Supongo
que conocéis la teoría de la evolución de Darwin. Darwin era un señor que se
dedicaba a viajar por todo el mundo, a mirarlo todo muy atentamente y a
proponer teorías. En las islas Galápagos en particular se fijó en los pinzones,
que no eran unos marineros, sino unas aves. Y tanto miró que se le ocurrió la
teoría de la evolución, que dice básicamente dos cosas: que las especies de
seres vivos evolucionan, y que la selección natural contribuye a ese cambio. Yo
creo que hay excepciones, que a la selección natural se le ha escapado mi
vecino, y algún otro ejemplar que conozco, pero nadie es perfecto.
Así
que los seres vivos evolucionan. Sabéis que descendemos del mono, como el
mono desciende del árbol. Y que desde que bajamos del árbol, el hombre ha ido
creciendo y mejorando. Hasta el siglo XXI.
En
el siglo XXI vamos en coche por una carretera y una voz metálica dice «gire a
la derecha». Y a la derecha hay una valla. «Encarna, que dice el móvil que
gires a la derecha». «Mariano, que hay una valla, ¿no la ves?» «Encarna, si
Google dice a la derecha, tú a la derecha». Y allá que van Encarna y Mariano, y
les cae una multa de 200 euros por romper una valla con el coche y una factura
de 200 euros por romper el coche con una valla.
En
el siglo XXI estamos en la cocina de una casa, y huele a quemado desde dos
calles más abajo. «Encarna, huele a quemado». «Mariano, que he programado la
Thermomix con la wi-fi y hasta dentro de 10 minutos no se va a parar».
«Encarna, que huele a quemado». Y hasta que la tapa de la Thermomix no sale
disparada y les salpica la salsa de ostras con foie
y finas hierbas la Thermomix no se para. Que estos aparatos saben mucho más que
nosotros, dónde va a parar.
En
el siglo XXI podemos entrar en casa y decir «Alexa, zarzuela». Y oímos
zarzuela. «Alexa, Mozart». Y oímos a Mozart. No habíamos oído nunca zarzuela
antes, y no distinguimos a Mozart de Beethoven (salvo porque uno te suena a Memorias de África y otro a Érase una vez el hombre), pero se
aprende mucho con Alexa.
La
involución se nota especialmente en los adolescentes. Los adolescentes son unos
seres similares a los topos. Los topos viven en su madriguera, y los
adolescentes viven en su habitación. Los topos se mueven por túneles, los
adolescentes se mueven entre montones de ropa y libros. Los topos solo salen de
su madriguera para buscar comida. Los adolescentes... también.
Los
adolescentes desafían a la evolución. El hombre, al evolucionar, había
conseguido caminar erguido. Hasta ahora, que los adolescentes llevan la cabeza
siempre inclinada en un ángulo de 45 grados. Los adolescentes tienen una mano
inutilizada, porque la tienen siempre ocupada con el móvil, del que suele salir
un cable que les llega a las orejas y les inutiliza el oído también. Esa mano
solo abandona la postura prensil (otra gran ventaja de la evolución) para trabajar
en equipo con la otra mano moviendo los pulgares sobre la pantalla (esos
pulgares sí que van a evolucionar, en un par de generaciones cuando hagan
autostop podrán parar un coche en marcha con solo tocar el retrovisor). Así que
para llamar a los adolescentes hay que enviarles un whatsapp, y para que pongan
la mesa o se hagan la cama tendrán que ponerse una prótesis, como las del inspector Gadget.
Hay situaciones en las que directamente retroceden a la época de las cavernas. Como
cuando tu hijo adolescente acepta salir contigo a la calle, probablemente
porque quiere que le compres ropa, y se te ocurre saludar a alguien. De repente
tu hijo recupera todos los reflejos de cuando éramos cazadores y vivíamos
pendientes de las fieras; se pone en tensión y mira a todos lados muy nervioso,
como si le persiguiera la Gestapo, y dice «mamá, ¿qué haces?», «mamá, no
mires», «mamá, no digas…». Y te das cuenta de que con ellos la evolución ha
pinchado en hueso.
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