lunes, 27 de diciembre de 2021

El Niño Jesús

 



-Pues no Amanda! en esta casa se le escribe la carta al Niño Jesús!, me da igual que tus amiguitos del cole le escriban a Papá Noel o a los Reyes Magos, aquí le pedimos al Niño Jesús o a nadie.
-Pero mama...
-Mamá nada, suficiente tengo ya, con vivir en este país, con tener que adaptarme a esta gente, como para que encima, te críes como ellos, como si fueras de aquí.
-Pero Mamá, yo nací aquí...
-¿Cómo?, ¿Qué has dicho?, Tu naciste de mi! así que eres de donde yo soy. Faltaba más que una mocosa me diga cosas que ya sé.
-Pero mama yo solo quiero escribirle la carta a Papa Noel, si quieres le escribo también una al niño ese.
-Amanda Cristina!, no me hagas estallar, el “niño ese” como tu le llamas, es el hijo de Dios, el bajo a la tierra a enseñarnos el amor al prójimo…
-Pero según Alexa, Jesus murió en una cruz porque nadie lo quería…
-¿Pero de donde sacas eso?, ya le he dicho a tu padre que no te deje usar esos trastos! a Jesus todos lo querían, por eso murió, por amor.
-Pues yo no quiero que me quieran así, yo no quiero morirme nunca, Papáaaaaa!!!
-¿Qué pasa mi niña?
- Mamá no me deja escribirle la carta a Papa Noel, dice que le tengo que escribir a un niño, que cuando sea mayor va a morir porque lo quieren mucho.
-Pero que dices, no corazón, seguro has entendido mal a mamá, ¿verdad Anna?
-Tu sabes como es tu hija, entiende lo que le conviene, lo único que le he dicho es que en esta casa se le escribe la carta al Niño Jesús, eso es todo.
-Pero mujer, deja que le escriba la carta a quien ella quiera, si solo es una niña.
-¡Lo sabía! siempre te pones de su lado, estoy sola!, es tu hija, es tu casa, es tu país, yo no tengo nada, lo único que pido es celebrar las navidades como en casa y ni eso me dejan tener!
- Por favor no te pongas así, sabes que todo lo que tengo es tuyo. 
- ¡Claro! todo lo TUYO es mío!, ¿Por qué me enamore de ti?, ¿Por qué no le hice caso a Enrique? Ahora estaría llena de hijos, descalza y feliz, siempre en verano. Pero no, estoy aquí pasando frío y con una hija que no entiende el espíritu navideño.
-Pero mamá yo te quiero! Papá dile a mamá que la quiero!, mamá no te pongas a llorar!
-Tranquila mi niña, mama sabe que la quieres, lo que pasa es que a veces se pone triste porque no está con la abuelita Carmen, pero enseguida se le pasa. ¿Verdad Anna que ya estás mejor?
-Pues no, lo único que me haría feliz es que le escribieras la carta al Niño Jesús…
-Anna, basta ya!
-Vale, le escribiré la carta al Niño Jesús, ¿pero me ayudas mami? 
Amanda intentó parecer contenta para que su madre dejara de llorar, pero realmente estaba muy asustada, no podía apartar de su mente la imagen de un bebe a gatas arrastrando un saco de juguetes por las calles de la ciudad.

viernes, 24 de diciembre de 2021

CUENTO DE NAVIDAD

 

Ella se sentó a escribir su cuento de Navidad. No le apetecía mucho en realidad. Desde que los niños ya no lo eran, y por lo tanto ya quedaban lejanos los festivales del colegio, los concursos de villancicos, y los paseos para ver belenes o para entregar la carta a los Reyes Magos, acontecimientos que recordaba con emoción y ternura, estas fiestas tan señaladas se convertían en un cúmulo de obligaciones que le caía encima después de un tiempo continuado de trabajo que le hacía sentir cualquier cosa menos ese supuesto espíritu navideño.

Así que se plantó delante del ordenador, sin muchas ganas, y con una idea prestada: incluir a un vagabundo en la cena de Navidad de una familia pudiente. «La familia Gómez de los Regueros y Villanueva de los Armiños, de rigurosa etiqueta, estaba ya sentada a la larga mesa sobre la que se alineaban cubiertos y copas siguiendo el más estricto protocolo. En el rostro del venerable anciano que presidía la mesa se reflejaba la contrariedad. El sitio reservado para Violeta, la más imprevisible entre tantos hijos y nietos tan bien encauzados, seguía vacío. El carillón ya había dado las nueve campanadas, era la hora prevista para dar comienzo a la cena en una festividad tan señalada en aquella casa como la Nochebuena. Por fin se oyó la campana de la puerta, y Candela, la interna filipina, corrió a abrir con una sonrisa de alivio en la cara. En la puerta del salón apareció la figura de una elegante jovencita junto a un tipo alto y barbudo de unos treinta años, acompañado de una guitarra, y con aspecto de no haber visitado una ducha desde hacía varios días. ¾Os presento a John¾ exclamó Violeta sonriente¾, no tenía dónde cenar hoy y he pensado que no podía pasar solo una noche tan importante.»

Aquí paró de escribir, porque el único desenlace que se le ocurría era que la tensión aumentaba hasta que alguno de los Gómez mataba a John y se deshacía de su cuerpo por la escalera de servicio, y eso le parecía demasiado negro hasta para su estado de ánimo.

Se le ocurrió algo solo un poco menos tétrico: un tiroteo en un centro comercial. «Son las doce del mediodía. En la luminosa galería comercial de cuatro plantas, la familia Martínez Pérez al completo recorre los pasillos, contemplando la abigarrada colección de adornos navideños: aquí un árbol de Navidad con bolas doradas, aquí una guirnalda de espumillón verde… en algún rincón un Nacimiento, pero sin otorgarle mucho protagonismo, el espectáculo de la pobreza del pesebre no vende. Y de eso se trata, de vender, de vender, ¡que estamos en Navidad! Por eso suena de forma ininterrumpida la alegre canción de Mariah Carey que sugiere amor y alegría, y por eso avanzan los cuatro Martínez Pérez por los abarrotados corredores parándose en cada escaparate, a ver qué es lo que se les ofrece. Desde que Raúl y Noelia cumplieron los diez años ya saben que no existe Papá Noel ni los olvidados Reyes Magos, y Antonio y María están muy satisfechos por ello, ya que ahora nada les impide disfrutar de las compras en familia.

De repente, se oye un ruido de cristales. Los vidrios de la claraboya caen sobre el vestíbulo, provocando los gritos de la multitud. Por el agujero que queda se lanzan con cuerdas cuatro individuos vestidos de negro y pasamontañas y armados con fusiles de asalto.»

Uf… tampoco le gustaba. Y ya tenía metida en los oídos la dichosa cancioncita. Se acordó de Dickens. ¿Y una actualización de su Cuento de Navidad? «El señor Estruch estaba delante de la pantalla de su portátil consultando las cotizaciones de la bolsa de Nueva York. Aunque era Nochebuena, no tenía planes de reunirse con nadie. El trabajo como bróker le absorbía, y así había llegado a su madurez dejando pasar todas las oportunidades de formar una familia, o cultivar buenas amistades. Decidió parar de trabajar, le abrió una lata gourmet a su gato, y se dispuso a ver en la tele el mensaje de Navidad del Rey, mientras calentaba en el microondas la ración de lasaña que había comprado en una tienda de comidas preparadas. Se sorprendió al ver que, en lugar del Rey, aparecía en la pantalla una extraña figura cubierta con una capa que se parecía a Ramón García. ¾Hola, Estruch¾ oyó que le decía. Su asombro fue en aumento. ¾¿Quién eres tú?¾ respondió con los ojos como platos. ¾Soy el espíritu de las Navidades pasadas…»

Nada, que no había manera de escribir nada coherente. Así que lo dejó estar y se fue a preparar la mesa para su Nochebuena en familia.

¡Feliz Navidad!

jueves, 23 de diciembre de 2021

Cuento de Navidad - Edu Rey

 


  • Mamá… Mamá…

  • ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?


Me despierto sobresaltada, estoy en mi cama, noto como alguien me empuja la cabeza mientras me susurra insistentemente, reprimiendo las ganas de gritar. Lanzo la mano izquierda con torpeza sobre la mesilla y consigo encontrar mis gafas. Siento frío en el brazo al sacarlo de la crisálida que inconscientemente he formado con el edredón mientras dormía. Todo está oscuro. Maldita sea, ¿qué hora es?


  • Mamá, mamá… está aquí…

  • ¿Qué pasa cielo? Es muy tarde…

  • Está aquí mamá, le he oído…


La cara de ilusión de mi pequeña Leslie, con esa sonrisa mellada, me hace sonreír. Me incorporo para besar su frente y percibo el olor a colonia de su cabello rubio.


  • ¡Ay, mi brujilla, qué miedosilla eres! Dime, ¿qué es eso que has oído?

  • Papá Noel mamá, le he oído, ¡está en el piso de abajo!


En ese momento me parece oír un ruido y en un acto reflejo tapo la boca de la niña para evitar que grite. Puedo notar su corazón, la sobreexcitación propia de la ilusión por la Navidad, pero no consigo entender qué es eso que dice haber oído en el piso de abajo, Charly está fuera hasta el martes por el puto trabajo. Nada de ruidos. Estamos solas en casa.


Durante un minuto que se me hace un siglo me quedo callada, con la mano en la boca de mi hija, mirándonos a los ojos. Intento transimitirle alegría con la mirada, pero puedo notar cómo mi ritmo cardiaco comienza a agitarse y los pelos de mi brazo se encrespan. En mi caso no es por la ilusión de la Navidad. Chisto a Leslie, que intenta hablar de nuevo, y aprieto mi mano contra su carita. Nada de ruidos. Estamos solas en casa.


Respiro hondo y suelto la boca de mi hija, tratando de convertir la mordaza en una delicada caricia y la tensión de mi mandíbula en una sonrisa cariñosa.


  • ¿Ves cariño? Todo ha sido un sueño… - le digo susurrando.

  • Nooo, le he visto… - me responde susurrando mientras asiente con los ojos muy abiertos.

  • ¿Has visto a quién, hija?

  • A él, a Papá Noel…


Suena un fuerte golpe seguido de una orquesta de percusión metalúrgica mal afinada. Sé perfectamente que se trata del sonido que haría al caer el aparador con la cubertería de plata que hay junto a la mesa del comedor. Por un momento me quedo privada, siento el aire helado en mi piel y me parece ver una nube de vaho al exhalar junto al ridículo hilo de voz que consigo entonar.


  • ¡Shhhh! ¡Calla, calla! - grito a Leslie, susurrando.


La niña mantiene su amplia sonrisa de celesta. Yo intento fingir una sonrisa mientras intento no tiritar. Estoy aterrorizada. Hay alguien en mi casa y estoy sola con mi hija.


  • ¿Qué hacemos mami? ¿Bajamos a darle galletas y leche?

  • ¡Shhh! ¡Calla hija, calla! No nos puede oír… ¡Shhhh!


Intento parecer tranquila a ojos de mi pequeña pero mi cerebro recorre todas los posibles planes de huída que tenemos a mano en caso de que el intruso decida subir a ver quién hay en casa… La abrazo contra mi pecho en parte para evitar que siga hablando y en parte para que el aroma dulce de su pelo me aporte una pizca de sosiego.


Los sonidos de metales chocando y rebotando cesan. Me quedo mirando al pomo de la puerta con sensación de angustia mientras estrujo cada vez más fuerte la cara de Leslie contra mi pecho.


  • Mamá, me haces daño, no puedo respirar bien… 

  • ¡Shhh! ¡Shhhh!


El pulso casi se me detiene al escuchar el sonido de los pasos en la escalera. Aprieto a Leslie contra mi pecho. Ella también los oye y mira a la puerta con entusiasmo. Yo miro a la ventana, tratando de calcular los daños que sufriría si amortiguo la caída del cuerpo de la niña con mi cuerpo. Deben ser 5 o 6 metros, quizá 7… No me gusta lo que visualizo, mala idea. Ahora miro al armario, podríamos escondernos ahí pero no tenemos mucho tiempo y si el intruso nos encuentra no tendríamos escapatoria. Joder, no cabemos, hace cuatro meses Charly instaló esa puta caja fuerte. ¡Joder sí, la caja fuerte, la pistola! ¡La pistola de Charly! Tiene que estar en la caja, le pedí que la guardase dónde Leslie no pudiera encontrarla jamás…


  • Cariño, vamos a jugar a un juego, ¿vale? - le digo a Leslie con el índice en los labios, indicándole que no responda.


La niña agita la cabeza en señal de afirmación. No es consciente del peligro y eso, en parte, me alegra. Con cuidado de no hacer ruido, bloqueo la puerta con una de las sillas de madera con respaldo alto que tenemos junto al vestidor. Ahora me alegro de que Charly no me hiciera caso cuando le rogué que las tirara a la basura porque me resultaban espantosas.


Ahora puedo oír como alguien abre la puerta del baño. Hay que engrasar las bisagras de esa puerta que chirrían. ¡Céntrate coño! El armario, ¡la caja! Vale, está cerrada… tiene una combinación de 3 dígitos… ¡Tiene una puta combinación! Es una caja fuerte, ¿qué esperabas? No puede ser tan difícil, llevo más de quince años con Charly, desde que íbamos al instituto, me sé hasta el color de su mierda, vamos… 8-3-1, nos prometimos el ocho de marzo del año dos mil uno… Nada, una puta mierda para mí… romántico por los cojones… 6-5-4, el nacimiento de Leslie… ¡Agua! El puto padre del año Charly, ¡joder!


  • Mami…

  • ¡Shhhhh!


Los pasos se alejan y puedo escuchar cómo alguien abre la puerta de la habitación de Leslie, me alegro de que mi pequeña se haya levantado, juntas podemos tener una oportunidad al menos y en el peor de lo casos… en el peor de los casos nos iremos juntas… Un escalofrío me congela el alma al pensar eso, sigo luchando contra la cerradura de la caja fuerte sin éxito.


  • Mami…

  • ¡Calla hija!


El ruido de pasos comienza a acercarse mientras el intruso se desliza por el pasillo. El ritmo se acelera. 1-1-1, 1-1-2, 1-1-3… ¿qué haces, joder, qué haces? Empiezo a perder la fe, esa silla fea no aguantará mucho, me temo… empiezo a sentirme agobiada, las lágrimas quieren inundar mis ojos y el cristal de las gafas amenaza con empañarse, pero respiro fuerte y me contengo. Mi hija hace un rato que se ha dado cuenta de que esto no es un juego o estará pensando que es la mayor mierda de juego que le he propuesto nunca.


  • 6-2-5 mami…

  • ¿6-2-5…? ¡Funciona! ¿Qué coño es 6-2-5, Charly? - echarle la culpa a él también me tranquiliza, sinceramente.

  • El 6 de febrero de 2005… 

  • ¿El 6 de febrero…?

  • Ganaron los Patriots…

  • ¿La puta Superbowl? ¡Puto friqui! Mira que le dije que dejara esto fuera del alcance de la niña…


Descargo la tensión en un grito mudo mientras alzo la pistola y compruebo que está cargada… ¿Really, Charly? ¿Una pistola cargada en la caja y nuestra niña de seis años conoce la combinación? Si salgo de esta te mato, cabronazo insensato.


De repente el pomo de la puerta hace un ruido metálico y comienza a girar lentamente. Leslie sigue en el centro de la habitación, dónde la había dejado, ahora tiene un gesto de miedo. Sabe perfectamente que mamá odia las armas y no debe ser muy tranquilizador verme portando una en plan la teniente O’neill. Yo soy más tipo Julia Andrews en La casa de la Pradera que de Demi Moore en plan Rambo, normalmente…


La persona al otro lado de la puerta ya ha descubierto que se encuentra bloqueada. Me parece irónico que esa puta silla fea pueda salvarme la vida cuando he pedido a Charles cien veces que la prenda fuego. Un golpe brusco hace que la puerta se entreabra ligeramente. Suena un murmullo ininteligible seguido de un tintineo de cascabeles.  Me pongo delante de la niña y cojo la pistola con las dos manos apuntando hacia la entrada. Un segundo golpe, más fuerte, hace que la silla se tambalee. No va a aguantar mucho.


  • ¡Déjelo, por favor! ¡Sólo estamos una mujer y una niña indefensas, por favor, salga de nuestra propiedad!


Según lo grito me siento imbécil por haber sido demasiado honesta con el extraño. ¿Qué debería haberle dicho? ¿Que está el jodido Equipo A aquí dentro? ¿El séptimo de caballería? ¿O los caballeros del Zodiaco? Intento tranquilizarme. Tengo que aprender a hablarme mejor a mí misma, me meto mucha caña. Si salimos de esta me hablaré mejor, joder, qué imbécil me siento… puta rarita, pienso mientras me coloco las gafas y sorbo la nariz.


Los golpes de la puerta van in crescendo y a cada nuevo golpe más claramente puedo divisar el terciopelo de color rojo que cubre el hombro y la cabeza del intruso que pretende tirarla. Y a cada golpe le sigue un tintineo de cascabeles. No es Papá Noel… No es Papá Noel… me descubro musitando mientras mi índice se desliza por el gatillo frío del arma de Charly…


  • ¿Mami? - dice Leslie casi llorando, ahora mi pequeña sí está aterrada, la escena no es para menos.

  • No es Papá Noel cariño, no es Papá Noel…


A partir de aquí todo sucede a cámara lenta: El crujir de las maderas del piso, tres pasos lentos, una carrerilla y un fuerte golpe, las astillas en que se ha convertido la silla fea vuelan por los aires en todas las direcciones across the Universe. Una pausa de hielo, trago saliva,  veo todo en blanco y negro. Inhalo y aprieto. Un estallido al que precede una descarga a la que precede una puntería inesperada a la que precede un grito apagado por el pitar de mis tímpanos maltratados por la detonación. Papá Noel cayendo de espaldas, a cámara lenta, en blanco y negro y el sonido de su cabeza golpeando contra el suelo que me recuerda al sonido de una sandía que alguien, el hijo rarito de los vecinos de mis padres hará unos 35 años, dejó caer desde la ventana de su habitación y se partió contra el asfalto. Qué niño más tonto y más raro era el hijo del vecino de la casa dónde vivían mis padres hace unos 35 años. De vuelta a la realidad vomito súbitamente y acto seguido lanzo un abrazo que pretende ser consolador en dos direcciones. Luego aparece el llanto.


  • Tranquila hija, todo ha acabado, todo ha salido bien…

  • Sí mamá, pero… Papá Noél… 

  • ¡Shhhh! Tranquila, todo saldrá bien… tranquila… 

  • ¿Qué pasa ahora con los regalos? - Me dice mientras lloriquea y sorbe la nariz.


A la espalda de mi hija puedo ver el cuerpo inmóvil, todavía caliente, de un yonki vestido de Papá Noel que eligió una mala noche para entrar a robarnos. Me quedo mirando la puta pistola de Charly en mi mano con aire reflexivo, mientras pienso en la mierda de sociedad que estamos creando.


Ángeles cantando están

Te tienes que levantar ya de la siesta. Sí, en el sofá se está muy bien, la casa está tranquila y malditas las ganas que tienes de irte a la cocina. Pero no te quejes: fuiste tú quien organizó la cena y ahora tienes que prepararla. Además, ya sabes que no es como antes de la pandemia. Se acabó el rito antropológico que reunía a toda la tribu en un aquelarre estridente de bondad universal y felicidad obligatoria. Esta noche sólo dos burbujas. Vosotros y tus cuñados Antonia y Juan. No estando tus hijas, es más que suficiente.

Bacalao con alcachofas. Vaya lata, ¿verdad?  Siempre te dicen lo mismo. Prepara bacalao con alcachofas, que te sale buenísimo. Nosotros llevaremos alguna cosilla para picar antes. Y es tu ego el que pica y dice que sí, que claro que lo preparas. Y luego a buscar bacalao del bueno, no vas hacerlo con uno congelado del Mercadona, desalarlo durante tres días y tirarte por lo menos dos horas cocinando.

Tienes que levantarte ya. Marta ha debido bajar a comprar algo de última hora. Repasas mentalmente el largo proceso que te queda por delante, pero estás remolón y encuentras una excusa para retrasarlo un poco. Odias pelar alcachofas, pochar cebolla, rebozar el bacalao con harina y huevo…es mejor hacer todas esas llamadas de felicitación obligatoria a tus hermanos, amigos y parientes varios. El rollo de siempre. Que si llamas ahora porque luego estaréis muy liados, que si cuánto han cambiado las cosas, que qué pena que no podamos estar juntos, que lo paséis lo mejor que podáis, que seguro que el año que viene volverá a ser todo como antes...

Coges el móvil y decides empezar por quien menos te apetece: la tía Carmina, unos quince minutos de monólogo cansino. Buscas el contacto y pulsas llamar.

Nada. Cobertura cero. Un poco raro, ¿no? Movistar no suele fallar. Buscas el móvil del trabajo, pero tampoco funciona. Seguro que hay millones de personas llamando a la vez y se habrá colapsado el sistema. Miras el fijo del comedor. Pensabas que ya sólo servía para recibir ofertas de Iberdrola, pero hoy le vas a sacar partido. Ni siquiera da el tono. Parece que el problema es de toda la telefonía. Bueno, ya lo resolverán, no van a perder el negocio del día con más llamadas del año. Te han dejado sin excusa para escapar de las alcachofas.

Marta abre la puerta y te comenta nerviosa las novedades de la calle.

— Miguel, no funcionan los teléfonos. He intentado llamarte hace diez minutos y nada. Creo que han fallado sobre las 12, no nos habíamos dado cuenta. Y no sabes la cola que hay en Mercadona, la gente se ha puesto histérica y están llevándoselo todo. Ni siquiera he podido entrar.

Te imaginas todas las neveras y despensas españolas el día 24 de diciembre por la tarde, llenas  a rebosar de comida y de bebida, y  no acabas de comprender qué más se puede necesitar.  Papel higiénico, quizás, debió salvar muchas vidas en la primera ola. La gente es un poco exagerada, piensas. De todas formas, pones la tele a ver si cuentan algo sobre este incidente.

La tele se enciende, pero la pantalla permanece negra. En todos los canales. Bueno, no entiendes mucho de telecomunicaciones, pero esto debe tener alguna explicación. Y siempre queda la radio, que viaja libre por el espacio. Localizas ese transistor que escuchabas en la ducha antes de Spotify. No tiene pilas, así que buscas unas y lo pones en marcha. Ruido electromagnético blanco. En FM y en AM; en todas las emisoras.

— ¿Por qué no pruebas en internet?

Si no hay señal de voz, ni de TV, dudas que vayan los datos, pero nunca se sabe. Enciendes el ordenador del despacho y… tampoco. Estáis completamente desconectados. Intentas tranquilizarte a ti mismo comentándole a Marta:

— Debe haber una especie de central de comunicaciones que controla todo y tendrán alguna clase de problema. El otro día cayó Facebook y hasta Google, supongo que estas cosas pueden pasar; es raro, pero pueden pasar.  Voy a ir haciendo la cena. Mientras, seguro que vuelven las conexiones.

Pasas dos horas preparando el bacalao. Ya está listo para rematarlo en el horno cuando lleguen los invitados.  Pero la conectividad no ha vuelto. Han pasado las cinco y media y está igual que cuando te levantaste de la siesta.

Te acuerdas de la radio de tu padre. Una radio antigua con onda corta. De pequeño podías oír hasta Radio Moscú... Podrás captar la BBC o alguna otra emisora extranjera.  Vas al comedor, la enciendes y mueves el dial. Nada, sólo el crepitar sordo del ruido de fondo. Tienes un mal presentimiento y activas el GPS del móvil. Tampoco funciona ¿Ni siquiera los satélites? Sea lo que sea, es algo gordo. Gordo y global. Empiezas a preocuparte de verdad.

Encima, Marta viene a preguntarte lo que ambos lleváis dos horas pensando y no os atrevíais a decir en voz alta.

— Miguel, ¿no hay manera de hablar con las chicas? ¿Estarán bien?¿Qué está pasando?

No vas a arreglar nada contándole lo de la radio y los satélites, así que le mientes.

— Seguro que es un problema sólo de España. Estarán preocupadas porque no pueden contactar con nosotros, pero ellas sí estarán informadas porque esto no puede pasar en Alemania ni en Suecia. Mira, como aún es pronto, me voy a acercar a la comisaría del Cabañal a ver si saben algo.

Te pones el abrigo y bajas a la calle. Tremenda cola en el Carrefour Exprés de enfrente. Miradas extrañas. No sabrías decir de qué: de desconfianza, de miedo, de amenaza. Mejor ir por calles sin mucha gente.

Al pasar por la bodega junto a la Estación ves a un grupo de macarras que arrastran un carro lleno de botellas de licor. El dueño está sentado en la acera, le han pegado y tiene la cara sangrando. Nadie de la cola mueve un dedo ni dice nada. Tú tampoco.  Cuando los pandilleros se han marchado, ves cómo algunos clientes ayudan al dueño, pero otros entran y también salen cargados de botellas. Se te erizan los pelos del cuello y te alejas rápido. No hay ni un policía por la calle.

Por el camino encuentras varios coches con los cristales rotos. También han asaltado una farmacia. Casi todas las tiendas están bajando las persianas alumbradas por luces navideñas que hoy te parecen siniestras. La comisaría está cerrada a cal y canto. Unos gitanillos juegan subidos al techo de los coches patrulla, que siguen aparcados en la calle. Preguntas a un vecino que sale de un portal.

— No tengo ni idea. Esta mañana, cuando he salido a las 7 y media, la comisaría ya estaba cerrada, y luego, a las 12, se ha cortado la señal de los móviles. Por aquí no ha aparecido nadie…salvo éstos.

Al volver, pasas enfrente de Caixa Bank. Te das cuenta de que los ahorros de toda tu vida se reducen, en este momento, a unos cien euros que llevas en la cartera y a los dos o trescientos que Marta siempre guarda en casa, por si acaso.

Cuando llegas a casa, Marta está histérica, así que prefieres no dar muchos detalles de lo que has visto en la calle. Intentas engañarte a ti mismo pensando que habrá una explicación razonable y asegurando en voz alta que las chicas están bien, y que pronto aparecerá una autoridad, no sabes muy bien quién, la Generalitat, el presidente del Gobierno, o el Ejército, para deciros que todo está controlado y lo que tenéis que hacer.

Subes a casa de Alicia y Ramón a ver cómo están. Mal, cómo van a estar. Su hija tenía que haber llegado a las 4 de la tarde. No vive lejos, en Alboraya. Así que Ramón va a coger el coche para ver lo que pasa. No quieres asustarle, pero le dices que tenga cuidado. No te escucha y es lógico: si tus hijas viviesen cerca ya habrías ido a su casa.

A las siete, Juan y Antonia no han llegado, como habíais quedado. Ya supones que tienen el mismo panorama que tú y habrán pensado que es mejor quedarse en casa, pero su ausencia acrecienta la sensación de soledad y desamparo. Ni siquiera puedes oír música de Spotify, así que buscas el IPod viejo, lo conectas algunos altavoces y oís música de hace una eternidad, por lo menos diez años.

A las nueve es evidente que los invitados no van a venir y decidís cenar ya. Este año el discurso del rey batirá récord de audiencia negativa, bromeas. No está el horno para bollos, cenáis poco y en silencio. A las 11 baja Alicia, está muy nerviosa, Ramón se fue hace cinco horas y no ha vuelto. Intentas razonar, seguro que está en casa de tu hija y no habrá podido volver, por lo que sea. Ya no pasa ningún coche por la avenida.  Tampoco hay manera de llamar. Le pedís que se quede en casa, pero ella prefiere esperar en la suya.

Desde el rellano de tu planta te llega un ruido infernal. En el piso de estudiantes han montado una fiesta de las buenas. Os acostáis pronto, aunque no podréis dormir. Oís canciones y gritos en la calle. Alguna alarma de coche que se dispara. Y los estudiantes, que ahora tienen una bronca tremenda: golpes, gritos, insultos, están peleándose. En otras condiciones llamarías a la policía, pero hoy sólo te levantas para asegurarte de que el cerrojo de seguridad está bien pasado.

A las cuatro más o menos se callan la música y las discusiones. No has pegado ojo y Marta tampoco. No deja de mirar el móvil, una y otra vez, por si ha vuelto la cobertura. Al final se lamenta por no saber nada de las chicas, que dónde estarán los que mandan, si nadie va a dar una explicación. No sabes qué decirle porque tú también te lo estás preguntando.

 ¿Qué dónde están los que mandan? Realmente no lo sabes. Piensas que existen porque los ves por la tele. Y hasta crees que puedes elegirlos porque vas a votarles de vez en cuando, y luego aceptas sin rechistar los resultados que te presentan.  Y asumes que saben lo que hacen. Y tú mismo cumples con tu trabajo cada día bajo la idea de que obedece a un plan racional que alguien controla y planifica. Y supones que algo es tuyo porque los demás suponen que lo es. O que tienes un dinero en el banco porque una app del móvil te enseña un saldo cuando introduces la clave adecuada. Hay orden porque todos aceptáis que lo hay.

Pero, si alguien corta los hilos que mueven los decorados y enciende de golpe las luces del teatro, descubrirás que detrás no había más que tramoya. Los reyes son actores con pelucas y ropones y tú estás sentado al lado de gente desconocida a la que sólo te une una ilusión falsa.

Estáis completamente solos.

Te abstienes de compartir estos pensamientos en voz alta y te levantas a leer. Siguen sonando alarmas en la calle, más gritos etílicos y un sonido inconfundible, a lo lejos, que no habías escuchado desde que hiciste la mili. Tac, tac, tac. Son disparos de fusil. Intentas evadirte leyendo una novela que no te interesa hasta que te quedas dormido en el sofá.

Te despierta la luz del amanecer y el sonido de unos altavoces que viene de la calle. Te asomas y ves una caravana de todoterrenos con unos sujetos bastante inquietantes. Llevan pasamontañas y uniformes paramilitares, pero no son soldados ni policías. Y están armados con fusiles de asalto. Van diciendo con un megáfono que debéis estar tranquilos, que está todo controlado. Y que nadie salga de casa hasta nueva orden. Hay toque de queda. No sabes a dónde coño piensan que podríais ir.

Vuelves al comedor, tu televisor OLED Ambilight de última generación sigue encendido en silencio, con su pantalla de 55” completamente negra, salvo por un mensaje intermitente, que se repite obstinadamente desde ayer por la tarde y que seguirá ahí hasta que decidas apagar este aparato, ahora completamente inútil:

Sin Señal - Sin Señal - Sin Señal - Sin Señal ...

Álvaro

 

CUENTO DE NAVIDAD


La navidad disfraza de purpurina las emociones como lo hace con las ciudades: brillan superficialmente las buenas intenciones en las personas como árboles decorados con bombillitas del chino, y todo además con obsolescencia programada. El momento vital de Ana era justo el contrario: se había deshecho de todo lo superfluo y brillante para buscar en su interior su dolor, el más íntimo, el más desgarrador, el más negro de su alma. 


El impresionante chalet estaba decorado para la ocasión con pequeñas luces que iluminaban salpicando los rostros. Un árbol grande, coronado por un ángel dorado, un pequeño nacimiento y una mesa con muérdago y servilletas doradas y rojas decoraban el salón.


Los seis comensales se sentaron a la mesa: Juan, el padre, presidiéndola. En la silla de enfrente, la más cercana a la cocina, Sandra, su mujer. Las dos hijas y los yernos se sentaban enfrentados entre ellos. Antonio, el marido de Ana, la hija mayor, que era el hombre destinado a gestionar la sucesión de las empresas familiares, siempre se sentaba a la derecha de Juan.


- Un año más, todos reunidos. -dijo Juan, mirando a sus dos hijas. ¡A ver qué nos ha preparado mamá este año!


- Pues cualquier cosa, como siempre. Lo importante es que estemos todos juntos. -contestó Sandra con un gesto de su mano restando importancia a su trabajo como cocinera.


Sirvieron un delicioso Rioja, regalo de un proveedor del grupo de empresas familiar.

Juan se levantó solemne, con su copa en la mano y dijo:


- Por la familia, lo más importante y mi mayor orgullo en la vida. 


Todos se levantaron, entrechocaron sus copas y bebieron el excelente vino.

Ana les pidió que no se sentaran porque ella, como hija mayor, también quería hacer un brindis especial. Cogió un cuchillo y golpeó levemente la copa de cristal de bohemia. Provocó un silencio expectante y decidió recrearse unos segundos en él:


- Quería que todos supierais que…


- ¿No me digas que estás embarazada, cariño? -Le dijo su madre ilusionada


- No, mucho mejor…espera: quiero que sepáis que el cabrón de mi marido se está follando a la zorra de mi hermana.


La pareja de cuñados objeto del terrible brindis se miraron inquisidores, preguntándose quién había hablado. 


El padre miró a su hija pequeña, que rehuyó la mirada, y entonces apoyó desconsolado los codos en la mesa con las manos en la calva, como una vieja avestruz vencida.


- Como broma no tiene ninguna gracia, Ana. -Le dijo su madre


Juan miro a su mujer con incredulidad y un punto de superioridad.


El silencio del resto de la mesa fue consolidando la información petrificada como una losa sobre la familia.


- Antonio, no sé cómo has podido, con todo lo que hemos hecho por ti en esta familia. -le espetó Sandra 


- No te olvides de tu hija pequeña, mamá, que es la de las piernas abiertas. -le dijo Ana con una sonrisa triste.


El ángel dorado del árbol, pasó por la mesa familiar durante unos eternos segundos. 


Sandra miro a su marido abatido, pensó en los deshechos matrimonios de sus hijas y decidió que era el momento que había estado esperando durante años:


- Pues bien, yo también tengo que deciros algo importante…: he conocido a alguien. Y quiero explicaros, antes de que os enfadéis conmigo, que vuestro padre mantiene una relación con su secretaria desde hace más de 20 años, y, por cierto, fruto de esa relación hay una niña que es vuestra “medio hermana” que imagino que reclamará su parte de la herencia cuando muera éste. -dijo Sandra señalando a su marido con desprecio.


Después se levantó, se acercó a la silla de su yerno más joven, el marido de su hija pequeña, que se levantó, le sonrió, tomó su mano y ambos salieron por la puerta sin mirar atrás, después de besarse debajo del muérdago.


Y con el portazo, el ángel dorado cayó definitivamente del árbol.

domingo, 12 de diciembre de 2021

LA  DESPEDIDA

Y me veo entrando, con paso lento, silencioso, mientras deslizo la fina suela de mis zapatos, por el brillante mármol de la sala del tanatorio, y entre las flores veo la Pietá invertida que forman los dos; él en el centro, la mirada baja, parece dormido, ¿o la esta mirando? no sabes, ella está yaciente en su féretro. Has llegado pronto para no tener que juntarte con nadie más; para no tener que ver el escrutinio en la mirada de antiguos conocidos, ni las falsas condolencias que se verían obligados a mostrar; a pesar de que todos, saben... que no tendría sentido darte.

Te detienes, y ella queda entre los dos, y tu ves la ancestral imagen. Él levanta la mirada, y ves en la suya: asombro, una recóndita pena, algo de miedo, y más sentimientos que desconoces y tampoco deseas saber. Te mira detenidamente, calcula tu actitud, y su voz sale crispada. Hola hermana, dice, ¡es una auténtica sorpresa que hayas venido! ¿para despedir a nuestra madre? ¿después de tanto tiempo?. Te veo muy bien, incluso mejor que hace quince años ¡verdaderamente son muchos años!. Ese aire de seguridad que has adquirido te sienta de maravilla.

Y tú sientes el ligero temblor que recorre tu cuerpo, que afortunadamente él no ve, y te preguntas, por qué te has impuesto esta situación, que nadie te ha pedido, que nadie quería que hicieras, y todo es, ¿qué es? ¿un vacío? ¿una nada? ¿una distancia? sí, una distancia. Has sabido de su muerte por el periódico; y pensaste que, quizás, puedas cerrar por completo la herida.

Noto en tu mirada desprecio, dice él, si, estoy tan gordo que apenas puedo moverme; siempre fui torpe ¿verdad? no podía alcanzarte, nunca, a pesar de ser mayor que tu. Estoy jodido, dice, desolado más bien ahora que ella se ha ido. Era mi guía, mi sostén, y sin ella no sé como voy a saber vivir. ¿Recuerdas lo unidos que siempre estuvimos?. Contigo fue diferente, siempre receló de ti y con razón, le quitaste el sitio. Sí, veo esa amarga sonrisa en tu boca; pero ¿qué podíamos hacer?, solo el silencio, o, de lo contrario sufrir su ira. Tú... nos servias de escudo. 

Si, piensas, nunca me defendiste, ni de padre, ni de madre, de nadie, tampoco de ti. Y sigues, allí, ante ellos; la soledad te encierra en su armadura, y el silencio contiene tus palabras, todo lo demás es distancia vacía, cercanía vacía, no, está vacía en su oscuridad, de todos los pensamientos que tratas de pensar, y pesan demasiado: amor, pasión, ¿donde está el limite de los sentimientos? ¿los hay? no sabes. 

Te fuiste, dice él, saliste huyendo y nos dejaste a su merced. Él quedó tan desolado que toda su ira la dirigió hacia nosotros. Supimos después de mucho buscar, donde estabas, y desde ese momento te seguimos a distancia madre y yo, aunque no quisimos evitarte dificultades porque estábamos resentidos. A pesar de todo has sabido salir a delante, sola, siempre fuiste muy independiente.

Tu silencio le da alas para seguir diciendo; tienes que estarnos agradecida porque no le dijimos donde estabas, a pesar de que se volvió en contra nuestra. Incluso visito alguna vez mi alcoba, que por cierto, no le atrajo como la tuya; sin embargo, he de decirte que él dejó una huella profunda y permanente en mí. Pero se volvió loco, y tuvimos que que buscar una solución, que tienes la suerte de ignorar. El rencor que percibo en ti, dice, no tiene en cuenta el inmenso favor que te hicimos; a pesar de que si tu estabas él nos dejaba tranquilos. Es cierto que cuando por fin murió no te dijimos nada; pero madre y yo sabíamos que te las arreglabas. Siempre has tenido mucho temple, más que yo, en eso te pareces a él. También tienes sus ojos y la mirada mordaz que estaba en ellos cuando nos miraba a madre y a mi. Sin embargo, era extraordinario ver cómo se dulcificaba esa mirada, cuando seguía tus graciosos movimientos; solo aparecía en ellos enfado cuando tú le esquivabas, cuando tú te escondías. Madre y yo conocíamos tus lagrimas, pero has de entender que el silencio nos libraba de él. 

Si, piensas, lagrimas de culpa y desprecio de ti misma. Y recuerdas también, que a pesar de todo lo amabas.

Ahora te tenemos aquí delante, dice, ¿porque? ¿para despedirte? ¿a pedir...? ¿ a reclamar la herencia? Siento decirte que no va a ser posible, al final todo fue de madre y ella ya me lo dio, ahora es todo mio. 

No... y tu voz sale al final del silencio. No he venido a pedir nada, a reclamar nada; solo he venido a enterrar junto con ella el rencor, el último vestigio de odio que me estaba impidiendo ser todo lo libre de lo que soy capaz. Y como tu bien dices, tú solo me inspiras desprecio, un sentimiento que al contrario del odio, no me pesa y puedo decir adiós a todo aquello.

Y te das la vuelta, y deshaces el camino, despacio, respirando hondo, sin mirar atrás porque ahora lo sabes, no necesitas volver.

viernes, 10 de diciembre de 2021

Angostura - Edu Rey



Anna se lleva el dedo a la boca y lo chupa en un acto reflejo. Un exceso de salivación reacciona al sabor amargo del pomelo y al tragar sale del trance en el que había quedado suspendida desde hacía varios minutos. 

Estaba distraída mientras cortaba la fruta por la mitad con un cuchillo de grandes dimensiones y a punto está de hacerse un buen corte. Por suerte, el filo se había deslizado por la piel sin incidir y había quedado en un susto. “Céntrate, cariño”, piensa ella mientras estruja una de las mitades en el viejo exprimidor eléctrico.

El zumbido del aparato le hace estremecer, no puede evitar acordarse de mami preparando el desayuno un sábado cualquiera. “Tómatelo pronto cariño, que se le van las vitaminas…”. Todavía puede oírla en su cabeza. Todavía puede olerla. Todavía… Espera que ese todavía dure para siempre. No quiere perder el recuerdo de esa voz ni de ese olor. “Te extraño tanto mami… te quiero tanto…”, piensa.


Carlos entra en la cocina con paso firme, agresivo. Su grave voz saca a Anna del trance en el que había vuelto a caer.


  • Vaya, estás aquí… Te estaba llamando, ¿no me oyes?

  • ¿Eh? Qué va, no te he oído…

  • Paulino está esperando que le digamos…

  • Carlos, cariño, ¿quién coño es Paulino?

  • Anna céntrate, ¡por dios! Paulino es el de la funeraria… que si cedro o fuego…


Anna siente un cierto amargor en la boca del estómago. Duda si se debe al sabor del pomelo que está exprimiendo o a lo desagradable que le resulta la presencia de su hermano mayor que la observa desde la puerta. La rigidez impostada de él, con los brazos en jarras intentando parecer enojado, junto con esa calva mate, esa mirada acerada y ese ridículo bigote que le confiere un aspecto de sargento chusquero de los años ochenta le provocan una sensación entre el hastío y la angustia.


  • ¿Cedro o fuego? ¿Por qué tienes que hablar como un gilipollas?

  • ¿De verdad sigues queriendo pagar 2.500 pavos…?

  • ¿Cómo puedes pensar en dinero ahora?

  • ¿Cómo que cómo puedo pensar en dinero? ¡Por lo menos pienso! ¡Afróntalo, tenemos que enterrar a mamá! Enterrarla o incinerarla…

  • ¡A mamá le encantaba el cedro!

  • ¡No es mamá, es sólo una caja! ¡Una puta caja! ¡Una puta caja carísima!


Anna rompe a llorar. La punzada en el pecho que siente Carlos desde hace más de seis meses, desde que les comunicaron el diagnóstico de mamá, parece que se acrecenta ante la aparente inconsciencia de Anna. Sólo quiere terminar con todo esto y respirar. Se siente asfixiado desde que fue consciente de que mamá iba a morir. Todavía no lo ha aceptado y se aferra a la idea de que una vez solucionados los detalles de su enterramiento todos podrán descansar en paz.


  • No llores Annie…

  • ¡Déjame, Carlos, déjame! ¡Necesito llorarla! ¡La echo tanto de menos!

  • Yo también la echo de menos…

  • ¡Tú no! ¡Tú, no!

  • ¿Cómo me dices eso?

  • ¡Tú eres de piedra! ¡Tú no sabes lo que es echar de menos!


Cedro” piensa con resignación Carlos, mientras aprieta el puño para no desmoronarse delante de su hermana. Por un momento parece querer decirle algo, pero se da la vuelta y abandona la cocina apresuradamente, consciente de que no tiene fuerzas para consolarla y que si permanece un sólo segundo más ahí acabará derrumbándose como el niño perdido que se siente.


Abandona la casa y se dirige hacia el coche andando cada vez más rápido hasta acabar corriendo. Se introduce en el vehículo y cierra la puerta con un fuerte portazo, agarra el volante con las dos manos, reposa la cabeza con cuidado de no activar el claxon y rompe a llorar. Llora a mamá. Llora su pena. Llora el dolor de su hermana. Llora porque le asfixia el sentimiento de soledad desolador que le inmoviliza. Llora porque es consciente de que no ha llorado todo lo que ha necesitado llorar en su vida. El móvil no para de vibrar en el bolsillo de su chaqueta.


Verano del 89

 Blanca recuerda a su madre con cariño, siempre supo que era su preferida. Recuerda especialmente el verano que pasó en casa de la abuela. 


En el pueblo, su madre siempre estaba tranquila. Se le notaba un aire diferente, como si de pronto, pudiera respirar profundo, por primera vez en mucho tiempo y dejará que la quietud del pueblo se le colara por el cuerpo y se instalará sin ningún reparo sobre toda ella.


Ese verano Blanca besó por primera vez a un chico, y enseguida supo, que se había equivocado. Ramón era el típico listillo, que nunca la trataría bien y que, solo la beso para ganar la apuesta con los chicos del barrio. 


Su madre, se enteró de lo que había pasado, gracias a su hermano, que siempre buscaba la manera de hacerla quedar mal. Pero al contrario de lo que esperaba su hermano, no la castigó, le dio la libertad de decidir que hacer el resto de sus vacaciones. 


Siempre recordará sus palabras - Blanca solo tú podrás decidir qué importancia tendrán las personas en tu vida, ¿vas a permitir que Ramon sea el protagonista de este verano?. Después de aquello, siguió el ejemplo de su madre. Se pasó el resto del verano respirando profundo, buscando todos los momentos que la hacían feliz y trazando su plan de vida. Ninguna persona sería nunca, lo suficientemente importante como para tener algún papel relevante en ella. 


Gracias a su madre, Blanca se convirtió en una exitosa actriz y directora de cine, cuya fama de difícil, inaccesible y polémica la ha acompañado toda su carrera. 



Marcos miraba el cuerpo de su madre, tan quieto, tan vacío y a la vez tan presente y solo podía recordar aquel verano en casa de la abuela, cuando madre le confesó con una lucidez aplastante y sin dudar ni un segundo, que ya no tenía fuerzas para seguir siendo infeliz. Que lo había intentado durante mucho tiempo pero, que ya el cuerpo no le daba para más, que ese verano sería el último. 


Marcos no supo reaccionar, se quedó allí, delante de su madre viéndola llorar y escuchándola repetir sin parar - eres bueno, estarás mejor sin mi, eres bueno, estarás mejor sin mi- el solo podía pensar, que no podía permitir que su madre lo abandonara. 


Ese verano dejó de ser el hijo perfecto, el favorito de su madre, para convertirse en el hijo necesitado. 

Se metió en peleas, robo a los vecinos, se chivó de Blanca, en fin, hizo todo lo posible para que su madre entendiera que aún la necesitaba, que sin ella se convertiría en un ser humano terrible.


Al final del verano, su madre volvió con ellos a casa y a su vida de siempre, Marcos estaba orgulloso de sí mismo, había logrado su objetivo. 


Gracias a su madre Marcos se convirtió en un abogado corporativo exitoso, experto litigante, especializado en desestimar demandas contra farmacéuticas, laboratorios y aseguradoras. 



Consuelo mira a su hija, piensa que a pesar de todos sus esfuerzos no llegó a sobrevivirla. Siempre se preguntó porque había tenido que heredar el maldito gen de los Valdez, porque,  no pudo salir a su familia, fuertes, duros, hechos para el trabajo y el disfrute. 


Nunca se perdonó elegir a Alfonso como padre de su hermosa hija, se dejó llevar por el corazón y nada bueno salió de eso; le ha tocado enterrarlos a los dos. 


Nunca pudo entenderla, para ella la vida es bastante simple: naces, vives, crías y mueres, en el camino intentas pasarlo bien y no hacer daño a nadie. Su pobre hija en cambio se pasó gran parte de su vida sufriendo por todo y por nada, nunca supo ser feliz. 


Consuelo siempre estuvo a su lado, gracias las largas temporadas que pasaban en el pueblo cada verano, los médicos podían ajustar la medicación y encontrar las dosis perfectas. 


Consuelo recuerda el verano del 89, con los chicos grandes y su hija totalmente narcotizada, inestable y a punto de perderse. Nunca se ha arrepentido de su decisión, aquella terapia con tan mala prensa le dio paz a su hija, le permitió vivir sin mayores sobresaltos y aceptar la vida tal y como era. 


Gracias a ello, pudo terminar de criar a sus hijos, estar presente en los momentos más importantes de sus vidas, y guiarlos para convertirse en las personas fuertes y exitosas que son hoy en día. 


Entrevista a Bárbara

 https://www.elconfidencial.com/espana/comunidad-valenciana/2022-07-10/barbara-blasco-a-veces-es-escritora-he-pasado-gran-parte-de-mi-vida-p...