Cuando llamaron a la puerta del camerino, Joaquín ya estaba esperando porque le habían avisado de la visita. Un guardia de seguridad revisó antes minuciosamente el cuarto, revolviendo sus cosas, como el preludio de una conversación extrañamente íntima.
Debía reconocer que estaba intrigado. Sentía curiosidad por saber quién era esa chica delgada, que parecía inteligente y resuelta, y que se había introducido con soltura en la historia de España hasta sus raíces, como antes lo había hecho en las casas de los españoles con el telediario.
Cuando Doña Letizia entró se saludaron cordialmente. Ella le explicó que asistía al concierto con unas amigas de la facultad, saltándose algunas normas de protocolo de la Casa Real, pero que valía la pena por ver a su ídolo de juventud y compartir ese momento
con las amigas. También explicó que después del concierto tenía que salir rápido, por seguridad, y que por eso pasaba antes a saludarlo.
- Muchas gracias, Doña Letizia.
- Llámame Letizia, por favor, y tutéame. Por cierto, tienes “Las Ventas” completamente llena: ¿no sientes un poco de miedo, como los toreros?
- Bueno, los grandes toreros dicen que el valiente no es el que no tiene miedo, ese es un inconsciente. El valiente es el que lo supera. Yo soy ya mayor para tener miedo. El. miedo es un freno, solo paraliza... Los años destierran el miedo si has conseguido aprender algo de la vida. El miedo es una pizca de precaución y toneladas de irracionalidad viscosa, que se queda pegada a tu cuerpo y te impide avanzar, como una enorme bola de reo. Yo he sentido miedo a morir tantas veces que ya ni recuerdo los motivos. He vivido morir con horribles cánceres y aterradores infartos. Imagínate…terrible. Miedo a salir al escenario y no tener voz ante miles de personas. He sufrido durante años como si fuera a ocurrir y nunca ocurrió. Miedo a que no gustara mi trabajo, a que enfermaran mis hijos…todo ese miedo solo ha servido para hacerme sufrir innecesariamente. He aprendido a racionalizarlo. A no tenerle miedo al miedo. Pero no es valentía, es aprender a aligerar la vida.
- Entiendo lo que me dices, porque yo he sentido siempre ese miedo escénico a empezar a hablar en público y desmayarme. Es absurdo, pero te confieso que a veces sueño con ello y no puedo evitarlo. Y me despierto justo antes de tocar el suelo. Lo malo, además, es no poder elegir lo que soñamos.
- Eres joven y, si me lo permites, guapa. Los mayores no podemos tener miedo, salvo a la muerte, y aún así nos vamos acostumbrando poco a poco a ella y acabamos reconciliándonos; hasta acabamos pidiendo tierra si se alarga demasiado el paseo. Pero los feos, - explicó Sabina sonriendo- esos no tenemos derecho a tener miedo, porque desde pequeños comprendemos que tenemos que ser más valientes que los guapos si queremos que alguien se fije en nosotros. Eso sí, los feos somos grandes soñadores…
- Yo creo que los cantautores, feos o no, jugáis con ventaja. Yo era la tonta que se enamoraba del primero que cogía una guitarra en el instituto y le cantaba una canción. La guitarra es como una belleza cedida.
- Puede ser…Quizás el que sabe tocar una guitarra parece que sepa tocar también a una mujer, ambas necesitan paciencia, dedicación y mucho tacto. -Le contestó Joaquín sonriendo. Dicen que las mujeres se enamoran de lo que escuchan, por eso los hombres mienten, y las canciones están llenas de mentiras y deseos, y si una mujer, además, escucha una voz grave que le susurra, dicen que puede pasar cualquier cosa…
Aquella fue una noche de concierto más dentro de una gira que duró un largo año. Al acabar la gira recibió una llamada de la Casa Real:
- Le llamamos de Casa Real. Sus Altezas Reales los Príncipes han organizado una cena con varias personas y les gustaría contar con su presencia.
Le gustó esa llamada. Sentía curiosidad por aquella chica que le pareció frágil bajo sus imponentes tacones de louboutin.
Varios escritores, un futbolista, un pintor, una actriz, un político muy joven, un tenista…una gran mesa para unas veinte personas.
Los Príncipes se acercaron a saludar uno a uno a todos los invitados. Tras el protocolo, Sabina observó que su nombre estaba escrito en una cartulina al lado de la Princesa.
- He pedido yo que te sienten a mi lado, así acabaremos aquella interesante conversación sobre los valientes y los feos. - dijo Letizia sonriendo.
Al acabar los postres, el Príncipe se levantó y se disculpó porque al día siguiente salía a primera hora hacia una cumbre en Bruselas y se ausentó. La Princesa continuó su conversación con Sabina:
- Estuve pensando en la conversación sobre el miedo. Creo que me dijiste que un valiente debe tener miedo y superarlo, pero también que un viejo sabio no debe aceptarlo…
- Seguro que no supe explicarme: un viejo, sabio o no, aprende que el miedo hay que cabalgarlo. Que no hay que darle tregua. Pero el miedo existe. Pelear con el miedo es como pelear con la ansiedad, solo sirve para hacerla crecer. Yo mismo tengo miedo ahora…
- ¿Ahora? ¿No será por mí? -Le preguntó Letizia señalándose y sonriendo
- Un torero no sólo teme al toro. A veces pesa más la plaza, los críticos del siete, el Presidente y su pañuelo amenazante, o incluso la novia encogida del torero suspirando. La historia de España en una tiara, una gran mesa Luis XV, un corsé que realza o cinco guardias de seguridad armados dan a veces más miedo que una mujer bonita.
Doña Letizia se levantó sin mirarlo, hizo un gesto a una de las personas de su seguridad y se acercó uno a uno a despedir a todos los invitados.
Solo quedaba Joaquín, aterrado, suponiendo haber dicho algo inconveniente con esa manía suya de intentar seducir a cualquier mujer interesante que se le acercara. Sonrió al sentir el miedo después de haber dado tantas lecciones a otros.
Doña Letizia dio instrucciones a su Jefe de Seguridad y se quedaron completamente solos.
- Solo quedamos nosotros y creo que tenemos una guitarra por algún sitio. Imaginarás que aquí tenemos todo tipo de regalos que no solemos utilizar ¿Puedo pedirte algo así?
- Por supuesto, pero no olvides que sé lo que te pasa cuando alguien te canta al oído…-sonrío Sabina
- ¿Conoces eso que se dice de Las Vegas, verdad?
Cogieron una botella de vino, dos copas y salieron por otra puerta a buscar una guitarra.
Entre unos cuernos de marfil, regalo del Presidente de Senegal, y un Buda Reclinado sonriente del Rey de Tailandia, Sabina le cantó “Pongamos que hablo de Madrid”. Letizia volvía a tener 15 años y se le iluminaron los ojos. Joaquín le preguntó si quería que le cantase “Princesa”.
Ella le contestó reflexiva:
- Quizás ahora es demasiado tarde…Bueno, te he librado de la mesa Luis XV, la tiara y la seguridad. Espero que ya no tengas miedo, o al menos que lo hayas vencido.
- Solo me queda el corsé, e intentar quitarlo es como deshojar una margarita, nunca sabes que va a pasar, pero si gana la suerte la naturaleza acaba siempre floreciendo.
Luego se acercó y le susurró al oído:
- Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor,
cuando no muere mata
porque amores que matan
nunca mueren
Lo que pasó a partir de aquel momento quedó para siempre en Zarzuela, como otras tantas miles de historias de otros tantos Borbones.
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