viernes, 24 de diciembre de 2021

CUENTO DE NAVIDAD

 

Ella se sentó a escribir su cuento de Navidad. No le apetecía mucho en realidad. Desde que los niños ya no lo eran, y por lo tanto ya quedaban lejanos los festivales del colegio, los concursos de villancicos, y los paseos para ver belenes o para entregar la carta a los Reyes Magos, acontecimientos que recordaba con emoción y ternura, estas fiestas tan señaladas se convertían en un cúmulo de obligaciones que le caía encima después de un tiempo continuado de trabajo que le hacía sentir cualquier cosa menos ese supuesto espíritu navideño.

Así que se plantó delante del ordenador, sin muchas ganas, y con una idea prestada: incluir a un vagabundo en la cena de Navidad de una familia pudiente. «La familia Gómez de los Regueros y Villanueva de los Armiños, de rigurosa etiqueta, estaba ya sentada a la larga mesa sobre la que se alineaban cubiertos y copas siguiendo el más estricto protocolo. En el rostro del venerable anciano que presidía la mesa se reflejaba la contrariedad. El sitio reservado para Violeta, la más imprevisible entre tantos hijos y nietos tan bien encauzados, seguía vacío. El carillón ya había dado las nueve campanadas, era la hora prevista para dar comienzo a la cena en una festividad tan señalada en aquella casa como la Nochebuena. Por fin se oyó la campana de la puerta, y Candela, la interna filipina, corrió a abrir con una sonrisa de alivio en la cara. En la puerta del salón apareció la figura de una elegante jovencita junto a un tipo alto y barbudo de unos treinta años, acompañado de una guitarra, y con aspecto de no haber visitado una ducha desde hacía varios días. ¾Os presento a John¾ exclamó Violeta sonriente¾, no tenía dónde cenar hoy y he pensado que no podía pasar solo una noche tan importante.»

Aquí paró de escribir, porque el único desenlace que se le ocurría era que la tensión aumentaba hasta que alguno de los Gómez mataba a John y se deshacía de su cuerpo por la escalera de servicio, y eso le parecía demasiado negro hasta para su estado de ánimo.

Se le ocurrió algo solo un poco menos tétrico: un tiroteo en un centro comercial. «Son las doce del mediodía. En la luminosa galería comercial de cuatro plantas, la familia Martínez Pérez al completo recorre los pasillos, contemplando la abigarrada colección de adornos navideños: aquí un árbol de Navidad con bolas doradas, aquí una guirnalda de espumillón verde… en algún rincón un Nacimiento, pero sin otorgarle mucho protagonismo, el espectáculo de la pobreza del pesebre no vende. Y de eso se trata, de vender, de vender, ¡que estamos en Navidad! Por eso suena de forma ininterrumpida la alegre canción de Mariah Carey que sugiere amor y alegría, y por eso avanzan los cuatro Martínez Pérez por los abarrotados corredores parándose en cada escaparate, a ver qué es lo que se les ofrece. Desde que Raúl y Noelia cumplieron los diez años ya saben que no existe Papá Noel ni los olvidados Reyes Magos, y Antonio y María están muy satisfechos por ello, ya que ahora nada les impide disfrutar de las compras en familia.

De repente, se oye un ruido de cristales. Los vidrios de la claraboya caen sobre el vestíbulo, provocando los gritos de la multitud. Por el agujero que queda se lanzan con cuerdas cuatro individuos vestidos de negro y pasamontañas y armados con fusiles de asalto.»

Uf… tampoco le gustaba. Y ya tenía metida en los oídos la dichosa cancioncita. Se acordó de Dickens. ¿Y una actualización de su Cuento de Navidad? «El señor Estruch estaba delante de la pantalla de su portátil consultando las cotizaciones de la bolsa de Nueva York. Aunque era Nochebuena, no tenía planes de reunirse con nadie. El trabajo como bróker le absorbía, y así había llegado a su madurez dejando pasar todas las oportunidades de formar una familia, o cultivar buenas amistades. Decidió parar de trabajar, le abrió una lata gourmet a su gato, y se dispuso a ver en la tele el mensaje de Navidad del Rey, mientras calentaba en el microondas la ración de lasaña que había comprado en una tienda de comidas preparadas. Se sorprendió al ver que, en lugar del Rey, aparecía en la pantalla una extraña figura cubierta con una capa que se parecía a Ramón García. ¾Hola, Estruch¾ oyó que le decía. Su asombro fue en aumento. ¾¿Quién eres tú?¾ respondió con los ojos como platos. ¾Soy el espíritu de las Navidades pasadas…»

Nada, que no había manera de escribir nada coherente. Así que lo dejó estar y se fue a preparar la mesa para su Nochebuena en familia.

¡Feliz Navidad!

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