viernes, 15 de octubre de 2021

 LA ENFERMEDAD DEL VERANO

 

 

—Oye Nuria acuérdate de pedir dos o tres cajas de pomada para las hemorroides, sólo quedan tres tubos de Hemorrane y uno de Anso —le decía el nuevo aprendiz a la dueña de la farmacia de abajo de mi casa mientras yo disfrutaba leyendo nombres de medicamentos esperando mi turno.

       —Escucha Emilio si te pago es para que estés pendiente de las existencias, esta farmacia tiene muy buena reputación y no voy a consentir que se te pase un medicamento tan importante, en verano especialmente—reprendió al mancebo boticario la farmacéutica del barrio.

Emilio se puso rojo como un tomate (de la variedad más roja) y comenzó a pedir disculpas tartamudeando. El chico daba un poco de lástima por tener la cara llena de marcas de acné, sonrisa de bobo y la inseguridad de alguien, recién salido de la universidad, que está aprendiendo a trabajar, fuera ya de la teoría, en el mundo real de jefes y responsabilidades. Delante de mí estaba la verdulera del barrio y se puso a hablarme del tiempo “menudo verano de calor estamos teniendo: es imposible dormir”. Yo empecé a pensar en todos los nombres de medicamentos que se tiene que aprender un farmacéutico y asentía a la conversación meteorológica de la señora que me vendía las frutas y hortalizas. Mientras, Nuria dispensaba una caja de Aprazolam a un cliente que padecía la enfermedad de moda: la ansiedad; y Emilio vendía una caja de analgésicos. Amparo ( la verdulera ), por su parte, cuando le tocó, le pidió un tubo de Hemorrane a Emilio, y el chico se volvió a poner rojo. Al pedir su pomada rectal comenzó a dar explicaciones de que entre el calor, el gazpacho pasado de ajo y la bicicleta tenia las hemorroides inflamadas, en verdad dijo almorranas, pero es que esta palabra no me parece muy formal al verla escrita: es más una palabra coloquial. Cuando me tocó el turno de pedir creo que Emilio estaba rezando una plegaria para que no le pidiera uno de los tres tubos de pomada para las hemorroides que le quedaba. Me miró y deduje que estaba pensando que yo era un cincuentón y  seguro que le pedía uno, porque en este país, en cuanto llega el verano, con el calor, el gazpacho, el vino, la cerveza, el carajillo, la afición a vehículos de dos ruedas y el ajo a diestra y siniestra, no hay cincuentón que se libre de las temidas almorranas.

—Buenos días —dije lentamente (sílaba a sílaba) para mantener la tensión—, yo necesito un tubo de Hemorrane y otro de Anso — Nuria me miró, me guiñó un ojo y sonrió.

El tintineo de la puerta me hizo girar la cabeza y al ver a Brad Pitt entrando a la farmacia de mi barrio casi me da un ataque al corazón, aquello no podía ser real. Yo le dije al aprendiz que no quería pomadas para las hemorroides, que solo  era una broma, en verdad quería suero fisiológico en envases monodosis. Brad Pitt se puso a hablar en inglés (con acento yanqui) con Nuria, yo sólo entendía fucking garlic (maldito ajo) y creo que Nuria no entendía ni eso. Emilio se puso a dialogar con el famoso actor americano y Nuria me dio mi caja de suero fisiológico. Después de hacerse un selfi  junto al actor el aprendiz le sirvió al famoso personaje un tubo de Hemorrane y otro de Anso. Nuria y yo charlábamos como si fuera lo más normal que Brad Pitt hubiera entrado en su farmacia. Salí detrás del actor y al mismo tiempo que él se subía a un taxi apareció la furgoneta de productos farmacéuticos. Por un tubo no se había quedado sin pomada para las hemorroides, aunque de justicia es reconocer el alto nivel de inglés del aprendiz. Al subir en el ascensor recapacité en que mi compra era mucho más vergonzosa que la de los que sufren hemorroides: el suero fisiológico lo usaba para limpiar mis tabiques nasales de toda la mierda que me había metido por la nariz el fin de semana veraniego.

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