Soria, diciembre de 1907.
̶ Buenos días, D. Antonio. Pase, haga el favor.
El hombre que atravesaba el umbral de la pensión de la plaza de
Teatinos se quitó el sombrero respetuosamente. Pese a ser un hombre joven, que
pasaba apenas la treintena, su desaliñada indumentaria y su aire melancólico le
hacían parecer mayor. Sus ojos, capaces de distinguir la belleza de las cosas más
cotidianas, reflejaban una bondad en la que no habían logrado hacer mella los
avatares de una vida de estrecheces y trabajos. Nunca persiguió la gloria, y
según un buen amigo, hablaba en verso y vivía en poesía.
̶ Al final del pasillo está su habitación. Permítame que le presente a
mi familia. Mi esposa, Isabel. Y mi hija, Leonor.
Al oír aquel nombre, D. Antonio experimentó una extraña sensación.
Algo dentro de su cabeza se agitó, y en su mente surgieron una tras otra, como
en un teatro, una serie de escenas en las que aparecía como protagonista. La
representación duró escasos segundos, pero le permitió averiguar cuál sería su
futuro.
Supo que su estancia en Soria, que hasta ese instante le había
parecido un castigo, sería una de las etapas más felices y fructíferas de su
vida.
Supo que a partir de ese momento los campos de Castilla, el río Duero
y la Laguna Negra tendrían quien les cantase. Supo que viviría una bella
historia de amor, que tendría a la vez su culminación y el inicio de su ocaso
en la Ciudad de la Luz, donde su esposa empezaría a consumirse por la
enfermedad. Supo que la enterraría en el Espino, donde permanecería para
siempre entre chopos, olmos y acacias, acompañada por los ruiseñores de las riberas,
y resguardada por la mole blanca y rosa del Moncayo.
Conoció el dolor infinito que le perseguiría a Baeza, donde se
acercaría a los cantares del pueblo que habían apasionado a su padre, y que
recordaba de su infancia, transcurrida en aquella casa con un patio donde
maduraba un limonero. Baeza, cuna de su amistad con Federico. Pobre Federico.
Vislumbró estremecido su final. El campo frío, las estrellas de la madrugada,
la luz que asomaba. El crimen fue en Granada, en su Granada.
Le envolvió la vorágine que sería su vida entre la cátedra en Segovia
y el ambiente bohemio de Madrid. Las tertulias, los amigos, las revistas
literarias… La amistad con Guiomar, su última inspiración.
Anticipó la alegría que le produciría la proclamación de la República,
aquella oportunidad de superar la España de charanga y pandereta, cerrado y
sacristía. Y la pena inmensa de la guerra civil, que acabó con las ilusiones
del españolito que quería vivir, y que empezaba a vivir.
Le llenó de amargura contemplar lo que serían sus días tras la guerra,
lejos de la tierra que le vio nacer, y sintiendo muy atrás la patria que había
soñado. Se encontró en el albergue de Colliure, abandonado por todos,
compartiendo su única camisa con su hermano José. Pensó en los que serían sus
últimos versos: «Estos días azules, y ese sol de la infancia…»
Volvió a la realidad, y mientras en su interior aceptaba con alegría
su destino, posó dulcemente su mirada en los ojos de la joven y le dedicó una
incipiente sonrisa: «Encantado, señorita Leonor».
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