lunes, 31 de enero de 2022

El sapo

El dolor en las caderas y en el coxis es típico en el embarazo. La mayoría de las mujeres que cargan a un bebe en su útero sienten, empezando el tercer trimestre, una presión en ambos huesos, decía una de las primeras entradas de Google cuando busqué “síntomas embarazo”. Tener sueños vívidos o pesadillas es otro síntoma común y se le atribuye - como casi todo - a las hormonas. Hace ya tres semanas que dormir de corrido dejó de ser la regla y cada vez son más los huesos que duelen. Varias veces soñé que me tragaba un sapo: el bicho está vivo dentro de mi boca aunque no sé cómo llegó ahí. Pero sin saberlo mastico y parte de su interior empieza a salir. En el sueño escupo sin parar, tantas veces como puedo. No recuerdo ningún sabor en especial pero la representación en mi mente de lo que está pasando, me produce arcadas y náuseas y yo toso y toso, escupo y cada tanto trago. Cuando me despierto veo en la almohada un charco de baba. 

Casi todas las noches duermo mal, pero algo el sábado fue distinto. Apenas me desperté, estiré la mano hacia atrás y hacia la derecha, pero Seba ya no estaba. Todavía tenía esa sensación de angustia que dejan los sueños cuando son muy reales. Cuando era chica y me despertaba llorando porque había soñado algo feo, mi mamá me callaba apenas empezaba a relatarlo. “Pará. Primero come, después me contas”. Esa era la formula para que no se hiciera realidad. Como si comer rompiera el hechizo, dando fin al sueño y comienzo al estado de vigilia, ubicándome en un lugar distinto: ya no estaría contando el sueño desde el sueño mismo, sino desde la realidad de un martes por la mañana en la cocina de mi casa. Me levanté y fui a la cocina, prendí la hornalla y tiré el huevo en la sartén. Le escribí a Seba un mensaje para saber a dónde estaba y volví al baño a lavarme la cara y ponerme los lentes de contacto. Cuando me miré al espejo, me vi los ojos más rojos e hinchados de lo normal y la sensación de angustia volvió. Corté queso, exprimí media naranja, saqué el yogurt. Y aunque estaba sola, no me permití pensar en el sueño hasta haber tragado el primer bocado. Y entonces me acordé. 

Seba llegó a eso de las 12 de la noche con Juan, mi hermano y los escuché hablando en la sala. Estaban agitados. Seba caminó despacio hasta la habitación para cerrar la puerta y yo le pregunté si estaba todo bien y me dijo que sí, que siguiera durmiendo. Juan había venido de visita por unos días, Seba le había presentado a sus amigos y habían salido por unas cervezas. Giré lentamente para la izquierda y sentí cómo el bebé se movía adentro. Me pegaba a ambos lados de la panza, como si tuviera las dos manos y las dos piernas estiradas. Escuché que alguien tocó el timbre y un poco entre dormida también las voces de otros dos hombres, que al ratito se fueron.

Recalenté el poco café que quedaba y mientras la tasa giraba en el microondas, desbloqueé el teléfono y vi que Seba no había recibido mi mensaje. Fui a la habitación del bebé, donde dormía Juan y vi que la cama no estaba desarmada. Entonces me acordé de una conversación.

  • ¿Pero vos sabes quién es? - le preguntó Seba a Juan

  • No tengo la menor idea de quién es

  • Pero él te hablaba como si te conociera

  • Si, me llamaba por mi nombre y me decía que no me hiciera el que no entendía. 

Habían tenido una pelea callejera, afuera de un bar, con otro grupo de hombres y los otros que había escuchado hablar eran dos oficiales que habían identificado la matrícula de la moto de Seba en el lugar del hecho y a partir de ahí los habían encontrado. Entonces me tranquilicé, porque claramente era una pesadilla. Me acordé que unos días antes habíamos estado hablando con Seba sobre Juan y su nuevo hobbie de caza de animales. Que era incompatible con su personalidad sensible, ni hablar con su aspecto bohemio. Seguramente, esa idea me había quedado dando vueltas en la cabeza y la había llevado hasta el absurdo, que es como suelen tener origen los sueños. Una pizca de acá y otra de allá y se arma una historia irrisoria y ridícula que no podés creer de dónde salió.

Caminé hasta el balcón y escuché que el teléfono y el timbre sonaron al mismo tiempo. Atendí primero el teléfono.

  • Hola?

  • ….

  • Hola? Quién es?

Fui hasta la puerta y pregunté lo mismo. Era un oficial de policía, pero esta vez me buscaba a mí. Corté el teléfono y abrí. El oficial llegó hasta la puerta y tocó con dos golpes. Lo hice pasar. Me preguntó qué vínculo tenía con Juan. Me quedé mirándolo tratando de entender qué hacía ese hombre en mi casa.

También me dijo que yo era responsable por Juan y sus actos mientras estuviera en España. Como él venía a quedarse en mi casa, yo le había hecho una carta de invitación y en esa carta me hacía cargo suyo. No solo de solventar su estadía sino, por lo visto, de cualquier cosa que hiciera. De haberlo sabido de antemano probablemente lo hubiese aceptado, porque Juan es un tipo respetuoso y tranquilo. Pero esa noche algo se había ido de las manos. El oficial me explicó que Juan era sospechoso de un homicidio con arma blanca y que íbamos a ser citados a declarar en los próximos días. Mientras me hablaba miraba por arriba de mis hombros las cosas que había en la sala: la mesa, el techo, los libros de la biblioteca, los souvenirs de los viajes. Mientras me dictaba el día y la hora en que debía asistir al juzgado, con ese vocabulario propio de las fuerzas, caminó hasta la puerta y se fue. Agarré el celular y llamé al último número. Me atendió un hombre. 

  • Tengo una llamada perdida de este número, ¿Quién habla?

  • Te dije que íbamos a seguir cerca

  • ¿Quién sos?

  • Dale, no te hagas, tu hermano se hizo el tonto anoche también. ¿En serio no me reconoces?

  • ¡No! ¿Quién sos?

  • El sapo

Y cortó.

Sentí algo mojado en el cachete y me desperté sobre un charco de baba más grande de lo normal. Estiré el brazo hacia atrás y hacia la derecha, Seba dormía al lado mío. Miré el celular, era domingo, 8.30 hs. Me levanté y fui hasta la otra habitación. Vi la cuna del bebé en su caja, el coche plegado. La mochila lista para ir al hospital. Sin pensarlo entré a Google y busqué: “Sueño tragar sapo”. La mayoría de las entradas hablan de augurios negativos, nunca comerse un sapo puede ser algo bueno, no sé por qué lo estoy buscando. Una empieza: el sapo es el bicho más horrible que existe y representa la transformación, el cambio, algo inesperado que al principio asusta.

***


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