Era una calurosa tarde de
julio. Un ruido de motor de gran cilindrada, poco habitual en aquella calle de
pareados a medio construir, me empujó a salir a la calle, algo no menos desacostumbrado.
Solía pasarme las horas muertas de aquel verano sin estímulos de mis dieciséis
años en el garaje de mi propio pareado (este sí acabado, gracias a la herencia
de mi madre), rodeado de todas las cosas que habían configurado mi niñez no tan
lejana, de final tan abrupto: las cajas de plástico con ropa y juguetes,
perfectamente etiquetadas y alineadas unas con otras en las estanterías
metálicas, las pilas de mis libros escolares forrados cuidadosamente y
ordenados por materias y cursos. Por encima de todo esto, una amalgama de cosas
inservibles, sin carácter ni orden, como todo lo que tenía relación con los
últimos dos años. Y en tierra de nadie, sin pertenecer al hoy ni al ayer,
colgado de un clavo, el fular preferido de mi madre, uno de tantos con los que siempre
cubría su cuello.
Al salir del garaje, me
golpeé el pulgar con el listón mal ajustado de la puerta, y el césped seco
rascó las plantas de mis pies descalzos. A la vez que yo me asomaba a la calle por
la puerta del garaje, él lo hacía por la puerta principal. Estábamos igual de
sorprendidos al vernos desposeídos de nuestro rango de dueños y señores de la
calle, aunque los dos sabíamos que en algún momento se ocuparía la casa
contigua a la nuestra, las dos únicas supervivientes de la crisis que había
arrasado aquel barrio y las vidas de sus proyectados moradores.
Del coche bajó una mujer,
todo lo rápidamente que le permitía su ajustado vestido. Echó una mirada a la
casa vecina, y en su cara se dibujó una amplia sonrisa por debajo de sus
enormes gafas de sol. Miró satisfecha hacia la despejada dehesa que se abría al
final de la calle, tras la última ruina, y después hacia las dos gárgolas que la
miraban sin pestañear, y se acercó a saludarnos.
Él le tendió su manaza
nerviosamente, y se presentó. Después me presentó a mí. Ella se levantó las
gafas, me dirigió una mirada cariñosa y me abrazó levemente. Entablaron una
conversación de circunstancias, y mientras él se esforzaba en presentar su
mejor versión, yo no podía apartar la vista de sus ojos expresivos. Nos contó
que se llamaba Clara y que era profesora, que había conseguido una plaza en el
instituto de nuestro pueblo, y que nunca había vivido en el campo. Le ayudamos
a llevar las maletas a la casa, y prometió invitarnos a tomar algo muy pronto.
Cada uno se tomó la espera a
su manera. Él decidió quitarse la gorra e ir al peluquero, y llevarse las latas
de cerveza y los envoltorios de comida precocinada acumulados en el patio. Un
día, al volver del aserradero, instaló unas espalderas y un banco de pesas en
mi garaje, desalojándome de mi espacio, apartando unas estanterías con
herramientas perfectamente ordenadas y contribuyendo a aumentar el caos
reinante. Yo aproveché para apropiarme de las herramientas, con la excusa de cuidar
del jardín. La falta de costumbre de estar al aire libre hizo que se me pelara
la nariz y me salieran pecas. La crema caducada no fue un gran alivio sobre mi
piel quemada.
Desde su llegada, el silencio
no era tan espeso. A veces oía un canturreo a través de la pared de mi cuarto,
por lo que supuse que se había instalado en la habitación contigua a la mía, o
sus carcajadas mientras escuchaba algo en el móvil. O me llegaba la fragancia
de su colonia por la ventana abierta, o el aroma a suavizante de sus sábanas
puestas a secar al sol. Todas las tardes, Clara cogía el coche y se iba a buscar
cosas para acomodar la casa. Todas las tardes esperábamos oír el coche llegar,
y cuando el motor paraba, él abandonaba sus rutinas gimnásticas y salía a
ofrecerse a ayudarle con los paquetes. Pero esa tarde no le dio tiempo ni a
soltar el tensor con el que fortalecía sus manos, porque sonó antes, tembloroso
por la inactividad, el timbre de la puerta.
Escuché la desenfadada
invitación a cenar de Clara, y los aspavientos de él agradeciéndoselo. Me puse
muy nervioso, esperaba que aquello no fuera a más.
A la hora acordada,
repeinados como dos niños en su primer día de colegio, llamábamos a la puerta
de su casa. Él llevaba una botella de vino, y yo un par de rosas que había
cortado de los resucitados rosales de mi madre. La cena fue ligera, como la
conversación, en la que él jugó todas sus bazas. Pasamos después al salón, y
mientras Clara ponía música, él me hizo un gesto lo bastante elocuente como
para que me despidiera con una mala excusa. No olvidé meter en mi bolsillo la
llave de la casa, que descansaba sobre el mueble de la entrada.
Me tumbé sobre mi cama con todos
los sentidos alerta. Pasó una eternidad hasta que oí ruidos en la habitación de
al lado, un amago de conversación salpicada con risas y silencios cada vez más
prolongados, y al cabo los gemidos que subían y subían de volumen. Era el
momento. Bajé corriendo las escaleras, asiendo por su mango la azada con la que
trabajaba en el jardín. Saqué la llave del bolsillo de mis pantalones y entré
en la casa mientras sentía que el sonido disminuía. Temiendo no llegar a tiempo,
y sin saber realmente qué iba a hacer si aquello había vuelto a suceder, subí gritando
para darme ánimos y entré en la habitación de Clara empuñando la azada.
Los encontré incorporados
sobre la cama, sobresaltados por mis gritos. Me alegré de comprobar que Clara
estaba viva, murmuré una disculpa, y salí de aquella habitación.
Al día siguiente, por la
tarde, vi a Clara salir de casa en su coche. Llevaba su melena ondulada suelta,
y un bonito fular anudado al cuello.
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