lunes, 31 de enero de 2022

El sapo

El dolor en las caderas y en el coxis es típico en el embarazo. La mayoría de las mujeres que cargan a un bebe en su útero sienten, empezando el tercer trimestre, una presión en ambos huesos, decía una de las primeras entradas de Google cuando busqué “síntomas embarazo”. Tener sueños vívidos o pesadillas es otro síntoma común y se le atribuye - como casi todo - a las hormonas. Hace ya tres semanas que dormir de corrido dejó de ser la regla y cada vez son más los huesos que duelen. Varias veces soñé que me tragaba un sapo: el bicho está vivo dentro de mi boca aunque no sé cómo llegó ahí. Pero sin saberlo mastico y parte de su interior empieza a salir. En el sueño escupo sin parar, tantas veces como puedo. No recuerdo ningún sabor en especial pero la representación en mi mente de lo que está pasando, me produce arcadas y náuseas y yo toso y toso, escupo y cada tanto trago. Cuando me despierto veo en la almohada un charco de baba. 

Casi todas las noches duermo mal, pero algo el sábado fue distinto. Apenas me desperté, estiré la mano hacia atrás y hacia la derecha, pero Seba ya no estaba. Todavía tenía esa sensación de angustia que dejan los sueños cuando son muy reales. Cuando era chica y me despertaba llorando porque había soñado algo feo, mi mamá me callaba apenas empezaba a relatarlo. “Pará. Primero come, después me contas”. Esa era la formula para que no se hiciera realidad. Como si comer rompiera el hechizo, dando fin al sueño y comienzo al estado de vigilia, ubicándome en un lugar distinto: ya no estaría contando el sueño desde el sueño mismo, sino desde la realidad de un martes por la mañana en la cocina de mi casa. Me levanté y fui a la cocina, prendí la hornalla y tiré el huevo en la sartén. Le escribí a Seba un mensaje para saber a dónde estaba y volví al baño a lavarme la cara y ponerme los lentes de contacto. Cuando me miré al espejo, me vi los ojos más rojos e hinchados de lo normal y la sensación de angustia volvió. Corté queso, exprimí media naranja, saqué el yogurt. Y aunque estaba sola, no me permití pensar en el sueño hasta haber tragado el primer bocado. Y entonces me acordé. 

Seba llegó a eso de las 12 de la noche con Juan, mi hermano y los escuché hablando en la sala. Estaban agitados. Seba caminó despacio hasta la habitación para cerrar la puerta y yo le pregunté si estaba todo bien y me dijo que sí, que siguiera durmiendo. Juan había venido de visita por unos días, Seba le había presentado a sus amigos y habían salido por unas cervezas. Giré lentamente para la izquierda y sentí cómo el bebé se movía adentro. Me pegaba a ambos lados de la panza, como si tuviera las dos manos y las dos piernas estiradas. Escuché que alguien tocó el timbre y un poco entre dormida también las voces de otros dos hombres, que al ratito se fueron.

Recalenté el poco café que quedaba y mientras la tasa giraba en el microondas, desbloqueé el teléfono y vi que Seba no había recibido mi mensaje. Fui a la habitación del bebé, donde dormía Juan y vi que la cama no estaba desarmada. Entonces me acordé de una conversación.

  • ¿Pero vos sabes quién es? - le preguntó Seba a Juan

  • No tengo la menor idea de quién es

  • Pero él te hablaba como si te conociera

  • Si, me llamaba por mi nombre y me decía que no me hiciera el que no entendía. 

Habían tenido una pelea callejera, afuera de un bar, con otro grupo de hombres y los otros que había escuchado hablar eran dos oficiales que habían identificado la matrícula de la moto de Seba en el lugar del hecho y a partir de ahí los habían encontrado. Entonces me tranquilicé, porque claramente era una pesadilla. Me acordé que unos días antes habíamos estado hablando con Seba sobre Juan y su nuevo hobbie de caza de animales. Que era incompatible con su personalidad sensible, ni hablar con su aspecto bohemio. Seguramente, esa idea me había quedado dando vueltas en la cabeza y la había llevado hasta el absurdo, que es como suelen tener origen los sueños. Una pizca de acá y otra de allá y se arma una historia irrisoria y ridícula que no podés creer de dónde salió.

Caminé hasta el balcón y escuché que el teléfono y el timbre sonaron al mismo tiempo. Atendí primero el teléfono.

  • Hola?

  • ….

  • Hola? Quién es?

Fui hasta la puerta y pregunté lo mismo. Era un oficial de policía, pero esta vez me buscaba a mí. Corté el teléfono y abrí. El oficial llegó hasta la puerta y tocó con dos golpes. Lo hice pasar. Me preguntó qué vínculo tenía con Juan. Me quedé mirándolo tratando de entender qué hacía ese hombre en mi casa.

También me dijo que yo era responsable por Juan y sus actos mientras estuviera en España. Como él venía a quedarse en mi casa, yo le había hecho una carta de invitación y en esa carta me hacía cargo suyo. No solo de solventar su estadía sino, por lo visto, de cualquier cosa que hiciera. De haberlo sabido de antemano probablemente lo hubiese aceptado, porque Juan es un tipo respetuoso y tranquilo. Pero esa noche algo se había ido de las manos. El oficial me explicó que Juan era sospechoso de un homicidio con arma blanca y que íbamos a ser citados a declarar en los próximos días. Mientras me hablaba miraba por arriba de mis hombros las cosas que había en la sala: la mesa, el techo, los libros de la biblioteca, los souvenirs de los viajes. Mientras me dictaba el día y la hora en que debía asistir al juzgado, con ese vocabulario propio de las fuerzas, caminó hasta la puerta y se fue. Agarré el celular y llamé al último número. Me atendió un hombre. 

  • Tengo una llamada perdida de este número, ¿Quién habla?

  • Te dije que íbamos a seguir cerca

  • ¿Quién sos?

  • Dale, no te hagas, tu hermano se hizo el tonto anoche también. ¿En serio no me reconoces?

  • ¡No! ¿Quién sos?

  • El sapo

Y cortó.

Sentí algo mojado en el cachete y me desperté sobre un charco de baba más grande de lo normal. Estiré el brazo hacia atrás y hacia la derecha, Seba dormía al lado mío. Miré el celular, era domingo, 8.30 hs. Me levanté y fui hasta la otra habitación. Vi la cuna del bebé en su caja, el coche plegado. La mochila lista para ir al hospital. Sin pensarlo entré a Google y busqué: “Sueño tragar sapo”. La mayoría de las entradas hablan de augurios negativos, nunca comerse un sapo puede ser algo bueno, no sé por qué lo estoy buscando. Una empieza: el sapo es el bicho más horrible que existe y representa la transformación, el cambio, algo inesperado que al principio asusta.

***


Las Sombra

El dolor es invisible e intangible pero fácil de entretener. Como un chiquillo. Nos ponemos a hacer crucigramas al sol y rápidamente se nos olvida que la vida nos desagrada. Y será por opciones: sudokus, cerveza, pornografía, series, compras, comida a domicilio.

Yo elegí tomarme un relajante muscular y ponerme a ordenar los altillos y sé lo que estás pensando, no parece una buena combinación, tú estás leyendo y lo ves claro pero yo al plan no le encontré la pega hasta que noté que el taburete se tambaleaba y entonces sí, entonces recuperé la clarividencia y recordé que los accidentes domésticos matan y que las personas que los sufren mueren como están viviendo, en mi caso en soledad; y hasta me dio tiempo a echarle un último vistazo a mi cama querida, en la que me arropo y me arrullo y me canturreo y me digo buenas noches, tan mal no lo estás haciendo. He aquí mi final y te digo adiós, hasta siempre y gracias.

Pero morir puede resultar tan difícil como vivir; a la muerte no le gusta ser correspondiente, pasa de ti si ve que la miras con ojos de goloso, lo mismo que tantas otras mujeres. De modo que volví en mí y ni estaba muerto ni me estaba arropando y arrullando yo mismo sino que lo estaban haciendo las vecinas de enfrente, las mellizas, las siemprebienacompañadas, la una con la otra, la otra con la una, Marisol y Luna, la madre que las parió y les puso esos nombres en qué estaría pensando. Se deberían llamar Sombra1 y Sombra2 porque son oscuras y se mueven siempre como persiguiéndose y no las quiero en mi habitación, una con la mano en mi frente, la otra con mis piernas sobre su regazo y limpiándome sangre de las rodillas, ¿pero cómo habéis entrado?, ¿qué hacéis aquí?, ¿por qué me cuidáis?


¿En qué estabas pensando, vecino?

Es como un crío.

Sí que eres como un crío, sí.

No, yo no, el dolor, digo, que se entretiene.

¿Te duele mucho?, ¿dónde?


No nos entendemos, claro que no, si por tener accidentes dejáramos de ser unos incomprendidos iríamos todos a trescientos por la carretera, nos acercaríamos al fuego y a lo afilado y saldríamos al frío en lugar de quedarnos en nuestra cueva ordenando edredones.


Tiene la casa impecable pero huele a cerrado, dice Marisol mientras descorre cortinas y abre ventanas ignorando que la estoy oyendo.

Sí que es verdad, contesta Luna, voy a cambiarle las sábanas.

Vecino, ¿dónde tienes la lavadora?

Y después huele a comida, a tortilla de patatas que llega en una fuente junto con unas lonchas de queso y luego preparan palomitas porque quieren ver una película. A mí no me apetece, digo y las dos contestan a la vez: pues duermes.

La película empieza y es muy buena, Emma Thompson está espléndida pero nunca termina de acabar, como la vida, porque cuando no es que Marisol tiene pis es que a Luna le entra una llamada o quiere comentar algo. Así que me quedo traspuesto.


Y el día termina y empieza otro.

Gracias por todo, vecinas, pero debéis marcharos, yo no necesito a nadie. Y ya estoy preparando argumentos más sofisticados cuando escucho sus voces al unísono. Vale, dicen. Dicen vale y se ponen de pie, se estiran la ropa y salen de mi vista una detrás de la otra. Han dicho vale, expreso en voz alta.

Esa noche mi cama de dos por dos parece un desierto, tan gigante, tan seca, tan previsible. Y la sangre de las rodillas que ninguna melliza me ha limpiado hoy se me ha pegado al pantalón.m

Oh, mis mellizas, mis salvadoras con nombre de astro. Mi amor al cuadrado.

Cruza, cruza la calle hasta sus brazos.

Y cruzo. Ya llego, Marisol. Ya llego, Luna. Traigo palomitas y cocacola, ¿qué película os apetece que veamos?

Ay, vecino, hoy tenemos otros planes. Y me cierran la puerta en las narices.


domingo, 30 de enero de 2022

Sonata de otoño



–No corras tanto, Sara, que la salida de la autopista ya no puede estar lejos… Mira, ahí la tenemos, gira a la derecha y luego otra vez.

La conductora se giró brevemente dedicándole una sonrisa irónica al copiloto, quien no se percató, enfrascado en descifrar las indicaciones de la pantalla del móvil. Qué lástima, Carlos era buen chico, y le gustaba, incluso habían pasado un par de noches juntos después de alguna sesión interminable de trabajo en la productora y las copas posteriores, pero su carácter serio y precavido, y quizá también la evidente adoración que sentía por ella, la disuadían de mantener otra relación con él que la estrictamente profesional.

El vehículo de alquiler dejó atrás la confortable autopista bordeada de árboles y se internó en el monte por una carretera secundaria en muy buenas condiciones. Pronto vieron las indicaciones, «Pazo de Oca», mientras aumentaba la frondosidad de los bosques y disminuía la frecuencia de aparición de las casitas diseminadas por la campiña. A Sara tanto el verde paisaje como los cielos cargados de nubes y la luz en tonos fríos que estas filtraban le resultaban familiares, eran muy similares a los de otra parte de Galicia en la que había pasado los veranos de su infancia con su abuela materna.

Al aproximarse a la verja de entrada pudieron distinguir la majestuosidad de la barroca construcción de piedra oscura, rodeada de cuidados jardines tallados en formas caprichosas, y las espadañas de la iglesia. Aunque sesenta años antes Juan Antonio Bardem ya había filmado allí la misma historia, sin duda no había mejor escenario para el rodaje de «Sonata de Otoño», la nueva adaptación de la novela de Valle-Inclán.

Sara aparcó delante de la verja, y bajó del coche con cuidado de no meter sus botas en ninguno de los charcos provocados por la lluvia, fina pero continua, que los había acompañado desde el aeropuerto de Santiago. Se resguardó bajo un tejadillo, y miró hacia el interior de la finca, extrañada de no ver a nadie.

–¿Cuál era el nombre del guardés que se suponía que nos esperaba? Aquí no hay nadie.

–Francisco Núñez. ¿Quieres que le haga una llamada? –contestó Carlos bajando la ventanilla.

–Poca cobertura tenemos, me temo.

–Es la única persona que vive aquí. Se ocupa de mantener esto en buenas condiciones hasta que vuelvan a abrirlo al público. Hace unos meses se produjo una serie de incidentes, una teja cayó sobre la cabeza de una mujer, se encontró un perro muerto en el salón principal de la casa, luces que se encendían y apagaban… era como si la casa estuviera expulsando a sus visitantes, y la Xunta decidió cerrar el Pazo hasta que se calmase la histeria colectiva. Lo que nos viene genial para rodar la película, por cierto.

Tras media hora de vana espera, y varios bocinazos para advertir de su presencia, sobre el camino que llevaba a la casa apareció por fin una figura humana. Era un hombre mayor, probablemente pasaba de los ochenta años, que vestía con elegancia ropa de cazador. Se dirigía hacia ellos a buen ritmo, que denotaba su fortaleza.

–¿Es usted Francisco? –le gritó Sara–. Habíamos quedado en vernos hoy, ¿verdad? Somos de la productora, ¿puede abrirnos?

Carlos salió por fin del coche, estremeciéndose al golpearle una ráfaga de viento frío.

El anciano abrió la puerta de la verja en silencio. Sara enhebró entre exclamaciones de frío y un tono de cierta irritación una perorata en la que le explicaba quiénes eran y qué localizaciones de la finca estaban interesados en visitar: el salón de la casa señorial, la iglesia, los jardines, las caballerizas...

El hombre les indicó que entraran con un gesto. Cerró la puerta con llave detrás de ellos. Sin decir palabra les fue acompañando por los lugares que había mencionado Sara, quien iba anotando en su tablet las observaciones que le hacía Carlos, quien no dejaba de mirar todos los rincones con interés.

De repente el hombre rompió su mutismo.

–¿No quieren ver la bodega? Les llevaré hacia allí.

Se encaminaron a un edificio de techo bajo. El anciano sacó una gran llave de hierro y abrió la puerta. Bajaron tres altos escalones, y se encontraron en el centro de una sala, rodeados de barricas de vino. La luz tenue que entraba por el vano de la puerta formaba sombras con sus figuras sobre el suelo de cemento.

El hombre empezó a dar una explicación sobre la historia de la casa. Hablaba lentamente, y tenía una voz profunda, y buena dicción.

–Este Pazo se levanta sobre una antigua fortaleza medieval de los señores de Oca, que pasó a manos del Arzobispado de Santiago hasta que fue devuelto por el Papa al rey Felipe II…

Su oscura voz se calentaba a medida que iba hablando, e iba subiendo en intensidad. Mientras hablaba miraba fijamente a Sara, quien se sentía incómoda, pero a su vez no podía apartar la vista de los ojos azules y chispeantes del anciano, ni dejar de escuchar su subyugante voz. Carlos, inquieto, miraba hacia todas partes.

–Hacia 1735 se construyó la torre almenada del Pazo, y pocos años después se trazaron los jardines y se levantó la capilla…

El anciano no escatimaba detalles, y el discurso se hacía más y más largo. Fuera, el cielo se había vuelto más gris y las nubes más amenazantes, y el interior de la bodega era cada vez más oscuro. Carlos empezó a moverse entre las barricas, buscando algo.

Bruscamente, el anciano elevó el tono de voz, mientras retrocedía hasta la puerta.

–Así que, como ven, esta es una casa señorial, con siglos de historia. Y yo soy D. Alfredo Fernández de Córdoba, el legítimo propietario de la misma, por más que los duques de Medinaceli se hayan empeñado en desposeer a mi rama de la familia. Y no voy a consentir que nadie venga a molestarme en los últimos días de mi vida, que he decidido pasar en el que tenía que haber sido mi hogar.

En un movimiento rápido se dio la vuelta y subió los escalones ágilmente, espoleado por la rabia expresada en su mirada, y empuñando la llave intentó cerrar la puerta. Pero Carlos se adelantó, e introdujo en el quicio el mango de una pala que había mantenido detrás de su espalda en los últimos minutos, impidiendo que la puerta se cerrase, y que le sirvió para hacer palanca y abrirla de par en par de nuevo. D. Alfredo cayó de espaldas, quedando tumbado en el barro, aparentemente inmóvil, como si todas sus fuerzas le hubieran abandonado con el golpe.

Sara contemplaba la escena con estupor. Vio cómo Carlos se adentraba en la bodega y se dirigía a una esquina, manteniéndose agachado unos momentos, y al poco empezó a oír unos balbuceos de una voz desconocida con fuerte acento gallego.

–Me atacó… Vino hace unos meses, me dijo quien era y le dejé establecerse en una de las casas de jornaleros… No sabía que podía pasar esto…

Carlos ayudó a Francisco a levantarse, y le acabó de quitar la mordaza y las cuerdas que le tenían amarrado.

–Vámonos de aquí cuanto antes –dijo con determinación.

Sara obedeció, aún paralizada por la sorpresa. Y cuando consiguió reaccionar, sonrió y supo que en adelante le iba a mirar con otros ojos.

 

sábado, 29 de enero de 2022


LOS AMIGOS

Cuando abrió la puerta de la cocina, escuchó el sonido del teléfono. Siempre lo llevaba consigo, sobre todo cuando cocinaba, para poder oírlo en medio del ruido del extractor. Esta vez lo había olvidado. Subió las escaleras, con ansia, para acudir a su dormitorio donde recordó que lo había dejado. Cuando llegó, el teléfono ya estaba en silencio. Comprobó que la llamada era de su hijo y le llamo ella a él. 

- Hola mama, me tenias preocupado, pensé que te ocurría algo, te he llamado dos veces y no me has respondido. 

- Ha debido ser cuando he ido ha dar el paseo que sabes que doy todos los días hasta el final de la playa

- Pero sueles llevarte el teléfono.

- Sí también hoy lo llevaba, pero no lo he oido, puede que tu llamada haya coincidido con el ruido de la maquina que limpia la playa, y como no suelo tener llamadas, no se me ha ocurrido mirar si tenía alguna. Cuando he llegado a casa me he duchado, he bajado a la cocina para desayunar, y me he encerrado para preparar la comida, pero he olvidado el teléfono en mi mesilla de noche. ¿Como estas cariño?, ¿va todo bien? Hoy no es el día en que sueles llamarme.

- Si mama, estoy bien y muy contento. Como ya sabes, me resulta muy interesante el trabajo que estoy haciendo aquí. Te llamo, para, ademas de saber como estás, decirte que mi amigo Oliver ¿te acuerdas de él?. Pasó todo un verano con nosotros hace tres años. Y es el que me consiguió el trabajo, aquí en Oxford. 

- Sí, claro que lo recuerdo, recuerdo, ademas, que congeniamos mucho. 

- Es verdad, os pasabais horas conversando. Pues verás. Él tiene que hacer un trabajo que durara aproximadamente seis meses; ahí en el politécnico. Y he pensado que como tu casa es grande, y siempre te ha gustado tener gente en ella, y tú y mi amigo os entendisteis tan bien, se quede ahí contigo ese tiempo, puesto que esta cerca de donde ha de ir a trabajar, y de la playa que como sabes a él le gusta tanto.

- Si, claro, por mí encantada. 

- Una cosa más, va ir con su mujer. Ella es de Tokio, la conoció hace un año cuando estuvo allí trabajando. Es una mujer muy agradable, pero, no sabe hablar español, tampoco ingles. Hace muy poco que se han venido a vivir aquí. Pero no te preocupes, es muy amable y tratara de hacerse entender. Ella escribe. Por lo que he pensado, que ocupen mi estudio en la segunda planta, les dará más independencia a ellos y a ti también. ¿Te parece bien? . 

- De acuerdo me servirán de compañía, últimamente trato a poca gente. He dejado de lado a muchos. Me he cansado de las personas que hablan y hablan, sin decir nada. ¿Cuando tienen previsto llegar?. 

- Dentro de dos semanas, tienes tiempo de preparar todo. Gracias mama, se que os llevareis muy bien. Y te pido esto, ademas, porque le debo muchos favores a Oliver.

- No te preocupes, ya lo sabes, siempre me ha gustado tener gente en casa, y últimamente tengo menos trato; eso es lo que tiene hacerse mayor. 

- Entonces, ¿de acuerdo? . 

- Sí. Llamame más a menudo. 

- Sí mama. Ya sabes que estoy muy ocupado y el horario es aquí distinto. Tengo que aprovechar los domingos para llamarte; así que hasta la semana que viene, un beso, adiós.

El insistente sonido del teléfono se unió al tenaz timbre de la puerta; como dos instrumentos musicales, desafinados.  Primero se asomó, apartando ligeramente el visillo, por el ventanal de su dormitorio. Abajo, en la verja del jardín delantero que daba a la calle, estaban los dos, la mujer llamaba al timbre, mientras el hombre hablaba por teléfono, este levantó la mirada hacia donde ella estaba. Soltó rápidamente el visillo y se retiró del mirador. El teléfono paró, ella respiró hondo y sintió la densidad del silencio. Pasado unos minutos volvió a sonar, y le pareció un ruido atronador. Se acercó vacilante para ver quien llamaba, y al comprobar que era su hijo respondió. Hola, dijo.

- Mama ¿donde estabas? ¿ porque que no contestabas?

- Estoy en mi habitación. 

- ¿Entonces estas en casa? 

- Si.

- ¿Porqué hablas tan bajito? 

- Porque no quiero que me oigan. 

- ¿Quienes.?

- Ellos. Tus amigos. 

- !Mis amigos¡ están en la puerta llamando. 

- No, no pueden ser ellos, ellos están dentro. 

- No, no puede ser. He hablado con ellos, acaban de llegar y, dicen que están llamando a la puerta y no les abre nadie. 

- No, ellos están dentro. Llegaron ya hace una semana. 

- ¿Quienes llegaron hace una semana?. 

- Tus amigos. 

- No mama, ellos acaban de llegar y están en la puerta. ¿Que haces que no abres?.

- Estoy en mi habitación y no me atrevo a salir. 

- ¿Porqué?. 

- Porque están ellos. 

- ¿Pero quienes son ellos?. 

- Ya te lo he dicho, tus amigos. Hace una semana que llegaron. Pero tú el pasado domingo no llamaste, por eso no lo sabes.

- No puede ser. 

- Te digo que si, y no es verdad que sean amables, no me han hablado en todo este tiempo, lo han revuelto todo, la casa esta patas arriba, me miran mal, y hacen ruido por las noches, y no me dejan dormir. Me he encerrado en mi habitación, están ahí, y no quiero abrir.

Él oye que al otro lado del teléfono alguien golpea una puerta. Y dice. Mama, mama, mama contesta, mama...


Cumpleaños feliz - Deu Rey

Desde la silla de madera del salón puedo divisar el arcón congelador de la cocina. Las puertas entreabiertas me permiten controlar neuróticamente el contenedor helado. No es cómoda la silla, pero el sol que entra por la ventana calienta mi piel y puedo vigilar bien desde aquí. Debería mover el sillón a esta posición. Cambiar la distribución del saloncito me vendría bien, me mantendría ocupado y podría dejar de pensarlo una y otra vez. Desde aquí podría vigilar el arcón, desde el sillón, con el sol en mi piel. Más cómodo estaría seguro.


Siento la necesidad de levantarme, abrirlo y terminar lo que habíamos empezado hace tres días, por mi cumpleaños. Pero aún es temprano, tengo que tener paciencia y seguir mi plan. Me da miedo que alguien se entrometa y me lo arruine.


No quiero compartirla, ahora ya no tengo por qué hacerlo, es lo bueno de esta soledad. Me la merezco. No quiero compartirla con nadie.


Suena el timbre de la puerta. Lo sabía, alguien podía aparecer para arrebatarme mi momento y estropear mis planes. Será un cartero comercial o un mensajero, pienso. Me haré el loco, si no contesto lo más probable es que se canse y se vaya. No es buen momento, que vuelva mañana.


Mantengo la mirada fija en el congelador. La boca se me llena de saliva al pensar en lo que me espera más tarde, a la hora que había planificado. La espera se me antoja agridulce. La ansiedad por acabar se mezcla con la sensación de placer que me produce saber que está ahí, esperando pacientemente su inevitable final. Trago saliva.


El timbre vuelve a sonar insistente, insolente, intrusivo. Quién quiera que sea no parece que se vaya a cansar e irse. 


Con gran fastidio me levanto de la silla y abandono mi refugio templado para dirigirme a la puerta a través del frío pasillo a paso lento, cansado. 


¿Quién es? ¿Qué quieres?

Gus, somos Ana y Migue, ¡abre!

Durante largos segundos me planteo si negarme es una opción, pero llego a la conclusión de que es inútil, no se irán. Los buenos amigos pueden ser tan pesados a veces. Los abriré, hablaremos un poco y luego se irán. Así no levantaré sospechas ni suspicacias. Con suerte, se irán con la conciencia tranquila y me dejarán tranquilo a mí.

Hola chicos, ¿cómo estáis?

Hola Gus, cariño, ¿cómo estás tú?, me dice Ana mientras me abraza. 

Migue me pega un puñetazo en el hombro y me empuja con un ¡Cabrón, déjanos pasar! Te echamos de menos.


Prisionero del abrazo de Ana, que no suelta, observo nervioso como Migue se desliza hacia la cocina directamente. La confianza da asco. Me zafo del candado cariñoso de Ana con un ¿Pero por qué habéis venido? No hacía falta, estoy bien… y persigo a Migue para poder vigilar sus movimientos de cerca. Este tiene más peligro que un diabético en una pastelería.


Ana me persigue a mí, ¿Gus, cómo te encuentras? ¿Se sabe algo de Carol por fin?

No, nada.

Casi me da un síncope al llegar a la cocina y ver a Migue sentado en el arcón congelador con las piernas colgando.


¿Tienes algo de beber? ¿Algo fresquito? Me pregunta.

Un escalofrío recorre mi columna, este tío me cae bien, pero es un gorrón.

¡Bájate de ahí!, le ordeno. Tengo agua.

¿Sólo agua?

Solo agua, ¿quieres o no?

Asiente arqueando las cejas y la boca mientras eleva los hombros al tiempo. Parece un niño de cien kilos el angelito. 


Le doy un vaso de agua mientras les invito a pasar al salón. Tomo asiento en mi silla de madera y ellos frente a mí. Desde ahí me siento cómodo. A través suya puedo controlar el arcón y la entrada a la cocina. Espero que se vayan pronto…


Han pasado tres días ya, ¿de verdad se marchó sin decir adiós?

Eso parece.

¿Y no estás preocupado por ella? ¿Quizá le haya pasado algo? Normal no es, después de tanto tiempo…

Se ha llevado la ropa y tres mil cuatrocientos diecisiete euros de la cuenta conjunta…


Ana parece querer insistir con el interrogamiento, pero Migue la detiene con un sutil codazo.


¿Y tú estás bien?

¿Yo? Sí.

Pues eso es lo importante.

Sí, eso pienso yo.


Se produce un silencio incómodo. Los ojos de Ana se tornan vidriosos, parece que va a empezar a llorar en cualquier momento. Espero que se contenga, por dios, qué papeleta.


¿Por qué no salimos a comer por ahí los tres? Luego podemos ir a echar unos bolos o algo…

La verdad es que prefiero quedarme en casa.

Bueno, podemos pedir unas pizzas, no queremos que estés solo en estos momentos…

Pero yo sí, les digo impaciente, tengo cosas que hacer.

Mira Gus, no es bueno que te aisles en estos momentos, ¿lo entiendes?

Os agradezco la intención chicos pero de verdad que estoy bien, sólo quiero un poco de tiempo para colocar las cosas… Pronto nos acostumbraremos todos a esta situación, de verdad…

No te vamos a dejar sólo, macho. ¿Qué tienes por ahí para comer? Dice Migue girando la cabeza para otear la cocina.

Largaos, por favor. ¡Largaos! ¡Largaos ya!, les digo elevando el tono. Silencio.


Migue apura el vaso de un trago y hace ademán de levantarse para dejarlo en la cocina.

¡Deja eso ahí y largaos, de verdad! Le increpo.


Miro el reloj nervioso, es casi la hora que había planeado para pasar a la acción. 

Gus, amigo, te equivocas, no es momento para la soledad, pero bueno, te dejamos. Ya sabes dónde estamos, llámanos cuando lo necesites, ¿vale? No importa la hora que sea…

Gracias, gracias por venir. Os llamaré. Adiós.

Cierro la puerta y respiro hondo. Tiene cojones tener que alterarse así. Se agradece la amistad, pero ¿qué necesidad tengo yo? La amistad debería ser como todo lo demás, como la gasolina. Cuando quiero gasolina, voy a comprarla. Voy a la gasolinera y la pido. Quiero gasolina… ¿No debería ser igual la amistad? Si la necesito ya la pediré. Voy yo a tu casa y te la pido, no me la envíes a domicilio sin preguntar si la quiero. Este tipo de amistad es como los Testigos de Jehová, que vienen a rallarme la cabeza con su religión sin yo pedírselo. Acaso cree que voy a estar transcendental y receptivo, acaso cree que me va a pillar teológico cuando usted lo desee. No hombre no… no tiene sentido… Si quiero religión me voy a un templo, digo yo…


Atravieso el pasillo cabeceando y musitando mi indignación. Llego a la cocina y sonrío al divisar el congelador. Miro la hora. Ya puedo. Cojo un cuchillo de grandes dimensiones y una cucharilla de café del cajón de los cubiertos y me acerco al arcón con paso lento, tranquilo. 


Abro el portón lentamente, luchando contra la ansiedad que me produce el momento. La boca se me hace agua. Siento calor en el vientre. Aquí estás, delicia. 


En pocos segundos estoy sentado en la silla de madera, con el sol templando mi cara, degustando lo que queda de la tarta de whisky que compramos para mi cumpleaños. Todavía se puede leer “Felic”. Carol se comió el “Gustavo”, yo el “idades”. Luego se marchó. 


Amo tanto esta tarta. Me la merezco.

viernes, 28 de enero de 2022

El encargo

Chinchoso y embotijado, Daniel no puede parar de quejarse. De nada sirve que sea su primer día de vacaciones, ni el verde esplendoroso del paisaje que recorren. Está enfadado y protesta por todo, como un niño al que han prometido ir al parque, pero luego se llevan de visita a casa de una tía soltera y vieja. Se queja por la falta de cobertura, no funciona  Google Maps y no sabe dónde están.  Se queja por el camino, que ya hace kilómetros, por lo menos mil según sus lamentos, que dejó de estar asfaltado y es cada vez es más estrecho; seguro que acabará por desparecer, dejándolos encallados en medio de la nada. Se queja por cada bache que pisa su preciado todoterreno, como si fuese una bailarina descalza saltando sobre vidrios rotos. Se queja por el barro, por el viento y por la humedad. Y se queja porque tiene hambre:  no ha almorzado y no le da la gana de parar en cualquier sitio a prepararse algo, llevando todo lo necesario para ir de acampada. Pero, sobre todo, se queja porque no ha aceptado el encargo desde que salieron de Valencia para pasar unos días de camping en las montañas de Santander.

Teresa soporta paciente la letanía de reniegos, pero sabe que Daniel no tiene razón. Ambos se comprometieron con la abuela a aprovechar el viaje para visitar a su hermano, ese que se casó con una pasiega y se vino a vivir a este lugar perdido del mundo hace más de cuarenta años. Y Daniel también estuvo de acuerdo, aunque ahora se haya arrepentido de haber aceptado sólo para quedar bien.

— No se preocupe Raquel, que no nos cuesta nada. Ya que vamos tan lejos, aprovechamos el viaje. Nos acercamos para saludarle y llevarle el encargo. ¿Y dice que no lo ve desde hace 20 años? ¿Qué no quiere tener móvil y no ha podido hablar con él desde que murió su mujer hace tres? ¿Sólo por carta? Parece mentira en estos tiempos. Seguro que vive en un sitio precioso y se alegrará mucho de tener noticias suyas.

Tus cojones un móvil, rezonga Daniel cuando se acuerda. Para qué servirá un móvil en este puto desierto verde sin cobertura. El coche avanza, cada vez más despacio, hasta que aparece un caserío en una parcela grande rodeada por una valla de tela metálica.

Teresa abre la boca por primera vez en una hora. Desde que dejaron la carretera y entraron en el laberinto de caminos, ha aguantado estoica todas las protestas y lamentaciones.

— ¿Lo ves?, no estaba tan lejos y la ruta que nos mostró el navegador era correcta. Seguro que ésta es la casa. Además, no hay otra y el camino termina aquí. No ha sido tan difícil.

Se bajan del coche y se acercan a la puerta, cuando dos perros tremendos aparecen ladrando, afortunadamente desde el otro lado de la valla.  La pareja se aleja un poco, con cierto respeto, como si los mordiscos pudiesen cruzar volando las barras metálicas de la puerta. Teresa grita sin mucho convencimiento: ¡Tio Albertooooo!.

- ¿Qué desean?

Ambos se giran sobresaltados. Un hombre mayor, de unos 70 años, pero fuerte, con pinta de lugareño y una guadaña al hombro, ha surgido de la nada detrás de ellos. A Daniel su tono no le ha parecido nada hospitalario. 

— ¿Tío Alberto?  Soy Teresa, la nieta menor de tu hermana Raquel, la que vive en Valencia. La hija de Maite. Me han dicho que nos vimos una vez, cuando mi primera comunión, hace lo menos veinte años. Estamos de vacaciones por aquí y la abuela Raquel nos pidió que pasáramos a verte. Tiene muchas ganas de saber de ti.

El pasiego accidental mira con desconfianza a la parejita Decathlon, aunque parece aceptar la explicación de la chica. El otro, con pinta de señorito dominguero, debe ser el novio, el marido, o lo que sea, tanto le da.

— ¿Desde Valencia? Joder qué lejos. Raquel, sí, cuantos años sin verla. Hija de Maite. Sí, sí, estuve en su boda. Y es verdad, creo que también fui a tu comunión cuando eras una cría. ¿Y este es tu marido?

Daniel intenta presentarse, pero Teresa quiere explicar la relación a su manera.

— Marido todavía no. Es Daniel, mi pareja

El tío Alberto no parece interesado en el glosario sentimental de la inesperada visita, así que asiente, le da la mano callosa a Daniel y dos besos a su sobrina nieta.

— No os quedéis ahí, abro la puerta y metéis el coche dentro. Y preparo un almuerzo, que seguro que tenéis tanta hambre como yo. Esperad a que encierre a los perros. No hacen nada, pero no están acostumbrados a ver gente y a lo mejor os ladran un poco.

La pareja ve aliviada como sujeta a los perros y los encierra, junto con la guadaña, en un pajar que hay tras la casa, al fondo de la parcela. Luego abre la puerta de par en par y les franquea el paso.

—Venga, pasad y almorzamos mientras me contáis cosas de mi hermana.

La casa del tío Alberto es grande y un poco oscura. Entran a una sala espaciosa, amueblada con vetustos muebles estilo castellano castizo y una estufa de hierro fundido que ahora está apagada. En las paredes, algunos cuadros horteras, de esos que se compran en los mercadillos por un precio directamente proporcional a su calidad: un bodegón, una puesta de sol marina y una réplica penosa de la mujer morena, que pintaría algún imitador manazas de Julio Romero de Torres. Pero lo que domina el salón es una enorme cabeza de jabalí disecada, con colmillos como navajas de Albacete, el pelo hirsuto y unos ojos de cristal, rojos y brillantes, que parecen sacados de una película de terror de serie B.  Debajo hay colgada una escopeta de caza.

Daniel no sabe qué decir  pero, en vez de callarse, pregunta:

— ¿Eres cazador, Alberto?

 — ¿Lo dices por el pajarito? Qué va, esa cabeza tiene más años que yo, lo mató mi suegro, que sí era de gatillo fácil. Aquí tampoco hay mucho que cazar, salvo algún conejo. Y un zorro cabrón que entra de vez en cuando y me hace un destrozo en el gallinero. A ese sí que le tengo ganas, cuando lo pille.

Fuera hay un porche amplio y soleado, con permiso de las nubes. Allí prepara rápidamente la mesa, sacando un mantel, platos, cuchillos, pan, queso y un chorizo que huele a festín campestre a dos metros de distancia

— ¿Vino o cerveza? pregunta Alberto

Daniel se tomaría una Coca Cola Zero, pero le parece una pretensión fuera de lugar y acepta un tercio.

—¿Y cómo está mi hermana? Supongo que tan vieja como yo y tan cabezota como siempre.

Teresa tiene ganas de hablar y va desgranando un extenso resumen de los últimos años de la saga.  De la vida de sus otros sobrinos, de los nietos de Raquel, de cómo se enteraron de la muerte de su mujer hace tres años —qué pena que no pudieran venir al entierro— y de que la abuela se acuerda mucho de él. Mientras, Daniel apaga su hambre y su enfado a base de pan, queso y chorizo ahumado. La verdad es que Teresa es la que habla casi todo el tiempo, Alberto no parece especialmente interesado en dar explicaciones de su vida. Asiente y sólo cuenta cosas si es preguntado directamente.  Cuando llevan un rato y parece que se acaba el tema de conversación, Teresa se acuerda del encargo y se va a recogerlo al coche

— Toma, es un paquete que ha preparado la abuela, con un álbum de fotos y unos libros de cuentos de cuando erais pequeños. Pensó que te gustaría mucho tenerlos.

Alberto mira curioso los libros y el álbum, pero sin demostrar la emoción que esperaba la pareja, como si la cosa no fuese con él. A Daniel le molesta su indiferencia. Coño, un día perdido en este rally pasiego, por lo menos se podía haber puesto un poco más contento, piensa.  Vaya con el viejo. Es hora de irse. Al fin y al cabo, ya han entregado el encargo, tienen información reciente que reportar a la abuela Raquel y pueden seguir con sus anheladas vacaciones. Plantea esta posibilidad en voz alta, pero Alberto no está de acuerdo.

— La verdad es que no os esperaba, pero habéis hecho un viaje muy largo y no quiero que mi hermana pueda decir que ha venido su nieta, y la compaña, y se han ido de mi casa sin que ni siquiera los haya invitado a comer. Tengo arreglo para una caldereta de cordero, me sale muy buena; luego os marcháis y cada uno sigue con su vida ¿Os hace?

Teresa mira a Daniel deseando que insista en marcharse. Al fin y al cabo, ella lo ha forzado a venir y ya pueden dar el compromiso por cumplido, pero parece que el almuerzo ha mejorado su humor. La sorprende aceptando la invitación con más prisa de la que debiera.

La pareja sale de paseo para estirar las piernas y hacer tiempo mientras Alberto prepara la comida. Siguen la senda que les ha recomendado, subiendo a una colina en cuya falda se encuentra la casa. Es verdad que las vistas son impresionantes y Teresa quiere pensar que Daniel ha asumido, de una vez, que están de vacaciones y que puede relajarse. Se equivoca.

—Tu abuela es catalana, ¿no?

— Sí, mi abuela y toda su familia ¿por qué lo dices?

— No sé, me ha extrañado el poco acento que le queda a tu tío. Fíjate, tu abuela habla como en un chiste de Eugenio, pero Alberto parece que se haya criado en las cuevas de Altamira. Sé que es catalán porque tú me lo dices, pero acento, lo que se dice acento, no tiene ninguno, la verdad.

— Lleva aquí más de cuarenta años, no creo que pueda practicar el catalán con nadie. ¿Qué piensas? ¿que no es realmente mi tío? Pero si llevamos toda la mañana recordando cosas de la familia. ¡no digas tonterías, Dani! Vaya mañana que llevas.

— Yo creo que eres tú la que lleva toda la mañana hablando. Él asiente y apenas te ha contado nada de lo que tú no le hubieras informado antes. Y fíjate el caso que le ha hecho al paquete…

—¡Anda ya! siempre me sales con la manía de que hablo demasiado. Desde luego… cuando te levantas con la pata izquierda no hay quien te aguante. ¿Qué esperabas? ¿que bailase una sardana para recibir a dos personas que no conoce de nada? No nos esperaba y bastante amable está siendo. Especialmente contigo, que te estás portando como un impresentable. Y si no te gusta ¿por qué has aceptado quedarte a comer?

Daniel intenta apostillar sus argumentos, pero Teresa no está dispuesta a seguir con esta discusión de besugos y continúan en silencio el resto del paseo. Cuando se aburren de los robles y castaños, de los campos con manzanos, las zarzamoras, el verde intenso de los prados y toda la naturaleza exuberante que les rodea, deciden bajar a ver cómo va la caldereta.

El tío ya ha preparado la mesa en el porche y la comida transcurre de forma anodina. Alberto es un tipo realmente reservado y apenas contesta a las preguntas tontas que le va formulando Daniel, que no sabe disimular su repentino interés por descubrir alguna incoherencia en su pasado. Y Teresa está cada vez más molesta por la actitud de ambos. Empieza a pensar que es verdad que en los viajes se descubre lo peor de mucha gente. Espera que en los próximos días la cosa se enderece, pero hoy Daniel se está comportando como un auténtico imbécil. Sus dudas se interrumpen por un arrebato de ladridos de los perros, que han oído algo desde dentro de pajar.

Alberto asume que es alguien que llega, y mira hacia el camino.  Efectivamente, una mujer madura, aunque no vieja, morena, algo maciza y con ropa muy ajustada, está abriendo la verja con la seguridad que da la costumbre. Alberto se disculpa, se levanta y va rápidamente hacia la entrada. Teresa y Daniel no pueden oír lo que dicen, pero es evidente que están hablando de ellos, como si ella le pidiese alguna explicación y él no quisiera dejarle pasar. Finalmente, Alberto vuelve a la mesa y, por primera vez, responde a una pregunta que nadie le ha formulado.

— Es Jessica, una vecina que vive cerca, en un desvío que hay un poco antes de llegar. Debe haberos visto paseando y le ha entrado curiosidad. En fin, nadie viene por aquí y encima ella es un poco chismosa.

La comida termina. Una sobremesa corta y un poco forzada deja claro que es el momento de seguir el viaje. Teresa intenta acelerar el proceso levantándose para recoger la mesa, pero Alberto se lo impide.

—No, no, mujer, yo siempre recojo después de echarme de la siesta, que es lo que pienso hacer ahora mismo. Si queréis os preparo una habitación, pero a lo mejor preferís seguir vuestro viaje. Entiendo que venir hasta aquí para comer con un viejo no es mejor plan del mundo, aunque se para agradar a tu abuela…

Teresa no intenta disimular, así que le agradece la hospitalidad, le recuerda lo contenta que se podrá su hermana y, antes de que Daniel abra la boca para meter la pata, deja claro que se marchan ya, que aún les queda camino por delante. Besos, abrazos y al coche. El encargo sigue abandonado en el porche, ahora sobre el alféizar de una ventana.

Mientras Alberto se dirige a abrir la verja, el todoterreno hace un amago de arrancar, pero la intención no pasa de un ridículo carraspeo. Luego, nada.

El gatillazo mecánico obceca a Daniel, que revive la escena de improperios de la mañana, aunque esta vez sólo en su interior, por suerte. No sabe muy bien qué hacer y decide abrir el capó y mirar dentro, como si eso sirviera de algo. A Alberto le molesta que éstos dos no se acaben de marchar de una puñetera vez, pero prefiere ver el lado divertido del asunto, jodiendo un poco al señorito valenciano.

— Me alegro de que entiendas de mecánica, porque el taller más cercano está a 20 km, y en verano no trabajan por las tardes….Si no consigues arrancarlo tendré que acercaros yo, mañana por la mañana.

Se marcha hacia el porche con Teresa y recogen la mesa y la cocina. Cuando vuelven a salir, Daniel está sentado con cara de muy pocos amigos.

— Venga hombre, que tampoco pasa nada ¿No queríais disfrutar de la naturaleza? Pues aquí hay naturaleza de sobra. Y tranquilidad. Piensa que en vez de cenar bocadillo y dormir en el suelo de un camping, hoy vais a cenar de caliente y descansar en camas como Dios manda.

 Un paseo al atardecer calma los ánimos y parece que vuelve más participativo a Alberto, que ahora sí, les explica algo más de su vida en este paraíso de montaña. Por la noche, una cena breve, algo de conversación de compromiso y a la cama. Mañana a primera hora irán al taller de Tino, que seguro que viene a ponerles el coche en marcha.

El tío sube a su cuarto y deja a la pareja náufraga mirando las estrellas desde el porche. Cuando van a acostarse, Daniel observa que la escopeta ya no está colgada bajo la cabeza del jabalí. Eso le altera tanto que le cuesta dormirse. Apenas lo ha conseguido, le despiertan unos alaridos desgarradores y unos extraños sonidos, como agudos ladridos de un niño lobo. Inmediatamente se apuntan los dos perros asesinos, que todavía deben estar encerrados en el pajar. Oye como Alberto baja las escaleras y, un minuto después, un tiro que devuelve la tranquilidad a la noche. Daniel despierta nervioso a Teresa, que sigue durmiendo a pierna suelta.

— Teresa, ¿no has oído eso? ¿Qué hace tu tío pegando tiros a estas horas?

—Qué pesado eres, yo qué sé. A lo mejor ha pillado al zorro. No pienso levantarme a preguntarle.

El alboroto de cientos de pájaros despierta a Daniel antes de que salga el sol. Casi no ha pegado ojo. Espera impaciente en la cama y, cuando hay luz suficiente, decide levantarse y salir al porche. Los gruñidos de los dos perros le hacen cambiar de opinión. Alberto ha debido levantarse y los ha soltado. La escopeta sigue sin estar colgada en su sitio.  Media hora después se levanta Teresa, que sí ha descansado y se encuentra con fuerzas para replicar a sus fabulaciones.

— Pues a mí no me parece tan raro, tendrá trampas y el zorro habrá caído en una y se ha levantado para liquidarlo. No lo iba a dejar toda la noche chillando. Para eso se llevó la escopeta. Y ahora habrá salido a por algo y se le ha olvidado encerrar a los perros, que tendrán que salir a mear y esas cosas...

Al cabo de un rato aparece Alberto de muy buen humor. Llama a los perros y los vuelve a encerrar en el pajar

— Buenos días, sobrinos. ¿no oísteis anoche el lío que montó el zorro? Por fin cayó en uno de los cepos que tenía puestos. Ese no va a matarme más gallinas.  Venga, todavía hay que arreglar ese coche ¿quién se viene conmigo al taller de Tino? En mi bugati solo cabemos dos.

Efectivamente, de dentro del pajar ha sacado un Seat Panda del año de la polca, al que ha retirado los asientos de atrás y utiliza como minúscula furgoneta. Teresa ve la cara de espanto de Daniel y prefiere ser ella la que le acompañe, tampoco hay que forzar más las cosas. El coche desciende lento por el camino y Daniel se queda solo.

Lo primero que hace cuando el Panda ha desaparecido de la vista es acercarse al pajar. De una de las vigas exteriores cuelga el zorro, agarrado de la mandíbula por un gancho de carnicero. Una de sus patas traseras está ennegrecida por la sangre y forma un ángulo absurdo. En el suelo hay un cepo para lobos oxidado, que todavía tiene trozos de piel peluda y sanguinolenta entre sus dientes. Joder con el abuelito, piensa Daniel, y eso que decía que no era cazador.

Los perros no están muy de acuerdo con la presencia del intruso y le lanzan andanadas de ladridos, mientras arañan con furia la puerta del pajar. Daniel se plantea qué pasaría si pudieran salir y se marcha receloso hacia la casa, donde se siente más seguro. Además, a lo mejor encuentra algo interesante.

Al llegar revisa los cajones del aparador de la sala. Nada relevante. Toma un libro para leerlo en el porche mientras espera, pero no consigue concentrarse. Al final se levanta y sube a investigar en la habitación de Alberto. Aún debe faltar un buen rato para que vuelvan. Arriba encuentra lo que cualquiera espera hallar en el dormitorio de un viudo de 70 años: unos muebles viejos, quizás los mismos que compró cuando se casaron, y el desaliño propio de un hombre mayor que vive solo y no tiene demasiado interés por el orden ni la limpieza. Sobre la cómoda hay dos fotos enmarcadas, una antigua, de estudio, con Alberto y la que debía ser su mujer, y otra mucho más interesante para las teorías de Daniel. Es una foto reciente en color, donde aparece con la mujer que llegó ayer durante la comida. Están en alguna clase de fiesta, quizás una boda por lo arreglados que van, y Alberto rodea sus hombros con el brazo. Parece que la tal Jessica es algo más que vecina.

Intenta abrir los cajones, pero están cerrados con llave. ¿Quién necesita cerrar con llave los cajones de su casa, viviendo sólo? piensa Daniel. Seguro que esconde algo.

A los lados de la cama sin hacer, hay sendas mesillas de noche. Daniel abre el cajón de la primera y su contenido le sorprende:  una caja de condones y otra de Viagra. Y un móvil satelital. Parece que el tío no está tan aislado como pretende. Nervioso corre a registrar la otra mesilla. Su contenido le asombra y le excita a la vez. Hay bragas negras de encaje,  algunos objetos de belleza femenina y un tubo de lubricante vaginal . Y un Satisfyer rosa. El viejo tiene cómo y con quien entretenerse; Teresa se va a quedar a cuadros cuando se lo cuente. Sigue hurgando un rato más en el armario ropero, donde no encuentra nada interesante y vuelve al salón. Al bajar repara en la escopeta, que Alberto ha dejado apoyada en un rincón. No puede resistir la tentación de cogerla. Pesa mucho más de lo que esperaba y sus cañones pavonados están fríos. Se sienta en el sofá para ver de cerca el arma antigua y tan bien trabajada y dirige los cañones hacia la horrible cabeza del jabalí.

El estruendo de un disparo que no esperaba le deja sordo por un momento. El retroceso ha girado bruscamente el arma y el cañón le ha dado un fuerte golpe en la cara. Una nube de humo picante le hace toser y que le lloren los ojos. Cuando se recupera del susto se percata del desastre. La escopeta estaba cargada con postas. Algunas han dejado evidentes desconchones en la pared. Otra ha saltado un ojo del jabalí, matándolo por segunda vez; por la cuenca vacía no sale sangre, sino que asoma el relleno de serrín y paja. El percance también ha terminado con la triste vida de la morena del cuadro: una de las postas le ha dado en toda la teta izquierda, dejándole un buen agujero. Daniel nota unas cosquillas cálidas que le bajan por la cara. Se la toca y se da cuenta de que está sangrando: el golpe le ha abierto una ceja.

Se va al cuarto de baño para mirarse la herida, renegando por la imprudencia de Alberto, se ha dejado la escopeta cargada, y, sobre todo, por su propia estupidez. Mientras se limpia, quiere imaginar qué clase de explicación se puede dar en caso como éste. Maldice su mala suerte, y el error de no haberse marchado ayer antes de comer y, sobre todo, el de haber venido a traer el maldito encargo.

Aún no ha conseguido calmarse cuando oye el ruido de un motor. El coche de Alberto está llegando. Se pone nervioso y no sabe qué hacer con la escopeta.  Por la ventana ve cómo el Panda se detiene junto a la verja y descienden Alberto y una mujer. Pero la mujer no es Teresa, como esperaba, sino Jessica, la vecina-amante. A Daniel se le sube la sangre a la cabeza, y sale al porche, sin haber dejado la escopeta en su sitio y pregunta impaciente:

— ¿Dónde está Teresa? ¿Quién es esa mujer? ¿Dónde está Teresa?

Alberto y Jessica miran perplejos al sujeto vestido de excursionista urbano que les increpa desde el porche, con la cara mancha de sangre y una escopeta en las manos, como en una escena surrealista de un spaguetti western.  Alberto se acuerda de que le debe quedar un cartucho dentro.

— Chaval, deja la escopeta, que está cargada y no es ningún juguete. Y no seas idiota, Teresa viene detrás con el mecánico, y yo traía a mi amiga a presentárosla, aunque ahora me avergüenzo de tener en la familia a un gilipollas como tú.

Efectivamente, dos minutos después aparece una grúa con el rótulo “Talleres Tino. Fuentefría, Cantabria”. Paran detrás del Panda y bajan Teresa y un mecánico.  Daniel está aturdido y se sienta en el porche con la mirada perdida, dejando la escopeta encima de la mesa.

Alberto se apresura a recuperar el arma y entra al salón. Desde dentro sale una colección de tacos y blasfemias, en catalán y español. Jessica también entra a ver qué sucede. Mientras el mecánico revisa el todoterreno, Teresa pasa junto a Daniel sin decirle nada. Cuando sale, se sienta en silencio al otro lado de la mesa del porche, lanzándole una mirada de decepción y desprecio de ésas de las que ningún hombre puede recuperarse.

El encargo sigue, muerto de risa, sobre el alféizar de la ventana.

 

 

Álvaro

 

 

 

 

Entrevista a Bárbara

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