sábado, 5 de marzo de 2022

Una noche sin luna

 



La obra

La temporada teatral de la primavera 2021 en Valencia ha quedado inaugurada por todo lo alto con la representación en el teatro La Rambleta, el sábado 24 de abril, de la obra Una noche sin luna, escrita e interpretada por Juan Diego Botto, con dirección de Sergio Peris Mencheta. Se trata de uno de esos escasos acontecimientos teatrales en los que la crítica y el público son unánimes en su entusiasmo, que es amplificado por las redes sociales, y consigue que una obra presumiblemente minoritaria, sin elevado presupuesto ni vocación comercial, haya colgado invariablemente el «No hay entradas» en todos los teatros que ha recorrido en su gira nacional, desde su estreno en el teatro Principal de Vitoria en diciembre del pasado año.

Acudimos al espectáculo movidos tanto por el interés por el tema de la obra (la vida de Federico García Lorca narrada en primera persona) como por la curiosidad por la repercusión alcanzada. Supone también un potente reclamo que la música original sea del compositor Alejandro Pelayo, y que la cantante Rozalén haya colaborado interpretando una de las canciones. Sin embargo, no podemos evitar sentir cierta desazón: enfrentarnos a una obra de teatro con un único intérprete, solo en el escenario, hablando por boca de uno de nuestros más ilustres poetas, cuya muerte es una herida mal cerrada en nuestra sociedad, no deja de ser a priori inquietante.

Pero sube el telón. Y surge la magia. Y se produce la metamorfosis desde el actor al personaje: Juan Diego Botto se acerca al público, inundándole de verdad, y consigue estremecerle y llevarle hasta las lágrimas, y hacerle pensar que aquellos tiempos oscuros quizá no quedan tan lejanos. Y es Lorca, el poeta, aquel al que asesinaron en una noche sin luna, a pesar de ser el que más la ha cantado. El celebrado poeta, la alegría de todas las fiestas, el amante del mar, el perseguido por su orientación sexual en una época de intolerancia. Y Lorca canta, y canta el público las coplillas por todos conocidas, grabadas en el subconsciente popular, parte fundamental de lo que fuimos y lo que somos. Y el barco construido sobre el escenario, por el que el actor se mueve con soltura, y al que va haciendo cambiar de forma durante su peregrinaje, nos lleva a recorrer una vida plena, gozosa, narrada sin asomo de rencor, ni siquiera cuando sucede lo irremediable, en una noche sin luna. Y cuando cae el telón, y ya no nos caben más emociones en el cuerpo, este actor, menudo, solo en el escenario, se lleva la mayor ovación que hemos tenido ocasión de ver en un patio de butacas.

El autor

Todavía conmovidos por este delicado pero contundente alegato a favor de la tolerancia, acudimos a la cita con su autor en la terraza interior del teatro, vacía a estas horas. El mismo que acaba de hacer levantar a todo un teatro en un aplauso atronador e infatigable nos recibe amablemente, mostrando una timidez que no deja de sorprendernos.

Es la suya la modestia de una estrella con los pies en el suelo. Los acontecimientos que perfilan su vida explican sus fuertes convicciones y su compromiso político. Nacido en Buenos Aires en 1975, es hijo de los actores Cristina Rota y Diego Fernando Botto, desaparecido durante la dictadura de Videla. Está casado con la periodista Olga Rodríguez, experta en Oriente Próximo y testigo presencial, mientras cubría la Guerra de Irak en 2003, del ataque estadounidense al hotel Palestina que acabó con la vida del cámara José Couso en Bagdad, así como miembro activo de la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica y defensora de los Derechos Humanos en distintos foros.

Los cómodos almohadones de los sillones de mimbre, la quietud del anochecer, la cercanía de los árboles del parque colindante al teatro que nos protegen de ruidos y de miradas extrañas, y sobre todo la actitud acogedora del actor, que se pliega sonriente a cuantas fotos y preguntas queremos hacerle, consiguen crear una atmósfera propicia para la conversación sosegada. Juan Diego Botto habla en un tono quedo pero elocuente, acompañando sus argumentos con la mirada transparente de sus ojos castaños, que corrobora en todo momento sus palabras.

—Enhorabuena por el éxito de la función… ¿Es así en todos los teatros que estás llenando con esta obra?

—Sí, bueno… Estamos notando que después de la pandemia la gente tiene muchas ganas de ver teatro, de ver actuaciones en vivo, y se genera un energía muy positiva. Está siendo un viaje muy bonito, desde que empezamos la gira. La comedia, el teatro, el arte en general es más bonito verlo en comunidad, porque uno incita al otro, incita al otro…

—¿Qué supone para ti el teatro?

—El teatro, para mí, es el lugar al que volver, al que necesito regresar para comprobar que mi trabajo merece la pena. Es donde cuento las historias que me apetece contar. Cuando llegamos a España, al exilio, fue una época difícil, de escasez y muchas dificultades, y mi madre, a través de los relatos que nos contaba, consiguió que el dolor fuera menor. Para mí el teatro es la forma en que el dolor sea menor y de invitar al espectador a vivir otros mundos, que nos hagan tener otras miradas sobre lo que nos rodea.

—Cuéntanos el origen de esta obra.

—Empecé a escribirla hace como 5 o 6 años, y desde entonces Federico ha sido mi compañero de viaje. Leí en un libro de Ian Gibson que la noche del 18 de agosto de 1936, la noche en que mataron a Lorca, fue una noche sin luna. De ahí el título. La luna está muy presente en la obra de Lorca, es una de sus grandes metáforas, y no pudo acompañarle en esos momentos. Y es también una metáfora de la larga noche oscura de cuarenta años que sucedió a la guerra.

—¿Cuánto hay de tu propia vida en esta obra?

—Como sabes, mi padre fue un «desaparecido». Es una situación que genera mucho dolor, porque delega en los seres queridos la decisión de matarlo. Llega un momento en que tienes que decir: mi padre está muerto, tenemos que dejar de tener la esperanza de que aparezca. Pero, además, «desaparecido» quiere decir que alguien fue secuestrado, torturado, asesinado, y su cadáver hecho desaparecer. Reconocer que esto le ha pasado a tu padre implica mucho dolor, y eso hace que quieras mantener la esperanza. Esa esperanza aparece también en la obra. Cuando la escribí, pensaba que había escrito una obra que se alejaba de los temas habituales de mi teatro, el exilio, los desaparecidos, la memoria, la impunidad… pero luego me di cuenta de que había escrito una obra sobre un desaparecido, una persona que fue sacado de la casa en la que estaba, llevado a un lugar, fusilado, y su cuerpo hecho desaparecer. La impunidad, la memoria son los temas sobre los que baso mi teatro, porque son los temas que a mí me conmueven, los que nos hacen encontrarnos con nosotros mismos, con nuestras raíces.

Acabamos la entrevista con el creador de este viaje al pasado, un viaje al pasado que debe servir para construir un futuro mejor. Y ¿qué vemos al mirar hacia delante? Adivinamos una trayectoria llena de éxitos para esta obra, y, ¿por qué no?, el Premio Nacional de Teatro 2021 para su autor. Gracias, Juan Diego Botto.


[Adaptación de la entrevista en El Faro, cadena SER, 02/06/2021:  https://www.youtube.com/watch?v=VcDqCJ4oLCQ]


1 comentario:

  1. Ella que siempre adorna tanto sus escritos, hace un ejercicio de austeridad para darle todo el protagonismo a la obra, autor, actor y puesta en escena.Y logra que nos volvamos a sentir en la butaca del teatro y nos envuelva de nuevo aquella inolvidable noche sin luna.

    ResponderEliminar

Entrevista a Bárbara

 https://www.elconfidencial.com/espana/comunidad-valenciana/2022-07-10/barbara-blasco-a-veces-es-escritora-he-pasado-gran-parte-de-mi-vida-p...