sábado, 9 de octubre de 2021

La vida desnuda




La falta de talento literario no es ninguna deshonra. Es algo que les sucede a muchas personas inteligentes, ilustradas, nobles y extraordinariamente dotadas en otros campos. (Wisława Szymborska. Correo Literario).

 Fusilar el título de un relato de Pirandello resulta pretencioso. Usarlo para escribir una novela patética, produce vergüenza ajena. Que la publiquen, y encima le den un premio Azorín, es de una desfachatez lacerante. Salvo que no sepas quien es Pirandello o que nadie que te aprecie de verdad te haya dicho nunca que escribes muy mal.

La reconocí en la sala de embarque. No porque fuera aficionado a los Telediarios de A3 ni a los chistes malos de su relamido colega. Es que hacía poco que no me había leído su última novela. Casi siempre me acabo los libros que empiezo, pero a veces no puedo, lo que me provoca una mezcla de culpabilidad lectora y cierto resentimiento irracional hacia el autor. Y ese era el caso del infumable folletín de esta presentadora grafómana. Yo nunca me lo hubiera comprado, ya había ojeado un mamotreto suyo con centenares de ripios ñoños (La Nueva Poesía de Mierda1, ojalá se titulase así, el título real es todavía peor que su contenido), pero alguien que me conoce poco  -y  que me debe querer todavía menos- me lo regaló para mi cumpleaños. Y, en uno de esos momentos tontos que todos tenemos de vez en cuando, me dije: vamos a ver que hay dentro. El primer capítulo (Vida 1) me dejó tocado y el segundo (Vida 2, te lo juro), hundido.

Yo la reconocí, y también más personas con gustos literarios muy diferentes a los míos, ya que se acercaron solícitas a pedir un autógrafo y recibir esas sonrisas de falso agradecimiento con que los famosillos reciben las merecidas muestras de admiración de su público. Cosas que pasan, pensé; al subir al avión yo me iré a la zona turista cutre y ella seguramente embarcará por la puerta VIP y se ubicará en la fila 2 o 3 del avión. No tenemos en común nada más que la pura casualidad.

Pues resulta que no.

Estoy sentado en mi asiento 27C (pasillo) dudando entre echarme una buena siesta o acabarme El Juego del Calamar, cuando la veo acercarse con su maleta de cabina y un par de bolsos quizás demasiado voluminosos. Asiento 27B.  Vaya por Dios, mira que el avión es grande. El rito habitual: sonrisa, desabrocharse el cinturón, salir del asiento, dejar el móvil, el tablet, la novela y los auriculares en el asiento, mientras ella coloca su equipaje de cualquier manera y se aposenta. Miradita autosuficiente por si detecta alguna muestra de reconocimiento admirativo, quizás una tímida petición de autógrafo o, al menos, una frase de agradecimiento por su contribución a la felicidad universal mediante la propagación masiva de sentimientos profundos. Me muestro inflexible: todavía no me he recuperado del rencor por mi fallida aproximación a su fascinante mundo interior y me sigo identificando mucho más con cualquier serie coreana.

Ya antes de salir recuerda que no ha sacado de sus bolsos Mary Poppins todo lo que necesita, y me hace repetir el juego del asiento dos veces más. Esa rebequilla para protegerse de las corrientes tan malas que tienen los aviones (mi abuela siempre nos prevenía de las corrientes, se ve que la suya también). Y, luego, para recuperar su celebrado tocho de microrrelatos micropoéticos -escritos desde el microtalento, claro que sí-, que revisa y subraya, supongo que para una segunda edición corregida y me temo que aumentada.

Apenas ha despegado mi primera siestecilla, cuando a esta protegida de las musas le apetece, primero, un desayuno, tiene que salir al servicio después -el café de los aviones, ya se sabe- y, finalmente, le entra un apretón creativo y debe levantarse para sacar su portátil convertible Lenovo Yoga, una monada tecnológica de 2500 pavos. No haberle pedido un autógrafo a tiempo me va a costar muy caro.

El viaje hasta Hamburgo es larguísimo, así que, a la quinta violación de mi derecho al sueño, decido pasar al ataque. Mientras ella aporrea las teclas, seguramente para perpetrar un nuevo crimen de lesa literatura, me pongo en modo oligofrénico y le pregunto amablemente:  veo que trabaja mucho escribiendo en el avión ¿Es usted profesora, por casualidad? ¿Qué prepara, algún trabajo científico, una conferencia?

Me mira como si le estuviese interrumpiendo alguna clase de animal doméstico, quizás un gorrino -no estoy seguro de no haber roncado antes, la verdad-, pero ve la oportunidad de recordarme mi insoportable ignorancia sobre la actualidad literaria y televisiva. No, realmente soy periodista; periodista y escritora. Ahhh, acabas de morder el anzuelo, ahora solo tengo que tirar de la caña.

Claaaaro, claaaro, qué despistado soy. Con estas mascarillas no se conoce a nadie. Discúlpame, qué tonto, ahora ya te he reconocido -al convertirme en seguidor idiota puedo tutearla-. Qué suerte, coincidir aquí, en el avión. Pero si soy un gran admirador tuyo. Me he leído la novela por la que te dieron aquel premio tan importante. Es preciosa, una historia inspiradora. La Safo tuitera se relaja, por fin este hombrecillo tan soso se ha dado cuenta de la fortuna que ha tenido al no quedar plazas libres en business.

Yo sigo cebando la trampa. Ese libro me gustó tanto que ahora mismo me estoy leyendo tu primera novela.  A lo mejor es un atrevimiento por mi parte, pero me está gustando todavía más; no sé, veo unos personajes más frescos y una trama más dinámica. En esa novela clavas las situaciones y los personajes, de manera que los lectores nos sumergimos en el complejo mundo de tus protagonistas (estas frases suelen quedar bien, las solapas de los libros de Planeta a veces dan este tipo de información tan valiosa). Precisamente la tengo aquí. No te importará dedicármela, ¿verdad?¡Jo!, conocerte en persona.  Mi mujer y mis amigos se van a morir de envidia.

Yo no llevo boli a mano, pero ella tiene uno precioso que amartilla al instante para practicar el único género literario que se le da realmente bien: la firma de autógrafos.

Saco la novela que me estoy leyendo y se la paso abierta por la página de cortesía.  Cuando la ve se queda perpleja. Este tío debe ser imbécil ¿Pero qué libro es éste? ¿Y quién coño será esa Bárbara Blasco? La mascarilla no me deja ver el rictus de asombro y/o desprecio que debe tener en este momento la reina de telediarios, pero su soberbia le impide descender a la altura de este gusano ignorante, así que disimula como puede y pregunta muy digna: ¿Cómo te llamas?  Me vengo arriba y le miento con la mejor de mis sonrisas mongólicas: Arcadio, Arcadio sin hache. Me dedica el libro, me lo devuelve, cierra el ordenador y el resto del viaje transcurre en un silencio sepulcral. Por fin.

Y así es como pude dormir en aquel viaje tan raro y conseguir, de paso, que la mismísima Mónica Carrillo dedicase a un tal Arcadio- sin hache- un ejemplar de “La memoria del alambre”, de Bárbara Blasco.

Una auténtica joya bibliográfica, ¿no crees?

  Álvaro

1https://www.cuartopoder.es/cultura/2017/04/09/la-nueva-poesia-de-mierda/1487/



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