Te tienes que levantar ya de la siesta. Sí, en el sofá se está muy bien, la casa está tranquila y malditas las
ganas que tienes de irte a la cocina. Pero no te quejes: fuiste tú quien organizó
la cena y ahora tienes que prepararla. Además, ya sabes que no es como antes de
la pandemia. Se acabó el rito antropológico que reunía a toda la tribu en un aquelarre
estridente de bondad universal y felicidad obligatoria. Esta noche sólo dos
burbujas. Vosotros y tus cuñados Antonia y Juan. No estando tus hijas, es más
que suficiente.
Bacalao con alcachofas. Vaya lata, ¿verdad? Siempre te dicen lo mismo. Prepara bacalao con
alcachofas, que te sale buenísimo. Nosotros llevaremos alguna cosilla para
picar antes. Y es tu ego el que pica y dice que sí, que claro que lo preparas.
Y luego a buscar bacalao del bueno, no vas hacerlo con uno congelado del
Mercadona, desalarlo durante tres días y tirarte por lo menos dos horas cocinando.
Tienes que levantarte ya. Marta ha debido bajar a comprar
algo de última hora. Repasas mentalmente el largo proceso que te queda por delante,
pero estás remolón y encuentras una excusa para retrasarlo un poco. Odias pelar
alcachofas, pochar cebolla, rebozar el bacalao con harina y huevo…es mejor hacer
todas esas llamadas de felicitación obligatoria a tus hermanos, amigos y
parientes varios. El rollo de siempre. Que si llamas ahora porque luego
estaréis muy liados, que si cuánto han cambiado las cosas, que qué pena que no
podamos estar juntos, que lo paséis lo mejor que podáis, que seguro que el año
que viene volverá a ser todo como antes...
Coges el móvil y decides empezar por quien menos te apetece:
la tía Carmina, unos quince minutos de monólogo cansino. Buscas el contacto y
pulsas llamar.
Nada. Cobertura cero. Un poco raro, ¿no? Movistar no suele
fallar. Buscas el móvil del trabajo, pero tampoco funciona. Seguro que hay
millones de personas llamando a la vez y se habrá colapsado el sistema. Miras
el fijo del comedor. Pensabas que ya sólo servía para recibir ofertas de
Iberdrola, pero hoy le vas a sacar partido. Ni siquiera da el tono. Parece que
el problema es de toda la telefonía. Bueno, ya lo resolverán, no van a perder
el negocio del día con más llamadas del año. Te han dejado sin excusa para escapar
de las alcachofas.
Marta abre la puerta y te comenta nerviosa las novedades de
la calle.
— Miguel, no funcionan los teléfonos. He intentado llamarte
hace diez minutos y nada. Creo que han fallado sobre las 12, no nos habíamos
dado cuenta. Y no sabes la cola que hay en Mercadona, la gente se ha puesto
histérica y están llevándoselo todo. Ni siquiera he podido entrar.
Te imaginas todas las neveras y despensas españolas el día
24 de diciembre por la tarde, llenas a
rebosar de comida y de bebida, y no
acabas de comprender qué más se puede necesitar. Papel higiénico, quizás, debió salvar muchas
vidas en la primera ola. La gente es un poco exagerada, piensas. De todas formas,
pones la tele a ver si cuentan algo sobre este incidente.
La tele se enciende, pero la pantalla permanece negra. En
todos los canales. Bueno, no entiendes mucho de telecomunicaciones, pero esto
debe tener alguna explicación. Y siempre queda la radio, que viaja libre por el
espacio. Localizas ese transistor que escuchabas en la ducha antes de Spotify. No tiene pilas, así que buscas unas y lo pones en marcha. Ruido
electromagnético blanco. En FM y en AM; en todas las emisoras.
— ¿Por qué no pruebas en internet?
Si no hay señal de voz, ni de TV, dudas que vayan los datos,
pero nunca se sabe. Enciendes el ordenador del despacho y… tampoco. Estáis
completamente desconectados. Intentas tranquilizarte a ti mismo comentándole a
Marta:
— Debe haber una especie de central de comunicaciones que controla
todo y tendrán alguna clase de problema. El otro día cayó Facebook y hasta Google,
supongo que estas cosas pueden pasar; es raro, pero pueden pasar. Voy a ir haciendo la cena. Mientras, seguro
que vuelven las conexiones.
Pasas dos horas preparando el bacalao. Ya está listo para
rematarlo en el horno cuando lleguen los invitados. Pero la conectividad no ha vuelto. Han pasado
las cinco y media y está igual que cuando te levantaste de la siesta.
Te acuerdas de la radio de tu padre. Una radio antigua con onda
corta. De pequeño podías oír hasta Radio Moscú... Podrás captar la BBC o alguna
otra emisora extranjera. Vas al comedor,
la enciendes y mueves el dial. Nada, sólo el crepitar sordo del ruido de fondo.
Tienes un mal presentimiento y activas el GPS del móvil. Tampoco funciona ¿Ni
siquiera los satélites? Sea lo que sea, es algo gordo. Gordo y global. Empiezas
a preocuparte de verdad.
Encima, Marta viene a preguntarte lo que ambos lleváis dos
horas pensando y no os atrevíais a decir en voz alta.
— Miguel, ¿no hay manera de hablar con las chicas? ¿Estarán
bien?¿Qué está pasando?
No vas a arreglar nada contándole lo de la radio y los
satélites, así que le mientes.
— Seguro que es un problema sólo de España. Estarán
preocupadas porque no pueden contactar con nosotros, pero ellas sí estarán
informadas porque esto no puede pasar en Alemania ni en Suecia. Mira, como aún
es pronto, me voy a acercar a la comisaría del Cabañal a ver si saben algo.
Te pones el abrigo y bajas a la calle. Tremenda cola en el
Carrefour Exprés de enfrente. Miradas extrañas. No sabrías decir de qué: de desconfianza,
de miedo, de amenaza. Mejor ir por calles sin mucha gente.
Al pasar por la bodega junto a la Estación ves a un grupo de
macarras que arrastran un carro lleno de botellas de licor. El dueño está
sentado en la acera, le han pegado y tiene la cara sangrando. Nadie de la cola
mueve un dedo ni dice nada. Tú tampoco.
Cuando los pandilleros se han marchado, ves cómo algunos clientes ayudan
al dueño, pero otros entran y también salen cargados de botellas. Se te erizan
los pelos del cuello y te alejas rápido. No hay ni un policía por la calle.
Por el camino encuentras varios coches con los cristales
rotos. También han asaltado una farmacia. Casi todas las tiendas están bajando
las persianas alumbradas por luces navideñas que hoy te parecen siniestras. La
comisaría está cerrada a cal y canto. Unos gitanillos juegan subidos al techo
de los coches patrulla, que siguen aparcados en la calle. Preguntas a un vecino
que sale de un portal.
— No tengo ni idea. Esta mañana, cuando he salido a las 7 y
media, la comisaría ya estaba cerrada, y luego, a las 12, se ha cortado la
señal de los móviles. Por aquí no ha aparecido nadie…salvo éstos.
Al volver, pasas enfrente de Caixa Bank. Te das cuenta de que
los ahorros de toda tu vida se reducen, en este momento, a unos cien euros que
llevas en la cartera y a los dos o trescientos que Marta siempre guarda en casa,
por si acaso.
Cuando llegas a casa, Marta está histérica, así que prefieres
no dar muchos detalles de lo que has visto en la calle. Intentas engañarte a ti
mismo pensando que habrá una explicación razonable y asegurando en voz alta que
las chicas están bien, y que pronto aparecerá una autoridad, no sabes muy bien quién,
la Generalitat, el presidente del Gobierno, o el Ejército, para deciros que
todo está controlado y lo que tenéis que hacer.
Subes a casa de Alicia y Ramón a ver cómo están. Mal, cómo
van a estar. Su hija tenía que haber llegado a las 4 de la tarde. No vive
lejos, en Alboraya. Así que Ramón va a coger el coche para ver lo que pasa. No
quieres asustarle, pero le dices que tenga cuidado. No te escucha y es lógico: si
tus hijas viviesen cerca ya habrías ido a su casa.
A las siete, Juan y Antonia no han llegado, como habíais quedado. Ya supones que tienen el mismo panorama que tú y habrán pensado que es mejor quedarse en casa, pero su ausencia
acrecienta la sensación de soledad y desamparo. Ni siquiera puedes oír música
de Spotify, así que buscas el IPod viejo, lo conectas algunos altavoces y oís
música de hace una eternidad, por lo menos diez años.
A las nueve es evidente que los invitados no van a venir y
decidís cenar ya. Este año el discurso del rey batirá récord de audiencia
negativa, bromeas. No está el horno para bollos, cenáis poco y en silencio. A
las 11 baja Alicia, está muy nerviosa, Ramón se fue hace cinco horas y no ha
vuelto. Intentas razonar, seguro que está en casa de tu hija y no habrá podido
volver, por lo que sea. Ya no pasa ningún coche por la avenida. Tampoco hay manera de llamar. Le pedís que se
quede en casa, pero ella prefiere esperar en la suya.
Desde el rellano de tu planta te llega un ruido infernal. En el
piso de estudiantes han montado una fiesta de las buenas. Os acostáis pronto,
aunque no podréis dormir. Oís canciones y gritos en la calle. Alguna alarma
de coche que se dispara. Y los estudiantes, que ahora tienen una bronca tremenda: golpes, gritos, insultos, están peleándose. En otras condiciones llamarías a la
policía, pero hoy sólo te levantas para asegurarte de que el cerrojo de
seguridad está bien pasado.
A las cuatro más o menos se callan la música y las
discusiones. No has pegado ojo y Marta tampoco. No deja de mirar el móvil, una
y otra vez, por si ha vuelto la cobertura. Al final se lamenta por no saber
nada de las chicas, que dónde estarán los que mandan, si nadie va a dar una
explicación. No sabes qué decirle porque tú también te lo estás preguntando.
¿Qué dónde están los
que mandan? Realmente no lo sabes. Piensas que existen porque los ves por la
tele. Y hasta crees que puedes elegirlos porque vas a votarles de vez en cuando,
y luego aceptas sin rechistar los resultados que te presentan. Y asumes que saben lo que hacen. Y tú mismo cumples
con tu trabajo cada día bajo la idea de que obedece a un plan racional que
alguien controla y planifica. Y supones que algo es tuyo porque los demás suponen
que lo es. O que tienes un dinero en el banco porque una app del móvil te
enseña un saldo cuando introduces la clave adecuada. Hay orden porque todos
aceptáis que lo hay.
Pero, si alguien corta los hilos que mueven los decorados y enciende
de golpe las luces del teatro, descubrirás que detrás no había más que tramoya.
Los reyes son actores con pelucas y ropones y tú estás sentado al lado de gente
desconocida a la que sólo te une una ilusión falsa.
Estáis completamente solos.
Te abstienes de compartir estos pensamientos en voz alta y te
levantas a leer. Siguen sonando alarmas en la calle, más gritos etílicos y un sonido
inconfundible, a lo lejos, que no habías escuchado desde que hiciste la mili.
Tac, tac, tac. Son disparos de fusil. Intentas evadirte leyendo una novela que
no te interesa hasta que te quedas dormido en el sofá.
Te despierta la luz del amanecer y el sonido de unos
altavoces que viene de la calle. Te asomas y ves una caravana de todoterrenos
con unos sujetos bastante inquietantes. Llevan pasamontañas y uniformes
paramilitares, pero no son soldados ni policías. Y están armados con fusiles de
asalto. Van diciendo con un megáfono que debéis estar tranquilos, que está todo
controlado. Y que nadie salga de casa hasta nueva orden. Hay toque de queda. No
sabes a dónde coño piensan que podríais ir.
Vuelves al comedor, tu televisor OLED Ambilight de última
generación sigue encendido en silencio, con su pantalla de 55” completamente
negra, salvo por un mensaje intermitente, que se repite obstinadamente desde ayer
por la tarde y que seguirá ahí hasta que decidas apagar este aparato, ahora
completamente inútil:
Sin Señal - Sin Señal - Sin Señal - Sin Señal ...
Álvaro