viernes, 28 de enero de 2022

El encargo

Chinchoso y embotijado, Daniel no puede parar de quejarse. De nada sirve que sea su primer día de vacaciones, ni el verde esplendoroso del paisaje que recorren. Está enfadado y protesta por todo, como un niño al que han prometido ir al parque, pero luego se llevan de visita a casa de una tía soltera y vieja. Se queja por la falta de cobertura, no funciona  Google Maps y no sabe dónde están.  Se queja por el camino, que ya hace kilómetros, por lo menos mil según sus lamentos, que dejó de estar asfaltado y es cada vez es más estrecho; seguro que acabará por desparecer, dejándolos encallados en medio de la nada. Se queja por cada bache que pisa su preciado todoterreno, como si fuese una bailarina descalza saltando sobre vidrios rotos. Se queja por el barro, por el viento y por la humedad. Y se queja porque tiene hambre:  no ha almorzado y no le da la gana de parar en cualquier sitio a prepararse algo, llevando todo lo necesario para ir de acampada. Pero, sobre todo, se queja porque no ha aceptado el encargo desde que salieron de Valencia para pasar unos días de camping en las montañas de Santander.

Teresa soporta paciente la letanía de reniegos, pero sabe que Daniel no tiene razón. Ambos se comprometieron con la abuela a aprovechar el viaje para visitar a su hermano, ese que se casó con una pasiega y se vino a vivir a este lugar perdido del mundo hace más de cuarenta años. Y Daniel también estuvo de acuerdo, aunque ahora se haya arrepentido de haber aceptado sólo para quedar bien.

— No se preocupe Raquel, que no nos cuesta nada. Ya que vamos tan lejos, aprovechamos el viaje. Nos acercamos para saludarle y llevarle el encargo. ¿Y dice que no lo ve desde hace 20 años? ¿Qué no quiere tener móvil y no ha podido hablar con él desde que murió su mujer hace tres? ¿Sólo por carta? Parece mentira en estos tiempos. Seguro que vive en un sitio precioso y se alegrará mucho de tener noticias suyas.

Tus cojones un móvil, rezonga Daniel cuando se acuerda. Para qué servirá un móvil en este puto desierto verde sin cobertura. El coche avanza, cada vez más despacio, hasta que aparece un caserío en una parcela grande rodeada por una valla de tela metálica.

Teresa abre la boca por primera vez en una hora. Desde que dejaron la carretera y entraron en el laberinto de caminos, ha aguantado estoica todas las protestas y lamentaciones.

— ¿Lo ves?, no estaba tan lejos y la ruta que nos mostró el navegador era correcta. Seguro que ésta es la casa. Además, no hay otra y el camino termina aquí. No ha sido tan difícil.

Se bajan del coche y se acercan a la puerta, cuando dos perros tremendos aparecen ladrando, afortunadamente desde el otro lado de la valla.  La pareja se aleja un poco, con cierto respeto, como si los mordiscos pudiesen cruzar volando las barras metálicas de la puerta. Teresa grita sin mucho convencimiento: ¡Tio Albertooooo!.

- ¿Qué desean?

Ambos se giran sobresaltados. Un hombre mayor, de unos 70 años, pero fuerte, con pinta de lugareño y una guadaña al hombro, ha surgido de la nada detrás de ellos. A Daniel su tono no le ha parecido nada hospitalario. 

— ¿Tío Alberto?  Soy Teresa, la nieta menor de tu hermana Raquel, la que vive en Valencia. La hija de Maite. Me han dicho que nos vimos una vez, cuando mi primera comunión, hace lo menos veinte años. Estamos de vacaciones por aquí y la abuela Raquel nos pidió que pasáramos a verte. Tiene muchas ganas de saber de ti.

El pasiego accidental mira con desconfianza a la parejita Decathlon, aunque parece aceptar la explicación de la chica. El otro, con pinta de señorito dominguero, debe ser el novio, el marido, o lo que sea, tanto le da.

— ¿Desde Valencia? Joder qué lejos. Raquel, sí, cuantos años sin verla. Hija de Maite. Sí, sí, estuve en su boda. Y es verdad, creo que también fui a tu comunión cuando eras una cría. ¿Y este es tu marido?

Daniel intenta presentarse, pero Teresa quiere explicar la relación a su manera.

— Marido todavía no. Es Daniel, mi pareja

El tío Alberto no parece interesado en el glosario sentimental de la inesperada visita, así que asiente, le da la mano callosa a Daniel y dos besos a su sobrina nieta.

— No os quedéis ahí, abro la puerta y metéis el coche dentro. Y preparo un almuerzo, que seguro que tenéis tanta hambre como yo. Esperad a que encierre a los perros. No hacen nada, pero no están acostumbrados a ver gente y a lo mejor os ladran un poco.

La pareja ve aliviada como sujeta a los perros y los encierra, junto con la guadaña, en un pajar que hay tras la casa, al fondo de la parcela. Luego abre la puerta de par en par y les franquea el paso.

—Venga, pasad y almorzamos mientras me contáis cosas de mi hermana.

La casa del tío Alberto es grande y un poco oscura. Entran a una sala espaciosa, amueblada con vetustos muebles estilo castellano castizo y una estufa de hierro fundido que ahora está apagada. En las paredes, algunos cuadros horteras, de esos que se compran en los mercadillos por un precio directamente proporcional a su calidad: un bodegón, una puesta de sol marina y una réplica penosa de la mujer morena, que pintaría algún imitador manazas de Julio Romero de Torres. Pero lo que domina el salón es una enorme cabeza de jabalí disecada, con colmillos como navajas de Albacete, el pelo hirsuto y unos ojos de cristal, rojos y brillantes, que parecen sacados de una película de terror de serie B.  Debajo hay colgada una escopeta de caza.

Daniel no sabe qué decir  pero, en vez de callarse, pregunta:

— ¿Eres cazador, Alberto?

 — ¿Lo dices por el pajarito? Qué va, esa cabeza tiene más años que yo, lo mató mi suegro, que sí era de gatillo fácil. Aquí tampoco hay mucho que cazar, salvo algún conejo. Y un zorro cabrón que entra de vez en cuando y me hace un destrozo en el gallinero. A ese sí que le tengo ganas, cuando lo pille.

Fuera hay un porche amplio y soleado, con permiso de las nubes. Allí prepara rápidamente la mesa, sacando un mantel, platos, cuchillos, pan, queso y un chorizo que huele a festín campestre a dos metros de distancia

— ¿Vino o cerveza? pregunta Alberto

Daniel se tomaría una Coca Cola Zero, pero le parece una pretensión fuera de lugar y acepta un tercio.

—¿Y cómo está mi hermana? Supongo que tan vieja como yo y tan cabezota como siempre.

Teresa tiene ganas de hablar y va desgranando un extenso resumen de los últimos años de la saga.  De la vida de sus otros sobrinos, de los nietos de Raquel, de cómo se enteraron de la muerte de su mujer hace tres años —qué pena que no pudieran venir al entierro— y de que la abuela se acuerda mucho de él. Mientras, Daniel apaga su hambre y su enfado a base de pan, queso y chorizo ahumado. La verdad es que Teresa es la que habla casi todo el tiempo, Alberto no parece especialmente interesado en dar explicaciones de su vida. Asiente y sólo cuenta cosas si es preguntado directamente.  Cuando llevan un rato y parece que se acaba el tema de conversación, Teresa se acuerda del encargo y se va a recogerlo al coche

— Toma, es un paquete que ha preparado la abuela, con un álbum de fotos y unos libros de cuentos de cuando erais pequeños. Pensó que te gustaría mucho tenerlos.

Alberto mira curioso los libros y el álbum, pero sin demostrar la emoción que esperaba la pareja, como si la cosa no fuese con él. A Daniel le molesta su indiferencia. Coño, un día perdido en este rally pasiego, por lo menos se podía haber puesto un poco más contento, piensa.  Vaya con el viejo. Es hora de irse. Al fin y al cabo, ya han entregado el encargo, tienen información reciente que reportar a la abuela Raquel y pueden seguir con sus anheladas vacaciones. Plantea esta posibilidad en voz alta, pero Alberto no está de acuerdo.

— La verdad es que no os esperaba, pero habéis hecho un viaje muy largo y no quiero que mi hermana pueda decir que ha venido su nieta, y la compaña, y se han ido de mi casa sin que ni siquiera los haya invitado a comer. Tengo arreglo para una caldereta de cordero, me sale muy buena; luego os marcháis y cada uno sigue con su vida ¿Os hace?

Teresa mira a Daniel deseando que insista en marcharse. Al fin y al cabo, ella lo ha forzado a venir y ya pueden dar el compromiso por cumplido, pero parece que el almuerzo ha mejorado su humor. La sorprende aceptando la invitación con más prisa de la que debiera.

La pareja sale de paseo para estirar las piernas y hacer tiempo mientras Alberto prepara la comida. Siguen la senda que les ha recomendado, subiendo a una colina en cuya falda se encuentra la casa. Es verdad que las vistas son impresionantes y Teresa quiere pensar que Daniel ha asumido, de una vez, que están de vacaciones y que puede relajarse. Se equivoca.

—Tu abuela es catalana, ¿no?

— Sí, mi abuela y toda su familia ¿por qué lo dices?

— No sé, me ha extrañado el poco acento que le queda a tu tío. Fíjate, tu abuela habla como en un chiste de Eugenio, pero Alberto parece que se haya criado en las cuevas de Altamira. Sé que es catalán porque tú me lo dices, pero acento, lo que se dice acento, no tiene ninguno, la verdad.

— Lleva aquí más de cuarenta años, no creo que pueda practicar el catalán con nadie. ¿Qué piensas? ¿que no es realmente mi tío? Pero si llevamos toda la mañana recordando cosas de la familia. ¡no digas tonterías, Dani! Vaya mañana que llevas.

— Yo creo que eres tú la que lleva toda la mañana hablando. Él asiente y apenas te ha contado nada de lo que tú no le hubieras informado antes. Y fíjate el caso que le ha hecho al paquete…

—¡Anda ya! siempre me sales con la manía de que hablo demasiado. Desde luego… cuando te levantas con la pata izquierda no hay quien te aguante. ¿Qué esperabas? ¿que bailase una sardana para recibir a dos personas que no conoce de nada? No nos esperaba y bastante amable está siendo. Especialmente contigo, que te estás portando como un impresentable. Y si no te gusta ¿por qué has aceptado quedarte a comer?

Daniel intenta apostillar sus argumentos, pero Teresa no está dispuesta a seguir con esta discusión de besugos y continúan en silencio el resto del paseo. Cuando se aburren de los robles y castaños, de los campos con manzanos, las zarzamoras, el verde intenso de los prados y toda la naturaleza exuberante que les rodea, deciden bajar a ver cómo va la caldereta.

El tío ya ha preparado la mesa en el porche y la comida transcurre de forma anodina. Alberto es un tipo realmente reservado y apenas contesta a las preguntas tontas que le va formulando Daniel, que no sabe disimular su repentino interés por descubrir alguna incoherencia en su pasado. Y Teresa está cada vez más molesta por la actitud de ambos. Empieza a pensar que es verdad que en los viajes se descubre lo peor de mucha gente. Espera que en los próximos días la cosa se enderece, pero hoy Daniel se está comportando como un auténtico imbécil. Sus dudas se interrumpen por un arrebato de ladridos de los perros, que han oído algo desde dentro de pajar.

Alberto asume que es alguien que llega, y mira hacia el camino.  Efectivamente, una mujer madura, aunque no vieja, morena, algo maciza y con ropa muy ajustada, está abriendo la verja con la seguridad que da la costumbre. Alberto se disculpa, se levanta y va rápidamente hacia la entrada. Teresa y Daniel no pueden oír lo que dicen, pero es evidente que están hablando de ellos, como si ella le pidiese alguna explicación y él no quisiera dejarle pasar. Finalmente, Alberto vuelve a la mesa y, por primera vez, responde a una pregunta que nadie le ha formulado.

— Es Jessica, una vecina que vive cerca, en un desvío que hay un poco antes de llegar. Debe haberos visto paseando y le ha entrado curiosidad. En fin, nadie viene por aquí y encima ella es un poco chismosa.

La comida termina. Una sobremesa corta y un poco forzada deja claro que es el momento de seguir el viaje. Teresa intenta acelerar el proceso levantándose para recoger la mesa, pero Alberto se lo impide.

—No, no, mujer, yo siempre recojo después de echarme de la siesta, que es lo que pienso hacer ahora mismo. Si queréis os preparo una habitación, pero a lo mejor preferís seguir vuestro viaje. Entiendo que venir hasta aquí para comer con un viejo no es mejor plan del mundo, aunque se para agradar a tu abuela…

Teresa no intenta disimular, así que le agradece la hospitalidad, le recuerda lo contenta que se podrá su hermana y, antes de que Daniel abra la boca para meter la pata, deja claro que se marchan ya, que aún les queda camino por delante. Besos, abrazos y al coche. El encargo sigue abandonado en el porche, ahora sobre el alféizar de una ventana.

Mientras Alberto se dirige a abrir la verja, el todoterreno hace un amago de arrancar, pero la intención no pasa de un ridículo carraspeo. Luego, nada.

El gatillazo mecánico obceca a Daniel, que revive la escena de improperios de la mañana, aunque esta vez sólo en su interior, por suerte. No sabe muy bien qué hacer y decide abrir el capó y mirar dentro, como si eso sirviera de algo. A Alberto le molesta que éstos dos no se acaben de marchar de una puñetera vez, pero prefiere ver el lado divertido del asunto, jodiendo un poco al señorito valenciano.

— Me alegro de que entiendas de mecánica, porque el taller más cercano está a 20 km, y en verano no trabajan por las tardes….Si no consigues arrancarlo tendré que acercaros yo, mañana por la mañana.

Se marcha hacia el porche con Teresa y recogen la mesa y la cocina. Cuando vuelven a salir, Daniel está sentado con cara de muy pocos amigos.

— Venga hombre, que tampoco pasa nada ¿No queríais disfrutar de la naturaleza? Pues aquí hay naturaleza de sobra. Y tranquilidad. Piensa que en vez de cenar bocadillo y dormir en el suelo de un camping, hoy vais a cenar de caliente y descansar en camas como Dios manda.

 Un paseo al atardecer calma los ánimos y parece que vuelve más participativo a Alberto, que ahora sí, les explica algo más de su vida en este paraíso de montaña. Por la noche, una cena breve, algo de conversación de compromiso y a la cama. Mañana a primera hora irán al taller de Tino, que seguro que viene a ponerles el coche en marcha.

El tío sube a su cuarto y deja a la pareja náufraga mirando las estrellas desde el porche. Cuando van a acostarse, Daniel observa que la escopeta ya no está colgada bajo la cabeza del jabalí. Eso le altera tanto que le cuesta dormirse. Apenas lo ha conseguido, le despiertan unos alaridos desgarradores y unos extraños sonidos, como agudos ladridos de un niño lobo. Inmediatamente se apuntan los dos perros asesinos, que todavía deben estar encerrados en el pajar. Oye como Alberto baja las escaleras y, un minuto después, un tiro que devuelve la tranquilidad a la noche. Daniel despierta nervioso a Teresa, que sigue durmiendo a pierna suelta.

— Teresa, ¿no has oído eso? ¿Qué hace tu tío pegando tiros a estas horas?

—Qué pesado eres, yo qué sé. A lo mejor ha pillado al zorro. No pienso levantarme a preguntarle.

El alboroto de cientos de pájaros despierta a Daniel antes de que salga el sol. Casi no ha pegado ojo. Espera impaciente en la cama y, cuando hay luz suficiente, decide levantarse y salir al porche. Los gruñidos de los dos perros le hacen cambiar de opinión. Alberto ha debido levantarse y los ha soltado. La escopeta sigue sin estar colgada en su sitio.  Media hora después se levanta Teresa, que sí ha descansado y se encuentra con fuerzas para replicar a sus fabulaciones.

— Pues a mí no me parece tan raro, tendrá trampas y el zorro habrá caído en una y se ha levantado para liquidarlo. No lo iba a dejar toda la noche chillando. Para eso se llevó la escopeta. Y ahora habrá salido a por algo y se le ha olvidado encerrar a los perros, que tendrán que salir a mear y esas cosas...

Al cabo de un rato aparece Alberto de muy buen humor. Llama a los perros y los vuelve a encerrar en el pajar

— Buenos días, sobrinos. ¿no oísteis anoche el lío que montó el zorro? Por fin cayó en uno de los cepos que tenía puestos. Ese no va a matarme más gallinas.  Venga, todavía hay que arreglar ese coche ¿quién se viene conmigo al taller de Tino? En mi bugati solo cabemos dos.

Efectivamente, de dentro del pajar ha sacado un Seat Panda del año de la polca, al que ha retirado los asientos de atrás y utiliza como minúscula furgoneta. Teresa ve la cara de espanto de Daniel y prefiere ser ella la que le acompañe, tampoco hay que forzar más las cosas. El coche desciende lento por el camino y Daniel se queda solo.

Lo primero que hace cuando el Panda ha desaparecido de la vista es acercarse al pajar. De una de las vigas exteriores cuelga el zorro, agarrado de la mandíbula por un gancho de carnicero. Una de sus patas traseras está ennegrecida por la sangre y forma un ángulo absurdo. En el suelo hay un cepo para lobos oxidado, que todavía tiene trozos de piel peluda y sanguinolenta entre sus dientes. Joder con el abuelito, piensa Daniel, y eso que decía que no era cazador.

Los perros no están muy de acuerdo con la presencia del intruso y le lanzan andanadas de ladridos, mientras arañan con furia la puerta del pajar. Daniel se plantea qué pasaría si pudieran salir y se marcha receloso hacia la casa, donde se siente más seguro. Además, a lo mejor encuentra algo interesante.

Al llegar revisa los cajones del aparador de la sala. Nada relevante. Toma un libro para leerlo en el porche mientras espera, pero no consigue concentrarse. Al final se levanta y sube a investigar en la habitación de Alberto. Aún debe faltar un buen rato para que vuelvan. Arriba encuentra lo que cualquiera espera hallar en el dormitorio de un viudo de 70 años: unos muebles viejos, quizás los mismos que compró cuando se casaron, y el desaliño propio de un hombre mayor que vive solo y no tiene demasiado interés por el orden ni la limpieza. Sobre la cómoda hay dos fotos enmarcadas, una antigua, de estudio, con Alberto y la que debía ser su mujer, y otra mucho más interesante para las teorías de Daniel. Es una foto reciente en color, donde aparece con la mujer que llegó ayer durante la comida. Están en alguna clase de fiesta, quizás una boda por lo arreglados que van, y Alberto rodea sus hombros con el brazo. Parece que la tal Jessica es algo más que vecina.

Intenta abrir los cajones, pero están cerrados con llave. ¿Quién necesita cerrar con llave los cajones de su casa, viviendo sólo? piensa Daniel. Seguro que esconde algo.

A los lados de la cama sin hacer, hay sendas mesillas de noche. Daniel abre el cajón de la primera y su contenido le sorprende:  una caja de condones y otra de Viagra. Y un móvil satelital. Parece que el tío no está tan aislado como pretende. Nervioso corre a registrar la otra mesilla. Su contenido le asombra y le excita a la vez. Hay bragas negras de encaje,  algunos objetos de belleza femenina y un tubo de lubricante vaginal . Y un Satisfyer rosa. El viejo tiene cómo y con quien entretenerse; Teresa se va a quedar a cuadros cuando se lo cuente. Sigue hurgando un rato más en el armario ropero, donde no encuentra nada interesante y vuelve al salón. Al bajar repara en la escopeta, que Alberto ha dejado apoyada en un rincón. No puede resistir la tentación de cogerla. Pesa mucho más de lo que esperaba y sus cañones pavonados están fríos. Se sienta en el sofá para ver de cerca el arma antigua y tan bien trabajada y dirige los cañones hacia la horrible cabeza del jabalí.

El estruendo de un disparo que no esperaba le deja sordo por un momento. El retroceso ha girado bruscamente el arma y el cañón le ha dado un fuerte golpe en la cara. Una nube de humo picante le hace toser y que le lloren los ojos. Cuando se recupera del susto se percata del desastre. La escopeta estaba cargada con postas. Algunas han dejado evidentes desconchones en la pared. Otra ha saltado un ojo del jabalí, matándolo por segunda vez; por la cuenca vacía no sale sangre, sino que asoma el relleno de serrín y paja. El percance también ha terminado con la triste vida de la morena del cuadro: una de las postas le ha dado en toda la teta izquierda, dejándole un buen agujero. Daniel nota unas cosquillas cálidas que le bajan por la cara. Se la toca y se da cuenta de que está sangrando: el golpe le ha abierto una ceja.

Se va al cuarto de baño para mirarse la herida, renegando por la imprudencia de Alberto, se ha dejado la escopeta cargada, y, sobre todo, por su propia estupidez. Mientras se limpia, quiere imaginar qué clase de explicación se puede dar en caso como éste. Maldice su mala suerte, y el error de no haberse marchado ayer antes de comer y, sobre todo, el de haber venido a traer el maldito encargo.

Aún no ha conseguido calmarse cuando oye el ruido de un motor. El coche de Alberto está llegando. Se pone nervioso y no sabe qué hacer con la escopeta.  Por la ventana ve cómo el Panda se detiene junto a la verja y descienden Alberto y una mujer. Pero la mujer no es Teresa, como esperaba, sino Jessica, la vecina-amante. A Daniel se le sube la sangre a la cabeza, y sale al porche, sin haber dejado la escopeta en su sitio y pregunta impaciente:

— ¿Dónde está Teresa? ¿Quién es esa mujer? ¿Dónde está Teresa?

Alberto y Jessica miran perplejos al sujeto vestido de excursionista urbano que les increpa desde el porche, con la cara mancha de sangre y una escopeta en las manos, como en una escena surrealista de un spaguetti western.  Alberto se acuerda de que le debe quedar un cartucho dentro.

— Chaval, deja la escopeta, que está cargada y no es ningún juguete. Y no seas idiota, Teresa viene detrás con el mecánico, y yo traía a mi amiga a presentárosla, aunque ahora me avergüenzo de tener en la familia a un gilipollas como tú.

Efectivamente, dos minutos después aparece una grúa con el rótulo “Talleres Tino. Fuentefría, Cantabria”. Paran detrás del Panda y bajan Teresa y un mecánico.  Daniel está aturdido y se sienta en el porche con la mirada perdida, dejando la escopeta encima de la mesa.

Alberto se apresura a recuperar el arma y entra al salón. Desde dentro sale una colección de tacos y blasfemias, en catalán y español. Jessica también entra a ver qué sucede. Mientras el mecánico revisa el todoterreno, Teresa pasa junto a Daniel sin decirle nada. Cuando sale, se sienta en silencio al otro lado de la mesa del porche, lanzándole una mirada de decepción y desprecio de ésas de las que ningún hombre puede recuperarse.

El encargo sigue, muerto de risa, sobre el alféizar de la ventana.

 

 

Álvaro

 

 

 

 

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