martes, 26 de octubre de 2021

Nihil obstat



Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo (Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, proposición 5.6)


Siempre supimos que el objetivo de la Inteligencia Artificial era controlar y sustituir a la natural, por escasa que ésta fuese. Pero sonaba tan bien al principio, que preferimos engañarnos a nosotros mismos. Qué simpático Spotify, acertando con esas canciones que no has oído nunca pero que siempre te acaban por gustar. Y qué práctico Amazon, mostrándote en cada momento aquello que todavía no sabes que quieres comprar. Aplicaciones IA para la cocina, para elegir el coche y la ropa que te definen como persona, para encontrar al amor de tu vida, para elaborar las mentiras que estás dispuesto a creer o ese discurso político que te hace sentir moralmente superior.

Y, claro, tenía que llegar el asistente de escritura basado en IA. Un avance enorme respecto a los correctores ortográficos de toda la vida. No sólo corregía errores evidentes, sino que interpretaba el escrito y mejoraba su estilo. Lo mismo que el Auto-Tune puede convertir el maullido de un gato en celo en una pegadiza melodía pop, el Asistente de Escritura de MS transformaba cualquier bodrio confuso y cacofónico en una historia que podría ser leída en público sin pasar demasiada vergüenza. Una idea muy buena. Tan buena que enseguida le encontraron algunos usos mucho más prácticos.

Y por eso, unos años después, me encuentro aquí, a las cuatro de la mañana, en la parada del 93 en la avenida de los Naranjos, junto al Cementerio del Cabañal, esperando impaciente a un desconocido, como un yonqui ansioso que aguardase al camello que le va a cubrir sus vicios por un día más. 

Debe ser ese tío que lleva el chándal retro y una bolsa de deporte Puma; todo según me indicó mi contacto. Joder,  es un crío que no pasará de los 20. Le suelto la pregunta secreta para asegurarme de que venimos al mismo negocio:

— ¿Boris Vian?

Me replica al instante con la contraseña de seguridad.

— Con las mujeres no hay manera.

Me dan ganas de preguntarle si conoce de verdad el libro, pero el chico está más nervioso que yo y quiere ir al grano.

— ¿Traes el dinero?

— Y tú, ¿traes el equipo?

Abre su bolsa y saca un portátil del año de la polca.

— Aquí lo tienes, todo un Compaq Armada con Windows 95. Conectividad cero. Imposible que detecten que no lleva instalado el CELA. Y, de regalo, una caja de disquetes de 3.5’’; con la memoria que tiene este trasto no creo que puedas escribir los Episodios Nacionales. Sólo debes tener cuidado de no conectarlo a otra unidad de almacenamiento, ni a una impresora que funcione: no lo conectes a nada o te pillarán. Ya conoces las consecuencias.

El maldito CELA (Corrector de Estilo para un Lenguaje Apropiado). Un engendro que salió de los primeros correctores de estilo y donde incorporaron todas las estupideces políticamente correctas. Como decía la canción de Mamá Ladilla*, “para evitar ofensas a cualquier colectivo, persona humana, animal, planta o canto rodado”. Primero lo incluyeron gratis como complemento a los procesadores de texto. Y luego fue obligatorio. Ahora está instalado, por Ley, en todo dispositivo donde se escriban o se pronuncien palabras en cualquier idioma conocido, incluido el esperanto. Todo lo que digas o escribas en un ordenador, una tableta o un teléfono es analizado. Y las frases que se aparten del pensamiento apropiado son mutiladas. Automáticamente y en tiempo real. Peor que mutiladas: CELA traduce el mensaje original al idioma de Bambi para gilipollas.

— ¿Oye, de verdad me quieres cobrar 4000 euros por este fósil del Cretácico?

— Pensaba que YY te había explicado que es un precio cerrado. Pero si no te conviene, puedes volver a la libreta de gusanillo y al boli BIC. Antes los escritores trabajaban así. Y con pluma, jeje. Bueno, también tengo máquinas de escribir a buen precio, pero hacen ruido y seguro que tienes algún vecino quisquilloso y con buen oído.

Sé que no tengo escapatoria. Si quiero volver a ver mis relatos en letra de imprenta necesito pasarme al lado salvaje de la vida.

— Al menos podré probarlo, ¿no?

— Claro, en cuanto vea la pasta.

Saco el sobre con lo estipulado en el encargo:  4000 euros en billetes de 50 usados. Mientras el dealer adolescente cuenta el dinero, enciendo el ordenador y abro el procesador de texto, provocando a las Fuerzas del Bien con un conjuro de J.M. de Prada:


“Las sirvientas, por supuesto, deben permanecer quietas, como estatuas de carne trémula, y dejarse toquetear por mi señor amo, el marques de Redondilla, expertísimo catador de coños y dilucidador de alegorías…”


Contengo el aliento mientras espero no sé bien qué: que me caiga un rayo del cielo, que se encienda una sirena roja sobre mi cabeza o que aparezca un comando del Ejército de Salvación Anti Delito de Odio para llevarme a un campo de reeducación. Nada. No pasa nada. Ni siquiera me avisa de la falta de ortografía. Por fin un ordenador libre de toda censura.

— Si quieres, también tengo libros electrónicos en disquetes de 3.5’’, aptos para el equipo. Títulos que ya no se encuentran en ningún sitio y que ocupan mucho menos espacio que los libros de papel que venden en el mercado negro. Y son mucho más fáciles de esconder. Ya me entiendes.

Claro que le entiendo, hace más de dos años que todos los libros que se publican, da igual el soporte que tengan, deben ser editados previa revisión del CELA. Con resultados espectaculares. Algunos se desvanecen directamente, no queda ni una página legible. En otros, llega a permanecer como un eco de lo que el autor quería decir, pero tan remoto que no merece la pena leerlos. La mayoría se transforman en la misma historia estilo Casa de la Pradera, pero con perspectiva de género. Sólo las obras de grandes autores clarividentes, como Pemán, Eduardo Marquina o los hermanos Álvarez Quintero, pasan el corrector de estilo moral sin ningún problema destacable. La mayoría de escritores ha cambiado de oficio y las librerías han cerrado: no se puede vivir de vender libros de autoayuda, cuentos de Peppa Pig o la poesía íntima de Mónica Carrillo.

— No te preocupes por los libros, todavía tengo muchos antiguos en papel.

Apenas he pronunciado la frase, y ya me doy cuenta de no los voy a poder conservar por mucho tiempo. Acaban de crear un Impuesto Especial por la Posesión de Obras Potencialmente Ofensivas  (popularmente llamada tasa POPÓ). Un euro por cada libro editado antes del CELA. En casa tengo 2400 libros, pues 2400 euros a sumar a la Declaración de la Renta. Podría pagar este año, pero sé que, una vez declarados, estaré fichado. Y el año que viene serán dos euros, o cinco; tarde o temprano tendré que deshacerme de ellos. Nuestras autoridades no han necesitado a la KGB, a la Gestapo o a la Guardia Roja para anular el pensamiento. Ha bastado un programa de ordenador y unas políticas fiscales inclusivas. Y claro, la sumisión gregaria de la población, con los intelectuales al frente del rebaño. Cualquier cosa antes de ser señalado o padecer un proceso de cancelación.

— Tú mismo. Yo me abro. Ya sabes cómo encontrarme si cambias de opinión sobre los libros. O si tienes algún amigo creativo y solvente que necesite un ordenador tolerante.

Se marcha sin esperar  respuesta, mientras guardo el ordenador en la roñosa bolsa PUMA. Deben tener los mismos años.

Al pasar por la Plaza de Honduras, me cruzo con alguien a quien creo reconocer. Él también me ha conocido, sin duda. Aunque intenta hacerse el longuis, le abordo directamente.

— ¡Hola! ¿Eres XX, verdad? ¿No te acuerdas de mí? Soy ZZ, iba a tus talleres de escritura, hace ya años ¡Qué bien lo pasaba! He visto que han quitado tus libros del catálogo de Amazon, una pena. ¿Qué es de tu vida?

Claro que se acuerda, pero es evidente que XX ha pasado por mejores épocas, que vuelve de una juerga y que puede que no esté muy fino en este momento. Daba unos talleres estupendos sobre escritura creativa. En una librería que había cerca de la Avenida de Aragón; ahora hay una tienda de juguetes educativos, manualidades y patchwork. Y una especie de gimnasio para hacer yoga y meditación trascendental: era un local muy grande.

— ¡Ah! Sí, sí, ya me acuerdo de ti. ¡Qué mal escribías! ¡jajaja! Sí, claro, ya dejé de escribir relatos. Y ahora es imposible hacer un taller medianamente digno. Bueno, supongo que la vida es así. Tampoco me quejo, ¿eh? Se cierran unas puertas y se abren otras….

Sólo le falta decirme que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Lo que quiero saber es a qué se dedica un escritor tan bueno como él en estos tiempos de idiotez tan profunda. Duda un momento, pero al final se sincera.

— No te lo vas a creer, pero me han contratado en el Ministerio de Igualdad, Armonización Cultural y Respeto a la Diversidad. Escribo textos para folletos divulgativos y trabajo con los programadores del sistema CELA. Como asesor literario, ya sabes…La verdad es que gano más que antes y tengo un horario fijo. Y una estabilidad. Uno se acaba cansando de la vida de bohemio, muy creativa, sí, pero sin ninguna seguridad. No sé si me entiendes.

No, no le entiendo a él, pero sí acabo de comprender que esto ya es irreversible. Que nunca volveré a leer Tintín en el Congo o las Aventuras de Tom Sawyer. Que no podré asombrarme con los Coños de Prada ni con las pesadillas de American Psycho. Nada de Lolitas, ni Halcones Malteses, ni Topos , ni Chacales. El Lazarillo de Tormes se ha tenido que apuntar a los Boy Scouts. Y Celestina es ahora trabajadora social.

Mientras nos alejamos, me pregunto qué habrá podido hacer el CELA con el relato El Huevo y la Gallina, de Clarice Lispector.

 Álvaro 


* Letra de “Subdesarrollo Insostenible” de Mamá Ladilla (fragmento):

Con la cabeza bien alta y sin mirar atrás, construyendo codo con codo un entorno universal participativo de pluralidad, diversidad y poliamor, la hermandad humana camina por fin despojada de miedos atávicos hacia el ilusionante paradigma definitivo en el que juntos como hermanos, miembros de una iglesia, cogidos de la mano y cantando una de Macaco nos libraremos por fin de toda violencia y desterraremos para siempre la agresividad de nuestras vidas. Todas las culturas, razas, etnias, clases sociales y variantes sexuales son bienvenidas a sumarse y aportar, sin temor alguno al escarnio, cualquier reflexión que deseen hacer pública, excepto las que a mí me salgan de la polla.

El mundo será todo él un gran espacio seguro por el que circularemos montados en nuestros ponis. Al cruzarnos con cualquier persona la saludaremos con una gran sonrisa y lágrimas en los ojos, embriagados de dicha bajo el sol radiante y el cielo azul, mientras de manera ininterrumpida suena la música étnica procedente de un escenario junto al cual habrá en todo momento funcionando un patíbulo en el que se ahorcarán cinco personas cada media hora, elegidas a dedo por mí.

El arte se purgará por completo y quedará por fin libre de toda apología de cualquier cosa, y de cualquier hipotética agresión o posible molestia a cualquier colectivo, persona humana, animal, planta o canto rodado. No se podrán usar palabras que inciten al odio, ni conjunciones, ni preposiciones, ni adverbios, ni nombres, ni adjetivos, ni verbos, ni artículos. Las canciones serán instrumentales. Las películas serán mudas y consistirán todas en un solo fotograma repetido, de un color agradable, que no sea demasiado claro ni demasiado oscuro, ni demasiado rojo, ni verde, ni azul, ni de ningún otro color.

El premio Nobel de literatura lo ganará el autor de una novela llamada "E", de una sola página, con una única frase que dirá "Eeeeeeeeeeeeee".

 

lunes, 18 de octubre de 2021

De amargura y resentimiento

 


En la línea del horizonte diviso un barco. Puedo sentir el vaivén, el olor a salitre, el sol en el rostro. Respiro hondo, cierro los ojos y puedo verme navegando los mares, capitaneando un navío de guerra, alcanzando las más altas glorias...

 

Es uno de esos barcos con tres majestuosos mástiles y más de cincuenta cañones en cada banda. Uno de esos soberbios y estirados navíos británicos tan brillantes, con esa flema y esa pomposidad arrogante y ese aire de superioridad autoproclamada… Malditos bastardos.

 

Todavía me escuece la herida en el orgullo al imaginar el rostro confiado de ese pedante engreído de Wellington, con su uniforme impecable y esa mueca rígida artificial que pareciera llevar un palo de escoba clavado en el culo. No sé qué me duele más, si haber sido derrotado por la fanfarronería de ese estirado británico o por la mediocre habilidad de ese socarrón de von Blücher, un pastor de ovejas venido a más. Un hombre insulso, soez, hosco, sin habilidades ni talentos, con esa rata acostada en el mostacho que le arrancaría a puñetazos. El hombre más poderoso del mundo derrotado por un pastor de ovejas y un pijo estirado. Los dioses tienen un humor cruel a veces.

 

De otra forma no se puede entender que diez años antes me pusieran el mundo a los pies, cuando doblegaron sus rodillas dos emperadores ante mi inteligencia estratégica militar y mis dotes de liderazgo y mando. Se postraron ante mi talento y me reconocieron como rey del mundo. ¿Qué digo rey? ¡Emperador! ¡Ay, qué dulce recuerdo el olor de la victoria! Cambié el rumbo del mundo, les traje orden y concierto… ¿y cómo me lo agradecen? Condenándome al ostracismo de esta cárcel con paredes de agua salada, al rigor de estos vientos alisios enloquecedores y al ser alimento de estos malditos insectos gigantes y voraces que pueblan estas tierras olvidadas en algún lugar del culo del mundo. Malditos desagradecidos.

 

Es irónico que yo, habiendo salido de la isla en que nací para dominar el mundo, para cambiar su rumbo, me halle aquí, viejo y cansado, sacado de las páginas de la historia por un pijales y un cabrero y olvidado por la desagradecida humanidad que, en todo caso, me recordará. Me recordarán, sí, ¡qué se jodan!

 

La única duda es si me recordarán como Napoleón I emperador de todas las tierras por la gracia de Dios o me recordará como el fracasado enfermo y gordo en que me he convertido ahora… Pensándolo de este modo, ya que uno ha de morir, no está tan mal hacerlo en soledad y anonimato, en esta puta isla del demonio.

sábado, 16 de octubre de 2021

Pedro

Mi mamá nunca me quiso porque me llamo Penélope, mi padre escogió nombrarme como el gran amor de su vida y con esto sentencio nuestra relación. Los hombres siempre decidiendo el futuro de las mujeres, y nosotras dejándolos, sin embargo, he de decir, que a pesar de esta falta de juicio, mi padre ha sido y es un gran padre, como marido creo que no ha estado a la altura que esperaba mi madre, lo que ha quedado claro con el divorcio.

Como vivir sin el cariño de tu madre?, Como vivir con la idolatría de tu padre? Pues vives y creces balanceándote de un lado a otro, lo que ha dado como resultado una persona, o sea yo, muy equilibrada, que siempre entendió desde muy pequeña que no era la responsable ni el recipiente del desprecio y el amor de sus progenitores.

Crecí celebrando acontecimientos inexplicables, en mi cumpleaños numero 6, sople las velas mirando el discurso de agradecimiento por su primer Goya, en los carnavales nunca pude elegir mis disfraces, en lugar de ser Catwoman o una de las Spice girl, me tocaba ser monja, bailadora de flamenco o el peor de todos “la chica prehistórica”, porque como explicas que vas disfrazada de poligonera de pueblo y que el jamón no es una maza de cavernícola.

Después del divorcio, mi madre se quedo con el coche familiar y mi padre con su única familia, yo. Así que crecí sin la presencia de mi madre y a la sombra de una actriz internacional, mi padre me fue criando a través de sus películas, a los 7 años me explico todo acerca de las enfermedades de transmisión sexual creándome un trauma (ya superado), con el sexo, también me apunto a baile y canto, aunque comprendió pronto que aquello no era lo mio, pero no todo fueron errores, gracias a su salto a Hollywood hoy puedo presumir de tener un C1 en Ingles.

Mi padre asistía siempre solo, al estreno de sus películas y luego decidía si yo podía verla, esta especie de comité de censura se traslado también a los novios de turno, Tom Cruise esta vetado de por vida, nunca pude ver Misión Imposible, El ultimo Samurái o TopGun, mi padre estaba convencido de que ella nunca fue feliz a su lado y que todo el tema de la cienciología le hizo mucho daño a su espíritu.

Cuando gano el Oscar lo celebramos con un gran viaje a Barcelona, tomando fotos de todos los escenarios de la película, recuerdo su cara de felicidad cuando recreábamos algunas de las escenas, pero el Oscar que supero a mi padre fue cuando nuestra Pe soltó ese ¡¡PEDRO!! al entregarle el Oscar a  Almodóvar y que para el, fue la confirmación que no lo había olvidado, que ella aun recordaba a ese amor infantil de Alcobendas que le juro amor eterno, porque aunque para todo el mundo se refería al cineasta, mi padre esta convencido que lo nombro a el.

viernes, 15 de octubre de 2021

 LA ENFERMEDAD DEL VERANO

 

 

—Oye Nuria acuérdate de pedir dos o tres cajas de pomada para las hemorroides, sólo quedan tres tubos de Hemorrane y uno de Anso —le decía el nuevo aprendiz a la dueña de la farmacia de abajo de mi casa mientras yo disfrutaba leyendo nombres de medicamentos esperando mi turno.

       —Escucha Emilio si te pago es para que estés pendiente de las existencias, esta farmacia tiene muy buena reputación y no voy a consentir que se te pase un medicamento tan importante, en verano especialmente—reprendió al mancebo boticario la farmacéutica del barrio.

Emilio se puso rojo como un tomate (de la variedad más roja) y comenzó a pedir disculpas tartamudeando. El chico daba un poco de lástima por tener la cara llena de marcas de acné, sonrisa de bobo y la inseguridad de alguien, recién salido de la universidad, que está aprendiendo a trabajar, fuera ya de la teoría, en el mundo real de jefes y responsabilidades. Delante de mí estaba la verdulera del barrio y se puso a hablarme del tiempo “menudo verano de calor estamos teniendo: es imposible dormir”. Yo empecé a pensar en todos los nombres de medicamentos que se tiene que aprender un farmacéutico y asentía a la conversación meteorológica de la señora que me vendía las frutas y hortalizas. Mientras, Nuria dispensaba una caja de Aprazolam a un cliente que padecía la enfermedad de moda: la ansiedad; y Emilio vendía una caja de analgésicos. Amparo ( la verdulera ), por su parte, cuando le tocó, le pidió un tubo de Hemorrane a Emilio, y el chico se volvió a poner rojo. Al pedir su pomada rectal comenzó a dar explicaciones de que entre el calor, el gazpacho pasado de ajo y la bicicleta tenia las hemorroides inflamadas, en verdad dijo almorranas, pero es que esta palabra no me parece muy formal al verla escrita: es más una palabra coloquial. Cuando me tocó el turno de pedir creo que Emilio estaba rezando una plegaria para que no le pidiera uno de los tres tubos de pomada para las hemorroides que le quedaba. Me miró y deduje que estaba pensando que yo era un cincuentón y  seguro que le pedía uno, porque en este país, en cuanto llega el verano, con el calor, el gazpacho, el vino, la cerveza, el carajillo, la afición a vehículos de dos ruedas y el ajo a diestra y siniestra, no hay cincuentón que se libre de las temidas almorranas.

—Buenos días —dije lentamente (sílaba a sílaba) para mantener la tensión—, yo necesito un tubo de Hemorrane y otro de Anso — Nuria me miró, me guiñó un ojo y sonrió.

El tintineo de la puerta me hizo girar la cabeza y al ver a Brad Pitt entrando a la farmacia de mi barrio casi me da un ataque al corazón, aquello no podía ser real. Yo le dije al aprendiz que no quería pomadas para las hemorroides, que solo  era una broma, en verdad quería suero fisiológico en envases monodosis. Brad Pitt se puso a hablar en inglés (con acento yanqui) con Nuria, yo sólo entendía fucking garlic (maldito ajo) y creo que Nuria no entendía ni eso. Emilio se puso a dialogar con el famoso actor americano y Nuria me dio mi caja de suero fisiológico. Después de hacerse un selfi  junto al actor el aprendiz le sirvió al famoso personaje un tubo de Hemorrane y otro de Anso. Nuria y yo charlábamos como si fuera lo más normal que Brad Pitt hubiera entrado en su farmacia. Salí detrás del actor y al mismo tiempo que él se subía a un taxi apareció la furgoneta de productos farmacéuticos. Por un tubo no se había quedado sin pomada para las hemorroides, aunque de justicia es reconocer el alto nivel de inglés del aprendiz. Al subir en el ascensor recapacité en que mi compra era mucho más vergonzosa que la de los que sufren hemorroides: el suero fisiológico lo usaba para limpiar mis tabiques nasales de toda la mierda que me había metido por la nariz el fin de semana veraniego.

martes, 12 de octubre de 2021

Soy fantasía

LA VANGUARDIA 

11/06/2015

"La autopsia de Marilyn Monroe revela que murió sin dientes, sin depilar y sin prótesis mamarias - 

Los funerarios que la amortajaron revelan que la actriz estaba envejecida y sin lavar”


De todas las cosas que he leído durante más de cincuenta años, ésta es sin duda la más cercana a la realidad.

Recuerdo aquella noche de agosto del '62 cuando Christian llegó a mi casa; sudoroso, jadeando como si hubiese corrido un maratón. Olía a humo y tenía unas manchas extrañas en el hombro. Lo miré a los ojos sin pronunciar palabra esperando una explicación. Cuando por fin logró dar un respiro, me tomó de las manos y me dijo: Creo que la tenemos.

Conocí a Christian en el hospital psiquiátrico en Nueva York, era uno de los cuidadores del lugar. Fue él quien llamó a Joe para contarle todas las vejaciones a las que fui sometida allí, y gracias a él, salí de ese horrible lugar. Fue como el ángel que Dios enviaría a rescatarme.

Durante toda mi vida necesité amor y atención, fui una niña abandonada casi a su suerte y movida por esa necesidad, me tocó tomar decisiones muy importantes antes de tiempo; malas decisiones (como casarme a los 16 años). Alguien, no recuerdo quien, me dijo alguna vez que tuviera cuidado con lo que deseaba. Toda esa excesiva atención y ese amor, de mi estrecho circulo de conocidos y del público, se volcó sobre mi como lava ardiente, no supe lidiar con todo eso, todo se volvió en mi contra. Odiaba que las personas no pudieran ver más allá de mi cuerpo y mi rostro, que valoraran eso mucho más que mi belleza interior o mi inteligencia. 

No es que no estuviera atormentada, lo estaba y mucho, pero no estaba loca. Cada vez que escribía o decía que quería morir, hablaba metafóricamente. Deseaba la muerte de esa persona a la que había creado, la que tanto deseaban. Nadie, salvo Christian, pudo entender esto. 

Pasábamos mucho tiempo hablando, él venía a visitarme, se colaba entre paparazzis, entre arbustos, sombras, saltaba tejados, sorteaba todo tipo de barreras y cordones de seguridad para verme. Siempre pasó desapercibido, nadie, salvo yo, supo de él. 

Esa noche, sin soltarme las manos, nos sentamos en el borde de mi cama y empezó a contarme lo que había sucedido: 

“Iba conduciendo cerca de la calle 6 de Los Angeles, cuando de pronto vi a un hombre llevando torpemente sobre sus hombros un bulto grande, parecía una moqueta enrollada, la tiró a un lado del camino, cayó un par de veces al suelo hasta que se incorporó y salió corriendo. Creo que era uno más de esos homeless de por allí porque nadie en sano juicio anda a esas horas por esa calle. Al acercarme, el hombre ya no estaba, y pude notar que no era una moqueta, era una persona. Detuve el coche por completo, me bajé, y al acercarme noté que se trataba de una mujer. Toqué su cuello con los dedos tratando de sentir signos vitales, no había nada, estaba sin vida y aún tibia, así que la dejé allí. Me dirigía hacía la estación de policía cuando el rostro de la mujer se vino a mi cabeza. Parecía delicada, era delgada, con el cabello rizado. Fue entonces cuando pensé: Podría ser Marilyn. Frené de golpe, di la vuelta y la subí al coche con cuidado”.

No tengo que dar detalle de todo lo que pasó después y de como esa mujer sin vida, se hizo famosa de repente.

Me escondí hasta que pude tener el pasaporte, sabe Dios como lo consiguió Christian, nunca me contó y nunca le pregunté. A partir de ese momento sería Virginia Anderson, con el cabello lacio y negro, usaría gafas redondas y grandes, sin maquillaje y siempre con ropa holgada y muy recatada. Me fui a vivir a Inglaterra, y empecé a estudiar psiquiatría, inventé una nueva manera de ayudar a las personas a resolver sus problemas sin llamarles locos. Conocí a un catedrático español con quien me casé. Estuve siempre rodeada de gente inteligente, a los que no les importaba en absoluto la vida de actores y actrices. Tuve dos hijos varones y una hija. Tengo once nietos, tres bisnietos y muchos amigos. Al jubilarnos mi esposo y yo, compramos una casa en Nerja, cerca de Málaga. Es la primera vez que he estado cerca de la playa en años, y nadie me ha pedido que use bikinis.

Christian murió hace poco, nunca dejamos de ser amigos. 

Lo que contaron los funerarios, era cierto. Esa de la autopsia era una mujer sin dientes, sin depilar, sin prótesis mamarias y envejecida. Nada más lejano a Marilyn, porque no era yo. Alguna vez escribí "Creo que soy fantasía" y lo soy. ¿Quién es la tonta ahora?.

P.D. Aunque les encanta pensar si: No tuve ninguna relación amorosa con alguno de los Kennedy.

https://www.lavanguardia.com/gente/20150611/54432761625/autopsia-marilyn-monroe-murio-dientes-protesis-mamarias.html#foto-4


domingo, 10 de octubre de 2021

SEMBLANZA DE UN HOMBRE BUENO

Soria, diciembre de 1907.


 ̶ Buenos días, D. Antonio. Pase, haga el favor.

El hombre que atravesaba el umbral de la pensión de la plaza de Teatinos se quitó el sombrero respetuosamente. Pese a ser un hombre joven, que pasaba apenas la treintena, su desaliñada indumentaria y su aire melancólico le hacían parecer mayor. Sus ojos, capaces de distinguir la belleza de las cosas más cotidianas, reflejaban una bondad en la que no habían logrado hacer mella los avatares de una vida de estrecheces y trabajos. Nunca persiguió la gloria, y según un buen amigo, hablaba en verso y vivía en poesía.

̶ Al final del pasillo está su habitación. Permítame que le presente a mi familia. Mi esposa, Isabel. Y mi hija, Leonor.

Al oír aquel nombre, D. Antonio experimentó una extraña sensación. Algo dentro de su cabeza se agitó, y en su mente surgieron una tras otra, como en un teatro, una serie de escenas en las que aparecía como protagonista. La representación duró escasos segundos, pero le permitió averiguar cuál sería su futuro.

Supo que su estancia en Soria, que hasta ese instante le había parecido un castigo, sería una de las etapas más felices y fructíferas de su vida.

Supo que a partir de ese momento los campos de Castilla, el río Duero y la Laguna Negra tendrían quien les cantase. Supo que viviría una bella historia de amor, que tendría a la vez su culminación y el inicio de su ocaso en la Ciudad de la Luz, donde su esposa empezaría a consumirse por la enfermedad. Supo que la enterraría en el Espino, donde permanecería para siempre entre chopos, olmos y acacias, acompañada por los ruiseñores de las riberas, y resguardada por la mole blanca y rosa del Moncayo.

Conoció el dolor infinito que le perseguiría a Baeza, donde se acercaría a los cantares del pueblo que habían apasionado a su padre, y que recordaba de su infancia, transcurrida en aquella casa con un patio donde maduraba un limonero. Baeza, cuna de su amistad con Federico. Pobre Federico. Vislumbró estremecido su final. El campo frío, las estrellas de la madrugada, la luz que asomaba. El crimen fue en Granada, en su Granada.

Le envolvió la vorágine que sería su vida entre la cátedra en Segovia y el ambiente bohemio de Madrid. Las tertulias, los amigos, las revistas literarias… La amistad con Guiomar, su última inspiración.

Anticipó la alegría que le produciría la proclamación de la República, aquella oportunidad de superar la España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía. Y la pena inmensa de la guerra civil, que acabó con las ilusiones del españolito que quería vivir, y que empezaba a vivir.

Le llenó de amargura contemplar lo que serían sus días tras la guerra, lejos de la tierra que le vio nacer, y sintiendo muy atrás la patria que había soñado. Se encontró en el albergue de Colliure, abandonado por todos, compartiendo su única camisa con su hermano José. Pensó en los que serían sus últimos versos: «Estos días azules, y ese sol de la infancia…»

Volvió a la realidad, y mientras en su interior aceptaba con alegría su destino, posó dulcemente su mirada en los ojos de la joven y le dedicó una incipiente sonrisa: «Encantado, señorita Leonor».


Caramelo derretido

La vida está hecha de caramelo hueco, piensa Linda mientras se recoge el cabello en un pirri y se dispone a aplicarse tratamientos para el rostro. 

Su primera juventud fue pringosa como los ungüentos que había comprado para no sentirse culpable por dejar de cuidarse. Los había adquirido en un palataforma online para no tener que salir de su casa, mientras una almohadilla eléctrica le calentaba la rabadilla dolorida de tantas horas de documentales y xvideos. 

Muchos días se saltaba la ducha para no tener que desnudarse, se acariciaba el vello creciente de las ingles y olisqueaba no sin cierto alivio el aroma a fracaso y a comida rápida que impregnaba su lujoso piso del Upper East Side. 

Era solo una niña cuando ya contaba con un séquito de admiradoras que se dirigía a Linda como si su belleza se la hubiera esculpido ella misma con un cincel, como si la fealdad ajena fuera voluntaria y lo suyo fuera una cuestión de buen gusto. Mirad qué color verde de ojos se ha elegido,y cómo le brilla el cabello, y esa sonrisa, ¿habéis conocido algo más perfecto que la sonrisa de Linda? Mamá, ¿has visto la cara de esa niña de mi clase? Sería tan feliz si pudiera tener su cara.

Era tal su nivel de hermosura que no podía dejar de preguntarse, ¿cómo podían vivir las demás?, ¿cómo se paseaban por las calles con sus rostros anodinos, sus cuerpos bajos y sin poder elegir? 

Ella había elegido: a un actor, a un futbolista, a un magnate. Nunca a un muchacho de ojos dulces con el que compartir la fortuna que había ganado convirtiéndose en supermodelo. Un magnate que la rentabilizó, un actor con el que tuvo que aprender a actuar, un futbolista que tras el gol se sintió saciado y la colocó junto al resto de sus medallas y trofeos. Poder elegir es importante. Un actor, un futbolista, un magnate, un tratamiento de miles de dólares para pactar con el diablo. 

Los médicos le explicaron que el tratamiento había hecho el efecto contrario al intencionado y que padecía de Hiperplasia Adiposa Paradójica; de ahí la creciente grasa que había cambiado su rostro haciendo que enfrentarse a los espejos fuera lo mismo que encontrarse con una extraña.  Y tan paradójica, pensó ella. Linda Evangelista no tiene cabida en el mundo siendo fea, su existencia carece de sentido si no ilumina las salas a las que entra y no provoca frustración en quienes nunca podrán poseerla o alcanzarla ¿Debería suicidarse?, ¿existen grupos de apoyo para feas, o para ex guapas? Todas esas preguntas cruzaban su mente mientras se hacía cargo de que el destino era un ladrón que se estaba llevando sus pertenencias en su misma cara, la cara hinchada y fácil de olvidar de una persona común e irrelevante. 

Linda alcanza un caramelo y lo lanza contra su garganta fantaseando con un atragantamiento mortal. 

Pero después, enciende la calefacción, se pone una camiseta larga y, repantingada en el sofá, viendo El Juego del Calamar con una lata de cerveza en la mano derecha y una bolsa de patatas sabor huevo frito en la izquierda, se le antoja la abominable idea de que ser feliz puede ser compatible con no ser linda. 



DEMASIADO TARDE, PRINCESA

 


Cuando llamaron a la puerta del camerino, Joaquín ya estaba esperando porque le habían avisado de la visita. Un guardia de seguridad revisó antes minuciosamente el cuarto, revolviendo sus cosas, como el preludio de una conversación extrañamente íntima. 


Debía reconocer que estaba intrigado. Sentía curiosidad por saber quién era esa chica delgada, que parecía inteligente y resuelta, y que se había introducido con soltura en la historia de España hasta sus raíces, como antes lo había hecho en las casas de los españoles con el telediario. 


Cuando Doña Letizia entró se saludaron cordialmente. Ella le  explicó que asistía al concierto con unas amigas de la facultad, saltándose algunas normas de protocolo de la Casa Real, pero que valía la pena por ver a su ídolo de juventud y compartir ese momento

con las amigas. También explicó que después del concierto tenía que salir rápido, por seguridad, y que por eso pasaba antes a saludarlo.


  • Muchas gracias, Doña Letizia.


  • Llámame Letizia, por favor, y tutéame. Por cierto, tienes “Las Ventas” completamente llena: ¿no sientes un poco de miedo, como los toreros?


  • Bueno, los grandes toreros dicen que el valiente no es el que no tiene miedo, ese es un inconsciente. El valiente es el que lo supera. Yo soy ya mayor para tener miedo. El. miedo es un freno, solo paraliza... Los años destierran el miedo si has conseguido aprender algo de la vida. El miedo es una pizca de precaución y toneladas de irracionalidad viscosa, que se queda pegada a tu cuerpo y te impide avanzar, como una enorme bola de reo. Yo he sentido miedo a morir tantas veces que ya ni recuerdo los motivos. He vivido morir con horribles cánceres y aterradores infartos. Imagínate…terrible. Miedo a salir al escenario y no tener voz ante miles de personas. He sufrido durante años como si fuera a ocurrir y nunca ocurrió. Miedo a que no gustara mi trabajo, a que enfermaran mis hijos…todo ese miedo solo ha servido para hacerme sufrir innecesariamente. He aprendido a racionalizarlo. A no tenerle miedo al miedo. Pero no es valentía, es aprender a aligerar la vida.


  • Entiendo lo que me dices, porque yo he sentido siempre ese miedo escénico a empezar a hablar en público y desmayarme. Es absurdo, pero te confieso que a veces sueño con ello y no puedo evitarlo. Y me despierto justo antes de tocar el suelo. Lo malo, además, es no poder elegir lo que soñamos. 


  • Eres joven y, si me lo permites, guapa. Los mayores no podemos tener miedo, salvo a la muerte, y aún así nos vamos acostumbrando poco a poco a ella y acabamos reconciliándonos; hasta acabamos pidiendo tierra si se alarga demasiado el paseo. Pero los feos, -  explicó Sabina sonriendo- esos no tenemos derecho a tener miedo, porque desde pequeños comprendemos que tenemos que ser más valientes que los guapos si queremos que alguien se fije en nosotros. Eso sí, los feos somos grandes soñadores…


  • Yo creo que los cantautores, feos o no, jugáis con ventaja. Yo era la tonta que se enamoraba del primero que cogía una guitarra en el instituto y le cantaba una canción. La guitarra es como una belleza cedida. 


  • Puede ser…Quizás el que sabe tocar una guitarra parece que sepa tocar también a una mujer, ambas necesitan paciencia, dedicación y mucho tacto. -Le contestó Joaquín sonriendo. Dicen que las mujeres se enamoran de lo que escuchan, por eso los hombres mienten, y las canciones están llenas de mentiras y deseos, y si una mujer, además, escucha una voz grave que le susurra, dicen que puede pasar cualquier cosa…


Aquella fue una noche de concierto más dentro de una gira que duró un largo año. Al acabar la gira recibió una llamada de la Casa Real:


  • Le llamamos de Casa Real. Sus Altezas Reales los Príncipes han organizado una cena con varias personas y les gustaría contar con su presencia.


Le gustó esa llamada. Sentía curiosidad por aquella chica que le pareció frágil bajo sus imponentes tacones de louboutin.


Varios escritores, un futbolista, un pintor, una actriz, un político muy joven, un tenista…una gran mesa para unas veinte personas.


Los Príncipes se acercaron a saludar uno a uno a todos los invitados. Tras el protocolo, Sabina observó que su nombre estaba escrito en una cartulina al lado de la Princesa.


  • He pedido yo que te sienten a mi lado, así acabaremos aquella interesante conversación sobre los valientes y los feos. - dijo Letizia sonriendo.


Al acabar los postres, el Príncipe se levantó y se disculpó porque al día siguiente salía a primera hora hacia una cumbre en Bruselas y se ausentó. La Princesa continuó su conversación con Sabina:


  • Estuve pensando en la conversación sobre el miedo. Creo que me dijiste que un valiente debe tener miedo y superarlo, pero también que un viejo sabio no debe aceptarlo…


  • Seguro que no supe explicarme: un viejo, sabio o no, aprende que el miedo hay que cabalgarlo. Que no hay que darle tregua. Pero el miedo existe. Pelear con el miedo es como pelear con la ansiedad, solo sirve para hacerla crecer. Yo mismo tengo miedo ahora…


  • ¿Ahora? ¿No será por mí? -Le preguntó Letizia señalándose y  sonriendo 


  • Un torero no sólo teme al toro. A veces pesa más la plaza, los críticos del siete, el Presidente y su pañuelo amenazante, o incluso la novia encogida del torero suspirando. La historia de España en una tiara, una gran mesa Luis XV, un corsé que realza o cinco guardias de seguridad armados dan a veces más miedo que una mujer bonita.


Doña Letizia se levantó sin mirarlo, hizo un gesto a una de las personas de su seguridad y se acercó uno a uno a despedir a todos los invitados. 


Solo quedaba Joaquín, aterrado, suponiendo haber dicho algo inconveniente con esa manía suya de intentar seducir a cualquier mujer interesante que se le acercara. Sonrió al sentir el miedo después de haber dado tantas lecciones a otros.


Doña Letizia dio instrucciones a su Jefe de Seguridad y se quedaron completamente solos.


  • Solo quedamos nosotros y creo que tenemos una guitarra por algún sitio. Imaginarás que aquí tenemos todo tipo de regalos que no solemos utilizar ¿Puedo pedirte algo así?


  • Por supuesto, pero no olvides que sé lo que te pasa cuando alguien te canta al oído…-sonrío Sabina


  • ¿Conoces eso que se dice de Las Vegas, verdad?


Cogieron una botella de vino, dos copas y salieron por otra puerta a buscar una guitarra. 


Entre unos cuernos de marfil, regalo del Presidente de Senegal, y un Buda Reclinado sonriente del Rey de Tailandia, Sabina le cantó “Pongamos que hablo de Madrid”. Letizia volvía a tener 15 años y se le iluminaron los ojos. Joaquín le preguntó si quería que le cantase “Princesa”.


Ella le contestó reflexiva:


  • Quizás ahora es demasiado tarde…Bueno, te he librado de la mesa Luis XV, la tiara y la seguridad. Espero que ya no tengas miedo, o al menos que lo hayas vencido.


  • Solo me queda el corsé, e intentar quitarlo es como deshojar una margarita, nunca sabes que va a pasar, pero si gana la suerte la naturaleza acaba siempre floreciendo. 


Luego se acercó y le susurró al oído:


  • Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor,

       cuando no muere mata

       porque amores que matan

       nunca mueren 


Lo que pasó a partir de aquel momento quedó para siempre en Zarzuela, como otras tantas miles de historias de otros tantos Borbones.






sábado, 9 de octubre de 2021

La vida desnuda




La falta de talento literario no es ninguna deshonra. Es algo que les sucede a muchas personas inteligentes, ilustradas, nobles y extraordinariamente dotadas en otros campos. (Wisława Szymborska. Correo Literario).

 Fusilar el título de un relato de Pirandello resulta pretencioso. Usarlo para escribir una novela patética, produce vergüenza ajena. Que la publiquen, y encima le den un premio Azorín, es de una desfachatez lacerante. Salvo que no sepas quien es Pirandello o que nadie que te aprecie de verdad te haya dicho nunca que escribes muy mal.

La reconocí en la sala de embarque. No porque fuera aficionado a los Telediarios de A3 ni a los chistes malos de su relamido colega. Es que hacía poco que no me había leído su última novela. Casi siempre me acabo los libros que empiezo, pero a veces no puedo, lo que me provoca una mezcla de culpabilidad lectora y cierto resentimiento irracional hacia el autor. Y ese era el caso del infumable folletín de esta presentadora grafómana. Yo nunca me lo hubiera comprado, ya había ojeado un mamotreto suyo con centenares de ripios ñoños (La Nueva Poesía de Mierda1, ojalá se titulase así, el título real es todavía peor que su contenido), pero alguien que me conoce poco  -y  que me debe querer todavía menos- me lo regaló para mi cumpleaños. Y, en uno de esos momentos tontos que todos tenemos de vez en cuando, me dije: vamos a ver que hay dentro. El primer capítulo (Vida 1) me dejó tocado y el segundo (Vida 2, te lo juro), hundido.

Yo la reconocí, y también más personas con gustos literarios muy diferentes a los míos, ya que se acercaron solícitas a pedir un autógrafo y recibir esas sonrisas de falso agradecimiento con que los famosillos reciben las merecidas muestras de admiración de su público. Cosas que pasan, pensé; al subir al avión yo me iré a la zona turista cutre y ella seguramente embarcará por la puerta VIP y se ubicará en la fila 2 o 3 del avión. No tenemos en común nada más que la pura casualidad.

Pues resulta que no.

Estoy sentado en mi asiento 27C (pasillo) dudando entre echarme una buena siesta o acabarme El Juego del Calamar, cuando la veo acercarse con su maleta de cabina y un par de bolsos quizás demasiado voluminosos. Asiento 27B.  Vaya por Dios, mira que el avión es grande. El rito habitual: sonrisa, desabrocharse el cinturón, salir del asiento, dejar el móvil, el tablet, la novela y los auriculares en el asiento, mientras ella coloca su equipaje de cualquier manera y se aposenta. Miradita autosuficiente por si detecta alguna muestra de reconocimiento admirativo, quizás una tímida petición de autógrafo o, al menos, una frase de agradecimiento por su contribución a la felicidad universal mediante la propagación masiva de sentimientos profundos. Me muestro inflexible: todavía no me he recuperado del rencor por mi fallida aproximación a su fascinante mundo interior y me sigo identificando mucho más con cualquier serie coreana.

Ya antes de salir recuerda que no ha sacado de sus bolsos Mary Poppins todo lo que necesita, y me hace repetir el juego del asiento dos veces más. Esa rebequilla para protegerse de las corrientes tan malas que tienen los aviones (mi abuela siempre nos prevenía de las corrientes, se ve que la suya también). Y, luego, para recuperar su celebrado tocho de microrrelatos micropoéticos -escritos desde el microtalento, claro que sí-, que revisa y subraya, supongo que para una segunda edición corregida y me temo que aumentada.

Apenas ha despegado mi primera siestecilla, cuando a esta protegida de las musas le apetece, primero, un desayuno, tiene que salir al servicio después -el café de los aviones, ya se sabe- y, finalmente, le entra un apretón creativo y debe levantarse para sacar su portátil convertible Lenovo Yoga, una monada tecnológica de 2500 pavos. No haberle pedido un autógrafo a tiempo me va a costar muy caro.

El viaje hasta Hamburgo es larguísimo, así que, a la quinta violación de mi derecho al sueño, decido pasar al ataque. Mientras ella aporrea las teclas, seguramente para perpetrar un nuevo crimen de lesa literatura, me pongo en modo oligofrénico y le pregunto amablemente:  veo que trabaja mucho escribiendo en el avión ¿Es usted profesora, por casualidad? ¿Qué prepara, algún trabajo científico, una conferencia?

Me mira como si le estuviese interrumpiendo alguna clase de animal doméstico, quizás un gorrino -no estoy seguro de no haber roncado antes, la verdad-, pero ve la oportunidad de recordarme mi insoportable ignorancia sobre la actualidad literaria y televisiva. No, realmente soy periodista; periodista y escritora. Ahhh, acabas de morder el anzuelo, ahora solo tengo que tirar de la caña.

Claaaaro, claaaro, qué despistado soy. Con estas mascarillas no se conoce a nadie. Discúlpame, qué tonto, ahora ya te he reconocido -al convertirme en seguidor idiota puedo tutearla-. Qué suerte, coincidir aquí, en el avión. Pero si soy un gran admirador tuyo. Me he leído la novela por la que te dieron aquel premio tan importante. Es preciosa, una historia inspiradora. La Safo tuitera se relaja, por fin este hombrecillo tan soso se ha dado cuenta de la fortuna que ha tenido al no quedar plazas libres en business.

Yo sigo cebando la trampa. Ese libro me gustó tanto que ahora mismo me estoy leyendo tu primera novela.  A lo mejor es un atrevimiento por mi parte, pero me está gustando todavía más; no sé, veo unos personajes más frescos y una trama más dinámica. En esa novela clavas las situaciones y los personajes, de manera que los lectores nos sumergimos en el complejo mundo de tus protagonistas (estas frases suelen quedar bien, las solapas de los libros de Planeta a veces dan este tipo de información tan valiosa). Precisamente la tengo aquí. No te importará dedicármela, ¿verdad?¡Jo!, conocerte en persona.  Mi mujer y mis amigos se van a morir de envidia.

Yo no llevo boli a mano, pero ella tiene uno precioso que amartilla al instante para practicar el único género literario que se le da realmente bien: la firma de autógrafos.

Saco la novela que me estoy leyendo y se la paso abierta por la página de cortesía.  Cuando la ve se queda perpleja. Este tío debe ser imbécil ¿Pero qué libro es éste? ¿Y quién coño será esa Bárbara Blasco? La mascarilla no me deja ver el rictus de asombro y/o desprecio que debe tener en este momento la reina de telediarios, pero su soberbia le impide descender a la altura de este gusano ignorante, así que disimula como puede y pregunta muy digna: ¿Cómo te llamas?  Me vengo arriba y le miento con la mejor de mis sonrisas mongólicas: Arcadio, Arcadio sin hache. Me dedica el libro, me lo devuelve, cierra el ordenador y el resto del viaje transcurre en un silencio sepulcral. Por fin.

Y así es como pude dormir en aquel viaje tan raro y conseguir, de paso, que la mismísima Mónica Carrillo dedicase a un tal Arcadio- sin hache- un ejemplar de “La memoria del alambre”, de Bárbara Blasco.

Una auténtica joya bibliográfica, ¿no crees?

  Álvaro

1https://www.cuartopoder.es/cultura/2017/04/09/la-nueva-poesia-de-mierda/1487/



Entrevista a Bárbara

 https://www.elconfidencial.com/espana/comunidad-valenciana/2022-07-10/barbara-blasco-a-veces-es-escritora-he-pasado-gran-parte-de-mi-vida-p...