Chinchoso y embotijado, Daniel no puede
parar de quejarse. De nada sirve que sea su primer día de vacaciones, ni el
verde esplendoroso del paisaje que recorren. Está enfadado y protesta por todo,
como un niño al que han prometido ir al parque, pero luego se llevan de visita a
casa de una tía soltera y vieja. Se queja por la falta de cobertura, no
funciona Google Maps y no sabe dónde están. Se queja por el camino, que ya hace kilómetros,
por lo menos mil según sus lamentos, que dejó de estar asfaltado y es cada vez
es más estrecho; seguro que acabará por desparecer, dejándolos encallados en
medio de la nada. Se queja por cada bache que pisa su preciado todoterreno,
como si fuese una bailarina descalza saltando sobre vidrios rotos. Se queja por
el barro, por el viento y por la humedad. Y se queja porque tiene hambre: no ha almorzado y no le da la gana de parar
en cualquier sitio a prepararse algo, llevando todo lo necesario para ir de
acampada. Pero, sobre todo, se queja porque no ha aceptado el encargo desde que
salieron de Valencia para pasar unos días de camping en las montañas de
Santander.
Teresa soporta paciente la letanía
de reniegos, pero sabe que Daniel no tiene razón. Ambos se comprometieron con la
abuela a aprovechar el viaje para visitar a su hermano, ese que se casó con una
pasiega y se vino a vivir a este lugar perdido del mundo hace más de cuarenta
años. Y Daniel también estuvo de acuerdo, aunque ahora se haya arrepentido de haber
aceptado sólo para quedar bien.
— No se preocupe Raquel, que no nos
cuesta nada. Ya que vamos tan lejos, aprovechamos el viaje. Nos acercamos para
saludarle y llevarle el encargo. ¿Y dice que no lo ve desde hace 20 años? ¿Qué
no quiere tener móvil y no ha podido hablar con él desde que murió su mujer
hace tres? ¿Sólo por carta? Parece mentira en estos tiempos. Seguro que vive en
un sitio precioso y se alegrará mucho de tener noticias suyas.
Tus cojones un móvil, rezonga Daniel
cuando se acuerda. Para qué servirá un móvil en este puto desierto verde sin
cobertura. El coche avanza, cada vez más despacio, hasta que aparece un caserío
en una parcela grande rodeada por una valla de tela metálica.
Teresa abre la boca por primera vez
en una hora. Desde que dejaron la carretera y entraron en el laberinto de
caminos, ha aguantado estoica todas las protestas y lamentaciones.
— ¿Lo ves?, no estaba tan lejos y la
ruta que nos mostró el navegador era correcta. Seguro que ésta es la casa.
Además, no hay otra y el camino termina aquí. No ha sido tan difícil.
Se bajan del coche y se acercan a la
puerta, cuando dos perros tremendos aparecen ladrando, afortunadamente desde el
otro lado de la valla. La pareja se
aleja un poco, con cierto respeto, como si los mordiscos pudiesen cruzar
volando las barras metálicas de la puerta. Teresa grita sin mucho
convencimiento: ¡Tio Albertooooo!.
- ¿Qué desean?
Ambos se giran sobresaltados. Un
hombre mayor, de unos 70 años, pero fuerte, con pinta de lugareño y una guadaña
al hombro, ha surgido de la nada detrás de ellos. A Daniel su tono no le ha parecido nada hospitalario.
— ¿Tío Alberto? Soy Teresa, la nieta menor de tu hermana Raquel,
la que vive en Valencia. La hija de Maite. Me han dicho que nos vimos una vez,
cuando mi primera comunión, hace lo menos veinte años. Estamos de vacaciones
por aquí y la abuela Raquel nos pidió que pasáramos a verte. Tiene muchas ganas
de saber de ti.
El pasiego accidental mira con desconfianza
a la parejita Decathlon, aunque parece aceptar la explicación de la chica. El
otro, con pinta de señorito dominguero, debe ser el novio, el marido, o lo que
sea, tanto le da.
— ¿Desde Valencia? Joder qué lejos.
Raquel, sí, cuantos años sin verla. Hija de Maite. Sí, sí, estuve en su boda. Y
es verdad, creo que también fui a tu comunión cuando eras una cría. ¿Y este es
tu marido?
Daniel intenta presentarse, pero Teresa
quiere explicar la relación a su manera.
— Marido todavía no. Es Daniel, mi
pareja
El tío Alberto no parece interesado
en el glosario sentimental de la inesperada visita, así que asiente, le da la
mano callosa a Daniel y dos besos a su sobrina nieta.
— No os quedéis ahí,
abro la puerta y metéis el coche dentro. Y preparo un almuerzo, que seguro que
tenéis tanta hambre como yo. Esperad a que encierre a los perros. No hacen nada,
pero no están acostumbrados a ver gente y a lo mejor os ladran un poco.
La pareja ve aliviada como sujeta a
los perros y los encierra, junto con la guadaña, en un pajar que hay tras la
casa, al fondo de la parcela. Luego abre la puerta de par en par y les franquea
el paso.
—Venga, pasad y almorzamos mientras
me contáis cosas de mi hermana.
La casa del tío Alberto es grande y
un poco oscura. Entran a una sala espaciosa, amueblada con vetustos muebles estilo
castellano castizo y una estufa de hierro fundido que ahora está apagada. En
las paredes, algunos cuadros horteras, de esos que se compran en los
mercadillos por un precio directamente proporcional a su calidad: un bodegón, una
puesta de sol marina y una réplica penosa de la mujer morena, que pintaría algún
imitador manazas de Julio Romero de Torres. Pero lo que domina el salón es una
enorme cabeza de jabalí disecada, con colmillos como navajas de Albacete, el
pelo hirsuto y unos ojos de cristal, rojos y brillantes, que parecen sacados de
una película de terror de serie B. Debajo hay colgada una escopeta de
caza.
Daniel no sabe qué decir pero, en
vez de callarse, pregunta:
— ¿Eres cazador, Alberto?
— ¿Lo dices por el pajarito? Qué va, esa
cabeza tiene más años que yo, lo mató mi suegro, que sí era de gatillo fácil.
Aquí tampoco hay mucho que cazar, salvo algún conejo. Y un zorro cabrón
que entra de vez en cuando y me hace un destrozo en el gallinero. A ese sí que
le tengo ganas, cuando lo pille.
Fuera hay un porche amplio y
soleado, con permiso de las nubes. Allí prepara rápidamente la mesa, sacando un
mantel, platos, cuchillos, pan, queso y un chorizo que huele a festín campestre
a dos metros de distancia
— ¿Vino o cerveza? pregunta Alberto
Daniel se tomaría una Coca Cola Zero,
pero le parece una pretensión fuera de lugar y acepta un tercio.
—¿Y cómo está mi hermana? Supongo
que tan vieja como yo y tan cabezota como siempre.
Teresa tiene ganas de hablar y va desgranando un extenso resumen de los últimos años de la saga. De la vida de sus otros sobrinos, de los
nietos de Raquel, de cómo se enteraron de la muerte de su mujer hace tres años
—qué pena que no pudieran venir al entierro— y de que la abuela se acuerda
mucho de él. Mientras, Daniel apaga su hambre y su enfado a base de pan, queso
y chorizo ahumado. La verdad es que Teresa es la que habla casi todo el tiempo,
Alberto no parece especialmente interesado en dar explicaciones de su vida.
Asiente y sólo cuenta cosas si es preguntado directamente. Cuando llevan un rato y parece que se acaba el
tema de conversación, Teresa se acuerda del encargo y se va a recogerlo al
coche
— Toma, es un paquete que ha
preparado la abuela, con un álbum de fotos y unos libros de cuentos de cuando erais
pequeños. Pensó que te gustaría mucho tenerlos.
Alberto mira curioso los libros y
el álbum, pero sin demostrar la emoción que esperaba la pareja, como si la cosa
no fuese con él. A Daniel le molesta su indiferencia. Coño, un día perdido en este
rally pasiego, por lo menos se podía haber puesto un poco más contento, piensa. Vaya con el viejo. Es hora de irse. Al fin y
al cabo, ya han entregado el encargo, tienen información reciente que reportar
a la abuela Raquel y pueden seguir con sus anheladas vacaciones. Plantea esta
posibilidad en voz alta, pero Alberto no está de acuerdo.
— La verdad es que no os esperaba,
pero habéis hecho un viaje muy largo y no quiero que mi hermana pueda
decir que ha venido su nieta, y la compaña, y se han ido de mi casa sin que ni
siquiera los haya invitado a comer. Tengo arreglo para una caldereta de cordero,
me sale muy buena; luego os marcháis y cada uno sigue con su vida ¿Os hace?
Teresa mira a Daniel deseando que
insista en marcharse. Al fin y al cabo, ella lo ha forzado a venir y ya pueden
dar el compromiso por cumplido, pero parece que el almuerzo ha mejorado su
humor. La sorprende aceptando la invitación con más prisa de la que debiera.
La pareja sale de paseo para
estirar las piernas y hacer tiempo mientras Alberto prepara la comida. Siguen
la senda que les ha recomendado, subiendo a una colina en cuya falda se
encuentra la casa. Es verdad que las vistas son impresionantes y Teresa quiere
pensar que Daniel ha asumido, de una vez, que están de vacaciones y que puede
relajarse. Se equivoca.
—Tu abuela es catalana, ¿no?
— Sí, mi abuela y toda su familia ¿por
qué lo dices?
— No sé, me ha extrañado el poco
acento que le queda a tu tío. Fíjate, tu abuela habla como en un chiste de
Eugenio, pero Alberto parece que se haya criado en las cuevas de Altamira. Sé
que es catalán porque tú me lo dices, pero acento, lo que se dice acento, no
tiene ninguno, la verdad.
— Lleva aquí más de cuarenta años,
no creo que pueda practicar el catalán con nadie. ¿Qué piensas? ¿que no es realmente mi tío? Pero si llevamos toda la mañana recordando cosas de la
familia. ¡no digas tonterías, Dani! Vaya mañana que llevas.
— Yo creo que eres tú la que lleva toda la mañana hablando. Él asiente y apenas te ha contado nada de lo que tú no
le hubieras informado antes. Y fíjate el caso que le ha hecho al paquete…
—¡Anda ya! siempre me sales con la
manía de que hablo demasiado. Desde luego… cuando te levantas con la pata
izquierda no hay quien te aguante. ¿Qué esperabas? ¿que bailase una sardana para
recibir a dos personas que no conoce de nada? No nos esperaba y bastante amable
está siendo. Especialmente contigo, que te estás portando como un impresentable.
Y si no te gusta ¿por qué has aceptado quedarte a comer?
Daniel intenta apostillar sus argumentos,
pero Teresa no está dispuesta a seguir con esta discusión de besugos y
continúan en silencio el resto del paseo. Cuando se aburren de los robles y
castaños, de los campos con manzanos, las zarzamoras, el verde intenso de los
prados y toda la naturaleza exuberante que les rodea, deciden bajar a ver cómo
va la caldereta.
El tío ya ha preparado la mesa en
el porche y la comida transcurre de forma anodina. Alberto es un tipo realmente
reservado y apenas contesta a las preguntas tontas que le va formulando Daniel,
que no sabe disimular su repentino interés por descubrir alguna incoherencia en
su pasado. Y Teresa está cada vez más molesta por la actitud de ambos. Empieza
a pensar que es verdad que en los viajes se descubre lo peor de mucha gente.
Espera que en los próximos días la cosa se enderece, pero hoy Daniel se está
comportando como un auténtico imbécil. Sus dudas se interrumpen por un arrebato
de ladridos de los perros, que han oído algo desde dentro de pajar.
Alberto asume que es alguien que
llega, y mira hacia el camino. Efectivamente, una mujer madura, aunque no
vieja, morena, algo maciza y con ropa muy ajustada, está abriendo la verja con
la seguridad que da la costumbre. Alberto se disculpa, se levanta y va
rápidamente hacia la entrada. Teresa y Daniel no pueden oír lo que dicen, pero es evidente
que están hablando de ellos, como si ella le pidiese alguna explicación y él no
quisiera dejarle pasar. Finalmente, Alberto vuelve a la mesa y, por primera vez, responde
a una pregunta que nadie le ha formulado.
— Es Jessica, una vecina que vive
cerca, en un desvío que hay un poco antes de llegar. Debe haberos visto paseando
y le ha entrado curiosidad. En fin, nadie viene por aquí y encima ella es un
poco chismosa.
La comida termina. Una sobremesa
corta y un poco forzada deja claro que es el momento de seguir el viaje. Teresa
intenta acelerar el proceso levantándose para recoger la mesa, pero Alberto se
lo impide.
—No, no, mujer, yo siempre recojo
después de echarme de la siesta, que es lo que pienso hacer ahora mismo. Si
queréis os preparo una habitación, pero a lo mejor preferís seguir vuestro viaje. Entiendo que venir hasta aquí para comer con un viejo no es mejor plan
del mundo, aunque se para agradar a tu abuela…
Teresa no intenta disimular, así
que le agradece la hospitalidad, le recuerda lo contenta que se podrá su
hermana y, antes de que Daniel abra la boca para meter la pata, deja claro que
se marchan ya, que aún les queda camino por delante. Besos, abrazos y al coche.
El encargo sigue abandonado en el porche, ahora sobre el alféizar de una
ventana.
Mientras Alberto se dirige a abrir
la verja, el todoterreno hace un amago de arrancar, pero la intención no pasa
de un ridículo carraspeo. Luego, nada.
El gatillazo mecánico obceca a
Daniel, que revive la escena de improperios de la mañana, aunque esta vez sólo en
su interior, por suerte. No sabe muy bien qué hacer y decide abrir el capó y mirar dentro,
como si eso sirviera de algo. A Alberto le molesta que éstos dos no se acaben de marchar de una puñetera vez, pero prefiere ver el lado divertido del asunto, jodiendo un poco al señorito valenciano.
— Me alegro de que entiendas de
mecánica, porque el taller más cercano está a 20 km, y en verano no trabajan
por las tardes….Si no consigues arrancarlo tendré que acercaros yo, mañana por la mañana.
Se marcha hacia el porche con
Teresa y recogen la mesa y la cocina. Cuando vuelven a salir, Daniel está sentado
con cara de muy pocos amigos.
— Venga hombre, que tampoco pasa
nada ¿No queríais disfrutar de la naturaleza? Pues aquí hay naturaleza de
sobra. Y tranquilidad. Piensa que en vez de cenar bocadillo y dormir en el
suelo de un camping, hoy vais a cenar de caliente y descansar en camas como
Dios manda.
Un paseo al atardecer calma los ánimos y
parece que vuelve más participativo a Alberto, que ahora sí, les explica algo
más de su vida en este paraíso de montaña. Por la noche, una cena breve, algo de
conversación de compromiso y a la cama. Mañana a primera hora irán al taller de
Tino, que seguro que viene a ponerles el coche en marcha.
El tío sube a su cuarto y deja a la
pareja náufraga mirando las estrellas desde el porche. Cuando van a acostarse,
Daniel observa que la escopeta ya no está colgada bajo la cabeza del jabalí.
Eso le altera tanto que le cuesta dormirse. Apenas lo ha conseguido, le
despiertan unos alaridos desgarradores y unos extraños sonidos, como agudos ladridos
de un niño lobo. Inmediatamente se apuntan los dos perros asesinos, que todavía
deben estar encerrados en el pajar. Oye como Alberto baja las escaleras y, un
minuto después, un tiro que devuelve la tranquilidad a la noche. Daniel
despierta nervioso a Teresa, que sigue durmiendo a pierna suelta.
— Teresa, ¿no has oído eso? ¿Qué
hace tu tío pegando tiros a estas horas?
—Qué pesado eres, yo qué sé. A lo
mejor ha pillado al zorro. No pienso levantarme a preguntarle.
El alboroto de cientos de pájaros
despierta a Daniel antes de que salga el sol. Casi no ha pegado ojo. Espera
impaciente en la cama y, cuando hay luz suficiente, decide levantarse y salir
al porche. Los gruñidos de los dos perros le hacen cambiar de opinión. Alberto
ha debido levantarse y los ha soltado. La escopeta sigue sin estar colgada en
su sitio. Media hora después se levanta
Teresa, que sí ha descansado y se encuentra con fuerzas para replicar a sus
fabulaciones.
— Pues a mí no me parece tan raro,
tendrá trampas y el zorro habrá caído en una y se ha levantado para liquidarlo.
No lo iba a dejar toda la noche chillando. Para eso se llevó la escopeta. Y
ahora habrá salido a por algo y se le ha olvidado encerrar a los perros, que
tendrán que salir a mear y esas cosas...
Al cabo de un rato aparece Alberto
de muy buen humor. Llama a los perros y los vuelve a encerrar en el pajar
— Buenos días, sobrinos. ¿no oísteis
anoche el lío que montó el zorro? Por fin cayó en uno de los cepos que tenía
puestos. Ese no va a matarme más gallinas.
Venga, todavía hay que arreglar ese coche ¿quién se viene conmigo al
taller de Tino? En mi bugati solo cabemos dos.
Efectivamente, de dentro del pajar
ha sacado un Seat Panda del año de la polca, al que ha retirado los asientos de
atrás y utiliza como minúscula furgoneta. Teresa ve la cara de espanto de
Daniel y prefiere ser ella la que le acompañe, tampoco hay que forzar más las
cosas. El coche desciende lento por el camino y Daniel se queda solo.
Lo primero que hace cuando el Panda
ha desaparecido de la vista es acercarse al pajar. De una de las vigas
exteriores cuelga el zorro, agarrado de la mandíbula por un gancho de
carnicero. Una de sus patas traseras está ennegrecida por la sangre y forma un
ángulo absurdo. En el suelo hay un cepo para lobos oxidado, que todavía tiene
trozos de piel peluda y sanguinolenta entre sus dientes. Joder con el abuelito,
piensa Daniel, y eso que decía que no era cazador.
Los perros no están muy de acuerdo
con la presencia del intruso y le lanzan andanadas de ladridos, mientras arañan con furia la puerta del pajar. Daniel se plantea qué pasaría si pudieran salir y
se marcha receloso hacia la casa, donde se siente más seguro. Además, a lo
mejor encuentra algo interesante.
Al llegar revisa los cajones del aparador
de la sala. Nada relevante. Toma un libro para leerlo en el porche mientras
espera, pero no consigue concentrarse. Al final se levanta y sube a investigar
en la habitación de Alberto. Aún debe faltar un buen rato para que vuelvan. Arriba
encuentra lo que cualquiera espera hallar en el dormitorio de un
viudo de 70 años: unos muebles viejos, quizás los mismos que compró cuando
se casaron, y el desaliño propio de un hombre mayor que vive solo y no tiene
demasiado interés por el orden ni la limpieza. Sobre la cómoda hay dos fotos
enmarcadas, una antigua, de estudio, con Alberto y la que debía ser su
mujer, y otra mucho más interesante para las teorías de Daniel. Es una foto reciente
en color, donde aparece con la mujer que llegó ayer durante la comida. Están en
alguna clase de fiesta, quizás una boda por lo arreglados que van, y Alberto rodea
sus hombros con el brazo. Parece que la tal Jessica es algo más que vecina.
Intenta abrir los cajones, pero están cerrados con llave. ¿Quién necesita cerrar con llave los
cajones de su casa, viviendo sólo? piensa Daniel. Seguro que esconde algo.
A los lados de la cama sin hacer,
hay sendas mesillas de noche. Daniel abre el cajón de la primera y su contenido
le sorprende: una caja de condones y otra
de Viagra. Y un móvil satelital. Parece que el tío no está tan aislado como pretende.
Nervioso corre a registrar la otra mesilla. Su contenido le asombra y le
excita a la vez. Hay bragas negras de encaje, algunos objetos de belleza femenina y un tubo
de lubricante vaginal . Y un Satisfyer rosa. El viejo tiene cómo y con quien
entretenerse; Teresa se va a quedar a cuadros cuando se lo cuente. Sigue hurgando
un rato más en el armario ropero, donde no encuentra nada interesante y vuelve
al salón. Al bajar repara en la escopeta, que Alberto ha dejado apoyada en un
rincón. No puede resistir la tentación de cogerla. Pesa mucho más de lo que
esperaba y sus cañones pavonados están fríos. Se sienta en el sofá para ver de
cerca el arma antigua y tan bien trabajada y dirige los cañones hacia la horrible cabeza del
jabalí.
El estruendo de un disparo que no
esperaba le deja sordo por un momento. El retroceso ha girado bruscamente el arma
y el cañón le ha dado un fuerte golpe en la cara. Una nube de humo picante le
hace toser y que le lloren los ojos. Cuando se recupera del susto se percata
del desastre. La escopeta estaba cargada con postas. Algunas han dejado evidentes
desconchones en la pared. Otra ha saltado un ojo del jabalí, matándolo por
segunda vez; por la cuenca vacía no sale sangre, sino que asoma el relleno de
serrín y paja. El percance también ha terminado con la triste vida de la morena
del cuadro: una de las postas le ha dado en toda la teta izquierda, dejándole
un buen agujero. Daniel nota unas cosquillas cálidas que le bajan por la cara.
Se la toca y se da cuenta de que está sangrando: el golpe le ha abierto una ceja.
Se va al cuarto de baño para mirarse
la herida, renegando por la imprudencia de Alberto, se ha dejado la escopeta
cargada, y, sobre todo, por su propia estupidez. Mientras se limpia, quiere
imaginar qué clase de explicación se puede dar en caso como éste. Maldice su
mala suerte, y el error de no haberse marchado ayer antes de comer y, sobre
todo, el de haber venido a traer el maldito encargo.
Aún no ha conseguido calmarse cuando oye el ruido de un motor. El coche de Alberto está llegando. Se pone
nervioso y no sabe qué hacer con la escopeta. Por la ventana ve cómo el Panda se detiene
junto a la verja y descienden Alberto y una mujer. Pero la mujer no es Teresa,
como esperaba, sino Jessica, la vecina-amante. A Daniel se le sube la sangre a
la cabeza, y sale al porche, sin haber dejado la escopeta en su sitio y pregunta
impaciente:
— ¿Dónde está Teresa? ¿Quién es esa
mujer? ¿Dónde está Teresa?
Alberto y Jessica miran perplejos
al sujeto vestido de excursionista urbano que les increpa desde el porche, con
la cara mancha de sangre y una escopeta en las manos, como en una escena
surrealista de un spaguetti western. Alberto se acuerda de que le debe quedar un
cartucho dentro.
— Chaval, deja la escopeta, que
está cargada y no es ningún juguete. Y no seas idiota, Teresa viene detrás con el
mecánico, y yo traía a mi amiga a presentárosla, aunque ahora me avergüenzo de
tener en la familia a un gilipollas como tú.
Efectivamente, dos minutos después
aparece una grúa con el rótulo “Talleres Tino. Fuentefría, Cantabria”. Paran
detrás del Panda y bajan Teresa y un mecánico. Daniel está aturdido y se sienta en el porche
con la mirada perdida, dejando la escopeta encima de la mesa.
Alberto se apresura a recuperar el
arma y entra al salón. Desde dentro sale una colección de tacos y blasfemias, en
catalán y español. Jessica también entra a ver qué sucede. Mientras el mecánico
revisa el todoterreno, Teresa pasa junto a Daniel sin decirle nada. Cuando sale,
se sienta en silencio al otro lado de la mesa del porche, lanzándole una mirada
de decepción y desprecio de ésas de las que ningún hombre puede recuperarse.
El encargo sigue, muerto de risa, sobre
el alféizar de la ventana.
Álvaro