sábado, 29 de enero de 2022

Cumpleaños feliz - Deu Rey

Desde la silla de madera del salón puedo divisar el arcón congelador de la cocina. Las puertas entreabiertas me permiten controlar neuróticamente el contenedor helado. No es cómoda la silla, pero el sol que entra por la ventana calienta mi piel y puedo vigilar bien desde aquí. Debería mover el sillón a esta posición. Cambiar la distribución del saloncito me vendría bien, me mantendría ocupado y podría dejar de pensarlo una y otra vez. Desde aquí podría vigilar el arcón, desde el sillón, con el sol en mi piel. Más cómodo estaría seguro.


Siento la necesidad de levantarme, abrirlo y terminar lo que habíamos empezado hace tres días, por mi cumpleaños. Pero aún es temprano, tengo que tener paciencia y seguir mi plan. Me da miedo que alguien se entrometa y me lo arruine.


No quiero compartirla, ahora ya no tengo por qué hacerlo, es lo bueno de esta soledad. Me la merezco. No quiero compartirla con nadie.


Suena el timbre de la puerta. Lo sabía, alguien podía aparecer para arrebatarme mi momento y estropear mis planes. Será un cartero comercial o un mensajero, pienso. Me haré el loco, si no contesto lo más probable es que se canse y se vaya. No es buen momento, que vuelva mañana.


Mantengo la mirada fija en el congelador. La boca se me llena de saliva al pensar en lo que me espera más tarde, a la hora que había planificado. La espera se me antoja agridulce. La ansiedad por acabar se mezcla con la sensación de placer que me produce saber que está ahí, esperando pacientemente su inevitable final. Trago saliva.


El timbre vuelve a sonar insistente, insolente, intrusivo. Quién quiera que sea no parece que se vaya a cansar e irse. 


Con gran fastidio me levanto de la silla y abandono mi refugio templado para dirigirme a la puerta a través del frío pasillo a paso lento, cansado. 


¿Quién es? ¿Qué quieres?

Gus, somos Ana y Migue, ¡abre!

Durante largos segundos me planteo si negarme es una opción, pero llego a la conclusión de que es inútil, no se irán. Los buenos amigos pueden ser tan pesados a veces. Los abriré, hablaremos un poco y luego se irán. Así no levantaré sospechas ni suspicacias. Con suerte, se irán con la conciencia tranquila y me dejarán tranquilo a mí.

Hola chicos, ¿cómo estáis?

Hola Gus, cariño, ¿cómo estás tú?, me dice Ana mientras me abraza. 

Migue me pega un puñetazo en el hombro y me empuja con un ¡Cabrón, déjanos pasar! Te echamos de menos.


Prisionero del abrazo de Ana, que no suelta, observo nervioso como Migue se desliza hacia la cocina directamente. La confianza da asco. Me zafo del candado cariñoso de Ana con un ¿Pero por qué habéis venido? No hacía falta, estoy bien… y persigo a Migue para poder vigilar sus movimientos de cerca. Este tiene más peligro que un diabético en una pastelería.


Ana me persigue a mí, ¿Gus, cómo te encuentras? ¿Se sabe algo de Carol por fin?

No, nada.

Casi me da un síncope al llegar a la cocina y ver a Migue sentado en el arcón congelador con las piernas colgando.


¿Tienes algo de beber? ¿Algo fresquito? Me pregunta.

Un escalofrío recorre mi columna, este tío me cae bien, pero es un gorrón.

¡Bájate de ahí!, le ordeno. Tengo agua.

¿Sólo agua?

Solo agua, ¿quieres o no?

Asiente arqueando las cejas y la boca mientras eleva los hombros al tiempo. Parece un niño de cien kilos el angelito. 


Le doy un vaso de agua mientras les invito a pasar al salón. Tomo asiento en mi silla de madera y ellos frente a mí. Desde ahí me siento cómodo. A través suya puedo controlar el arcón y la entrada a la cocina. Espero que se vayan pronto…


Han pasado tres días ya, ¿de verdad se marchó sin decir adiós?

Eso parece.

¿Y no estás preocupado por ella? ¿Quizá le haya pasado algo? Normal no es, después de tanto tiempo…

Se ha llevado la ropa y tres mil cuatrocientos diecisiete euros de la cuenta conjunta…


Ana parece querer insistir con el interrogamiento, pero Migue la detiene con un sutil codazo.


¿Y tú estás bien?

¿Yo? Sí.

Pues eso es lo importante.

Sí, eso pienso yo.


Se produce un silencio incómodo. Los ojos de Ana se tornan vidriosos, parece que va a empezar a llorar en cualquier momento. Espero que se contenga, por dios, qué papeleta.


¿Por qué no salimos a comer por ahí los tres? Luego podemos ir a echar unos bolos o algo…

La verdad es que prefiero quedarme en casa.

Bueno, podemos pedir unas pizzas, no queremos que estés solo en estos momentos…

Pero yo sí, les digo impaciente, tengo cosas que hacer.

Mira Gus, no es bueno que te aisles en estos momentos, ¿lo entiendes?

Os agradezco la intención chicos pero de verdad que estoy bien, sólo quiero un poco de tiempo para colocar las cosas… Pronto nos acostumbraremos todos a esta situación, de verdad…

No te vamos a dejar sólo, macho. ¿Qué tienes por ahí para comer? Dice Migue girando la cabeza para otear la cocina.

Largaos, por favor. ¡Largaos! ¡Largaos ya!, les digo elevando el tono. Silencio.


Migue apura el vaso de un trago y hace ademán de levantarse para dejarlo en la cocina.

¡Deja eso ahí y largaos, de verdad! Le increpo.


Miro el reloj nervioso, es casi la hora que había planeado para pasar a la acción. 

Gus, amigo, te equivocas, no es momento para la soledad, pero bueno, te dejamos. Ya sabes dónde estamos, llámanos cuando lo necesites, ¿vale? No importa la hora que sea…

Gracias, gracias por venir. Os llamaré. Adiós.

Cierro la puerta y respiro hondo. Tiene cojones tener que alterarse así. Se agradece la amistad, pero ¿qué necesidad tengo yo? La amistad debería ser como todo lo demás, como la gasolina. Cuando quiero gasolina, voy a comprarla. Voy a la gasolinera y la pido. Quiero gasolina… ¿No debería ser igual la amistad? Si la necesito ya la pediré. Voy yo a tu casa y te la pido, no me la envíes a domicilio sin preguntar si la quiero. Este tipo de amistad es como los Testigos de Jehová, que vienen a rallarme la cabeza con su religión sin yo pedírselo. Acaso cree que voy a estar transcendental y receptivo, acaso cree que me va a pillar teológico cuando usted lo desee. No hombre no… no tiene sentido… Si quiero religión me voy a un templo, digo yo…


Atravieso el pasillo cabeceando y musitando mi indignación. Llego a la cocina y sonrío al divisar el congelador. Miro la hora. Ya puedo. Cojo un cuchillo de grandes dimensiones y una cucharilla de café del cajón de los cubiertos y me acerco al arcón con paso lento, tranquilo. 


Abro el portón lentamente, luchando contra la ansiedad que me produce el momento. La boca se me hace agua. Siento calor en el vientre. Aquí estás, delicia. 


En pocos segundos estoy sentado en la silla de madera, con el sol templando mi cara, degustando lo que queda de la tarta de whisky que compramos para mi cumpleaños. Todavía se puede leer “Felic”. Carol se comió el “Gustavo”, yo el “idades”. Luego se marchó. 


Amo tanto esta tarta. Me la merezco.

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