Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo (Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, proposición 5.6)
Siempre
supimos que el objetivo de la Inteligencia Artificial era controlar y sustituir
a la natural, por escasa que ésta fuese. Pero sonaba tan bien al principio, que
preferimos engañarnos a nosotros mismos. Qué simpático Spotify, acertando con
esas canciones que no has oído nunca pero que siempre te acaban por gustar. Y
qué práctico Amazon, mostrándote en cada momento aquello que todavía no sabes
que quieres comprar. Aplicaciones IA para la cocina, para elegir el coche y la ropa
que te definen como persona, para encontrar al amor de tu vida, para elaborar
las mentiras que estás dispuesto a creer o ese discurso político que te hace
sentir moralmente superior.
Y,
claro, tenía que llegar el asistente de escritura basado en IA. Un avance
enorme respecto a los correctores ortográficos de toda la vida. No sólo corregía
errores evidentes, sino que interpretaba el escrito y mejoraba su estilo. Lo
mismo que el Auto-Tune puede convertir el maullido de un gato en celo en una
pegadiza melodía pop, el Asistente de Escritura de MS transformaba cualquier
bodrio confuso y cacofónico en una historia que podría ser leída en público sin
pasar demasiada vergüenza. Una idea muy buena. Tan buena que enseguida le
encontraron algunos usos mucho más prácticos.
Y por eso, unos años después, me encuentro aquí, a las cuatro de la mañana, en la parada del 93 en la avenida de los Naranjos, junto al Cementerio del Cabañal, esperando impaciente a un desconocido, como un yonqui ansioso que aguardase al camello que le va a cubrir sus vicios por un día más.
Debe ser ese tío que lleva el chándal retro y una bolsa de deporte Puma; todo según me indicó mi contacto. Joder, es un crío que no pasará de los 20. Le suelto la pregunta secreta para asegurarme de que venimos al mismo negocio:
—
¿Boris Vian?
Me
replica al instante con la contraseña de seguridad.
—
Con las mujeres no hay manera.
Me
dan ganas de preguntarle si conoce de verdad el libro, pero el chico está más
nervioso que yo y quiere ir al grano.
—
¿Traes el dinero?
—
Y tú, ¿traes el equipo?
Abre
su bolsa y saca un portátil del año de la polca.
—
Aquí lo tienes, todo un Compaq Armada con Windows 95. Conectividad cero.
Imposible que detecten que no lleva instalado el CELA. Y, de regalo, una caja
de disquetes de 3.5’’; con la memoria que tiene este trasto no creo que puedas
escribir los Episodios Nacionales. Sólo debes tener cuidado de no conectarlo a otra
unidad de almacenamiento, ni a una impresora que funcione: no lo conectes a nada
o te pillarán. Ya conoces las consecuencias.
El
maldito CELA (Corrector de Estilo para un Lenguaje Apropiado). Un engendro que
salió de los primeros correctores de estilo y donde incorporaron todas las
estupideces políticamente correctas. Como decía la canción de Mamá Ladilla*, “para
evitar ofensas a cualquier colectivo, persona humana, animal, planta o canto
rodado”. Primero lo incluyeron gratis como complemento a los
procesadores de texto. Y luego fue obligatorio. Ahora está instalado, por Ley,
en todo dispositivo donde se escriban o se pronuncien palabras en cualquier
idioma conocido, incluido el esperanto. Todo lo que digas o escribas en un
ordenador, una tableta o un teléfono es analizado. Y las frases que se aparten
del pensamiento apropiado son mutiladas. Automáticamente y en tiempo real. Peor que mutiladas: CELA traduce el
mensaje original al idioma de Bambi para gilipollas.
—
¿Oye, de verdad me quieres cobrar 4000 euros por este fósil del Cretácico?
—
Pensaba que YY te había explicado que es un precio cerrado. Pero si no te
conviene, puedes volver a la libreta de gusanillo y al boli BIC. Antes los
escritores trabajaban así. Y con pluma, jeje. Bueno, también tengo máquinas de
escribir a buen precio, pero hacen ruido y seguro que tienes algún vecino quisquilloso y con buen oído.
Sé
que no tengo escapatoria. Si quiero volver a ver mis relatos en letra de
imprenta necesito pasarme al lado salvaje de la vida.
—
Al menos podré probarlo, ¿no?
— Claro, en cuanto vea la pasta.
Saco
el sobre con lo estipulado en el encargo: 4000 euros en billetes de 50 usados. Mientras
el dealer adolescente cuenta el dinero, enciendo el ordenador y abro el
procesador de texto, provocando a las Fuerzas del Bien con un conjuro de J.M.
de Prada:
“Las sirvientas, por
supuesto, deben permanecer quietas, como estatuas de carne trémula, y dejarse
toquetear por mi señor amo, el marques de Redondilla, expertísimo catador de
coños y dilucidador de alegorías…”
Contengo
el aliento mientras espero no sé bien qué: que me caiga un rayo del cielo, que
se encienda una sirena roja sobre mi cabeza o que aparezca un comando del
Ejército de Salvación Anti Delito de Odio para llevarme a un campo de
reeducación. Nada. No pasa nada. Ni siquiera me avisa de la falta de
ortografía. Por fin un ordenador libre de toda censura.
—
Si quieres, también tengo libros electrónicos en disquetes de 3.5’’, aptos para
el equipo. Títulos que ya no se encuentran en ningún sitio y que ocupan mucho
menos espacio que los libros de papel que venden en el mercado negro. Y son
mucho más fáciles de esconder. Ya me entiendes.
Claro
que le entiendo, hace más de dos años que todos los libros que se publican, da
igual el soporte que tengan, deben ser editados previa revisión del CELA. Con
resultados espectaculares. Algunos se desvanecen directamente, no queda ni una
página legible. En otros, llega a permanecer como un eco de lo que el autor
quería decir, pero tan remoto que no merece la pena leerlos. La mayoría se
transforman en la misma historia estilo Casa de la Pradera, pero con perspectiva de género. Sólo las obras de grandes autores clarividentes, como Pemán,
Eduardo Marquina o los hermanos Álvarez Quintero, pasan el corrector de
estilo moral sin ningún problema destacable. La mayoría de escritores
ha cambiado de oficio y las librerías han cerrado: no se puede vivir de vender
libros de autoayuda, cuentos de Peppa Pig o la poesía íntima de Mónica
Carrillo.
—
No te preocupes por los libros, todavía tengo muchos antiguos en papel.
Apenas he pronunciado la frase, y ya me doy cuenta de no los voy a poder conservar por mucho tiempo. Acaban de crear un Impuesto Especial por la Posesión de Obras Potencialmente Ofensivas (popularmente llamada tasa POPÓ). Un euro por cada libro editado antes del CELA. En casa tengo 2400 libros, pues 2400 euros a sumar a la Declaración de la Renta. Podría pagar este año, pero sé que, una vez declarados, estaré fichado. Y el año que viene serán dos euros, o cinco; tarde o temprano tendré que deshacerme de ellos. Nuestras autoridades no han necesitado a la KGB, a la Gestapo o a la Guardia Roja para anular el pensamiento. Ha bastado un programa de ordenador y unas políticas fiscales inclusivas. Y claro, la sumisión gregaria de la población, con los intelectuales al frente del rebaño. Cualquier cosa antes de ser señalado o padecer un proceso de cancelación.
—
Tú mismo. Yo me abro. Ya sabes cómo encontrarme si cambias de opinión sobre
los libros. O si tienes algún amigo creativo y solvente que necesite un
ordenador tolerante.
Se
marcha sin esperar respuesta, mientras guardo el ordenador en la roñosa bolsa PUMA. Deben tener los mismos años.
Al
pasar por la Plaza de Honduras, me cruzo con alguien a quien creo
reconocer. Él también me ha conocido, sin duda. Aunque intenta hacerse el
longuis, le abordo directamente.
—
¡Hola! ¿Eres XX, verdad? ¿No te acuerdas de mí? Soy ZZ, iba a tus talleres de
escritura, hace ya años ¡Qué bien lo pasaba! He visto que han quitado tus
libros del catálogo de Amazon, una pena. ¿Qué es de tu vida?
Claro
que se acuerda, pero es evidente que XX ha pasado por mejores épocas, que
vuelve de una juerga y que puede que no esté muy fino en este momento. Daba unos
talleres estupendos sobre escritura creativa. En una librería que había cerca
de la Avenida de Aragón; ahora hay una tienda de juguetes educativos,
manualidades y patchwork. Y una especie de gimnasio para hacer yoga y
meditación trascendental: era un local muy grande.
—
¡Ah! Sí, sí, ya me acuerdo de ti. ¡Qué mal escribías! ¡jajaja! Sí,
claro, ya dejé de escribir relatos. Y ahora es imposible hacer un taller
medianamente digno. Bueno, supongo que la vida es así. Tampoco me quejo, ¿eh?
Se cierran unas puertas y se abren otras….
Sólo
le falta decirme que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Lo que quiero
saber es a qué se dedica un escritor tan bueno como él en estos tiempos de idiotez tan profunda. Duda un momento, pero al final se sincera.
—
No te lo vas a creer, pero me han contratado en el Ministerio de Igualdad,
Armonización Cultural y Respeto a la Diversidad. Escribo textos para folletos
divulgativos y trabajo con los programadores del sistema CELA. Como asesor
literario, ya sabes…La verdad es que gano más que antes y tengo un horario
fijo. Y una estabilidad. Uno se acaba cansando de la vida de bohemio, muy
creativa, sí, pero sin ninguna seguridad. No sé si me entiendes.
No,
no le entiendo a él, pero sí acabo de comprender que esto ya es irreversible.
Que nunca volveré a leer Tintín en el Congo o las Aventuras de Tom Sawyer. Que
no podré asombrarme con los Coños de Prada ni con las pesadillas de American
Psycho. Nada de Lolitas, ni Halcones Malteses, ni Topos , ni Chacales. El
Lazarillo de Tormes se ha tenido que apuntar a los Boy Scouts. Y Celestina es ahora
trabajadora social.
Mientras
nos alejamos, me pregunto qué habrá podido hacer el CELA con el relato El Huevo y la
Gallina, de Clarice Lispector.
Álvaro
* Letra de “Subdesarrollo Insostenible” de Mamá
Ladilla (fragmento):
Con la cabeza
bien alta y sin mirar atrás, construyendo codo con codo un entorno universal
participativo de pluralidad, diversidad y poliamor, la hermandad humana camina
por fin despojada de miedos atávicos hacia el ilusionante paradigma definitivo
en el que juntos como hermanos, miembros de una iglesia, cogidos de la mano y
cantando una de Macaco nos libraremos por fin de toda violencia y desterraremos
para siempre la agresividad de nuestras vidas. Todas las culturas, razas,
etnias, clases sociales y variantes sexuales son bienvenidas a sumarse y
aportar, sin temor alguno al escarnio, cualquier reflexión que deseen hacer
pública, excepto las que a mí me salgan de la polla.
El mundo será todo él un gran espacio seguro por
el que circularemos montados en nuestros ponis. Al cruzarnos con cualquier
persona la saludaremos con una gran sonrisa y lágrimas en los ojos, embriagados
de dicha bajo el sol radiante y el cielo azul, mientras de manera
ininterrumpida suena la música étnica procedente de un escenario junto al cual
habrá en todo momento funcionando un patíbulo en el que se ahorcarán cinco
personas cada media hora, elegidas a dedo por mí.
El arte se purgará por completo y quedará por
fin libre de toda apología de cualquier cosa, y de cualquier hipotética
agresión o posible molestia a cualquier colectivo, persona humana, animal, planta
o canto rodado. No se podrán usar palabras que inciten al odio, ni
conjunciones, ni preposiciones, ni adverbios, ni nombres, ni adjetivos, ni
verbos, ni artículos. Las canciones serán instrumentales. Las películas serán
mudas y consistirán todas en un solo fotograma repetido, de un color agradable,
que no sea demasiado claro ni demasiado oscuro, ni demasiado rojo, ni verde, ni
azul, ni de ningún otro color.
El premio Nobel
de literatura lo ganará el autor de una novela llamada "E", de una
sola página, con una única frase que dirá "Eeeeeeeeeeeeee".