La vida está hecha de caramelo hueco, piensa Linda mientras se recoge el cabello en un pirri y se dispone a aplicarse tratamientos para el rostro.
Su primera juventud fue pringosa como los ungüentos que había comprado para no sentirse culpable por dejar de cuidarse. Los había adquirido en un palataforma online para no tener que salir de su casa, mientras una almohadilla eléctrica le calentaba la rabadilla dolorida de tantas horas de documentales y xvideos.
Muchos días se saltaba la ducha para no tener que desnudarse, se acariciaba el vello creciente de las ingles y olisqueaba no sin cierto alivio el aroma a fracaso y a comida rápida que impregnaba su lujoso piso del Upper East Side.
Era solo una niña cuando ya contaba con un séquito de admiradoras que se dirigía a Linda como si su belleza se la hubiera esculpido ella misma con un cincel, como si la fealdad ajena fuera voluntaria y lo suyo fuera una cuestión de buen gusto. Mirad qué color verde de ojos se ha elegido,y cómo le brilla el cabello, y esa sonrisa, ¿habéis conocido algo más perfecto que la sonrisa de Linda? Mamá, ¿has visto la cara de esa niña de mi clase? Sería tan feliz si pudiera tener su cara.
Era tal su nivel de hermosura que no podía dejar de preguntarse, ¿cómo podían vivir las demás?, ¿cómo se paseaban por las calles con sus rostros anodinos, sus cuerpos bajos y sin poder elegir?
Ella había elegido: a un actor, a un futbolista, a un magnate. Nunca a un muchacho de ojos dulces con el que compartir la fortuna que había ganado convirtiéndose en supermodelo. Un magnate que la rentabilizó, un actor con el que tuvo que aprender a actuar, un futbolista que tras el gol se sintió saciado y la colocó junto al resto de sus medallas y trofeos. Poder elegir es importante. Un actor, un futbolista, un magnate, un tratamiento de miles de dólares para pactar con el diablo.
Los médicos le explicaron que el tratamiento había hecho el efecto contrario al intencionado y que padecía de Hiperplasia Adiposa Paradójica; de ahí la creciente grasa que había cambiado su rostro haciendo que enfrentarse a los espejos fuera lo mismo que encontrarse con una extraña. Y tan paradójica, pensó ella. Linda Evangelista no tiene cabida en el mundo siendo fea, su existencia carece de sentido si no ilumina las salas a las que entra y no provoca frustración en quienes nunca podrán poseerla o alcanzarla ¿Debería suicidarse?, ¿existen grupos de apoyo para feas, o para ex guapas? Todas esas preguntas cruzaban su mente mientras se hacía cargo de que el destino era un ladrón que se estaba llevando sus pertenencias en su misma cara, la cara hinchada y fácil de olvidar de una persona común e irrelevante.
Linda alcanza un caramelo y lo lanza contra su garganta fantaseando con un atragantamiento mortal.
Pero después, enciende la calefacción, se pone una camiseta larga y, repantingada en el sofá, viendo El Juego del Calamar con una lata de cerveza en la mano derecha y una bolsa de patatas sabor huevo frito en la izquierda, se le antoja la abominable idea de que ser feliz puede ser compatible con no ser linda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario