lunes, 30 de mayo de 2022


                                                                  Unos vecinos

 A la mañana siguiente de mi llegada. El estridente sonido de la máquina, que limpia la arena cada madrugada, al pasar por delante de la casa, me despertó. Era la hora de comenzar mi paseo. 
Salí a la playa, como siempre, por la portezuela del jardín de delante. El mar estaba en calma. El cercano faro todavía parpadeaba, le di la espalda y comencé caminar por la orilla.
A lo lejos, la barrera de montañas empezaba a diferenciarse, las nubes circulaban entre ellas y dejaban las cumbres flotando. La más alta, vista desde el sur, es la imagen de una inmensa campana, y es así, como la llama la gente del lugar. En la cumbre tiene una hendidura, y cuando las nubes se posan allí, recuerda un volcán. Me gustaba contemplarla a lo largo del día, y ver cómo cambia su semblante con la luz. Al amanecer tiene reflejos dorados, al atardecer se viste de púrpura, al anochecer de azul translucido hasta perderse en la noche, y entonces, solo se ven las luces habitadas al pie de ella.
El sol fue empujando la noche y se dejó ver antes de salir. La playa parecía desierta, y mientras caminaba me encerré en mis pensamientos, recordando lo sucedido el día anterior; cuando llegué hasta aquí.
Conduje por la calle de la urbanización hasta llegar a mi garaje, delante de él, un coche todoterreno me impedia la entrada. Es algo que suele ocurrir en los meses de verano, cuando están todas las casas habitadas y hay más de un coche por vivienda, pero a finales de mayo, todavía, las viviendas están vacías.
Toque el claxon para llamar la atención. De la vivienda anexa a la mía, salió un hombre, le seguía un pastor alemán. Baje del coche, el perro mostró sus dientes mientras gruñía, ¡Buscón cállate! le dijo imperioso su dueño. Se presentó como un vecino que había alquilado la vivienda, durante un tiempo, para él y su hijo. Tenía acento extranjero que no supe identificar. Aparentaba unos cuarenta años, era de estatura media, el pelo castaño, y, una  sonrisa inmutable. Sus ojos azules, parecían, canicas de cristal sobre nieve.
Me pidió disculpas, y me sugirió que le hiciera una caricia al perro qué, de esa manera, se haría amigo mío, así lo hice, los perros me gustan, después de la caricia me siguió mientras descargaba el coche hasta el interior de mi casa, pidiendo atención.
Salí de mis pensamientos para mirar el grupo de gaviotas que emprendieron el vuelo, sus gritos como carcajadas invadieron el aire. Al acercarme vi que una de ellas seguía en la arena, boqueaba, comprendí que estaba muriendo.  Desconcertada, pensé si podría hacer algo para ayudarla, pero no supe qué, y seguí caminando. Llegué hasta donde solía dar la vuelta.  De regreso, la gaviota seguía en silencioso lamento. Uno de los hombres que limpia la playa, se acercó a ella, dudó un momento, y con sus manos enguantadas, la metió en la bolsa negra que llevaba. En extraña asociación surgió otra imagen.
Evoqué… Llegaron dos hombres, lo encerraron en una gran bolsa negra para llevarlo al tanatorio. Hace un año él murió, se durmió y ya no despertó; un hecho inesperado para alguien de cuarenta años. La añoranza me llevó a volver a esa casa. Por última vez. Él solía salir a mi encuentro, no le gustaba levantarse tan temprano, y hacíamos parte del regreso juntos. Cuando llegábamos delante de nuestra casa, nadábamos un rato en el mar, luego, desayunábamos en el porche.
Aquella mañana hice lo mismo yo sola. Nadé con furia, el desconsuelo me empujaba. Salí del agua, crucé la arena y subí los cinco peldaños hasta el jardín. Vi al vecino de al lado, esperando, miré yo también hacia el mar.  Del agua salia un hombre joven, desnudo, la playa seguía desierta, el vecino lo recibió, lo arropó con la manta de baño que llevaba, le frotó el cabello como lo haría con un niño y le beso. Pensé que debía ser su hijo. 
Al atardecer me senté a contemplar la versátil marina y su efímero púrpura. En el jardín contiguo, separado del nuestro por un bajo murete jardinera, estaban los vecinos ante una pequeña mesa, tomando vino. Los mire, ellos me saludaron levantando sus copas invitándome a pasar y compartirlo con ellos. Pensé que era una forma de salir, por un breve tiempo, de mi tristeza y del aislamiento voluntario de los últimos meses, acepté.
Me fije en el joven, en su belleza, era más alto que su padre, y ningún parecido con él. Adrián dijo que se llamaba, no tenía ningún acento. Su cabello era más claro, rizado, y una sonrisa espléndida. Lo más sorprendente eran sus ojos, grandes, casi dorados. En ellos había una mirada que me aduló, me sentí hermosa. Desde que mi marido murió, nadie me había mirado así.
Se nos hizo de noche, la charla había sido muy agradable y no sé cuanto vino llegué a beber. El joven fue el más ameno, el padre lo contemplaba mientras le acariciaba la mano. También yo acariciaba al perro que se había convertido en mi amigo, y descansaba su hocico sobre mi regazo.  Me levanté, somnolienta, para marcharme y sentí el mareo causado por el vino. El joven, amablemente me acompañó hasta mi puerta.
Fui directamente a la cama. Esa noche tuve un sueño placentero y extraño a la vez. Hacíamos el amor, el hombre era mi marido y el joven vecino fusionados en uno. Por la mañana, mientras daba mi paseo, la sensación seguía en mi cuerpo, lo recordaba intensamente, como una realidad vivida. Camine hasta donde siempre, ese día Buscón se vino conmigo.
A la vuelta nade un rato como de costumbre, esta vez, sintiendo el agua envolviendo mi cuerpo.  Cuando salí me cruce con Adrián, evito mirarme. Mientras me duchaba con la manguera del jardín, vi al padre al otro lado, mirándome, fijamente, su cara era una máscara inexpresiva, sentí frío.
Al atardecer volví a sentarme a contemplar el crepúsculo. En el jardín de al lado se repetía la escena del día anterior, el perro saltó el murete y vino a mi encuentro, el padre le llamó, pero él prefirió seguir con mis caricias. Me invitaron de nuevo a unirme a ellos, me disculpe, no quería molestarlos les dije; la verdad es que deseaba estar sola; insistieron, me sentí obligada por la amabilidad del día anterior y les propuse que pasaran ellos a mi casa; podía sacar yo un vino que tenía de reserva. Vinieron, Adrián seguía esquivando la mirada, lo hizo durante todo el tiempo. El padre fue el que hablo esta vez, de sus numerosos viajes. Era un hombre culto y sus relatos tenían interés. Volvimos a beber mucho, además de mi vino, también el que ellos trajeron.
No recuerdo lo que ocurrió aquella noche. Solo recuerdo la sensación y el dolor al despertar. El despertar de una pesadilla. Dormí sobre un lecho de canicas de cristal, azules. Me deslizaba con ellas y se me clavaban por el peso de otro cuerpo que me presionaba contra ellas; yo gritaba tratando de liberarme, nadie me oyó. Escuche el ladrido de un perro a lo lejos. 
Cuando desperté era avanzada la mañana, traté de levantarme y sentí un dolor inmenso, con esfuerzo lo conseguí y, cuando miré mi cuerpo tenía arañazos por todo él. En las sabanas había sangre. El pánico me paralizó durante unos minutos; salí de él finalmente. La puerta del jardín estaba abierta, me acerque a cerrarla y vi a Buscón tumbado en el césped, le llamé, no contestó, supe que estaba muerto. Llena de espanto cerré la puerta asegure todas las demás, cogí el teléfono y llame a la policía. El tiempo hasta que esta llegó, se me hizo eterno.
Les conté todo lo que sabía. Fueron a la casa de al lado, todo estaba cerrado, no había nadie. Llamaron a los dueños, unos vecinos que conocíamos de muchos años, dijeron que ellos no le habían alquilado la vivienda a nadie. Yo no pude aportar más detalles
Estuve ingresada dos días en una clínica. Pasado un tiempo puse la casa en venta, y no he vuelto nunca más por allí.




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