En la sala de espera hay sólo dos mujeres. Mayores. Una grande y gruesa y otra flaca y un poco siniestra. Al entrar me ha parecido que estaban calladas, pero percibo en sus miradas cierta expresión de satisfacción sádica.
–Es el primero, ¿verdad? –pregunta la más robusta al apreciar mis nervios y esa cara bobalicona del que no tiene ni puta idea.
–Sí, el primero –contesto–. Me han dicho que espere aquí y que ya me avisarán.
–El primero es el peor, pero no te pongas nervioso, seguro que todo va a salir bien.
La señora canija también tiene ganas de tranquilizarme.
–Los primeros partos son muy malos. Mi Vanessa estuvo más de diez horas dilatando con el primero. Empezaron con el fórceps, pero ni por esas, al final tuvieron que hacerle una cesárea. El “meu” Ismaelín nació por cesárea, pero con la cabeza morada y deformada como una berenjena gorda. Pero ahora es un chiquet molt bonic. No te preocupes. Se pasa mal, pero luego todo sale bien.
–Los niños con cesárea son mucho más guapos. Pero la madre se queda hecha polvo. Es mejor sufrir un poco, pero parir por su sitio. Mis diez nietos han nacido de forma natural. Nada de cesáreas ni de epidurales.
Me inquieta un poco lo de los diez nietos. Diez partos naturales es demasiada información para un padre primerizo, aunque no sé si ella lo tendrá tan claro. La diosa de la fertilidad insiste.
–Yo he tenido cinco hijos y diez nietos, de momento. Ninguna cesárea. Aunque el peor parto es el primero, especialmente si la mujer no es joven ¿Cuántos años tiene tu mujer?
No sé donde meterme ni cómo cortar esta conversación.
–Veintiocho años.
Sus pupilas se dilatan por la satisfacción de añadir más emoción a mi espera.
–Un poco mayor para el primero. Será un parto difícil, ya te lo digo yo. Pero no te preocupes…
–Todo va a salir bien –contesta el espíritu de la golosina–, ahora hay mujeres que paren el primero con cuarenta años y no pasa nada.
–Bueno, pero hay mucho autismo y muchas cosas raras. Eso no pasaba antes. Mi hija Loli dice que es por culpa de las vacunas, yo no lo sé. Yo creo que es por las cesáreas y la epidural. Y por tener los hijos mayores. Antes no pasaba. Pero nosotras éramos más jóvenes y más fuertes.
–Mucho más fuertes. Y sin epidural. Parirás a tus hijos con dolor…
Entra un tío joven, un poco macarra. Viste camiseta imperio y unos horribles tatuajes de cuello vuelto que le llegan hasta la mandíbula.
–¿Ésta es la sala de espera de Derma? –pregunta mientras mira de forma inexpresiva al cartel sobre la puerta abierta donde pone claramente: Sala de Espera de Maternidad.
La matrona gruesa posee valiosos conocimientos hospitalarios.
–No. Tienes que salir al pasillo y, al fondo a la derecha, hay una escalera para subir al piso de arriba. Derma está allí.
Luego nos explica orgullosa la fuente de su sabiduría.
–Es que traigo a una nieta a Consultas Externas, me conozco el Clínico como la palma de mi mano.
La abuela flaquita quiere ayudar y retoma la cosa donde la dejó.
–Los primeros partos son así: son muy largos y dolorosos. Lo importante es empujar. Tú cuando subas al paritorio, le agarras de la mano y le dices que empuje fuerte. Eso es lo más importante. Empujar fuerte. Antes los hombres no subían al paritorio.
–Tampoco hacéis mucha falta, una vez hecho el encargo. Para qué te voy a decir otra cosa –opina la grande evocando seguramente tiempos mejores–. Mi Juan no estuvo en ninguno de mis partos y bien hermosos que han salido mis cinco hijos.
Me temo que la espera puede ser larga, así que saco el móvil y hago como que contesto al correo. Ellas están aburridas y no tienen móvil que atender. La gorda pasa a describir cómo serán mis próximas experiencias reproductivas.
–A partir del primero los partos son mucho más fáciles. A mi hijo Iván no le dio tiempo de llegar al paritorio con su segundo; mientras aparcaba, nació su chiquillo. Mi nuera casi pare en el ascensor..
–Sí, sí –contesta la otra como relamiéndose de gusto –. Con el segundo de mi Juana pasó lo mismo. Rompió aguas en casa y el chiquillo salió en el taxi. Pero el primero suele ser largo…
–Y difícil…
–Tú la coges de la mano y le dices que se olvide de todo y que empuje fuerte.
Me suena el móvil. Lo que faltaba para el duro. Mi suegra habrá llamado a casa y ha visto que no estábamos. No estoy dispuesto a añadir más consejos on-line a esta pesadilla presencial. Desconecto el móvil.
La señora gruesa no sólo se conoce el Clínico de memoria, además tiene percepción extrasensorial.
–¿No vas a coger el móvil? A lo mejor es la madre de tu mujer, que estará preocupada. En estos momentos, las madres ayudamos más que los maridos.
–No, qué va, era del trabajo –miento–: lo desconecto para que no me den la lata.
La mentira me recuerda que llevo en la mochila una carta que tenía que haber mandado hace dos días. Se me ha olvidado del todo. Me entra pánico, porque no sé cuándo podré mandarla. Quizás haya un buzón cerca. No va a pasar nada porque salga diez minutos. Así me libro un momento de estas dos pesadas…y de paso me compro el periódico en un quiosco para leer y cortar esta conversación de besugos.
–¿Saben si hay un buzón de correos cerca del Hospital?
–¿No irás a salir estando tu mujer de parto? –pregunta Doña Urraca en un arranque de solidaridad de género.
Afortunadamente la experta en gestión hospitalaria tiene más conocimientos que compartir.
–Hay uno al lado de la parada de taxis, junto al quiosco que hay frente a la Facultad de Medicina. Ya estamos atentas por si te llaman. Pero no creo: el primer parto no es llegar y besar el santo. Seguro que tienes tiempo de sobra.
Salgo corriendo y echo la carta al buzón, me compro el Levante, El País y hasta el ABC, que me parece que viene bastante gordito. Y también tienen algunos best sellers. Elijo la novela más gruesa que veo, novelas románticas aparte: Los Pilares de la Tierra. Si no me gusta, siempre puedo utilizarla como defensa personal.
No han pasado ni 10 minutos cuando estoy de vuelta en el hospital. La canija me espera con una sonrisa malévola en los labios.
–Han llamado a no sé quién. No se entendía bien. No sé si serás tú…
Si soy yo, ni siquiera sé adónde tengo que ir. Voy corriendo al mostrador de las enfermeras. Me atiende la simpática de guardia, una cincuentona con un pelo prodigioso, teñido de rubio platino.
–Mira que sois inútiles. Solo tenéis una cosa que hacer y no sois capaces ni de esperar. ¿Qué? ¿en el bar? Tranquilo, que no es para ti. Habrán llamado de otro servicio, la megafonía es la misma en todo el pasillo. A los padres de maternidad va a recogerlos un celador, tienen que subirte al paritorio para ponerte la bata y esas cosas. Anda, vete a la sala y quédate allí. Ni cigarritos en la calle, ni más bares ¿eh? ¡Vaya maridos!
No sé qué me espera si me atrevo a preguntar, pero tengo que asumir el riesgo.
–Es que hemos venido hace casi dos horas y no sé nada de mi mujer… ¿Hay alguna manera de informarse?
Mi cara de desconcierto ablanda su corazón de piedra.
–Es el primero, ¿verdad? –tengo que quitarme el cartel de la frente en cuanto pueda–. Tranquilo, estará dilatando. Si no te dicen nada es que todo va bien. Cuando se vea que va a parir te recogen en la sala y te suben al paritorio. No te preocupes.
De vuelta a la sala, la vieja del visillo quiere seguir ayudando con unas pinceladas de obstetricia recreativa.
–Lo peor es que venga de nalgas, pero eso lo saben en los últimos controles. A veces se enrolla el cordón en el cuello, y eso es muy malo. A mi vecina Manoli , se le enrolló el cordón y el chiquillo salió con parálisis cerebral. Pero no te preocupes, esas cosas pasan a veces, pero son raras.
–Será un parto largo, pero seguro que sale todo bien…
Considero que ya he aprendido bastante así que saco el móvil para oír música. Lo enciendo. Diez llamadas perdidas de la suegra. Valoro si debo contestar. Lo peor que puede pasar es que se venga a hacerme compañía. Pero ahora sólo sospecha donde estamos y, si la llamo, lo sabrá cierto. Prefiero quedar mal. Abro el Spotify no sin antes haber bloqueado su número y, de paso, el de mi cuñada, que no tardará en llamar para explicarme lo tengo que hacer.
Entra un chaval muy joven con muletas y una escayola enorme en una pierna.
–Yaya, esto ya está. Me han dicho que tengo para seis semanas.
La Eva paleolítica se pone de pie trabajosamente.
–Es mi nieto Vicent, que se cayó ayer de la moto y tiene una fisura en la tibia. Estos críos no tienen cabeza, sólo piensan en divertirse. –Entonces revela los verdaderos motivos de su presencia aquí–. Esta sala espera es mucho más tranquila y agradable que la de trauma. Bueno, pues que vaya todo muy bien y que tu mujer pase un ratito muy corto….aunque siendo el primero…
Doña Jaimita me tiene ya para ella sola pero, antes de que vuelva abrir la boca, me coloco los auriculares y elijo una lista de reproducción que escucho a todo volumen. Abro el tocho que me he comprado y empiezo a leer:
“Los chiquillos llegaron temprano para el ahorcamiento”…
Miro por encima de las gafas a la abuela canija, que sigue hablándome sin importarle si la escucho o no. Miro el libro, y me doy cuenta de que, dure lo que dure, la espera se me va a hacer muy larga.
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