viernes, 10 de diciembre de 2021

Angostura - Edu Rey



Anna se lleva el dedo a la boca y lo chupa en un acto reflejo. Un exceso de salivación reacciona al sabor amargo del pomelo y al tragar sale del trance en el que había quedado suspendida desde hacía varios minutos. 

Estaba distraída mientras cortaba la fruta por la mitad con un cuchillo de grandes dimensiones y a punto está de hacerse un buen corte. Por suerte, el filo se había deslizado por la piel sin incidir y había quedado en un susto. “Céntrate, cariño”, piensa ella mientras estruja una de las mitades en el viejo exprimidor eléctrico.

El zumbido del aparato le hace estremecer, no puede evitar acordarse de mami preparando el desayuno un sábado cualquiera. “Tómatelo pronto cariño, que se le van las vitaminas…”. Todavía puede oírla en su cabeza. Todavía puede olerla. Todavía… Espera que ese todavía dure para siempre. No quiere perder el recuerdo de esa voz ni de ese olor. “Te extraño tanto mami… te quiero tanto…”, piensa.


Carlos entra en la cocina con paso firme, agresivo. Su grave voz saca a Anna del trance en el que había vuelto a caer.


  • Vaya, estás aquí… Te estaba llamando, ¿no me oyes?

  • ¿Eh? Qué va, no te he oído…

  • Paulino está esperando que le digamos…

  • Carlos, cariño, ¿quién coño es Paulino?

  • Anna céntrate, ¡por dios! Paulino es el de la funeraria… que si cedro o fuego…


Anna siente un cierto amargor en la boca del estómago. Duda si se debe al sabor del pomelo que está exprimiendo o a lo desagradable que le resulta la presencia de su hermano mayor que la observa desde la puerta. La rigidez impostada de él, con los brazos en jarras intentando parecer enojado, junto con esa calva mate, esa mirada acerada y ese ridículo bigote que le confiere un aspecto de sargento chusquero de los años ochenta le provocan una sensación entre el hastío y la angustia.


  • ¿Cedro o fuego? ¿Por qué tienes que hablar como un gilipollas?

  • ¿De verdad sigues queriendo pagar 2.500 pavos…?

  • ¿Cómo puedes pensar en dinero ahora?

  • ¿Cómo que cómo puedo pensar en dinero? ¡Por lo menos pienso! ¡Afróntalo, tenemos que enterrar a mamá! Enterrarla o incinerarla…

  • ¡A mamá le encantaba el cedro!

  • ¡No es mamá, es sólo una caja! ¡Una puta caja! ¡Una puta caja carísima!


Anna rompe a llorar. La punzada en el pecho que siente Carlos desde hace más de seis meses, desde que les comunicaron el diagnóstico de mamá, parece que se acrecenta ante la aparente inconsciencia de Anna. Sólo quiere terminar con todo esto y respirar. Se siente asfixiado desde que fue consciente de que mamá iba a morir. Todavía no lo ha aceptado y se aferra a la idea de que una vez solucionados los detalles de su enterramiento todos podrán descansar en paz.


  • No llores Annie…

  • ¡Déjame, Carlos, déjame! ¡Necesito llorarla! ¡La echo tanto de menos!

  • Yo también la echo de menos…

  • ¡Tú no! ¡Tú, no!

  • ¿Cómo me dices eso?

  • ¡Tú eres de piedra! ¡Tú no sabes lo que es echar de menos!


Cedro” piensa con resignación Carlos, mientras aprieta el puño para no desmoronarse delante de su hermana. Por un momento parece querer decirle algo, pero se da la vuelta y abandona la cocina apresuradamente, consciente de que no tiene fuerzas para consolarla y que si permanece un sólo segundo más ahí acabará derrumbándose como el niño perdido que se siente.


Abandona la casa y se dirige hacia el coche andando cada vez más rápido hasta acabar corriendo. Se introduce en el vehículo y cierra la puerta con un fuerte portazo, agarra el volante con las dos manos, reposa la cabeza con cuidado de no activar el claxon y rompe a llorar. Llora a mamá. Llora su pena. Llora el dolor de su hermana. Llora porque le asfixia el sentimiento de soledad desolador que le inmoviliza. Llora porque es consciente de que no ha llorado todo lo que ha necesitado llorar en su vida. El móvil no para de vibrar en el bolsillo de su chaqueta.


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