El dolor es invisible e intangible pero fácil de entretener. Como un chiquillo. Nos ponemos a hacer crucigramas al sol y rápidamente se nos olvida que la vida nos desagrada. Y será por opciones: sudokus, cerveza, pornografía, series, compras, comida a domicilio.
Yo elegí tomarme un relajante muscular y ponerme a ordenar los altillos y sé lo que estás pensando, no parece una buena combinación, tú estás leyendo y lo ves claro pero yo al plan no le encontré la pega hasta que noté que el taburete se tambaleaba y entonces sí, entonces recuperé la clarividencia y recordé que los accidentes domésticos matan y que las personas que los sufren mueren como están viviendo, en mi caso en soledad; y hasta me dio tiempo a echarle un último vistazo a mi cama querida, en la que me arropo y me arrullo y me canturreo y me digo buenas noches, tan mal no lo estás haciendo. He aquí mi final y te digo adiós, hasta siempre y gracias.
Pero morir puede resultar tan difícil como vivir; a la muerte no le gusta ser correspondiente, pasa de ti si ve que la miras con ojos de goloso, lo mismo que tantas otras mujeres. De modo que volví en mí y ni estaba muerto ni me estaba arropando y arrullando yo mismo sino que lo estaban haciendo las vecinas de enfrente, las mellizas, las siemprebienacompañadas, la una con la otra, la otra con la una, Marisol y Luna, la madre que las parió y les puso esos nombres en qué estaría pensando. Se deberían llamar Sombra1 y Sombra2 porque son oscuras y se mueven siempre como persiguiéndose y no las quiero en mi habitación, una con la mano en mi frente, la otra con mis piernas sobre su regazo y limpiándome sangre de las rodillas, ¿pero cómo habéis entrado?, ¿qué hacéis aquí?, ¿por qué me cuidáis?
¿En qué estabas pensando, vecino?
Es como un crío.
Sí que eres como un crío, sí.
No, yo no, el dolor, digo, que se entretiene.
¿Te duele mucho?, ¿dónde?
No nos entendemos, claro que no, si por tener accidentes dejáramos de ser unos incomprendidos iríamos todos a trescientos por la carretera, nos acercaríamos al fuego y a lo afilado y saldríamos al frío en lugar de quedarnos en nuestra cueva ordenando edredones.
Tiene la casa impecable pero huele a cerrado, dice Marisol mientras descorre cortinas y abre ventanas ignorando que la estoy oyendo.
Sí que es verdad, contesta Luna, voy a cambiarle las sábanas.
Vecino, ¿dónde tienes la lavadora?
Y después huele a comida, a tortilla de patatas que llega en una fuente junto con unas lonchas de queso y luego preparan palomitas porque quieren ver una película. A mí no me apetece, digo y las dos contestan a la vez: pues duermes.
La película empieza y es muy buena, Emma Thompson está espléndida pero nunca termina de acabar, como la vida, porque cuando no es que Marisol tiene pis es que a Luna le entra una llamada o quiere comentar algo. Así que me quedo traspuesto.
Y el día termina y empieza otro.
Gracias por todo, vecinas, pero debéis marcharos, yo no necesito a nadie. Y ya estoy preparando argumentos más sofisticados cuando escucho sus voces al unísono. Vale, dicen. Dicen vale y se ponen de pie, se estiran la ropa y salen de mi vista una detrás de la otra. Han dicho vale, expreso en voz alta.
Esa noche mi cama de dos por dos parece un desierto, tan gigante, tan seca, tan previsible. Y la sangre de las rodillas que ninguna melliza me ha limpiado hoy se me ha pegado al pantalón.m
Oh, mis mellizas, mis salvadoras con nombre de astro. Mi amor al cuadrado.
Cruza, cruza la calle hasta sus brazos.
Y cruzo. Ya llego, Marisol. Ya llego, Luna. Traigo palomitas y cocacola, ¿qué película os apetece que veamos?
Ay, vecino, hoy tenemos otros planes. Y me cierran la puerta en las narices.
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