piel durante demasiado rato. 

_Sigue, sé que llegarás lejos. 

_ Venga, voy a lanzarme, me dejo caer. Nunca creí que me atrevería. No sabía que tenía estas alitas pequeñas pero suficientes ni que mis músculos se pudieran estirar tanto. Es emocionante volar, soy libre de mis temores, nada podrá superar la satisfacción de haberlo conseguido. 


Pam, plof, crack. 


_Mami, ya no soy una, soy un montón de pedazos, de jugos y de entrañas. Por favor, no me mires con esa cara de contrariedad. 

_ Hija, si es que ya te lo dije. No te preocupes, mamá va a recoger tus fragmentos. 

sábado, 19 de marzo de 2022

Los Pilares de la Tierra

En la sala de espera hay sólo dos mujeres. Mayores. Una grande y gruesa y otra flaca y un poco siniestra. Al entrar me ha parecido que estaban calladas, pero percibo en sus miradas cierta expresión de satisfacción sádica. 

–Es el primero, ¿verdad? –pregunta la más robusta al apreciar mis nervios y esa cara bobalicona del que no tiene ni puta idea.

–Sí, el primero –contesto–. Me han dicho que espere aquí y que ya me avisarán.

–El primero es el peor, pero no te pongas nervioso, seguro que todo va a salir bien.

La señora canija también tiene ganas de tranquilizarme.

–Los primeros partos son muy malos. Mi Vanessa estuvo más de diez horas dilatando con el primero. Empezaron con el fórceps, pero ni por esas, al final tuvieron que hacerle una cesárea. El “meu” Ismaelín nació por cesárea, pero con la cabeza morada y deformada como una berenjena gorda. Pero ahora es un chiquet molt bonic. No te preocupes. Se pasa mal, pero luego todo sale bien.

–Los niños con cesárea son mucho más guapos. Pero la madre se queda hecha polvo. Es mejor sufrir un poco, pero parir por su sitio. Mis diez nietos han nacido de forma natural. Nada de cesáreas ni de epidurales.

Me inquieta un poco lo de los diez nietos. Diez partos naturales es demasiada información para un padre primerizo, aunque no sé si ella lo tendrá tan claro. La diosa de la fertilidad insiste.

–Yo he tenido cinco hijos y diez nietos, de momento. Ninguna cesárea. Aunque el peor parto es el primero, especialmente si la mujer no es joven ¿Cuántos años tiene tu mujer?

No sé donde meterme ni cómo cortar esta conversación. 

–Veintiocho años.

Sus pupilas se dilatan por la satisfacción de añadir más emoción a mi espera.

–Un poco mayor para el primero. Será un parto difícil, ya te lo digo yo. Pero no te preocupes…

–Todo va a salir bien –contesta el espíritu de la golosina–, ahora hay mujeres que paren el primero con cuarenta años y no pasa nada. 

–Bueno, pero hay mucho autismo y muchas cosas raras. Eso no pasaba antes. Mi hija Loli dice que es por culpa de las vacunas, yo no lo sé. Yo creo que es por las cesáreas y la epidural. Y por tener los hijos mayores. Antes no pasaba. Pero nosotras éramos más jóvenes y más fuertes. 

–Mucho más fuertes. Y sin epidural. Parirás a tus hijos con dolor…

Entra un tío joven, un poco macarra. Viste camiseta imperio y unos horribles tatuajes de cuello vuelto que le llegan hasta la mandíbula. 

–¿Ésta es la sala de espera de Derma? –pregunta mientras mira de forma inexpresiva al cartel sobre la puerta abierta donde pone claramente: Sala de Espera de Maternidad.

La matrona gruesa posee valiosos conocimientos hospitalarios.

–No. Tienes que salir al pasillo y, al fondo a la derecha, hay una escalera para subir al piso de arriba. Derma está allí.

Luego nos explica orgullosa la fuente de su sabiduría.

–Es que traigo a una nieta a Consultas Externas, me conozco el Clínico como la palma de mi mano.

La abuela flaquita quiere ayudar y retoma la cosa donde la dejó.

–Los primeros partos son así: son muy largos y dolorosos. Lo importante es empujar. Tú cuando subas al paritorio, le agarras de la mano y le dices que empuje fuerte. Eso es lo más importante. Empujar fuerte. Antes los hombres no subían al paritorio. 

–Tampoco hacéis mucha falta, una vez hecho el encargo. Para qué te voy a decir otra cosa –opina la grande evocando seguramente tiempos mejores–. Mi Juan no estuvo en ninguno de mis partos y bien hermosos que han salido mis cinco hijos.

Me temo que la espera puede ser larga, así que saco el móvil y hago como que contesto al correo. Ellas están aburridas y no tienen móvil que atender. La gorda pasa a describir cómo serán mis próximas experiencias reproductivas.

–A partir del primero los partos son mucho más fáciles. A mi hijo Iván no le dio tiempo de llegar al paritorio con su segundo; mientras aparcaba, nació su chiquillo. Mi nuera casi pare en el ascensor..

–Sí, sí –contesta la otra como relamiéndose de gusto –. Con el segundo de mi Juana pasó lo mismo. Rompió aguas en casa y el chiquillo salió en el taxi. Pero el primero suele ser largo…

–Y difícil…

–Tú la coges de la mano y le dices que se olvide de todo y que empuje fuerte. 

Me suena el móvil. Lo que faltaba para el duro. Mi suegra habrá llamado a casa y ha visto que no estábamos. No estoy dispuesto a añadir más consejos on-line a esta pesadilla presencial. Desconecto el móvil.

La señora gruesa no sólo se conoce el Clínico de memoria, además tiene percepción extrasensorial.

–¿No vas a coger el móvil? A lo mejor es la madre de tu mujer, que estará preocupada. En estos momentos, las madres ayudamos más que los maridos.

–No, qué va, era del trabajo –miento–: lo desconecto para que no me den la lata.

La mentira me recuerda que llevo en la mochila una carta que tenía que haber mandado hace dos días. Se me ha olvidado del todo. Me entra pánico, porque no sé cuándo podré mandarla. Quizás haya un buzón cerca. No va a pasar nada porque salga diez minutos. Así me libro un momento de estas dos pesadas…y de paso me compro el periódico en un quiosco para leer y cortar esta conversación de besugos.

–¿Saben si hay un buzón de correos cerca del Hospital?

–¿No irás a salir estando tu mujer de parto?  –pregunta Doña Urraca en un arranque de solidaridad de género.

Afortunadamente la experta en gestión hospitalaria tiene más conocimientos que compartir. 

–Hay uno al lado de la parada de taxis, junto al quiosco que hay frente a la Facultad de Medicina. Ya estamos atentas por si te llaman. Pero no creo: el primer parto no es llegar y besar el santo. Seguro que tienes tiempo de sobra.

Salgo corriendo y echo la carta al buzón, me compro el Levante, El País y hasta el ABC, que me parece que viene bastante gordito. Y también tienen algunos best sellers. Elijo la novela más gruesa que veo, novelas románticas aparte: Los Pilares de la Tierra. Si no me gusta, siempre puedo utilizarla como defensa personal.

No han pasado ni 10 minutos cuando estoy de vuelta en el hospital. La canija me espera con una sonrisa malévola en los labios.

–Han llamado a no sé quién. No se entendía bien. No sé si serás tú…

Si soy yo, ni siquiera sé adónde tengo que ir. Voy corriendo al mostrador de las enfermeras. Me atiende la simpática de guardia, una cincuentona con un pelo prodigioso, teñido de rubio platino.

–Mira que sois inútiles. Solo tenéis una cosa que hacer y no sois capaces ni de esperar. ¿Qué? ¿en el bar? Tranquilo, que no es para ti. Habrán llamado de otro servicio, la megafonía es la misma en todo el pasillo. A los padres de maternidad va a recogerlos un celador, tienen que subirte al paritorio para ponerte la bata y esas cosas. Anda, vete a la sala y quédate allí. Ni cigarritos en la calle, ni más bares ¿eh? ¡Vaya maridos!

No sé qué me espera si me atrevo a preguntar, pero tengo que asumir el riesgo.

–Es que hemos venido hace casi dos horas y no sé nada de mi mujer… ¿Hay alguna manera de informarse?

Mi cara de desconcierto ablanda su corazón de piedra. 

–Es el primero, ¿verdad? –tengo que quitarme el cartel de la frente en cuanto pueda–. Tranquilo, estará dilatando. Si no te dicen nada es que todo va bien. Cuando se vea que va a parir te recogen en la sala y te suben al paritorio. No te preocupes.

De vuelta a la sala, la vieja del visillo quiere seguir ayudando con unas pinceladas de obstetricia recreativa.

–Lo peor es que venga de nalgas, pero eso lo saben en los últimos controles. A veces se enrolla el cordón en el cuello, y eso es muy malo. A mi vecina Manoli , se le enrolló el cordón y el chiquillo salió con parálisis cerebral.  Pero no te preocupes, esas cosas pasan a veces, pero son raras.

–Será un parto largo, pero seguro que sale todo bien…

Considero que ya he aprendido bastante así que saco el móvil para oír música. Lo enciendo. Diez llamadas perdidas de la suegra. Valoro si debo contestar. Lo peor que puede pasar es que se venga a hacerme compañía. Pero ahora sólo sospecha donde estamos y, si la llamo, lo sabrá cierto. Prefiero quedar mal. Abro el Spotify no sin antes haber bloqueado su número y, de paso, el de mi cuñada, que no tardará en llamar para explicarme lo tengo que hacer. 

Entra un chaval muy joven con muletas y una escayola enorme en una pierna.

–Yaya, esto ya está. Me han dicho que tengo para seis semanas.

La Eva paleolítica se pone de pie trabajosamente.

–Es mi nieto Vicent, que se cayó ayer de la moto y tiene una fisura en la tibia. Estos críos no tienen cabeza, sólo piensan en divertirse. –Entonces revela los verdaderos motivos de su presencia aquí–. Esta sala espera es mucho más tranquila y agradable que la de trauma. Bueno, pues que vaya todo muy bien y que tu mujer pase un ratito muy corto….aunque siendo el primero…

Doña Jaimita me tiene ya para ella sola pero, antes de que vuelva abrir la boca, me coloco los auriculares y elijo una lista de reproducción que escucho a todo volumen. Abro el tocho que me he comprado y empiezo a leer:

“Los chiquillos llegaron temprano para el ahorcamiento”…

Miro por encima de las gafas a la abuela canija, que sigue hablándome sin importarle si la escucho o no. Miro el libro, y me doy cuenta de que, dure lo que dure,  la espera se me va a hacer muy larga.






viernes, 18 de marzo de 2022

Primavera en Praga

 

Bajé del taxi que me dejó en la puerta del restaurante. No sabía cómo me había dejado convencer para quedar justo allí, aquel sitio que me recordaba tantas cosas. Sería porque Rubén mantenía intacto su característico poder de persuasión, y aunque me costaba admitirlo, algo de su influencia sobre mí, incluso después de tanto tiempo.

Crucé el umbral del restaurante con un cosquilleo en el estómago. No sabía por qué me había llamado. Mi primera reacción había sido rechazar el encuentro, pero me había podido la curiosidad… Y quería darme la oportunidad de cerrar viejas heridas. Mi psicoterapeuta iba a estar satisfecha conmigo.

Lo encontré de pie, al fondo de la sala, saludándome con la mano y mostrando una sonrisa de oreja a oreja. No podía ser, era la mesa que solíamos compartir, en el rincón donde podíamos magrearnos sin ser vistos. Ay. El mismo cuerpazo que me volvía loca, la misma mirada seductora, y unas cuantas canas que antes no tenía, pero que no le restaban atractivo.

—¡Cuánto tiempo! —Me recibió con un apretado abrazo, que traté de deshacer con sutileza. Olía como siempre, a una mezcla entre el cuero de su cazadora y la colonia de Calvin Klein. Intentó que me sentara a su lado, pero escogí la silla de enfrente.

—Sí, mucho tiempo desde mi último mensaje… cuando ya me harté de esperar respuesta —repuse con más amargura de lo que pretendía.

Me miró a los ojos con ternura, moderando el entusiasmo de su sonrisa de bienvenida.

—Sé que te debo una disculpa. Todo se encadenó, una tras otra tomé las peores decisiones de mi vida, y no sabes cuánto me he arrepentido… Espero que me perdones —dijo intentando cogerme la mano. Me escabullí levantándola para llamar la atención del camarero. Pedimos las bebidas, agua con gas para él, Martini rojo para mí, necesitaba armarme de valor para mantener aquella conversación sin desmoronarme.

—Primero debería saber por qué hiciste algo así. Imagínate la escena, yo esperándote en el aeropuerto, y tú sin aparecer… Y tu mensaje me dejó totalmente descolocada.

—Te pedí que subieras al avión porque pensaba reunirme contigo en Praga, te lo juro —dijo en tono de disculpa—. De verdad que era importante, me había salido un reportaje muy jugoso en Madrid, podía ser mi gran oportunidad. Pensaba pillar un avión desde allí, pero luego se lio el tema.

—¿Se lio el tema? —No pude evitar levantar la voz—. Vaya, ¿y no me merecía ni una explicación?

—Bea, cielo, lo siento, de verdad…

—¿Que lo sientes? —respondí indignada. Me irritaba mucho aquella familiaridad con la que me trataba, como si no hubiera sido él la causa de mis peores pesadillas durante los últimos diez años—. No tienes ni idea de lo que fue aquello. Me pasé una semana encerrada en un hotel de mala muerte, sola. Tenía veinte años, mi inglés no era muy bueno, dependía de ti, y tú me dejaste tirada. No tenía dinero para adelantar el billete de vuelta, y no podía pedírselo a mis padres, me había escapado de casa para irme contigo, figúrate cómo se tomaron que me fugara con un tío que casi me doblaba la edad. Pero siendo malo, aquello no fue lo peor…

—Bea, por favor, intenta comprender… Tú sabes lo que es el trabajo de un periodista. Esas cosas pasan, y si vas siguiendo el hilo de una noticia, no puedes parar.

—Y tanto que no pudiste parar, ni siquiera para contestar a los miles de mensajes que te mandé preguntándote qué pasaba. —Sin darme cuenta, había elevado mucho el tono, y me empezaba a temblar la voz—. Ni a los que te envié cuando por fin pude volver a casa, a casa de mis padres, claro, cuando la idea era irme a vivir contigo después del viaje. ¿Seguías tan liado que no lo recordabas? —Rompí a llorar. Exactamente lo que no quería que pasara.

Rubén se sentó a mi lado y me abrazó. Empezó a hablarme con voz suave, mientras me acariciaba la cabeza, como solía hacer con la niña que ya no era.

—Bea, cariño… —Pegué un respingo al oírle llamarme así—. Sí, fue imperdonable. Encontré trabajo en Madrid, y allí me quedé. No pensé que quisieras seguirme, lo tenías todo aquí, tu familia, tus estudios… y no lo intenté. Pero esto tiene arreglo —dijo recuperando la sonrisa y el aplomo.

—¿Arreglo? ¿Me abandonaste hace diez años, y ahora me dices que esto tiene arreglo? —Me deshice de su abrazo y recompuse mi postura en la silla, mientras buscaba pañuelos en el bolso.

—Sí, mira, tengo una oportunidad muy buena para nosotros —dijo alegremente—. Supongo que acabaste periodismo, eras una de mis mejores alumnas. Me han ofrecido trabajar en una revista de viajes en Barcelona, un trabajo muy interesante, y voy a necesitar un ayudante. Tendríamos la posibilidad de visitar los lugares a los que habíamos planeado ir juntos, ¿te acuerdas?

Me enterneció aquel guiño al pasado. Desde aquello habían pasado más de diez años, y muchas cosas. Conseguí por fin reprimir los sollozos.

—Es decir —empecé a hablar, mucho más serena—, apareces después de diez años, sin tener ni idea de lo que ha sido de mí durante este tiempo, proponiéndome que lo deje todo para irme contigo. Tú estás muy seguro de ti mismo, ¿no? —Intentó pasarme el brazo por los hombros. Me separé de él y seguí hablando, ya con tranquilidad—. En primer lugar, no sé si te has enterado de que estamos en crisis. Las revistas no mandan a los corresponsales a los sitios exóticos, compran las fotos por agencia y con suerte puedes entrevistar a alguien por teléfono. Lo sé de buena tinta, porque trabajo de free lance hace años. Con bastante éxito, por cierto.

Me miró sorprendido.

—En segundo lugar —continué en un tono cada vez más firme—, no estoy sola, tengo una hija. —Abrió mucho los ojos con gesto de pánico—. No, no es tuya —sonreí—, deseaba ser madre, y como no tenía una pareja estable, recurrí a la inseminación artificial. Tiene dos años, y es una niña encantadora.

Se removió nervioso en la silla. Intentó decir algo, pero no le dejé.

—Y, en tercer lugar, ¿me puedes dar una explicación convincente de por qué has venido a buscarme después de tanto tiempo? Porque, de verdad, sigo sin entenderlo.

Se puso serio.

—Siempre me he acordado mucho de ti, Bea. De tu cariño sin condiciones, de tu apoyo en todas mis decisiones…

—De mi sumisión, querrás decir —le interrumpí—. Te admiraba hasta tal punto que te convertí en mi único objetivo en aquella época.

—…y he pensado que igual querías retomar aquello. Tú me querías, creo que nadie me ha querido después tanto como tú. Y estoy en un momento delicado…

—Ya vamos llegando al fondo de la cuestión. ¿Qué te ocurre?

—Bueno, es un poco complicado hablar de esto… Me han diagnosticado cáncer de hígado. Me quedan pocos meses —dijo pesaroso, agachando la cabeza. Se le había borrado todo rastro de sonrisa de la cara.

Me quedé paralizada durante unos instantes, como sucede cuando vemos cercana la presencia de la muerte, especialmente cuando ronda a alguien a quien hemos querido tanto. Alguien que ha sido tan importante para ti.

Reaccioné, y busqué en mi bolso. Saqué la cartera y dejé un billete de cinco euros sobre la mesa, mientras me levantaba.

—Para el Martini.

Me miró angustiado, dirigiéndome sus ojos suplicantes.

—¿No te quedas a comer?

Cogí el bolso y me encaminé hacia la puerta sin girarme. Lamentaba el fatal desenlace de su vida, pero sentía con alivio que había conseguido deshacer el nudo que inconscientemente aún me ataba a él. Respiré profundamente al salir a la calle. Ahora sería capaz de volver a Praga. Y me llevaría a la niña. Quizás en primavera.

lunes, 14 de marzo de 2022

Mi Dios

 ¿Y ahora qué, Juan?¿Ahora qué hago yo? Tú te largas y me dejas a mí con las niñas y el follón de la casa. Y de tu empresa de camiones ni hablemos, porque seguro que la tienes llena de trampas, Juan, que nos conocemos. ¿O crees que no sé que fuiste a la notaría con el director del banco? Que este pueblo es muy pequeño, Juanillo, y se acaba sabiendo todo. ¿Y dónde estás ahora? Que llevamos cuarenta años juntos y no me hago a la idea. 

Mira, por ahí viene D. Fulgencio, igual le pregunto a él. Esas manos blancas, sudadas y regordetas siempre me han dado aprensión, Juan, que a saber qué habrán tocado últimamente. Y no me quedan ya pañuelos, que entre las niñas y yo te estamos llorando más de lo que te mereces. Y con el calor que hace aquí en el tanatorio, que parece que hayan abierto las puertas del infierno. Coño, Juan, que es un decir. No te tomes todo a la tremenda. 

  • – Ahora está con Dios, Luisa.
  • – ¿Usted cree? Ya sabe usted que mi Juan no era mucho de curas. No íbamos a misa desde la comunión de las pequeñas.
  • – Lo sé, Luisa, y Dios también lo sabe. Pero Dios es misericordioso y perdona a la buena gente. A lo mejor esto es una prueba que te ha puesto Dios para que te acerques más a él.
  • – No creo que Dios esté pensando en mí, y yo tengo demasiadas cosas en las que pensar ahora. Y además, que digo yo que por qué Dios tiene que estar poniendo pruebas a base de llevarse a gente, y perdone que sea tan clara, ya me conoce. ¿No podría poner pruebas más sencillas? No sé… Mi Natalia dice que Dios no existe, porque si existiera no habría hambre en el mundo y los niños no morirían, y yo creo que algo de razón tiene.

Coño, ¿qué te parece?, si ha venido hasta el alcalde. Me ha dado su mano peluda y llena de anillos, que parece que no quiera recordar que su madre limpiaba casas y su padre recogía chatarra. Quiere parecer rico y parece aun más pobre, como su padre. ¿Pues no me ha dicho que el pueblo sentía tu muerte? Pero qué sabrá él lo que siente el pueblo. Este se cree que es el pueblo y decide por todos sin consultar. Así nos va.

  • – Perdone, D. Fulgencio, ¿dónde estábamos? Ah sí, mi Natalia, que además dice que si hubiéramos nacido quinientos kilómetros al sur seríamos musulmanes.
  • – Por Dios, Luisa, que cosas tiene tu hija.
  • – Yo lo que creo es que Dios nos tiene un poco olvidados. Hace más de dos mil años que no viene a vernos. Es como que ya no le hacemos ilusión, sabe usted, como un niño cuando se cansa de un juguete. Y de momento estamos en un rincón, menos mal, pero ya se sabe que los niños cuando se aburren igual despiezan los juguetes que empiezan a pegarles patadas. Si Dios fuera niña supongo que nos maquillaría un poco: una peluca, un poco de rimel, yo qué sé, al menos para dejarnos monos…
  • – Debes recordar, Luisa, que los caminos del Señor son inescrutables.

Mira, Juan, tú amigo Hilario. Se le ve triste. La verdad es que te apreciaba. Se ha puesto el traje de su boda. Qué detalle, ¿no? Ojo que viene directo y no lleva la mano por delante.

  • – Buenos días D. Fulgencio.
  • – Luisa, quiero que sepas que me tienes para lo que necesites.
  • ¿Lo has visto, Juan?, abrazando y al oído me lo ha dicho. La verdad es que yo nunca te había dicho nada, pero yo ya había notado desde chicos que me miraba. Aunque no esperaba que se apretara así. Pero tranquilo, que yo no voy a cargar con otro mochuelo. No, que no coño, que tú no eras un mochuelo, Juan.
  • – Te decía que los caminos del Señor son inescrutables, Luisa. 
  • – Y yo que pensaba que ya nos lo podía poner más fácil, que siendo tan bondadoso y tan misericordioso, no nos deja ni escrutar los caminos. Porque eso es encontrarlos ¿no?
  • – Más o menos, Luisa. 
  • – Es que no termino de entender a Dios. Si todo lo ve y todo lo sabe ¿para qué tenemos que pedirle nada? Si está en todas partes, ¿está dentro de mí también?, entonces lo sabe todo, sabe lo que pienso, o mejor ¿yo también soy Dios, o solo una parte de mí es Dios? ¿También los malos tienen a Dios dentro?, claro, porque está en todas partes… Y si los malos tienen dentro a Dios ¿también Dios es malo? ¿No dicen ustedes que es onmibenevolente? ¿No lo exime eso de ser malo?
  • – Tú lo que estás es estresada, es normal, y mañana lo verás todo con más claridad. 
  • – No crea. Espere, que viene El Jesús. Qué oportuno, ¿eh?

Te tengo que decir, Juan, que se nota que El Jesús es el único de tus amigos que estudió. Me ha dado una mano suave y la movía acompasada con la mía como si estuviéramos bailando. Me habría quedado hasta que pusieran las lentas. Que no, coño, Juan, que es broma. A ver si te vas a levantar ahora y nos da un infarto a todos. Reconoce que tus manos, finas no eran, que parece que el volante de los camiones sea de madera de azada.

  • – No es estrés, y yo mañana estaré igual, pero sin Juan, D. Fulgencio. Bueno, estaré peor, porque tendré que echarme a la espalda lo que antes se repartía entre dos.
  • – Pero Juan está ahora con Dios. Y tú debes ser más fuerte por tus hijas. Y tú también tienes a Dios para hablarle, para contarle lo que te preocupa, para pedirle…

– No, no se equivoque conmigo, D. Fulgencio, que yo para eso ya tengo a mi Juan.


lunes, 7 de marzo de 2022

 



El Comegente

Una largo pasillo con grandes ventanales y abundante luz natural, un fuerte olor a amoniaco que resulta irritante en las fosas nasales, ecos de murmullos y tacones contra el suelo, un aire espeso y húmedo. El recorrido desde que entre al lugar hasta allí, duró exactamente 13'33" minutos.

- Por favor espere aquí. Me dijo amablemente y con una tímida sonrisa la joven que me acompañó, señaló unas sillas inexistentes, sé que habría querido que estuviera más cómoda, por aquí las personas son por naturaleza hospitalarias.

No transcurrieron más de 10 minutos, la joven llegó acompañada de la Doctora encargada del área, quien parecía contenta de verme, no vienen muy seguido visitantes aquí.

Y es que, un centro penitenciario en Venezuela no es ni a kilómetros de distancia un lugar que prepare a criminales para su reinserción social, probablemente sea todo lo contrario. Dorángel Vargas, por su "condición especial", fue trasladado a este centro de rehabilitación psiquiátrico que tampoco cumple con las condiciones de espacio, estructurales o salubres para tratar casos como el de él, o ningún otro, pero es lo que hay. 

La joven se quedó allí, su trabajo había terminado, se despidió con la mirada, la doctora me acompañó durante el resto de recorrido. 

- Es un hombre tranquilo, no es violento, es muy conversador y risueño, dirija usted con autoridad la reunión, para que no divague mucho, suele ir al pasado a recordar cosas que le sucedieron o que inventó porque siempre cambia el cuento. Está muy consciente, recuerda todos los hechos con claridad, sabe perfectamente porqué está aquí, nunca hace contacto visual, siempre mira hacía otro lado. Dos guardias y un enfermero le acompañarán por si llegase a presentarse algo, pero no se preocupe, no pasará nada, es solo por precaución, no esté nerviosa. Me indicó la doctora.

Sé que lo último me lo dijo porqué habrá sentido mi respiración agitada, yo podía escuchar los acelerados latidos de mi corazón, seguro ella también, aunque trataba de mantenerme tranquila.

El 12 de febrero de 1999 en todos los telediarios nacionales se hizo pública la noticia. El primer asesino en serie de Venezuela, pero lo que producía aún más asombro y terror: el primer antropófago del que se haya tenido registro jamás. La noticia estaba acompañada de un video, -"Lo hice por necesidad", decía el hombre de aspecto desgreñado y sucio, se veía aturdido, abrumado. Sus ojos estaban desorbitados, se le notaba completamente perdido y con miedo. Yo que para entonces era muy joven, me quedé con esa imagen en la cabeza, era difícil creer que esa historia fuera real. Este hombre fue el autor de las pesadillas que tuve durante todo un mes, decía que no comía mujeres ni niños, me resultaba todo tan macabro que me costaba evitar pensar en eso. Pues aquí estaba yo, enfrentando mi miedo, enfrentando al hombre de mis pesadillas.

Entró a la sala acompañado de un enfermero, no tenía esposas, camisa de fuerza ni nada parecido, tomé aire profundamente, luego lo solté, debía mostrar seguridad y firmeza.

- ¿Ésta es la que quiere hablar conmigo? Preguntó Dorángel

- Si, pórtate bien. Le respondió el enfermero mirándome con una sonrisa casi burlona.

- ¿Cómo estás Dorángel?, aunque no era lo que había planeado fue lo primero que me salió. De inmediato tomé una postura más recta, me metí en el papel de chica valiente.

- ¿Cómo voy a estar? Bien pues, estoy bien.

- Ha pasado mucho tiempo, hay gente que te recuerda y quiere saber de ti, que ha pasado contigo. Le respondí.

- Pues yo estoy aquí, dígale a esa gente que estoy bien. Es raro que me llames por mi nombre, nadie me llama así, me gusta más que me llamen Comegente, aunque yo ya no hago eso, ya no me gusta, ahora como las lentejas con arroz que me dan aquí. 

En 1995, Dorángel fue acusado de matar y comer a Cruz Baltazar Moreno, un indigente que conocía, y por ese acto fue denunciado por otro mendigo, Antonio López Guerrero. Al cumplir los dos años de internación en el Instituto de Rehabilitación Psiquiátrica de Peribeca fue en busca de su delator para hacerlo correr la misma suerte que su primera víctima que también lo había delatado por robar gallinas. Al confesar ese crimen llegó a decir que le comió el corazón "todavía caliente" y la totalidad de su carne. Habría confesado que le gustaba poner ojos a las sopas y que no ingería niños ni mujeres; tampoco pies ni manos porque lo indigestaban. Estuvo solo dos años en rehabilitación, la medico tratante le dejó salir por no mostrar signos de peligro. Poco después, unos niños que caminaban a las orillas del río Torbes en Mérida, se encontraron unos pies, esos que él no comía, seguro las pesadillas de esos niños fueron peores que las mías. 

- Yo sé que quieres que te eche el cuento porque todos quieren que les cuente. Yo esperaba calladito a que pasaran por ahí y con un palo metal les pegaba en la cabeza, de los gorditos me comía primero la panza y de los más fuertes las nalgas, como no tenía nevera en la choza me los comía de uno en uno cada dos o tres días para que la carne no se dañara. Pero eso no tenía nada de malo, yo no hice nada malo, yo solo tenía hambre, y como no podía robar gallinas, comía gente.

- ¿Sabes que hasta escribieron una canción sobre ti? Dije con tono relajado, de hecho me sentía más tranquila, era cierto, tenía un aspecto bonachón, parecía incapaz de hacerle daño a nadie.

- Siiii - respondió con un Si largo y sostenido con algo de orgullo - Yo me la sé pero no la canto, no me gusta cantar. 

- ¿Qué piensas sobre lo que hiciste, cómo te hace sentir pensar en esas personas? Le pregunté.

- La verdad es que yo ya no pienso mucho en eso, no recuerdo quienes eran, solo sé que pasaban por ahí, eso si, yo estaba siempre pendiente.

- ¿Te gustaría salir de aquí?

- No, ¿quién te dijo que yo me quería ir de aquí? A mi no me tratan mal, me dan comida y tengo una cama, no es gran cosa. Aquí hablo con personas. Además en la cárcel no querían que yo estuviera ahí, y yo tampoco quería, esos malandros son peligrosos, tenían cuchillos y mataron a uno en protesta para que me sacaran de ahí, porque creían que yo me los iba a comer a ellos. Me sacaron, yo he estado dando tumbos por ahí y por allá, no me quiero ir de aquí. Vivía en una choza hecha por mi, ahí llevaba como podía a los que encontraba por ahí, les daba un golpe seco en la cabeza, a veces no caían tan rápido y tenía que golpearlos más, los despedazaba y hacía comida, lo que no te cuentan es que mucha gente comió también, yo hacía parrilladas y veían todos por el olor a carne y ahí se ponían a comer conmigo, yo no soy tan malo yo compartí el pan como dicen en la iglesia.

Mira, te voy a contar otra cosa y escucha bien por si acaso, los hombres saben mejor que las mujeres, saben recio como cochino salado, como jamón, da gusto comer un buen macho, las mujeres saben dulce como quien come flores y te dejan él estomago flojo como si no hubieses comido. Nunca maté hombres muy gordos, solo con panza, los muy gordos tienen mucha grasa, mucho colesterol y eso hace daño.

Yo si soy un asesino yo lo reconozco, pero no quiero que me asesinen a mi, ya te digo lo que estoy pensando ahora es hueco, tirar la pala, tirar el pico, abrir un hueco.

- ¿A cuántos realmente mataste, se habla de 10, pero fueron más los desaparecidos?

- Yo no puedo ser culpable de todo, hay mucha gente que se muere de gripe, de hambre, yo no sé cuántos fueron pero yo no los maté a todos.

- ¿Te arrepientes de lo que hiciste?

- No, yo no hice nada malo, yo tenía hambre, y me gusta la carne, yo tenía necesidad, en este país se pasa mucha necesidad. Pero yo ya no quiero hacer eso.

Entonces pensé ¿Qué podía esperar yo de este encuentro? noté que era el momento de acabar. Está fuera de sí, no es Hannibal Lecter, no es un erudito, carece de cordura, sentí pena por él, solo tiene miedo.

¿Alguna vez vino algún familiar a verte?

- Yo no se nada de esa gente, nunca más los vi, a lo mejor se murieron todos.

Dorángel miraba sus manos mientras hablaba, miraba al techo, escapaba de mi mirada, desviaba el rostro de un lado a otro para evitar cruzarse conmigo, sin embargo en un momento me miró, sentí un vacío en mi estómago, recordé el rostro, la mirada de aquel día en el que dijo a una de las cámaras "yo solo quiero comer gente", esa frase que me llenó de miedo, él notó mi miedo, que vino a mi como aquel día, y me dijo:

- No te asustes, estás conmigo.


https://www.youtube.com/watch?v=-pmq9U5NQKI

                                                 ¡SIMPLES   NYMPHEAS!

Cuando me pierdo en un laberinto teórico, le pido a Marc pasar un breve espacio de tiempo con él. Sé lo importante que es su tiempo, sumido como está siempre en su trabajo. Suele atender mi llamada porque sabe que respeto profundamente su opinión. Sabe también que cuando acudo a él es porque, de verdad, necesito la claridad del maestro. 

Llegué ayer con mi pequeña maleta, desde Madrid, a la Rue des Patriarches, en pleno Barrio Latino, donde habita en lo que fue la antigua imprenta de su padre. Es un espacio grande, diáfano, donde el orden es la base de todo. A lo largo de las paredes laterales, hasta media altura, están la multitud de cajones donde guarda las imágenes, conseguidas con su cámara. Imágenes recogidas por diversos lugares de la tierra; con las que trata de describir la realidad. En el centro del espacio, sobre una larga mesa, hay fotografías del último conflicto, que le ha tocado cubrir como reportero. 

Al fondo, una pequeña puerta conduce al cuarto de revelado. A la izquierda, por una escalera, se accede a su vivienda.  Allí, en una sala grande, hay un desorden controlado, que denota a la persona que vive sola: libros apilados sobre las mesas y librerías, cámaras por doquier, sillones dispares que invitan a la lectura y a la conversación. Un pequeño pasillo conduce a la cocina, a un baño y a dos dormitorios, el suyo y otro para los amigos.

Anoche, después de la cena, mientras compartíamos un buen vino, le conté las dudas que tengo, sobre la validez de lo que escribo. 

     Me encuentro estancada en mi trabajo. Las crónicas sobre arte que he de hacer para la revista están cada vez más vacías.  Son una repetición de las que el comisario o curador de turno me transmiten, llenas, en la mayoría de las veces, de oscura grandilocuencia que, sospecho, son una manera de ocultar la confusión que reina, ante la diversidad de formas y representación que existen actualmente.

Él, mirando el intenso rojo del interior de su copa, dijo.

     A veces hay arte en el periodismo y periodismo en el arte. La conciencia, el corazón, la belleza, el equilibrio y el desequilibrio son esenciales.

Dijo esto señalando la única imagen de la sala, que me sorprendió encontrar en la casa de un agnóstico. Una reproducción del Cristo de Velázquez, a la que había añadido una palabra debajo, SILENCIO. Su intensa mirada me abarco, pasó a través de mí, y se amplio para llegar más allá de lo presente.

     Hay que sumergirse de lleno en el significado de esa palabra: para poder escuchar, para poder ver, para poder hacer, necesitas encontrar la sencillez. Ve mañana a ver las Nimpheas de Monet- Me dijo.

     ¡Como puedes aconsejarme cuadros sobre flores, cercanos a lo decorativo, después de las inquietudes que te he expuesto! - Exclamé 

     Es mi último consejo como maestro. - Respondió

Hoy me desperté ya avanzada la mañana. Él estaba encerrado en el cuarto de revelado, con la luz roja encendida, indicando no pasar. 

Salí a la calle dispuesta a seguir su consejo. Persistía la lluvia del día anterior, por lo que pensé que era apropiado para refugiarse en un museo. Cuando llegué a la puerta de l´Orangerie, el cielo empezaba a despejar y el día prometía llegar a ser espléndido. Imaginé que comprando el mejor libro de Los Nenúfares tendría resuelta la tarea; podría callejear por la ciudad y buscar alternativas más estimulantes que ver cuadros de flores. Siempre me había resistido a visitar ese museo. Entre en la tienda, llena de reproducciones del contenido de las salas, impresas sobre todo tipo de objetos. Decidí mirar brevemente el original para saber qué libro era el mejor.

Al entrar en la primera de las dos salas elípticas, proyectadas y decoradas por MONET, para celebrar el fin de la sangrienta y primera guerra mundial. Penetré en una parábola de luz con su infinito juego de colores.

Sólo un solitario como él, retirado en una minúscula parte del mundo como su jardín, pudo lograr ver y escuchar los rumores del espacio, encontrar la luz que a su paso por el mundo va definiendo las formas, rastrear el tiempo y retenerlo por medio de pinceladas.

Los lienzos recorren los muros desplegados como inmensos ventanales. En ellos el tema es la luz, el agua la estrella. En ella, el cielo, plantas y árboles encuentran un lugar. Cada gota de óleo ha servido para acariciar las cosas. Todo el sentimiento que le produce la naturaleza, como madre gestante, está en cada partícula.

Al contemplar de cerca la superficie todo se diluye, paso a paso entre pinceladas. El trío de colores puros se va superponiendo. Cada carga del pincel ha dejado huella sobre los otros, modificando su valor para crear “una realidad última”.

Las múltiples capas de pintura me hicieron ver:  la profundidad del agua y la vegetación que vive y muere en ella. Las nubes reflejadas, como homenaje al lugar de su remoto origen. Percibir el tiempo, con la luz corriendo sobre el instante, desde el púrpura amanecer hasta su despedida.  Diciendo adiós con un destello cegador de pinceladas con infinitos amarillos.

Cuando salí a la calle, el sol estaba atardeciendo y hacia brillar los árboles, reflejados en los charcos. Volví caminando y entré en una de tantas tiendas de flores que hay en esta ciudad. La vendedora era una mujer que sonreía con la mirada. También lo hicieron sus labios cuando le pedí el ramo mas sencillo que pudiera encontrar, me ofreció uno de violetas silvestres que anudó con un hilo de seda rojo.

Cuando entré en el estudio, mientras me despojaba de la ropa de calle y del ruido de mis tacones. Él seguía trabajando, absorto, inclinado sobre la mesa, analizando la luz. Esa luz desnuda, sumergida en el ensueño, flotando en gradaciones infinitas, antes de despertar. Esa desnudez de la luz que solemos llamar Blanco y Negro, que él ama especialmente y está en muchas de sus fotografías. Salió de la contemplación cuando deposité sobre la mesa el pequeño ramo. Lo cogió, respiró su aroma y dijo.

     Contemplaste lo simple. – Yo, solo pude decir.

     ¡Gracias!                                                                                                          

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sábado, 5 de marzo de 2022

Una noche sin luna

 



La obra

La temporada teatral de la primavera 2021 en Valencia ha quedado inaugurada por todo lo alto con la representación en el teatro La Rambleta, el sábado 24 de abril, de la obra Una noche sin luna, escrita e interpretada por Juan Diego Botto, con dirección de Sergio Peris Mencheta. Se trata de uno de esos escasos acontecimientos teatrales en los que la crítica y el público son unánimes en su entusiasmo, que es amplificado por las redes sociales, y consigue que una obra presumiblemente minoritaria, sin elevado presupuesto ni vocación comercial, haya colgado invariablemente el «No hay entradas» en todos los teatros que ha recorrido en su gira nacional, desde su estreno en el teatro Principal de Vitoria en diciembre del pasado año.

Acudimos al espectáculo movidos tanto por el interés por el tema de la obra (la vida de Federico García Lorca narrada en primera persona) como por la curiosidad por la repercusión alcanzada. Supone también un potente reclamo que la música original sea del compositor Alejandro Pelayo, y que la cantante Rozalén haya colaborado interpretando una de las canciones. Sin embargo, no podemos evitar sentir cierta desazón: enfrentarnos a una obra de teatro con un único intérprete, solo en el escenario, hablando por boca de uno de nuestros más ilustres poetas, cuya muerte es una herida mal cerrada en nuestra sociedad, no deja de ser a priori inquietante.

Pero sube el telón. Y surge la magia. Y se produce la metamorfosis desde el actor al personaje: Juan Diego Botto se acerca al público, inundándole de verdad, y consigue estremecerle y llevarle hasta las lágrimas, y hacerle pensar que aquellos tiempos oscuros quizá no quedan tan lejanos. Y es Lorca, el poeta, aquel al que asesinaron en una noche sin luna, a pesar de ser el que más la ha cantado. El celebrado poeta, la alegría de todas las fiestas, el amante del mar, el perseguido por su orientación sexual en una época de intolerancia. Y Lorca canta, y canta el público las coplillas por todos conocidas, grabadas en el subconsciente popular, parte fundamental de lo que fuimos y lo que somos. Y el barco construido sobre el escenario, por el que el actor se mueve con soltura, y al que va haciendo cambiar de forma durante su peregrinaje, nos lleva a recorrer una vida plena, gozosa, narrada sin asomo de rencor, ni siquiera cuando sucede lo irremediable, en una noche sin luna. Y cuando cae el telón, y ya no nos caben más emociones en el cuerpo, este actor, menudo, solo en el escenario, se lleva la mayor ovación que hemos tenido ocasión de ver en un patio de butacas.

El autor

Todavía conmovidos por este delicado pero contundente alegato a favor de la tolerancia, acudimos a la cita con su autor en la terraza interior del teatro, vacía a estas horas. El mismo que acaba de hacer levantar a todo un teatro en un aplauso atronador e infatigable nos recibe amablemente, mostrando una timidez que no deja de sorprendernos.

Es la suya la modestia de una estrella con los pies en el suelo. Los acontecimientos que perfilan su vida explican sus fuertes convicciones y su compromiso político. Nacido en Buenos Aires en 1975, es hijo de los actores Cristina Rota y Diego Fernando Botto, desaparecido durante la dictadura de Videla. Está casado con la periodista Olga Rodríguez, experta en Oriente Próximo y testigo presencial, mientras cubría la Guerra de Irak en 2003, del ataque estadounidense al hotel Palestina que acabó con la vida del cámara José Couso en Bagdad, así como miembro activo de la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica y defensora de los Derechos Humanos en distintos foros.

Los cómodos almohadones de los sillones de mimbre, la quietud del anochecer, la cercanía de los árboles del parque colindante al teatro que nos protegen de ruidos y de miradas extrañas, y sobre todo la actitud acogedora del actor, que se pliega sonriente a cuantas fotos y preguntas queremos hacerle, consiguen crear una atmósfera propicia para la conversación sosegada. Juan Diego Botto habla en un tono quedo pero elocuente, acompañando sus argumentos con la mirada transparente de sus ojos castaños, que corrobora en todo momento sus palabras.

—Enhorabuena por el éxito de la función… ¿Es así en todos los teatros que estás llenando con esta obra?

—Sí, bueno… Estamos notando que después de la pandemia la gente tiene muchas ganas de ver teatro, de ver actuaciones en vivo, y se genera un energía muy positiva. Está siendo un viaje muy bonito, desde que empezamos la gira. La comedia, el teatro, el arte en general es más bonito verlo en comunidad, porque uno incita al otro, incita al otro…

—¿Qué supone para ti el teatro?

—El teatro, para mí, es el lugar al que volver, al que necesito regresar para comprobar que mi trabajo merece la pena. Es donde cuento las historias que me apetece contar. Cuando llegamos a España, al exilio, fue una época difícil, de escasez y muchas dificultades, y mi madre, a través de los relatos que nos contaba, consiguió que el dolor fuera menor. Para mí el teatro es la forma en que el dolor sea menor y de invitar al espectador a vivir otros mundos, que nos hagan tener otras miradas sobre lo que nos rodea.

—Cuéntanos el origen de esta obra.

—Empecé a escribirla hace como 5 o 6 años, y desde entonces Federico ha sido mi compañero de viaje. Leí en un libro de Ian Gibson que la noche del 18 de agosto de 1936, la noche en que mataron a Lorca, fue una noche sin luna. De ahí el título. La luna está muy presente en la obra de Lorca, es una de sus grandes metáforas, y no pudo acompañarle en esos momentos. Y es también una metáfora de la larga noche oscura de cuarenta años que sucedió a la guerra.

—¿Cuánto hay de tu propia vida en esta obra?

—Como sabes, mi padre fue un «desaparecido». Es una situación que genera mucho dolor, porque delega en los seres queridos la decisión de matarlo. Llega un momento en que tienes que decir: mi padre está muerto, tenemos que dejar de tener la esperanza de que aparezca. Pero, además, «desaparecido» quiere decir que alguien fue secuestrado, torturado, asesinado, y su cadáver hecho desaparecer. Reconocer que esto le ha pasado a tu padre implica mucho dolor, y eso hace que quieras mantener la esperanza. Esa esperanza aparece también en la obra. Cuando la escribí, pensaba que había escrito una obra que se alejaba de los temas habituales de mi teatro, el exilio, los desaparecidos, la memoria, la impunidad… pero luego me di cuenta de que había escrito una obra sobre un desaparecido, una persona que fue sacado de la casa en la que estaba, llevado a un lugar, fusilado, y su cuerpo hecho desaparecer. La impunidad, la memoria son los temas sobre los que baso mi teatro, porque son los temas que a mí me conmueven, los que nos hacen encontrarnos con nosotros mismos, con nuestras raíces.

Acabamos la entrevista con el creador de este viaje al pasado, un viaje al pasado que debe servir para construir un futuro mejor. Y ¿qué vemos al mirar hacia delante? Adivinamos una trayectoria llena de éxitos para esta obra, y, ¿por qué no?, el Premio Nacional de Teatro 2021 para su autor. Gracias, Juan Diego Botto.


[Adaptación de la entrevista en El Faro, cadena SER, 02/06/2021:  https://www.youtube.com/watch?v=VcDqCJ4oLCQ]


Entrevista a Bárbara

 https://www.elconfidencial.com/espana/comunidad-valenciana/2022-07-10/barbara-blasco-a-veces-es-escritora-he-pasado-gran-parte-de-mi-vida-p...