jueves, 7 de abril de 2022

Autoficción, Juan Carlos Márquez

 

Yo quería ser escritor, en lo más profundo de mi ser sentía la necesidad de serlo. Por eso decidí inscribirme en un taller de escritura. Me compré una libreta Moleskine y un rotulador Pilot de punta fina, y el primer día de clase, cuando el profesor nos dijo que nos presentáramos al resto del grupo, lo solté allí de pronto: Quiero ser escritor porque siento en lo más profundo de mi ser la necesidad de serlo. Entonces ese hombre, el profesor, se hurgó un momento con los dedos en la perilla blanca y me hizo aquella pregunta tan incómoda:

-Joaquín, es Joaquín ¿no?, ¿dónde consideras que está lo más profundo de tu ser?

No supe qué responder. Se produjo un silencio incómodo que no acerté a interpretar. No supe si escondía los temores de mis compañeros expuestos en breve a un interrogatorio similar, o contenía sus risas flojas. Estuve a punto de decir que en lo más profundo de mi ser estaba mi alma. Y también que era solo una forma de hablar coma sin más. Pero no dije nada. Aquel hombre era amable, pero su amabilidad tenía filo, tenía aspecto de mentalista, de hipnotizador. No sabes qué decir, ¿verdad?, dijo al cabo de un rato. Te he puesto en un aprieto. Yo asentí a mi manera: me hundí un poco en la silla y levanté la cabeza, como un buzo tratando de tomar una última bocanada de aire antes de sumergirse. No sabes qué responder, volvió a la carga, porque esa frase no es tuya, es un cliché, algo que se dice de manera automática. Esa frase no es tuya porque es inhumana, concluyó. En cambio, nadie asiente como tú, de esa manera tan particular. La mala escritura, sentenció, trata de lo que nos asemeja; la buena de lo que nos diferencia. Mientras mis compañeros exponían de forma titubeante sus motivaciones para inscribirse en el curso, y sus autores, y libros favoritos, yo pensaba en borrarme del curso y pedir que me reembolsaran el dinero, al menos parte del dinero. Sin embargo, no lo hice. No sé muy bien por qué. Quizá porque aunque no sé explicar dónde está lo más profundo de mi ser, sé que existe y que es un paraje nevado y silencioso, muy vasto, con un iglú en el centro, donde a veces se acerca un oso como desperezándose.

Al día siguiente me desperté muy temprano. Fui al baño y me encaminé al escritorio. En realidad, la secuencia no fue exactamente así. Hice una escala en el pasillo, me quedé mirando de manera furtiva a través de la puerta entreabierta del dormitorio cómo Eva se ponía las medias. Yo podría pasarme la vida entera mirando cómo las mujeres se ponen las medias. Me daría igual que fueran jóvenes o viejas. Las mujeres, mientras se ponen las medias, no tienen edad. Son eternas. Me gustan las medias negras, ese luto apretado en los muslos y las de color carne también. Carne sobre la carne. La felicidad, y lo digo sabiendo que esta frase no conseguiría la aprobación de mi profesor de escritura, es una mujer desnuda con las medias puestas y el vello púbico arregladito. Las vaginas me entusiasman también. Yo a las vaginas les susurro palabras de amor. Acerco mi oreja a las vaginas para oír las olas del mar. Las vaginas parecen zurcidas, como los calcetines de mi infancia.

Eva se puso una falda y yo me fui. El profesor nos había pedido que redactáramos un ejercicio de me gusta, cosas que nos gustan y otras que no. Yo sé lo que me gusta pero me da mucho pudor. El profesor también nos dijo que si queremos escribir de veras, tenemos que olvidarnos del pudor. El profesor tiene nombre pero yo prefiero llamarlo el profesor mantener con él esa distancia de seguridad. Eva se entretuvo en mirar por encima de mi hombro lo que yo estaba escribiendo en mi móvil. Como no me pongo medias la pobre algo tendrá que mirar.

-No escribas eso, me dijo

Yo había escrito: me gusta pasar despacio la lengua por los pezones de Eva y sentir como al principio son blandos y poco a poco se van poniendo duros.

-El profesor nos ha pedido que seamos sinceros y concretos.

-Ya, pero sabes lo que ocurre con esos cursos tarde o temprano, alguien organizará una cena con parejas y no quiero que todos los comensales mientras me dan dos besos o me estrechan la mano piensen: qué tal, Eva, la de los pezones. Tacha mi nombre.

-Entonces escribiré otro: Sara, por ejemplo.

-¿Quién es Sara?

-Nadie, me la acabo de inventar.

-Pues no me gusta que le lamas los pezones a Sara.                                                      

-De todas formas, el nombre es provisional. El profesor nos ha dicho que, según su experiencia de una década en talleres, la mayoría de los personajes femeninos se llaman Eva, Sara, nombres es así como de gente que no es de verdad. El ranking lo encabeza Clara.

-¿No pueden gustarte igual los pezones así en general, sin nombres propios?

-Puedo intentarlo pero no será tan concreto.

-Bueno, qué más da, tampoco está siendo sincero. Tú no has comido un helado de pistacho en tu vida y está en tu lista: me gustan los helados de pistacho.

-Hace tiempo que no como, pero durante una época de mi vida, los comí y me gustaban mucho

-Pues los comerías con Sara porque lo que es conmigo

-Son las ocho y cuarto.

-¿Y?

-Que si no sales ya, vas a llegar tarde a tu trabajo.

Y Eva me dio un pico y salió, y yo solo miré sus piernas dentro de las medias hasta que se adentraron en el pasillo, como en esos planos inferiores de las películas francesas.

 

Yo he escrito una poesía dijo una señora muy gorda, puedo leerla. Y el profesor la miró, como abarcándola, y dijo: si no hay más remedio. La señora ponía voz lírica al recitar y a veces cuando pronunciaba palabras como pasión pétalos o alba, se tocaban los pechos con ambas manos. Eran unos pechos grandes y floreados, de señora gorda, excitantes como almohadillas. El profesor dijo que él estaba lejos de ser un experto en poesía y la animó a centrarse en las propuestas de escritura a partir de ese momento. Leyó a continuación algunas de las palabras que había leído la señora gorda pero sin tocarse los pechos, ¿qué os parece? Nadie dijo nada. ¿No tenéis nada que decir?, insistió. Entonces hablaré yo. Son palabras prestadas, dijo mirando a la señora gorda. Palabras bonitas, que parecen sacadas de un manual para dummies: escribe poesía con 100 palabras. La señora lo miró como si no entendiera nada y es muy posible que así fuera. Sus poemas con mucha probabilidad gustaban (embelesaban sería una palabra más apropiada al contexto) en los centros cívicos, a señoras gordas como ella o delgadas con diabetes. Señoras llamadas Pili, Fuencisla o Cándida, con sus pérdidas de orina. Señoras que rehogan las judías verdes con aceite. Señoras prácticas que guardan los embutidos en tuppers y ponen etiquetas con los contenidos: York, mortadela, pavo. Y sin embargo en aquel poema no había ajo, orina, diabetes ni mortadela. Aquel poema era una gran mentira incluso para ser literatura. La señora gorda, nadie puede saber por qué, había ido idealizando la poesía. Y el profesor no podía verbalizarlo. No quería verbalizarlo y dijo: que lea sus me gustas y no me gustas quien quiera. Y la señora gorda nunca volvió.

 

Antes de este curso, yo no sabía lo que era un narrador omnisciente. El profesor dice que un narrador omnisciente es como Dios, está en todo y lo sabe todo sobre todos los personajes. Pero a mí se me parece más a mamá. Ella siempre fue así. ¿Por qué te pones hoy ese jersey, es que te gusta alguna chica? Has cenado demasiado y tendrás pesadillas. ¿Te está molestando alguien en el colegio? Deja que hable yo primero con tu padre: si se lo preguntas ahora, te va a decir que no. Cuando tengas novia, dejarás de venir a verme tan a menudo. Ni en eso se equivocaba. Sigo yendo a verla pero menos. Voy a casa a comer algunos días, abro la nevera como si fuera un cofre. Me tumbo sobre la alfombra de la sala y me arropo con mi manta escocesa de cuadros. Abro los cajones llenos de trastos inútiles. El aire huele a concentrado de carne. Mi madre friega las cacerolas con el estruendo de una fragua. Mientras mi padre ronca, miro por la ventana cómo envejece la gente en las ventanas. A veces, por un momento, apenas un fogonazo, se me aparece el oso de pie con su cabeza enorme blanca y noble, arañando con sus garras los cristales.

 

Me gusta el olor del café recién hecho. seis veces. Me gusta mirar el mar. Cuatro. Me gusta escuchar el tintineo de la lluvia en los cristales. Siete. Me gusta caminar descalza sobre la hierba. Tres. El profesor terminó de leer sus anotaciones e hizo una pausa teatral: imaginaos un personaje pongamos que sea mujer, una mujer joven, de unos 30 años. La mujer se despereza sobre una cama blanca en una habitación blanca. Se asoma a la ventana. Llueve. Se ve el mar al fondo. El agua cae sobre el agua. La mujer sale al jardín en camisón, a mojarse bajo la lluvia. ¿Visualizáis la escena?, ¿qué tenemos? La chica que ha estudiado periodismo y lleva los labios pintados como un incendio dice: una escena muy sensitiva, llena de vida. Algunos asienten. No, dice el profesor. Si la chica entra mojada en la casa y se hace café, tenemos un anuncio de café. Si no entra, tenemos uno de compresas. La literatura es otra cosa. Por un momento, siento el deseo de preguntarle qué cosa es pero no lo hago. Quizá él no lo sepa. Quizá nadie lo sepa, ni las madres omniscientes. Tal vez es posible saber lo que no es pero no lo que es.

No solo me gusta ver cómo Eva se pone las medias. También me gusta mirarla mientras se las quita. Es un dilema. Por una parte quiero que se las deje puestas; por otra ver cómo se las baja despacio hasta que solo son un bulto de nylon arrugado alrededor de los tobillos. Hemos hecho un trato. Ella quiere que tengamos un hijo, yo también pero a mi manera un poco disyuntiva. tenemos un calendario para follar. Follamos para la fertilidad. Yo debo llegar al encuentro con mi depósito de semen lleno y ella levanta las piernas después del coito para que los espermatozoides no se entretengan. Follar con plantilla es follar, eso es innegable pero un poco menos. Por eso hemos llegado al acuerdo de las medias. Antes de follar, hemos convenido que yo la espíe mientras quita las medias. A sí que se lasquita. Se las pone de nuevo. Y se las deja puestas mientras follamos. Solo lleva puestas las medias.

 

El profesor nos ha pedido que escribamos una historia basada en un recuerdo de la infancia. No tiene por qué ser cierta pero sí verosímil. El profesor insiste mucho en que distingamos la verdad de la verosimilitud, se rasca la perilla y nos dice: vosotros creéis que la historia es verosímil, y rara vez le responde a alguien. Cómo le vamos a responder. ¿Quién puede saber qué es verosímil y que no? Ni siquiera soy capaz de distinguir si mi vida es verosímil. Espío a mi novia mientras se quita las medias, me tumbo en el suelo de la casa de mi madre y me tapo con una mantita. A veces me dan ganas de gritar al profesor: oiga usted (en realidad al profesor lo tuteamos pero me parece más tajante el usted), llevamos casi un mes de taller y sigo sin tener ni idea de qué es verosímil y qué no. Cómo narrar un recuerdo de la infancia que resulte verosímil. ¿Es verosímil la infancia?

Yo jugaba mucho con mis primas en verano, era casi una prima más. Les gustaba jugar a pinchadores, a practicantes para que se me entienda. Cogían prestados del botiquín una jeringuilla sin aguja y un algodón y nos íbamos a una alcoba, apenas una cama encajada entre 3 paredes, tras un cortinón, un callejón sin salida a las afueras del pueblo que moría en una casa en ruinas, una cuadra familiar donde zumbaban las moscas y tras unos tablones a modo de tapiz que engordaban una gran cerda y su camada. Los primeros pinchazos como un ritual buscaban los antebrazos, las muñecas, los cuellos. Después alguna me daba de repente la espalda, se levantaba el vestido por encima de la cintura, y se bajaba un poco la braga para que le pincharan la nalga. Yo lo hacía muy deprisa. Ya está, les decía. Pues ahora frota con el algodón. Ya, un poco más todavía, me duele. Las bragas eran blancas, celestes, rosas. Bragas celestiales. Caladas. De algodón. Mis primas me ofrecían sus nalgas pálidas y fibrosas y yo las iba pinchando y frotando una por una mientras la siguiente esperaba su turno con el vestido subido y la braga un poco bajada. Caían los tirantes de los vestidos. Asomaban pechos furtivos, pechos infantiles con sus pezones sonrosados. Me enseñaban las ingles. Muy cerca las vulvas teñidas y silueteadas por la tela abultaban con levedad. La vida era entonces rosa, blanca y celeste y estaba llena de haces de luz y partículas de polvo flotante de aleteos de fundidos de ruidos, de hierbajos que brotan en los muros de piedra, de motores que atraviesan las siestas de gruñidos de ruedas de carromato y cascos de mula tonta. La vida era como un conjuro. Rural y lenta. Y mis primas eran inocentes. Y mis primas eran culpables. Y yo  era tan inocente o tan culpable como ellas y sentía deseo. No sé si una erección quizá aún no. Pero sí ese desasosiego, esa turbación, ese hormigueo, ese frío a destiempo esa sensación de salir de uno mismo por la puerta trasera, de ser un poco otro.

En el taller leí un relato pero no el de mis primas. Leí uno inventado sobre un cachorro de lobo a quien encontré abandonado en un bosque a principios de verano. Lo llevé a casa de mi abuela y lo amamanté con biberones le puse de nombre Loky. Una mañana a finales de verano mi abuela encontró en el corral una paz desacostumbrada y una orgía de plumas sangre y evisceraciones. No quedaba una gallina con vida. No volví a saber nada del cachorro pero años después me encontré con un lobo en el bosque y lejos de huir o amenazarme, se acercó con confianza y dejó que lo acariciara. Mis compañeros del taller mostraron un entusiasmo con reservas por la historia, era correcta, bien escrita, dijeron pero un poco manida. Es una expresión habitual del profesor que todos repetimos como muñecos de ventrílocuo. Lo mismo dice que un argumento es manido, o que no se puede crear nada de la nada, que siempre hay una referencia, un modelo que emular, aunque no seamos consciente. El profesor puede formular una tesis y su contraria sin que nadie se lo reproche y si alguien lo hace, se rasca la perilla y aduce como el señor Miyagi que lo importante es el equilibrio. Es algo manida, sí, corroboró en esta ocasión, pero eso es secundario. Porque esta historia esconde algo muy interesante: el lobo ha sido abandonado. No hay madre loba, el niño está con su abuela. No existe tampoco en el relato una sola referencia a su madre o a  su padre, no los llama por teléfono para contarles lo del lobo al que está amamantando, ni sus padres lo llaman a él. Hay una ausencia una orfandad en ambos personajes protagonistas. El niño da cobijo y alimenta al lobo. El lobo sigue su instinto. El niño se queda sin mascota. La abuela da cobijo y alimenta al niño y a las gallinas. La abuela se queda sin gallinas. Todos pierden, las que más las gallinas. Todos están más solos cuando termina la historia. El desamparo es terrible pero el cariño, el de los lobos y el de los padres puede ser devastador y no por eso deja de ser cariño, dijo antes de pedir al siguiente que comenzará a leer.

 

Eva tiene un retraso, un retraso en la menstruación, quiero decir. Es poca cosa, una semana. Por el momento, seguiremos con el calendario de follar. Cuando me lo ha contado, durante una pausa de anuncios televisivos, la he imaginado desnuda en la cama, poniéndose las medias, tumbada para que no le estorbe al agacharse su gran vientre de embarazada. Po sé lo que quiero. Me ha desconcertado escuchar una formulación tan filosófica pero ha sido una falsa alarma. Niño o niña. ¿Tú qué prefieres? Un pinchador como yo, estaba a punto de decir pero he conseguido mantener en silencio la  ocurrencia. No sé, he dicho, me da igual, a un tris de añadir mientras sea un bebé sano. Menos mal que no lo he dicho porque si el bebé no nace sano, ya habré expresado mi negatividad y Eva es muy meticulosa con eso. No sé cómo te puede dar igual una cosa así, Joaquín. Bueno, no es que me dé igual, es que no sé qué prefiero. yo, ha dicho con decisión quiero una niña. Y a continuación, he visto a mi hija recibiendo un pinchazo en la ingle y convertida de repente en mujer poniéndose las medias mientras un hombre la miraba por el resquicio de una puerta. Pues yo prefiero un niño.

 

Soy analista informático y gano unos 1700 euros netos al mes. Eva es profesora de educación infantil y percibe un salario un poco inferior. El profesor dejó caer ayer en las cañas tras el taller que si queremos que la editorial Mulo de Creta publique alguna vez en un futuro muy futuro nuestros escritos, tenemos que deslizar datos socioeconómicos. Que en Mulo de Creta quieren saber cómo se ganan la vida los personajes de las novelas y que por ejemplo si una mujer sube seis tramos de escaleras cargada con las bolsas de la compra, es que vive en una casa vieja sin ascensor, y si luego acaricia tras entrar en casa a su gato Lenin y le pone un platito comida para gatos y se recalienta para ella un tazón de noodles en el microondas es una mujer muy combativa y concienciada, sobre todo si no se tiñe las canas. Así que lo mejor es que a veces los personajes se comporten según sus ingresos. Los mileuristas pueden ver Netflix, pero con todas las luces de la casa apagadas para no gastar, por consumo y por conciencia ecológica. No usarán condones porque a la larga salen más económicos los anticonceptivos femeninos. Si van al supermercado, hacen ademán de comprar productos de marca pero finalmente se deciden por las marcas blancas. Así que si alguna vez sopesan la publicación de este manuscrito, quiero que sepan, amigos de Mulo de Creta, que aunque haya condensado mucho las características socioeconómicas de los personajes (por cierto se me ha olvidado decir que mi madre es ama de casa, mi padre jubilado de una empresa metalúrgica y que tienen tres casas, una en Vicálvaro, otra heredada en Peñausende y la de la playa en Torrevieja) es una cuestión que tengo muy presente y en próximos relatos la abordaré de una manera más transversal y sibilina.

 

Podría rellenar un tomo de un diccionario de Medicina con las enfermedades de mis padres. Podría hacerlo porque mi madre las enumera cada vez que nos vemos. Me cuenta el dolor o el malestar consecuente, las consultas con los médicos y las citas pendientes la medicación, su grado de eficacia, los efectos secundarios y otros casos idénticos o similares en el vecindario o el barrio. Mi madre sabe más de Medicina que el doctor House. Me habla también de personas que mueren que no conozco pero a veces finjo conocer porque si digo que no las conozco, comienza a darme pistas y datos y a relacionarlas con otras que tampoco conozco. Sirve la carne estofada en los platos, coloca una fuente de patatas fritas crujientes en el centro de la mesa y otra al lado de escarola. Nos pide a mi padre o a mí que abramos el vino y cortemos el pan y, sin previo aviso, suspira, me mira a los ojos con los suyos con glaucoma y dice: Joaquín, la vida es muy triste sin hijos. Los niños dan mucha alegría. Nos hace más falta un nieto en esta familia que el ibuprofeno.

 

El profesor le ha dicho hoy a un compañero del taller, un abogado maduro que escribe por ende y sine qua non que al cuento se viene orinado y desayunado. Los despertadores suenan, las personas remolonean, se desperezan, orinan, se duchan o asean, desayunan, se lavan los dientes, se visten y toman el coche, el autobús o el metro para ir a sus trabajos. Si no ocurre nada excepcional o inquietante (amanecer convertido en un insecto, por ejemplo) conviene ahorrarle a los lectores esa cadena de rutinas. El cuento empieza cuando empieza, ha dicho, no necesariamente cuando los personajes se levantan de la cama. No he podido resistirme a preguntar: y un hombre que espíe cada mañana por una puerta entreabierta a su mujer mientras se pone las medias, ¿podría considerarse excepcional o inquietante? Sí, ha respondido con rotundidad. Eso serviría. Imagina que ella, un día, tras el verano interminable para su marido, comenzara a vestir calcetines. El hombre mirando por el resquicio de una puerta cómo su mujer se pone unos calcetines, esa acción insulsa que finaliza en los tobillos. Imagina el desencanto, la tristeza paulatina del hombre. La nostalgia de la seda del nylon y de la licra. Su dolor de lana. Llega el cumpleaños de la mujer y el hombre le regala un surtido de medias de fantasía: greca, rayas, arabescos, lunares, rejillas. Dentro de la caja de regalo, hay otra caja de regalo más pequeña y dentro, unos ligueros negros de corazones rojos. Eso es solo para mí, murmura el hombre al oído, para los sábados. La mujer agradece el regalo con un beso con caparazón pero días después, los descambia por un lote de calcetines. El resto lo dejo en sus piernas y en tus manos.

 

Eva ha salido del cuarto de baño y me ha dicho que hay que esperar unos minutos. Nos hemos tumbado sobre la cama. Ella ha hojeado una revista de muebles y yo he mirado en mi smartphone un video de esos en los que la gente se mete unos leñazos tremendos. Hacen gracia porque el video termina antes de que comience el dolor del accidentado. No sabemos nada del dolor ni de las secuelas físicas. Un hombre se ha tirado desde la rama de un árbol y ha caído de bruces contra la orilla de un río. Me ha rozado el agua  y Eva me ha pedido que mire un cambiador en su revista y he dejado a un barbudo trajinando en una barbacoa a punto de que se le incendie la barba. Lo hay en blanco, en celeste, y en rosa, ha especificado. Tiene cuatro cajones grandes y nos cabe perfectamente bajo la ventana. He hecho un gesto de aprobación. ¿Podemos mirarlo ya?, he preguntado, ha pasado tiempo suficiente. Sí, vamos. El test estaba junto al lavabo, sobre la encimera, con su signo positivo, verosímil, omnisciente, socioeconómico. Parecía un rotulador de punta gruesa. Por un instante, he cerrado los ojos y he visto al oso acercarse sobre la nieve, despacio, muy despacio, como si no tuviera a dónde ir.

 

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