jueves, 23 de diciembre de 2021

CUENTO DE NAVIDAD


La navidad disfraza de purpurina las emociones como lo hace con las ciudades: brillan superficialmente las buenas intenciones en las personas como árboles decorados con bombillitas del chino, y todo además con obsolescencia programada. El momento vital de Ana era justo el contrario: se había deshecho de todo lo superfluo y brillante para buscar en su interior su dolor, el más íntimo, el más desgarrador, el más negro de su alma. 


El impresionante chalet estaba decorado para la ocasión con pequeñas luces que iluminaban salpicando los rostros. Un árbol grande, coronado por un ángel dorado, un pequeño nacimiento y una mesa con muérdago y servilletas doradas y rojas decoraban el salón.


Los seis comensales se sentaron a la mesa: Juan, el padre, presidiéndola. En la silla de enfrente, la más cercana a la cocina, Sandra, su mujer. Las dos hijas y los yernos se sentaban enfrentados entre ellos. Antonio, el marido de Ana, la hija mayor, que era el hombre destinado a gestionar la sucesión de las empresas familiares, siempre se sentaba a la derecha de Juan.


- Un año más, todos reunidos. -dijo Juan, mirando a sus dos hijas. ¡A ver qué nos ha preparado mamá este año!


- Pues cualquier cosa, como siempre. Lo importante es que estemos todos juntos. -contestó Sandra con un gesto de su mano restando importancia a su trabajo como cocinera.


Sirvieron un delicioso Rioja, regalo de un proveedor del grupo de empresas familiar.

Juan se levantó solemne, con su copa en la mano y dijo:


- Por la familia, lo más importante y mi mayor orgullo en la vida. 


Todos se levantaron, entrechocaron sus copas y bebieron el excelente vino.

Ana les pidió que no se sentaran porque ella, como hija mayor, también quería hacer un brindis especial. Cogió un cuchillo y golpeó levemente la copa de cristal de bohemia. Provocó un silencio expectante y decidió recrearse unos segundos en él:


- Quería que todos supierais que…


- ¿No me digas que estás embarazada, cariño? -Le dijo su madre ilusionada


- No, mucho mejor…espera: quiero que sepáis que el cabrón de mi marido se está follando a la zorra de mi hermana.


La pareja de cuñados objeto del terrible brindis se miraron inquisidores, preguntándose quién había hablado. 


El padre miró a su hija pequeña, que rehuyó la mirada, y entonces apoyó desconsolado los codos en la mesa con las manos en la calva, como una vieja avestruz vencida.


- Como broma no tiene ninguna gracia, Ana. -Le dijo su madre


Juan miro a su mujer con incredulidad y un punto de superioridad.


El silencio del resto de la mesa fue consolidando la información petrificada como una losa sobre la familia.


- Antonio, no sé cómo has podido, con todo lo que hemos hecho por ti en esta familia. -le espetó Sandra 


- No te olvides de tu hija pequeña, mamá, que es la de las piernas abiertas. -le dijo Ana con una sonrisa triste.


El ángel dorado del árbol, pasó por la mesa familiar durante unos eternos segundos. 


Sandra miro a su marido abatido, pensó en los deshechos matrimonios de sus hijas y decidió que era el momento que había estado esperando durante años:


- Pues bien, yo también tengo que deciros algo importante…: he conocido a alguien. Y quiero explicaros, antes de que os enfadéis conmigo, que vuestro padre mantiene una relación con su secretaria desde hace más de 20 años, y, por cierto, fruto de esa relación hay una niña que es vuestra “medio hermana” que imagino que reclamará su parte de la herencia cuando muera éste. -dijo Sandra señalando a su marido con desprecio.


Después se levantó, se acercó a la silla de su yerno más joven, el marido de su hija pequeña, que se levantó, le sonrió, tomó su mano y ambos salieron por la puerta sin mirar atrás, después de besarse debajo del muérdago.


Y con el portazo, el ángel dorado cayó definitivamente del árbol.

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