sábado, 30 de abril de 2022

La felicidad de un día de playa

Colecciono escenas, las memorizo, las almaceno y las reconstruyo cada vez que las recuerdo. Tengo escenas preferidas: La felicidad de un día de playa, es reciente y está muy fresca en mi memoria


1 EXTERIOR DÍA PLAYA EN INVIERNO CON VIENTO

Una niña(6) con los pantalones arremangados y los pies descalzos vuela una cometa en forma de mariposa con la ayuda de su padre(40) también descalzo y con gafas de sol. La madre(40)tumbada sobre una silla alterna su mirada entre el libro, ellos y la cometa, todos sonríen.


MADRE

Suspira profundamente, mira fijamente el movimiento de la cometa, como el aire mueve sus alas y sonríe al escuchar la risa de su hija, piensa en que está viviendo un momento de absoluta felicidad.


A esta escena volveré cuando necesite reconfortarme, no suelo compartirlas, así en bruto, sin editar. Las dejo reposar un tiempo, intactas, congeladas como una polaroid que con el paso del tiempo dará tonos verdes y amarillos atestiguando su tiempo. 


Una vez atesoradas, las recreo, las edito, las imagino como escenas de películas, como punto de partida de algunos relatos, a veces solo creo una historia para poder rodar una escena, el resto es decorado. Pienso en el encuadre, en los actores, si deben hablar o no, si basta una voz en off, o solo música. 


De mi colección de escenas han surgido relatos, clip, cortos, las he manoseado, transformado, versionado hasta tal punto que algunas veces no las reconozco, se convierten en secuencias totalmente nuevas, que dan lugar a un relato primigenio sin ningún punto de partida.


Mi socia me ha dicho que tenemos que crear un spot para la campaña de verano de una escuela de windsurf, lo primero que pienso es en La felicidad de un día de playa, pero la descarto de inmediato, no funcionaria, es demasiado bucólica, muy adulta, no hay acción, pero la idea de “absoluta felicidad” me gusta. Reconstruyo la secuencia una y otra vez en mi mente y consigo una escena nueva.


1 EXTERIOR  DÍA PLAYA EN VERANO CON VIENTO


Un grupo de jóvenes (14-18) corren hacia la playa, se montan en sus tablas de windsurf, todos sonríen, gritan, se saludan deslizándose sobre sus tablas.


CHICA

Sonríe y se mantiene firme sobre la tabla cogiendo firmemente la vela, acercándola hacia su cuerpo mientras ve el horizonte.


La cámara realiza un paneo desde su cara a los bordes de la vela, deteniéndose en el movimiento de la vela contra el cielo azul.


lunes, 11 de abril de 2022

Del amor y los gestos románticos

Les voy a contar mi relación con los gestos románticos, para empezar crecí en Venezuela, este detalle es importante, porque las telenovelas son el primer producto cultural de consumo masivo por excelencia, cualquier Venezolano puede decirte, tres títulos de telenovelas así de golpe, sin pensarlo mucho. Creces viendo telenovelas, se emiten diariamente, al menos cuatro: a mediodía, en la merienda y antes de dormir; nuestro prime time no es Buenafuente, ni Wyoming con la actualidad del día, es Esmeralda llorando esperando a su amado Jorge Ricardo. 


Imaginense lo que puede salir de esto! para empezar, entiendes que el amor es difícil, que es una carrera de obstáculos, enamorarse es sinónimo de sufrimiento, para llegar al ansiado final feliz, has tenido que sobreponerte a novias paraliticas y ciegas, a amnesias, comas y afines, y posiblemente  hasta una desfiguración facial temporal, pero todo ha valido la pena porque finalmente eres feliz con tu Jorge Ricardo. 


Ante este panorama te entregas o huyes, yo me decante por lo segundo, huir, escapar de esa catástrofe que significa enamorarse. Así que ideé un plan: en el colegio cada vez que algún niño me trataba de manera especial, dejarme parte de su merienda, reservarme un asiento, llamarme por mi nombre y no por mi mote, yo utilizaba todo mi contra encanto para disuadirlo. 


En el instituto este plan fue un poco más difícil, las hormonas son traicioneras, pero para evitar a toda costa cualquier vestigio de enamoramiento, opte siempre por rechazar a aquellos que parecían realmente enamorados, que me caían bien y que no quería perder como amigos. Así que me decante siempre por los que estaban de paso: repitientes recurrentes, recién mudados, etc que no representaban una gran pérdida si la cosa salía mal (que siempre salía mal). 


He de confesar que esta actitud no solo es consecuencia de las telenovelas, mi madre también jugó un papel muy importante. Sus expectativas en cuanto a los gestos románticos era muy baja, ella (madre soltera) simplemente esperaba que los hombres se quedaran, en un país con un alto índice de paternidad irresponsable, que un hombre luego de ser padre se quede con su familia, es una cualidad deseada. 


Recapitulemos, por un lado tenemos huir del sufrimiento del amor y por otro no esperar grandes gestos románticos, con estas premisas entre en la adultez con relaciones más serias.

Una vez salí con un hombre que me dijo que había visto en mi, a una sardina que se convertiría en ballena, este piropo hizo que me quedara con él cinco años. Luego estuve con otro que me presentaba siempre como su exnovia, otro piropo encantador que le otorgó dos años de mi vida. 


Pero como finalmente no puedes escapar de las redes del amor, el piropo definitivo me lo dijo mi actual marido, si! me case y todo!, estábamos en un viaje de carretera por Andalucía y fuimos a la fiesta de un pueblo, bebimos, bailamos, en fin, lo dimos todo, tanto que nos invitaron muy amablemente a abandonar la fiesta, de camino al camping que estaba a 5 kilómetros del pueblo, paramos a un lado de la carretera porque no podía aguantar más, me escondo debajo de un árbol y descargo todo mi ser!, Esteban, muy perjudicado viene hasta mí con un rollo de papel de baño en una mano y una linterna frontal en la otra, me da el papel y como puede amarra la linterna sobre una rama del árbol, alumbrandome directamente desde arriba, como una virgen en su altar, se agacha muy serio y me dice mirándome a los ojos “Conmigo no te va a faltar de na!”.


MIRA TUS MANOS

 MIRA TUS MANOS

Ana besaba a Laura suavemente. Después le susurraba lo que pensaba hacerle, despacio, rozando su oreja con los labios. Su boca descendía hacia el escote sin dejar de mirarla. Los ojos negros se clavaban en Laura, que se dejaba hacer sin oponer resistencia, pero también sin ninguna determinación, como una simple espectadora de su contenido placer. Ella sabía que estaba a punto de estallar, pero algo lo impedía. Era como una puerta atrancada que no puedes tumbar a pesar de los golpes, pero que sabes que va cediendo, y en cualquier momento acabará abriéndose de par en par, reventando. Demasiados años de monjas y sermones para deshacerse de la culpa y, después, lo peor, del remordimiento. La boca de Laura bajaba dibujando el arco de su pecho hasta llegar al pezón…Sí, es literatura erótica. Algunos estaréis pensando que veo demasiado porno. Es posible…


Jaime había encontrado su lugar entre los brazos de Luis, con la boca pegada a su cuello, oliéndolo excitado, como un animal a punto de salir a cazar. Como un perro cazador en un maletero que huele los jabalíes. Le gustaba sentirse protegido por sus brazos musculados. Él que siempre había aparentado ser el más masculino, el macho seductor de mujeres, allí, entre esos brazos de hombre, se sentía seguro, como un niño asustado que se reencuentra con su madre…


  • Te lo voy a hacer tan fuerte que te tocaré el corazón y tan suave que querrás que te lo traspase -le dijo Luis


El, simplemente, tembló


¿Crees que si escribo esto me identifico con el personaje? ¿Crees que podría ser mi yo silenciado? Es posible…


Alfredo miraba el espectáculo desde un sofá instalado en el rincón después de tomar con los cuatro unas pastillas de éxtasis. Observaba los cuerpos desnudos de sus amigos mientras se preparaba una raya de coca. 


Saqué la navaja y empecé a cortarla. Moviéndola de lado a lado mientras observaba abstraído los dibujos lineales. Qué, ¿estás leyendo el texto con mi voz? ¿Me ves colocándome  en medio de una orgía?…¿te gusta? es posible. Decidí partirla en dos.


Después de meterme una me dediqué a disfrutar del espectáculo, hasta que Ana me miró lasciva, mientras besaba a Laura y me llamó con un gesto. Decidí dejarme llevar y coger mi fusta de jinete para calentar un poco el ambiente. Pensaba que Ana disfrutaría, pero no imaginaba a Laura gimiendo así después de llevar 20 años casados. No pude reprimirme y la azoté hasta hacerla sangrar. Los demás intentaron pararme. Me zafé de ellos y seguí golpeándola con saña. Estaba muy excitado. Luis y Jaime se abalanzaron sobre mí y me quitaron la fusta. Levanté las manos en señal de tranquilidad y volví al sofá, observando cómo atendían a Laura que se debatía en un lugar inconcreto entre el dolor y el placer. Entonces te llamé, sí, a ti que me lees, ¿no lo recuerdas? Viniste conmigo a ayudarme a terminar el trabajo. Nos hicimos la otra raya y cogimos mi pistola. Nos volvimos a acercar a ellos. Les pedimos que se alejaran, que nos dejaran con ella. Debíamos terminar lo que habíamos empezado, y queríamos ver gozar a mi mujer, pero no se apartaban. Intentaron pararnos…¿Eres un asesino? Es posible…mira tus manos




jueves, 7 de abril de 2022

Autoficción, Juan Carlos Márquez

 

Yo quería ser escritor, en lo más profundo de mi ser sentía la necesidad de serlo. Por eso decidí inscribirme en un taller de escritura. Me compré una libreta Moleskine y un rotulador Pilot de punta fina, y el primer día de clase, cuando el profesor nos dijo que nos presentáramos al resto del grupo, lo solté allí de pronto: Quiero ser escritor porque siento en lo más profundo de mi ser la necesidad de serlo. Entonces ese hombre, el profesor, se hurgó un momento con los dedos en la perilla blanca y me hizo aquella pregunta tan incómoda:

-Joaquín, es Joaquín ¿no?, ¿dónde consideras que está lo más profundo de tu ser?

No supe qué responder. Se produjo un silencio incómodo que no acerté a interpretar. No supe si escondía los temores de mis compañeros expuestos en breve a un interrogatorio similar, o contenía sus risas flojas. Estuve a punto de decir que en lo más profundo de mi ser estaba mi alma. Y también que era solo una forma de hablar coma sin más. Pero no dije nada. Aquel hombre era amable, pero su amabilidad tenía filo, tenía aspecto de mentalista, de hipnotizador. No sabes qué decir, ¿verdad?, dijo al cabo de un rato. Te he puesto en un aprieto. Yo asentí a mi manera: me hundí un poco en la silla y levanté la cabeza, como un buzo tratando de tomar una última bocanada de aire antes de sumergirse. No sabes qué responder, volvió a la carga, porque esa frase no es tuya, es un cliché, algo que se dice de manera automática. Esa frase no es tuya porque es inhumana, concluyó. En cambio, nadie asiente como tú, de esa manera tan particular. La mala escritura, sentenció, trata de lo que nos asemeja; la buena de lo que nos diferencia. Mientras mis compañeros exponían de forma titubeante sus motivaciones para inscribirse en el curso, y sus autores, y libros favoritos, yo pensaba en borrarme del curso y pedir que me reembolsaran el dinero, al menos parte del dinero. Sin embargo, no lo hice. No sé muy bien por qué. Quizá porque aunque no sé explicar dónde está lo más profundo de mi ser, sé que existe y que es un paraje nevado y silencioso, muy vasto, con un iglú en el centro, donde a veces se acerca un oso como desperezándose.

Al día siguiente me desperté muy temprano. Fui al baño y me encaminé al escritorio. En realidad, la secuencia no fue exactamente así. Hice una escala en el pasillo, me quedé mirando de manera furtiva a través de la puerta entreabierta del dormitorio cómo Eva se ponía las medias. Yo podría pasarme la vida entera mirando cómo las mujeres se ponen las medias. Me daría igual que fueran jóvenes o viejas. Las mujeres, mientras se ponen las medias, no tienen edad. Son eternas. Me gustan las medias negras, ese luto apretado en los muslos y las de color carne también. Carne sobre la carne. La felicidad, y lo digo sabiendo que esta frase no conseguiría la aprobación de mi profesor de escritura, es una mujer desnuda con las medias puestas y el vello púbico arregladito. Las vaginas me entusiasman también. Yo a las vaginas les susurro palabras de amor. Acerco mi oreja a las vaginas para oír las olas del mar. Las vaginas parecen zurcidas, como los calcetines de mi infancia.

Eva se puso una falda y yo me fui. El profesor nos había pedido que redactáramos un ejercicio de me gusta, cosas que nos gustan y otras que no. Yo sé lo que me gusta pero me da mucho pudor. El profesor también nos dijo que si queremos escribir de veras, tenemos que olvidarnos del pudor. El profesor tiene nombre pero yo prefiero llamarlo el profesor mantener con él esa distancia de seguridad. Eva se entretuvo en mirar por encima de mi hombro lo que yo estaba escribiendo en mi móvil. Como no me pongo medias la pobre algo tendrá que mirar.

-No escribas eso, me dijo

Yo había escrito: me gusta pasar despacio la lengua por los pezones de Eva y sentir como al principio son blandos y poco a poco se van poniendo duros.

-El profesor nos ha pedido que seamos sinceros y concretos.

-Ya, pero sabes lo que ocurre con esos cursos tarde o temprano, alguien organizará una cena con parejas y no quiero que todos los comensales mientras me dan dos besos o me estrechan la mano piensen: qué tal, Eva, la de los pezones. Tacha mi nombre.

-Entonces escribiré otro: Sara, por ejemplo.

-¿Quién es Sara?

-Nadie, me la acabo de inventar.

-Pues no me gusta que le lamas los pezones a Sara.                                                      

-De todas formas, el nombre es provisional. El profesor nos ha dicho que, según su experiencia de una década en talleres, la mayoría de los personajes femeninos se llaman Eva, Sara, nombres es así como de gente que no es de verdad. El ranking lo encabeza Clara.

-¿No pueden gustarte igual los pezones así en general, sin nombres propios?

-Puedo intentarlo pero no será tan concreto.

-Bueno, qué más da, tampoco está siendo sincero. Tú no has comido un helado de pistacho en tu vida y está en tu lista: me gustan los helados de pistacho.

-Hace tiempo que no como, pero durante una época de mi vida, los comí y me gustaban mucho

-Pues los comerías con Sara porque lo que es conmigo

-Son las ocho y cuarto.

-¿Y?

-Que si no sales ya, vas a llegar tarde a tu trabajo.

Y Eva me dio un pico y salió, y yo solo miré sus piernas dentro de las medias hasta que se adentraron en el pasillo, como en esos planos inferiores de las películas francesas.

 

Yo he escrito una poesía dijo una señora muy gorda, puedo leerla. Y el profesor la miró, como abarcándola, y dijo: si no hay más remedio. La señora ponía voz lírica al recitar y a veces cuando pronunciaba palabras como pasión pétalos o alba, se tocaban los pechos con ambas manos. Eran unos pechos grandes y floreados, de señora gorda, excitantes como almohadillas. El profesor dijo que él estaba lejos de ser un experto en poesía y la animó a centrarse en las propuestas de escritura a partir de ese momento. Leyó a continuación algunas de las palabras que había leído la señora gorda pero sin tocarse los pechos, ¿qué os parece? Nadie dijo nada. ¿No tenéis nada que decir?, insistió. Entonces hablaré yo. Son palabras prestadas, dijo mirando a la señora gorda. Palabras bonitas, que parecen sacadas de un manual para dummies: escribe poesía con 100 palabras. La señora lo miró como si no entendiera nada y es muy posible que así fuera. Sus poemas con mucha probabilidad gustaban (embelesaban sería una palabra más apropiada al contexto) en los centros cívicos, a señoras gordas como ella o delgadas con diabetes. Señoras llamadas Pili, Fuencisla o Cándida, con sus pérdidas de orina. Señoras que rehogan las judías verdes con aceite. Señoras prácticas que guardan los embutidos en tuppers y ponen etiquetas con los contenidos: York, mortadela, pavo. Y sin embargo en aquel poema no había ajo, orina, diabetes ni mortadela. Aquel poema era una gran mentira incluso para ser literatura. La señora gorda, nadie puede saber por qué, había ido idealizando la poesía. Y el profesor no podía verbalizarlo. No quería verbalizarlo y dijo: que lea sus me gustas y no me gustas quien quiera. Y la señora gorda nunca volvió.

 

Antes de este curso, yo no sabía lo que era un narrador omnisciente. El profesor dice que un narrador omnisciente es como Dios, está en todo y lo sabe todo sobre todos los personajes. Pero a mí se me parece más a mamá. Ella siempre fue así. ¿Por qué te pones hoy ese jersey, es que te gusta alguna chica? Has cenado demasiado y tendrás pesadillas. ¿Te está molestando alguien en el colegio? Deja que hable yo primero con tu padre: si se lo preguntas ahora, te va a decir que no. Cuando tengas novia, dejarás de venir a verme tan a menudo. Ni en eso se equivocaba. Sigo yendo a verla pero menos. Voy a casa a comer algunos días, abro la nevera como si fuera un cofre. Me tumbo sobre la alfombra de la sala y me arropo con mi manta escocesa de cuadros. Abro los cajones llenos de trastos inútiles. El aire huele a concentrado de carne. Mi madre friega las cacerolas con el estruendo de una fragua. Mientras mi padre ronca, miro por la ventana cómo envejece la gente en las ventanas. A veces, por un momento, apenas un fogonazo, se me aparece el oso de pie con su cabeza enorme blanca y noble, arañando con sus garras los cristales.

 

Me gusta el olor del café recién hecho. seis veces. Me gusta mirar el mar. Cuatro. Me gusta escuchar el tintineo de la lluvia en los cristales. Siete. Me gusta caminar descalza sobre la hierba. Tres. El profesor terminó de leer sus anotaciones e hizo una pausa teatral: imaginaos un personaje pongamos que sea mujer, una mujer joven, de unos 30 años. La mujer se despereza sobre una cama blanca en una habitación blanca. Se asoma a la ventana. Llueve. Se ve el mar al fondo. El agua cae sobre el agua. La mujer sale al jardín en camisón, a mojarse bajo la lluvia. ¿Visualizáis la escena?, ¿qué tenemos? La chica que ha estudiado periodismo y lleva los labios pintados como un incendio dice: una escena muy sensitiva, llena de vida. Algunos asienten. No, dice el profesor. Si la chica entra mojada en la casa y se hace café, tenemos un anuncio de café. Si no entra, tenemos uno de compresas. La literatura es otra cosa. Por un momento, siento el deseo de preguntarle qué cosa es pero no lo hago. Quizá él no lo sepa. Quizá nadie lo sepa, ni las madres omniscientes. Tal vez es posible saber lo que no es pero no lo que es.

No solo me gusta ver cómo Eva se pone las medias. También me gusta mirarla mientras se las quita. Es un dilema. Por una parte quiero que se las deje puestas; por otra ver cómo se las baja despacio hasta que solo son un bulto de nylon arrugado alrededor de los tobillos. Hemos hecho un trato. Ella quiere que tengamos un hijo, yo también pero a mi manera un poco disyuntiva. tenemos un calendario para follar. Follamos para la fertilidad. Yo debo llegar al encuentro con mi depósito de semen lleno y ella levanta las piernas después del coito para que los espermatozoides no se entretengan. Follar con plantilla es follar, eso es innegable pero un poco menos. Por eso hemos llegado al acuerdo de las medias. Antes de follar, hemos convenido que yo la espíe mientras quita las medias. A sí que se lasquita. Se las pone de nuevo. Y se las deja puestas mientras follamos. Solo lleva puestas las medias.

 

El profesor nos ha pedido que escribamos una historia basada en un recuerdo de la infancia. No tiene por qué ser cierta pero sí verosímil. El profesor insiste mucho en que distingamos la verdad de la verosimilitud, se rasca la perilla y nos dice: vosotros creéis que la historia es verosímil, y rara vez le responde a alguien. Cómo le vamos a responder. ¿Quién puede saber qué es verosímil y que no? Ni siquiera soy capaz de distinguir si mi vida es verosímil. Espío a mi novia mientras se quita las medias, me tumbo en el suelo de la casa de mi madre y me tapo con una mantita. A veces me dan ganas de gritar al profesor: oiga usted (en realidad al profesor lo tuteamos pero me parece más tajante el usted), llevamos casi un mes de taller y sigo sin tener ni idea de qué es verosímil y qué no. Cómo narrar un recuerdo de la infancia que resulte verosímil. ¿Es verosímil la infancia?

Yo jugaba mucho con mis primas en verano, era casi una prima más. Les gustaba jugar a pinchadores, a practicantes para que se me entienda. Cogían prestados del botiquín una jeringuilla sin aguja y un algodón y nos íbamos a una alcoba, apenas una cama encajada entre 3 paredes, tras un cortinón, un callejón sin salida a las afueras del pueblo que moría en una casa en ruinas, una cuadra familiar donde zumbaban las moscas y tras unos tablones a modo de tapiz que engordaban una gran cerda y su camada. Los primeros pinchazos como un ritual buscaban los antebrazos, las muñecas, los cuellos. Después alguna me daba de repente la espalda, se levantaba el vestido por encima de la cintura, y se bajaba un poco la braga para que le pincharan la nalga. Yo lo hacía muy deprisa. Ya está, les decía. Pues ahora frota con el algodón. Ya, un poco más todavía, me duele. Las bragas eran blancas, celestes, rosas. Bragas celestiales. Caladas. De algodón. Mis primas me ofrecían sus nalgas pálidas y fibrosas y yo las iba pinchando y frotando una por una mientras la siguiente esperaba su turno con el vestido subido y la braga un poco bajada. Caían los tirantes de los vestidos. Asomaban pechos furtivos, pechos infantiles con sus pezones sonrosados. Me enseñaban las ingles. Muy cerca las vulvas teñidas y silueteadas por la tela abultaban con levedad. La vida era entonces rosa, blanca y celeste y estaba llena de haces de luz y partículas de polvo flotante de aleteos de fundidos de ruidos, de hierbajos que brotan en los muros de piedra, de motores que atraviesan las siestas de gruñidos de ruedas de carromato y cascos de mula tonta. La vida era como un conjuro. Rural y lenta. Y mis primas eran inocentes. Y mis primas eran culpables. Y yo  era tan inocente o tan culpable como ellas y sentía deseo. No sé si una erección quizá aún no. Pero sí ese desasosiego, esa turbación, ese hormigueo, ese frío a destiempo esa sensación de salir de uno mismo por la puerta trasera, de ser un poco otro.

En el taller leí un relato pero no el de mis primas. Leí uno inventado sobre un cachorro de lobo a quien encontré abandonado en un bosque a principios de verano. Lo llevé a casa de mi abuela y lo amamanté con biberones le puse de nombre Loky. Una mañana a finales de verano mi abuela encontró en el corral una paz desacostumbrada y una orgía de plumas sangre y evisceraciones. No quedaba una gallina con vida. No volví a saber nada del cachorro pero años después me encontré con un lobo en el bosque y lejos de huir o amenazarme, se acercó con confianza y dejó que lo acariciara. Mis compañeros del taller mostraron un entusiasmo con reservas por la historia, era correcta, bien escrita, dijeron pero un poco manida. Es una expresión habitual del profesor que todos repetimos como muñecos de ventrílocuo. Lo mismo dice que un argumento es manido, o que no se puede crear nada de la nada, que siempre hay una referencia, un modelo que emular, aunque no seamos consciente. El profesor puede formular una tesis y su contraria sin que nadie se lo reproche y si alguien lo hace, se rasca la perilla y aduce como el señor Miyagi que lo importante es el equilibrio. Es algo manida, sí, corroboró en esta ocasión, pero eso es secundario. Porque esta historia esconde algo muy interesante: el lobo ha sido abandonado. No hay madre loba, el niño está con su abuela. No existe tampoco en el relato una sola referencia a su madre o a  su padre, no los llama por teléfono para contarles lo del lobo al que está amamantando, ni sus padres lo llaman a él. Hay una ausencia una orfandad en ambos personajes protagonistas. El niño da cobijo y alimenta al lobo. El lobo sigue su instinto. El niño se queda sin mascota. La abuela da cobijo y alimenta al niño y a las gallinas. La abuela se queda sin gallinas. Todos pierden, las que más las gallinas. Todos están más solos cuando termina la historia. El desamparo es terrible pero el cariño, el de los lobos y el de los padres puede ser devastador y no por eso deja de ser cariño, dijo antes de pedir al siguiente que comenzará a leer.

 

Eva tiene un retraso, un retraso en la menstruación, quiero decir. Es poca cosa, una semana. Por el momento, seguiremos con el calendario de follar. Cuando me lo ha contado, durante una pausa de anuncios televisivos, la he imaginado desnuda en la cama, poniéndose las medias, tumbada para que no le estorbe al agacharse su gran vientre de embarazada. Po sé lo que quiero. Me ha desconcertado escuchar una formulación tan filosófica pero ha sido una falsa alarma. Niño o niña. ¿Tú qué prefieres? Un pinchador como yo, estaba a punto de decir pero he conseguido mantener en silencio la  ocurrencia. No sé, he dicho, me da igual, a un tris de añadir mientras sea un bebé sano. Menos mal que no lo he dicho porque si el bebé no nace sano, ya habré expresado mi negatividad y Eva es muy meticulosa con eso. No sé cómo te puede dar igual una cosa así, Joaquín. Bueno, no es que me dé igual, es que no sé qué prefiero. yo, ha dicho con decisión quiero una niña. Y a continuación, he visto a mi hija recibiendo un pinchazo en la ingle y convertida de repente en mujer poniéndose las medias mientras un hombre la miraba por el resquicio de una puerta. Pues yo prefiero un niño.

 

Soy analista informático y gano unos 1700 euros netos al mes. Eva es profesora de educación infantil y percibe un salario un poco inferior. El profesor dejó caer ayer en las cañas tras el taller que si queremos que la editorial Mulo de Creta publique alguna vez en un futuro muy futuro nuestros escritos, tenemos que deslizar datos socioeconómicos. Que en Mulo de Creta quieren saber cómo se ganan la vida los personajes de las novelas y que por ejemplo si una mujer sube seis tramos de escaleras cargada con las bolsas de la compra, es que vive en una casa vieja sin ascensor, y si luego acaricia tras entrar en casa a su gato Lenin y le pone un platito comida para gatos y se recalienta para ella un tazón de noodles en el microondas es una mujer muy combativa y concienciada, sobre todo si no se tiñe las canas. Así que lo mejor es que a veces los personajes se comporten según sus ingresos. Los mileuristas pueden ver Netflix, pero con todas las luces de la casa apagadas para no gastar, por consumo y por conciencia ecológica. No usarán condones porque a la larga salen más económicos los anticonceptivos femeninos. Si van al supermercado, hacen ademán de comprar productos de marca pero finalmente se deciden por las marcas blancas. Así que si alguna vez sopesan la publicación de este manuscrito, quiero que sepan, amigos de Mulo de Creta, que aunque haya condensado mucho las características socioeconómicas de los personajes (por cierto se me ha olvidado decir que mi madre es ama de casa, mi padre jubilado de una empresa metalúrgica y que tienen tres casas, una en Vicálvaro, otra heredada en Peñausende y la de la playa en Torrevieja) es una cuestión que tengo muy presente y en próximos relatos la abordaré de una manera más transversal y sibilina.

 

Podría rellenar un tomo de un diccionario de Medicina con las enfermedades de mis padres. Podría hacerlo porque mi madre las enumera cada vez que nos vemos. Me cuenta el dolor o el malestar consecuente, las consultas con los médicos y las citas pendientes la medicación, su grado de eficacia, los efectos secundarios y otros casos idénticos o similares en el vecindario o el barrio. Mi madre sabe más de Medicina que el doctor House. Me habla también de personas que mueren que no conozco pero a veces finjo conocer porque si digo que no las conozco, comienza a darme pistas y datos y a relacionarlas con otras que tampoco conozco. Sirve la carne estofada en los platos, coloca una fuente de patatas fritas crujientes en el centro de la mesa y otra al lado de escarola. Nos pide a mi padre o a mí que abramos el vino y cortemos el pan y, sin previo aviso, suspira, me mira a los ojos con los suyos con glaucoma y dice: Joaquín, la vida es muy triste sin hijos. Los niños dan mucha alegría. Nos hace más falta un nieto en esta familia que el ibuprofeno.

 

El profesor le ha dicho hoy a un compañero del taller, un abogado maduro que escribe por ende y sine qua non que al cuento se viene orinado y desayunado. Los despertadores suenan, las personas remolonean, se desperezan, orinan, se duchan o asean, desayunan, se lavan los dientes, se visten y toman el coche, el autobús o el metro para ir a sus trabajos. Si no ocurre nada excepcional o inquietante (amanecer convertido en un insecto, por ejemplo) conviene ahorrarle a los lectores esa cadena de rutinas. El cuento empieza cuando empieza, ha dicho, no necesariamente cuando los personajes se levantan de la cama. No he podido resistirme a preguntar: y un hombre que espíe cada mañana por una puerta entreabierta a su mujer mientras se pone las medias, ¿podría considerarse excepcional o inquietante? Sí, ha respondido con rotundidad. Eso serviría. Imagina que ella, un día, tras el verano interminable para su marido, comenzara a vestir calcetines. El hombre mirando por el resquicio de una puerta cómo su mujer se pone unos calcetines, esa acción insulsa que finaliza en los tobillos. Imagina el desencanto, la tristeza paulatina del hombre. La nostalgia de la seda del nylon y de la licra. Su dolor de lana. Llega el cumpleaños de la mujer y el hombre le regala un surtido de medias de fantasía: greca, rayas, arabescos, lunares, rejillas. Dentro de la caja de regalo, hay otra caja de regalo más pequeña y dentro, unos ligueros negros de corazones rojos. Eso es solo para mí, murmura el hombre al oído, para los sábados. La mujer agradece el regalo con un beso con caparazón pero días después, los descambia por un lote de calcetines. El resto lo dejo en sus piernas y en tus manos.

 

Eva ha salido del cuarto de baño y me ha dicho que hay que esperar unos minutos. Nos hemos tumbado sobre la cama. Ella ha hojeado una revista de muebles y yo he mirado en mi smartphone un video de esos en los que la gente se mete unos leñazos tremendos. Hacen gracia porque el video termina antes de que comience el dolor del accidentado. No sabemos nada del dolor ni de las secuelas físicas. Un hombre se ha tirado desde la rama de un árbol y ha caído de bruces contra la orilla de un río. Me ha rozado el agua  y Eva me ha pedido que mire un cambiador en su revista y he dejado a un barbudo trajinando en una barbacoa a punto de que se le incendie la barba. Lo hay en blanco, en celeste, y en rosa, ha especificado. Tiene cuatro cajones grandes y nos cabe perfectamente bajo la ventana. He hecho un gesto de aprobación. ¿Podemos mirarlo ya?, he preguntado, ha pasado tiempo suficiente. Sí, vamos. El test estaba junto al lavabo, sobre la encimera, con su signo positivo, verosímil, omnisciente, socioeconómico. Parecía un rotulador de punta gruesa. Por un instante, he cerrado los ojos y he visto al oso acercarse sobre la nieve, despacio, muy despacio, como si no tuviera a dónde ir.

 

domingo, 3 de abril de 2022

REUNIONES

Yo odio las reuniones. Me refiero a esos eventos donde se junta gente que no son amigos ni familiares para resolver algo. Para mí no es una  reunión salir por ahí con los amigos. Si bebes cerveza fuera del horario de trabajo, eso no es una reunión. Tampoco cuentan los encuentros familiares, se beba cerveza o no. No creo  tengan ninguna finalidad; por eso , más que reuniones,  son experiencias antropológicas y  tampoco me gustan, pero por  motivos  diferentes que ya explicaré en otro monólogo.

Reunir personas está claramente definido en el diccionario de la RAE: juntar, congregar o amontonar personas con algún fin. Un ejemplo típico son las reuniones de trabajo. Alguien no muy listo, por ejemplo un jefe, o no muy listo y con un exceso de optimismo, por ejemplo un jefecillo, decide que hay que juntar a un rebaño de subordinados por motivos realmente peregrinos. A saber: 

• para informar de algo que ya sabe todo el mundo,  

• para informar de algo que no sabemos pero que tampoco nos importa,

• para discutir un problema sin solución, 

• para buscar una solución a un problema sin solución, 

• para crear algún problema que no teníamos, pero que seguro que aparece a lo largo de la reunión,

• para convertir en irresoluble un problema que se podría haber arreglado antes de plantearlo en una reunión. 

Generalmente ni siquiera hay un motivo laboral, sino puramente psicológico. El jefe o jefecillo tiene una alteración en su nivel de autoestima (por exceso o por defecto) y se alivia convocando una reunión. Yo lo entiendo porque una vez fui jefe, aunque ya me he curado del todo.

Es físicamente imposible que de una reunión salga algo útil. Hay una ley universal que dice que el cociente intelectual de una reunión tiene un límite superior, que es el del más listo de  los asistentes. Normalmente el tope es 100.

Seguro que hay alguien sonriendo mientras lee esto, pensando que en sus reuniones se empieza por 120. Yo también lo creía hasta que un día me lo explicó  alguien con más experiencia: si  de verdad tuvieses un CI de más de 100, sabrías cómo escapar de las reuniones.

Pues eso, que se empieza por 100,  como mucho. Y luego hay que restar 5 puntos por cada asistente. Como es fácil de calcular, un pequeño equipo de trabajo siempre está en la inteligencia límite. Y las secciones o las grandes reuniones de empresa  deberían hacerse en el patio de un cotolengo, y con ayuda profesional de expertos en educación especial. 

Sin embargo, hay excepciones claras a esta ley universal. Me refiero a los consejos escolares y a las reuniones de comunidades de vecinos. En estos casos es dificil empezar por 100, normalmente no se llega ni a 80. Y cada asistente resta entre 5 y 10 puntos.

Tengo que contaros que estuve casi 10 años en el consejo escolar del cole de mis hijas, por una turbia venganza de mi mujer que, año tras año, me apuntaba el día de las elecciones, aprovechando que era ella quien las recogía a la cinco de la tarde. Como no se presentaba casi nadie, todos los candidatos salíamos elegidos con un voto o dos, en mi caso el suyo. Aún no me he recuperado de aquella experiencia traumática. 

Primero habla el equipo directivo para contar lo bien que lo hacen, como si no supiésemos que con nuestros hijos poco bueno puede  hacerse. No pasa nada, tienen un modelo de informe que recitan cada año, creo que se llama proyecto educativo o algo por el estilo. Todos los años exactamente  el mismo. La gente aguanta estoicamente esa parte porque esperan la parte animada, que es la de las intervenciones. 

Normalmente empiezan los maestros protestones y conflictivos, para manifestar de forma airada sus justas e incomprendidas pretensiones. Nunca he sabido si es que son muchos, o que son los que van a los consejos escolares. Y, claro, los sindicalistas, siempre apoyando la enseñanza pública, de calidad y en valenciano, aunque no necesariamente en ese orden.

Los motivos de queja pueden ser infinitos. Por ejemplo, relacionar subidas salariales y excursiones con los alumnos. Si congelan los sueldos, sólo haremos lo justo, nada de actividades complementarias ni visitas a museos. Ya sabíamos que la enseñanza es una actividad  puramente vocacional.  O discusiones sobre los horarios de permanencia en el centro, qué es eso de venir en julio. O el calendario de comienzo de las clases, el cambio climático se nota de manera especialmente insoportable en la primera mitad de septiembre. En aquella época, la discusión de moda era la jornada intensiva,  es mucho mejor que los niños de 6 años hagan el mismo horario que una sucursal del banco de  Santander, eso estaba científicamente demostrado.

Y luego viene el carrusel de intervenciones de los representantes de los  padres y madres, más madres que padres, os lo digo sin mala intención, desde el cariño. Siempre preocupados y preocupadas por los problemas colectivos: mi hijo esto, mi hija aquello, mi niña por aquí y mi niño por allá. Impresionantes las cosas que he llegado a oír de los padres y madres. Y de sus niños. Que quiten la lechuga del menú del comedor, mi hijo es intolerante al gluten. Que por qué no se ponen un menú vegetariano, o macrobiótico. O sobre la forma de evaluar, sobre el calendario, sobre el horario de apertura de la puerta del cole, sobre la hora del cierre.  

Y el inabarcable mundo de las actividades extraescolares. Un pozo sin fondo. Yo no sabía todas las cosas que necesita un niño para desarrollar sus potenciales. Que si dulzaina y tamboril, cualquier deporte exótico o actividad creativa extravagante. Sin descuidar la psique de los niños, sin duda muy castigada por unos padres tan agobiantes. Era necesario  el yoga y la meditación. Hasta  una madre llegó a proponer  clases complementarias de autoestima y psicoterapia. Horrible. Y eso que en que en aquellos tiempos no había grupos de guasap del cole. Hoy en día yo no hubiera sobrevivido.

Y qué decir de una buena reunión de vecinos. En mi finca hay 19 pisos, a 5 viviendas por planta: las reuniones son apoteósicas.

Todos tienen un cuñado arquitecto, que les ha dicho que la reforma del patio es una mierda. O un primo bombero, que sabe lo que hay que hacer con la escalera de incendios. O conocen un administrador más barato, o no quieren pagar esto, o aquello.  O pretenden que el seguro de la finca cubra el entierro de su suegra, que la pobre se murió de visita en casa. O que les arregle esa humedad que les entra por la pared del balcón que se han cerrado ilegalmente y sin permiso. Todo, bajando las cuotas trimestrales, que aquí se paga una  barbaridad. 

Luego se entra en las discusiones legales; el nivel es altísimo. Que sepas que esto es denunciable y yo no me voy a quedar de brazos cruzados. Aquí todos saben leyes, reales decretos y normas, y están asesorados por hijos y amigos. España debe estar llena de abogados y arquitectos.  O quizás los abogados y arquitectos sean pocos, pero cada uno tiene mucha familia a la que asesorar. Creo que ser administrador de fincas debería ser considerada una profesión de riesgo. Por lo menos mental.

Hay muchas más tipos de reuniones que no conozco de primera mano, aunque supongo que deben ser insoportables. Por ejemplo, el congreso de un partido político. Aquí a la regla del CI de colectivo se suma la calidad ética y moral de los centenares de asistentes. Y luego nos extrañamos de lo que sale elegido.

O un consejo de ministros. ¿Cuántos ministros y ministras  tenemos? 23 contando al presidente. Es difícil saber lo que pasa dentro, sus deliberaciones son secretas. Pero aplicando la ley universal del CI colectivo de una reunión nos lo podemos imaginar.  

O, simplemente, viendo sus resultados.


LA TEORÍA DE LA INVOLUCIÓN

 

Supongo que conocéis la teoría de la evolución de Darwin. Darwin era un señor que se dedicaba a viajar por todo el mundo, a mirarlo todo muy atentamente y a proponer teorías. En las islas Galápagos en particular se fijó en los pinzones, que no eran unos marineros, sino unas aves. Y tanto miró que se le ocurrió la teoría de la evolución, que dice básicamente dos cosas: que las especies de seres vivos evolucionan, y que la selección natural contribuye a ese cambio. Yo creo que hay excepciones, que a la selección natural se le ha escapado mi vecino, y algún otro ejemplar que conozco, pero nadie es perfecto.

Así que los seres vivos evolucionan. Sabéis que descendemos del mono, como el mono desciende del árbol. Y que desde que bajamos del árbol, el hombre ha ido creciendo y mejorando. Hasta el siglo XXI.

En el siglo XXI vamos en coche por una carretera y una voz metálica dice «gire a la derecha». Y a la derecha hay una valla. «Encarna, que dice el móvil que gires a la derecha». «Mariano, que hay una valla, ¿no la ves?» «Encarna, si Google dice a la derecha, tú a la derecha». Y allá que van Encarna y Mariano, y les cae una multa de 200 euros por romper una valla con el coche y una factura de 200 euros por romper el coche con una valla.

En el siglo XXI estamos en la cocina de una casa, y huele a quemado desde dos calles más abajo. «Encarna, huele a quemado». «Mariano, que he programado la Thermomix con la wi-fi y hasta dentro de 10 minutos no se va a parar». «Encarna, que huele a quemado». Y hasta que la tapa de la Thermomix no sale disparada y les salpica la salsa de ostras con foie y finas hierbas la Thermomix no se para. Que estos aparatos saben mucho más que nosotros, dónde va a parar.

En el siglo XXI podemos entrar en casa y decir «Alexa, zarzuela». Y oímos zarzuela. «Alexa, Mozart». Y oímos a Mozart. No habíamos oído nunca zarzuela antes, y no distinguimos a Mozart de Beethoven (salvo porque uno te suena a Memorias de África y otro a Érase una vez el hombre), pero se aprende mucho con Alexa.

La involución se nota especialmente en los adolescentes. Los adolescentes son unos seres similares a los topos. Los topos viven en su madriguera, y los adolescentes viven en su habitación. Los topos se mueven por túneles, los adolescentes se mueven entre montones de ropa y libros. Los topos solo salen de su madriguera para buscar comida. Los adolescentes... también.

Los adolescentes desafían a la evolución. El hombre, al evolucionar, había conseguido caminar erguido. Hasta ahora, que los adolescentes llevan la cabeza siempre inclinada en un ángulo de 45 grados. Los adolescentes tienen una mano inutilizada, porque la tienen siempre ocupada con el móvil, del que suele salir un cable que les llega a las orejas y les inutiliza el oído también. Esa mano solo abandona la postura prensil (otra gran ventaja de la evolución) para trabajar en equipo con la otra mano moviendo los pulgares sobre la pantalla (esos pulgares sí que van a evolucionar, en un par de generaciones cuando hagan autostop podrán parar un coche en marcha con solo tocar el retrovisor). Así que para llamar a los adolescentes hay que enviarles un whatsapp, y para que pongan la mesa o se hagan la cama tendrán que ponerse una prótesis, como las del inspector Gadget.

Hay situaciones en las que directamente retroceden a la época de las cavernas. Como cuando tu hijo adolescente acepta salir contigo a la calle, probablemente porque quiere que le compres ropa, y se te ocurre saludar a alguien. De repente tu hijo recupera todos los reflejos de cuando éramos cazadores y vivíamos pendientes de las fieras; se pone en tensión y mira a todos lados muy nervioso, como si le persiguiera la Gestapo, y dice «mamá, ¿qué haces?», «mamá, no mires», «mamá, no digas…». Y te das cuenta de que con ellos la evolución ha pinchado en hueso.

Entrevista a Bárbara

 https://www.elconfidencial.com/espana/comunidad-valenciana/2022-07-10/barbara-blasco-a-veces-es-escritora-he-pasado-gran-parte-de-mi-vida-p...