Ella se sentó a
escribir su cuento de Navidad. No le apetecía mucho en realidad. Desde que los
niños ya no lo eran, y por lo tanto ya quedaban lejanos los festivales del
colegio, los concursos de villancicos, y los paseos para ver belenes o para
entregar la carta a los Reyes Magos, acontecimientos que recordaba con emoción y ternura, estas
fiestas tan señaladas se convertían en un cúmulo de obligaciones que le caía
encima después de un tiempo continuado de trabajo que le hacía sentir cualquier
cosa menos ese supuesto espíritu navideño.
Así que se plantó
delante del ordenador, sin muchas ganas, y con una idea prestada: incluir a un
vagabundo en la cena de Navidad de una familia pudiente. «La familia Gómez de
los Regueros y Villanueva de los Armiños, de rigurosa etiqueta, estaba ya sentada
a la larga mesa sobre la que se alineaban cubiertos y copas siguiendo el más estricto
protocolo. En el rostro del venerable anciano que presidía la mesa se reflejaba
la contrariedad. El sitio reservado para Violeta, la más imprevisible entre tantos
hijos y nietos tan bien encauzados, seguía vacío. El carillón ya había dado las
nueve campanadas, era la hora prevista para dar comienzo a la cena en una
festividad tan señalada en aquella casa como la Nochebuena. Por fin se oyó
la campana de la puerta, y Candela, la interna filipina, corrió a abrir con una
sonrisa de alivio en la cara. En la puerta del salón apareció la figura de una elegante
jovencita junto a un tipo alto y barbudo de unos treinta años, acompañado de
una guitarra, y con aspecto de no haber visitado una ducha desde hacía varios
días. ¾Os
presento a John¾
exclamó Violeta sonriente¾, no tenía dónde cenar hoy y he pensado que no podía pasar
solo una noche tan importante.»
Aquí paró de
escribir, porque el único desenlace que se le ocurría era que la tensión
aumentaba hasta que alguno de los Gómez mataba a John y se deshacía de su
cuerpo por la escalera de servicio, y eso le parecía demasiado negro hasta para
su estado de ánimo.
Se le ocurrió
algo solo un poco menos tétrico: un tiroteo en un centro comercial. «Son las
doce del mediodía. En la luminosa galería comercial de cuatro plantas, la
familia Martínez Pérez al completo recorre los pasillos, contemplando la
abigarrada colección de adornos navideños: aquí un árbol de
Navidad con bolas doradas, aquí una guirnalda de espumillón verde… en algún
rincón un Nacimiento, pero sin otorgarle mucho protagonismo, el espectáculo de la
pobreza del pesebre no vende. Y de eso se trata, de vender, de vender, ¡que
estamos en Navidad! Por eso suena de forma ininterrumpida la alegre canción de
Mariah Carey que sugiere amor y alegría, y por eso avanzan los cuatro Martínez
Pérez por los abarrotados corredores parándose en cada escaparate, a ver qué es
lo que se les ofrece. Desde que Raúl y Noelia cumplieron los diez años ya saben
que no existe Papá Noel ni los olvidados Reyes Magos, y Antonio y María están
muy satisfechos por ello, ya que ahora nada les impide disfrutar de las compras
en familia.
De repente, se
oye un ruido de cristales. Los vidrios de la claraboya caen sobre el vestíbulo,
provocando los gritos de la multitud. Por el agujero que queda se lanzan con
cuerdas cuatro individuos vestidos de negro y pasamontañas y armados con
fusiles de asalto.»
Uf… tampoco le gustaba.
Y ya tenía metida en los oídos la dichosa cancioncita. Se acordó de Dickens. ¿Y
una actualización de su Cuento de Navidad? «El señor Estruch estaba delante
de la pantalla de su portátil consultando las cotizaciones de la bolsa de Nueva
York. Aunque era Nochebuena, no tenía planes de reunirse con nadie. El trabajo como
bróker le absorbía, y así había llegado a su madurez dejando pasar todas las
oportunidades de formar una familia, o cultivar buenas amistades. Decidió
parar de trabajar, le abrió una lata gourmet a su gato, y se dispuso a ver en
la tele el mensaje de Navidad del Rey, mientras calentaba en el microondas la
ración de lasaña que había comprado en una tienda de comidas preparadas. Se
sorprendió al ver que, en lugar del Rey, aparecía en la pantalla una extraña
figura cubierta con una capa que se parecía a Ramón García. ¾Hola, Estruch¾ oyó que le decía. Su asombro
fue en aumento. ¾¿Quién
eres tú?¾ respondió
con los ojos como platos. ¾Soy el espíritu de las Navidades pasadas…»
Nada, que no había
manera de escribir nada coherente. Así que lo dejó estar y se fue a preparar
la mesa para su Nochebuena en familia.
¡Feliz Navidad!
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