miércoles, 25 de mayo de 2022

EL ELEFANTE ROSA

En el número 20 de la calle en Proyecto hay una casa, y en el 22, también. La casa del 20 es rosa. La del 22, también. La del 20 tiene cuatro grandes ventanas simétricas, dos arriba y dos abajo y una puerta blanca en medio. La del 22, también. 

La casa del 20 y la del 22 son idénticas, pero en el 20 vive ella, y en el 22 vivimos nosotros, y nos separa una infranqueable pared medianera y algo de coraje.


Ella es Lucía, tiene 30 años y lleva varios meses en nuestras vidas. Lucía se queda a vivir en la vida de la gente porque a todos les cuesta sacársela de la cabeza, como un elefante rosa, pero ella es una pantera blanca: ligera, solitaria, extraña, temible, única. 


El día que entró en nuestras vidas se instaló entre mi padre y yo como la medianera que separa nuestras casas, indestructible. Ese día llamó insistentemente a nuestra puerta y cuando abrimos nos dijo:


  • Hola, soy Lucía, vuestra nueva vecina.


Y nos dio un beso a cada uno en la mejilla, muy cerca de la boca. En uno de esos lugares que te dejan pensando. Luego se fue moviendo el culo y giró la cabeza a los cuatro pasos, para ver si se lo estábamos mirando.


Mi padre sólo dijo:


  • Manda cojones


Pero yo vi en sus ojos ese día el culo de Lucía. 


Lucía entra y sale de nuestra casa como si fuera el 20. Mi padre le dio una llave hace varias semanas. A veces la oigo trastear en la cocina y mi padre y yo bajamos corriendo a ver qué hace. Mi padre le dice:


  • ¿Qué se te ha ocurrido ahora?


Y ella le contesta, mirándome a mí:


  • Os voy a hacer un bizcocho de manzana para desayunar


Y mi padre la mira desde arriba, como desde un padre. Entonces Lucía, desde abajo, se muerde el dedo girándolo un poco, como una niña. Y me dice que le pele las manzanas, y yo voy pelando y escuchándola mientras me cuenta historias sobre amores imposibles. Creo que esos días habla mucho porque no quiere pensar. 


Siempre la escucho en su cama la noche anterior a esas visitas a nuestra cocina con alguien que la deja y vuelve a su casa. Nunca me habla de él. A veces los oigo e intento pensar en que al día siguiente aparecerá con su pijama en nuestra casa con alguna de sus ideas y cierro los ojos para no escuchar.


Hace días que Lucía no viene y a una manzana le ha salido una mancha marrón en la cara, como las que les salen a los abuelos. 


No sé qué ha pasado, pero no tengo el coraje para llamar a su puerta. Mi padre y yo nunca hablamos de ella, pero ya no veo en sus ojos el culo de Lucía y al marcharse se le han quedado tristes, como a un miope sin gafas, como a un pescado sin hielo.


La echo de menos. Tampoco la escucho con su novio por las noches, pero sé que está detrás de la medianera porque la oigo llorar a veces. Si tuviera valor rompería la pared y juntaría nuestras vidas. 


Le he preguntado a mi padre si tiro la manzana y me ha contestado que no, que ya se la comerá él. Mi padre dice que heredó el hambre de la posguerra de mis abuelos. Yo creo que heredó sus miedos. 


Ha venido Lucía, con un pijama rosa, a hablar con mi padre, y yo estaba en la cocina mirando las manzanas que se están haciendo marrones. Las de arriba aún están frescas, pero las de abajo se están pudriendo y mi padre no se las come. Los he oído discutir y Lucía ha entrado enfadada. Me ha mirado y ha sonreído, como una niña que abre un regalo.


  • ¿Qué haces? -me ha preguntado

  • Mirando las manzanas

  • Dame una


Ha cogido la manzana, la ha mordido sin dejar de mirarme, y después me ha guiñado un ojo y ha tirado el trozo de manzana directamente de su boca a la basura. Me ha sonreído, me ha dado un beso y se ha ido andando como una pantera, girando su cabeza tras dar cuatro pasos para mirarme. Y yo he pensado: “manda cojones”. Luego he tirado todas las manzanas podridas y ahora no consigo quitarme su culo rosa de la cabeza.








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