Bajé del taxi que me dejó en la puerta del restaurante. No sabía cómo
me había dejado convencer para quedar justo allí, aquel sitio que me recordaba
tantas cosas. Sería porque Rubén mantenía intacto su característico poder de persuasión,
y aunque me costaba admitirlo, algo de su influencia sobre mí, incluso después
de tanto tiempo.
Crucé el umbral del restaurante con un cosquilleo en el estómago. No
sabía por qué me había llamado. Mi primera reacción había sido rechazar el encuentro,
pero me había podido la curiosidad… Y quería darme la oportunidad de cerrar
viejas heridas. Mi psicoterapeuta iba a estar satisfecha conmigo.
Lo encontré de pie, al fondo de la sala, saludándome con la mano y
mostrando una sonrisa de oreja a oreja. No podía ser, era la mesa que solíamos
compartir, en el rincón donde podíamos magrearnos sin ser vistos. Ay. El mismo
cuerpazo que me volvía loca, la misma mirada seductora, y unas cuantas canas
que antes no tenía, pero que no le restaban atractivo.
—¡Cuánto tiempo! —Me recibió con un apretado abrazo, que traté de
deshacer con sutileza. Olía como siempre, a una mezcla entre el cuero de su
cazadora y la colonia de Calvin Klein. Intentó que me sentara a su lado, pero
escogí la silla de enfrente.
—Sí, mucho tiempo desde mi último mensaje… cuando ya me harté de
esperar respuesta —repuse con más amargura de lo que pretendía.
Me miró a los ojos con ternura, moderando el entusiasmo de su sonrisa
de bienvenida.
—Sé que te debo una disculpa. Todo se encadenó, una tras otra tomé
las peores decisiones de mi vida, y no sabes cuánto me he arrepentido… Espero
que me perdones —dijo intentando cogerme la mano. Me escabullí levantándola
para llamar la atención del camarero. Pedimos las bebidas, agua con gas para
él, Martini rojo para mí, necesitaba armarme de valor para mantener aquella
conversación sin desmoronarme.
—Primero debería saber por qué hiciste algo así. Imagínate la escena,
yo esperándote en el aeropuerto, y tú sin aparecer… Y tu mensaje me dejó
totalmente descolocada.
—Te pedí que subieras al avión porque pensaba reunirme contigo en
Praga, te lo juro —dijo en tono de disculpa—. De verdad que era importante, me
había salido un reportaje muy jugoso en Madrid, podía ser mi gran oportunidad.
Pensaba pillar un avión desde allí, pero luego se lio el tema.
—¿Se lio el tema? —No pude evitar levantar la voz—. Vaya, ¿y no me
merecía ni una explicación?
—Bea, cielo, lo siento, de verdad…
—¿Que lo sientes? —respondí indignada. Me irritaba mucho aquella
familiaridad con la que me trataba, como si no hubiera sido él la causa de mis
peores pesadillas durante los últimos diez años—. No tienes ni idea de lo que
fue aquello. Me pasé una semana encerrada en un hotel de mala muerte, sola.
Tenía veinte años, mi inglés no era muy bueno, dependía de ti, y tú me dejaste
tirada. No tenía dinero para adelantar el billete de vuelta, y no podía
pedírselo a mis padres, me había escapado de casa para irme contigo, figúrate
cómo se tomaron que me fugara con un tío que casi me doblaba la edad. Pero
siendo malo, aquello no fue lo peor…
—Bea, por favor, intenta comprender… Tú sabes lo que es el trabajo de
un periodista. Esas cosas pasan, y si vas siguiendo el hilo de una noticia, no
puedes parar.
—Y tanto que no pudiste parar, ni siquiera para contestar a los miles
de mensajes que te mandé preguntándote qué pasaba. —Sin darme cuenta, había
elevado mucho el tono, y me empezaba a temblar la voz—. Ni a los que te envié
cuando por fin pude volver a casa, a casa de mis padres, claro, cuando la idea
era irme a vivir contigo después del viaje. ¿Seguías tan liado que no lo
recordabas? —Rompí a llorar. Exactamente lo que no quería que pasara.
Rubén se sentó a mi lado y me abrazó. Empezó a hablarme con voz
suave, mientras me acariciaba la cabeza, como solía hacer con la niña que ya no
era.
—Bea, cariño… —Pegué un respingo al oírle llamarme así—. Sí, fue
imperdonable. Encontré trabajo en Madrid, y allí me quedé. No pensé que
quisieras seguirme, lo tenías todo aquí, tu familia, tus estudios… y no lo
intenté. Pero esto tiene arreglo —dijo recuperando la sonrisa y el aplomo.
—¿Arreglo? ¿Me abandonaste hace diez años, y ahora me dices que esto
tiene arreglo? —Me deshice de su abrazo y recompuse mi postura en la silla,
mientras buscaba pañuelos en el bolso.
—Sí, mira, tengo una oportunidad muy buena para nosotros —dijo alegremente—.
Supongo que acabaste periodismo, eras una de mis mejores alumnas. Me han
ofrecido trabajar en una revista de viajes en Barcelona, un trabajo muy
interesante, y voy a necesitar un ayudante. Tendríamos la posibilidad de
visitar los lugares a los que habíamos planeado ir juntos, ¿te acuerdas?
Me enterneció aquel guiño al pasado. Desde aquello habían pasado más
de diez años, y muchas cosas. Conseguí por fin reprimir los sollozos.
—Es decir —empecé a hablar, mucho más serena—, apareces después de
diez años, sin tener ni idea de lo que ha sido de mí durante este tiempo,
proponiéndome que lo deje todo para irme contigo. Tú estás muy seguro de ti
mismo, ¿no? —Intentó pasarme el brazo por los hombros. Me separé de él y seguí
hablando, ya con tranquilidad—. En primer lugar, no sé si te has enterado de
que estamos en crisis. Las revistas no mandan a los corresponsales a los sitios
exóticos, compran las fotos por agencia y con suerte puedes entrevistar a
alguien por teléfono. Lo sé de buena tinta, porque trabajo de free lance hace años. Con bastante
éxito, por cierto.
Me miró sorprendido.
—En segundo lugar —continué en un tono cada vez más firme—, no estoy
sola, tengo una hija. —Abrió mucho los ojos con gesto de pánico—. No, no es
tuya —sonreí—, deseaba ser madre, y como no tenía una pareja estable, recurrí a
la inseminación artificial. Tiene dos años, y es una niña encantadora.
Se removió nervioso en la silla. Intentó decir algo, pero no le dejé.
—Y, en tercer lugar, ¿me puedes dar una explicación convincente de
por qué has venido a buscarme después de tanto tiempo? Porque, de verdad, sigo
sin entenderlo.
Se puso serio.
—Siempre me he acordado mucho de ti, Bea. De tu cariño sin
condiciones, de tu apoyo en todas mis decisiones…
—De mi sumisión, querrás decir —le interrumpí—. Te admiraba hasta tal
punto que te convertí en mi único objetivo en aquella época.
—…y he pensado que igual querías retomar aquello. Tú me querías, creo
que nadie me ha querido después tanto como tú. Y estoy en un momento delicado…
—Ya vamos llegando al fondo de la cuestión. ¿Qué te ocurre?
—Bueno, es un poco complicado hablar de esto… Me han diagnosticado
cáncer de hígado. Me quedan pocos meses —dijo pesaroso, agachando la cabeza. Se
le había borrado todo rastro de sonrisa de la cara.
Me quedé paralizada durante unos instantes, como sucede cuando vemos
cercana la presencia de la muerte, especialmente cuando ronda a alguien a quien
hemos querido tanto. Alguien que ha sido tan importante para ti.
Reaccioné, y busqué en mi bolso. Saqué la cartera y dejé un billete
de cinco euros sobre la mesa, mientras me levantaba.
—Para el Martini.
Me miró angustiado, dirigiéndome sus ojos suplicantes.
—¿No te quedas a comer?
Cogí el bolso y me encaminé hacia la puerta sin girarme. Lamentaba el fatal
desenlace de su vida, pero sentía con alivio que había conseguido deshacer el
nudo que inconscientemente aún me ataba a él. Respiré profundamente al salir a
la calle. Ahora sería capaz de volver a Praga. Y me llevaría a la niña. Quizás
en primavera.
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