Yo odio las reuniones. Me refiero a esos eventos donde se junta gente que no son amigos ni familiares para resolver algo. Para mí no es una reunión salir por ahí con los amigos. Si bebes cerveza fuera del horario de trabajo, eso no es una reunión. Tampoco cuentan los encuentros familiares, se beba cerveza o no. No creo tengan ninguna finalidad; por eso , más que reuniones, son experiencias antropológicas y tampoco me gustan, pero por motivos diferentes que ya explicaré en otro monólogo.
Reunir personas está claramente definido en el diccionario de la RAE: juntar, congregar o amontonar personas con algún fin. Un ejemplo típico son las reuniones de trabajo. Alguien no muy listo, por ejemplo un jefe, o no muy listo y con un exceso de optimismo, por ejemplo un jefecillo, decide que hay que juntar a un rebaño de subordinados por motivos realmente peregrinos. A saber:
• para informar de algo que ya sabe todo el mundo,
• para informar de algo que no sabemos pero que tampoco nos importa,
• para discutir un problema sin solución,
• para buscar una solución a un problema sin solución,
• para crear algún problema que no teníamos, pero que seguro que aparece a lo largo de la reunión,
• para convertir en irresoluble un problema que se podría haber arreglado antes de plantearlo en una reunión.
Generalmente ni siquiera hay un motivo laboral, sino puramente psicológico. El jefe o jefecillo tiene una alteración en su nivel de autoestima (por exceso o por defecto) y se alivia convocando una reunión. Yo lo entiendo porque una vez fui jefe, aunque ya me he curado del todo.
Es físicamente imposible que de una reunión salga algo útil. Hay una ley universal que dice que el cociente intelectual de una reunión tiene un límite superior, que es el del más listo de los asistentes. Normalmente el tope es 100.
Seguro que hay alguien sonriendo mientras lee esto, pensando que en sus reuniones se empieza por 120. Yo también lo creía hasta que un día me lo explicó alguien con más experiencia: si de verdad tuvieses un CI de más de 100, sabrías cómo escapar de las reuniones.
Pues eso, que se empieza por 100, como mucho. Y luego hay que restar 5 puntos por cada asistente. Como es fácil de calcular, un pequeño equipo de trabajo siempre está en la inteligencia límite. Y las secciones o las grandes reuniones de empresa deberían hacerse en el patio de un cotolengo, y con ayuda profesional de expertos en educación especial.
Sin embargo, hay excepciones claras a esta ley universal. Me refiero a los consejos escolares y a las reuniones de comunidades de vecinos. En estos casos es dificil empezar por 100, normalmente no se llega ni a 80. Y cada asistente resta entre 5 y 10 puntos.
Tengo que contaros que estuve casi 10 años en el consejo escolar del cole de mis hijas, por una turbia venganza de mi mujer que, año tras año, me apuntaba el día de las elecciones, aprovechando que era ella quien las recogía a la cinco de la tarde. Como no se presentaba casi nadie, todos los candidatos salíamos elegidos con un voto o dos, en mi caso el suyo. Aún no me he recuperado de aquella experiencia traumática.
Primero habla el equipo directivo para contar lo bien que lo hacen, como si no supiésemos que con nuestros hijos poco bueno puede hacerse. No pasa nada, tienen un modelo de informe que recitan cada año, creo que se llama proyecto educativo o algo por el estilo. Todos los años exactamente el mismo. La gente aguanta estoicamente esa parte porque esperan la parte animada, que es la de las intervenciones.
Normalmente empiezan los maestros protestones y conflictivos, para manifestar de forma airada sus justas e incomprendidas pretensiones. Nunca he sabido si es que son muchos, o que son los que van a los consejos escolares. Y, claro, los sindicalistas, siempre apoyando la enseñanza pública, de calidad y en valenciano, aunque no necesariamente en ese orden.
Los motivos de queja pueden ser infinitos. Por ejemplo, relacionar subidas salariales y excursiones con los alumnos. Si congelan los sueldos, sólo haremos lo justo, nada de actividades complementarias ni visitas a museos. Ya sabíamos que la enseñanza es una actividad puramente vocacional. O discusiones sobre los horarios de permanencia en el centro, qué es eso de venir en julio. O el calendario de comienzo de las clases, el cambio climático se nota de manera especialmente insoportable en la primera mitad de septiembre. En aquella época, la discusión de moda era la jornada intensiva, es mucho mejor que los niños de 6 años hagan el mismo horario que una sucursal del banco de Santander, eso estaba científicamente demostrado.
Y luego viene el carrusel de intervenciones de los representantes de los padres y madres, más madres que padres, os lo digo sin mala intención, desde el cariño. Siempre preocupados y preocupadas por los problemas colectivos: mi hijo esto, mi hija aquello, mi niña por aquí y mi niño por allá. Impresionantes las cosas que he llegado a oír de los padres y madres. Y de sus niños. Que quiten la lechuga del menú del comedor, mi hijo es intolerante al gluten. Que por qué no se ponen un menú vegetariano, o macrobiótico. O sobre la forma de evaluar, sobre el calendario, sobre el horario de apertura de la puerta del cole, sobre la hora del cierre.
Y el inabarcable mundo de las actividades extraescolares. Un pozo sin fondo. Yo no sabía todas las cosas que necesita un niño para desarrollar sus potenciales. Que si dulzaina y tamboril, cualquier deporte exótico o actividad creativa extravagante. Sin descuidar la psique de los niños, sin duda muy castigada por unos padres tan agobiantes. Era necesario el yoga y la meditación. Hasta una madre llegó a proponer clases complementarias de autoestima y psicoterapia. Horrible. Y eso que en que en aquellos tiempos no había grupos de guasap del cole. Hoy en día yo no hubiera sobrevivido.
Y qué decir de una buena reunión de vecinos. En mi finca hay 19 pisos, a 5 viviendas por planta: las reuniones son apoteósicas.
Todos tienen un cuñado arquitecto, que les ha dicho que la reforma del patio es una mierda. O un primo bombero, que sabe lo que hay que hacer con la escalera de incendios. O conocen un administrador más barato, o no quieren pagar esto, o aquello. O pretenden que el seguro de la finca cubra el entierro de su suegra, que la pobre se murió de visita en casa. O que les arregle esa humedad que les entra por la pared del balcón que se han cerrado ilegalmente y sin permiso. Todo, bajando las cuotas trimestrales, que aquí se paga una barbaridad.
Luego se entra en las discusiones legales; el nivel es altísimo. Que sepas que esto es denunciable y yo no me voy a quedar de brazos cruzados. Aquí todos saben leyes, reales decretos y normas, y están asesorados por hijos y amigos. España debe estar llena de abogados y arquitectos. O quizás los abogados y arquitectos sean pocos, pero cada uno tiene mucha familia a la que asesorar. Creo que ser administrador de fincas debería ser considerada una profesión de riesgo. Por lo menos mental.
Hay muchas más tipos de reuniones que no conozco de primera mano, aunque supongo que deben ser insoportables. Por ejemplo, el congreso de un partido político. Aquí a la regla del CI de colectivo se suma la calidad ética y moral de los centenares de asistentes. Y luego nos extrañamos de lo que sale elegido.
O un consejo de ministros. ¿Cuántos ministros y ministras tenemos? 23 contando al presidente. Es difícil saber lo que pasa dentro, sus deliberaciones son secretas. Pero aplicando la ley universal del CI colectivo de una reunión nos lo podemos imaginar.
O, simplemente, viendo sus resultados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario