En la línea del horizonte diviso un barco. Puedo sentir el vaivén, el olor a salitre, el sol en el rostro. Respiro hondo, cierro los ojos y puedo verme navegando los mares, capitaneando un navío de guerra, alcanzando las más altas glorias...
Es uno de esos barcos con tres majestuosos mástiles y más de cincuenta cañones en cada banda. Uno de esos soberbios y estirados navíos británicos tan brillantes, con esa flema y esa pomposidad arrogante y ese aire de superioridad autoproclamada… Malditos bastardos.
Todavía me escuece la herida en el orgullo al imaginar el rostro confiado de ese pedante engreído de Wellington, con su uniforme impecable y esa mueca rígida artificial que pareciera llevar un palo de escoba clavado en el culo. No sé qué me duele más, si haber sido derrotado por la fanfarronería de ese estirado británico o por la mediocre habilidad de ese socarrón de von Blücher, un pastor de ovejas venido a más. Un hombre insulso, soez, hosco, sin habilidades ni talentos, con esa rata acostada en el mostacho que le arrancaría a puñetazos. El hombre más poderoso del mundo derrotado por un pastor de ovejas y un pijo estirado. Los dioses tienen un humor cruel a veces.
De otra forma no se puede entender que diez años antes me pusieran el mundo a los pies, cuando doblegaron sus rodillas dos emperadores ante mi inteligencia estratégica militar y mis dotes de liderazgo y mando. Se postraron ante mi talento y me reconocieron como rey del mundo. ¿Qué digo rey? ¡Emperador! ¡Ay, qué dulce recuerdo el olor de la victoria! Cambié el rumbo del mundo, les traje orden y concierto… ¿y cómo me lo agradecen? Condenándome al ostracismo de esta cárcel con paredes de agua salada, al rigor de estos vientos alisios enloquecedores y al ser alimento de estos malditos insectos gigantes y voraces que pueblan estas tierras olvidadas en algún lugar del culo del mundo. Malditos desagradecidos.
Es irónico que yo, habiendo salido de la isla en que nací para dominar el mundo, para cambiar su rumbo, me halle aquí, viejo y cansado, sacado de las páginas de la historia por un pijales y un cabrero y olvidado por la desagradecida humanidad que, en todo caso, me recordará. Me recordarán, sí, ¡qué se jodan!
La única duda es si me recordarán como Napoleón I emperador de todas las tierras por la gracia de Dios o me recordará como el fracasado enfermo y gordo en que me he convertido ahora… Pensándolo de este modo, ya que uno ha de morir, no está tan mal hacerlo en soledad y anonimato, en esta puta isla del demonio.
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