La Calle se llama Coleccionista Guerricabeitia. No es muy larga, unos cinco minutos desde Blasco Ibáñez a la Avenida de los Naranjos. A su izquierda hay un solar grande y sorprendentemente verde, un Serengueti para perros urbanos que todavía aloja en su interior a una humilde alquería, despistada desde hace años entre tanto edificio altivo. Después, la valla trasera del Instituto del Cabañal, con su acera jalonada de bancos rotos y concurridos, donde se hacen novillos de bajura, algún que otro porrito mañanero, se pela la pava y se almuerzan bocadillos imposibles. Otro descampado, éste pequeño y con una jungla de cañas repleta de gatos gordos y mal encarados. Unos campos de deporte universitario y, al fondo, la Avenida, el Tranvía a la Malvarrosa y El Poli.
Su derecha es mucho más simple y aburrida: el muro alto y continuo
del Cementerio del Cabañal. Y en su extremo, una placa metálica azul que recuerda
al prócer que debió merecer una distinción tan importante.
El Padre y la Hija caminan la Calle cada mañana. Van juntos
al Poli, cada uno a lo suyo. La Hija estudia y el Padre se cree que enseña, o algo
por el estilo. A veces van de la mano, o del brazo, pero al final de la tapia se separan.
Papá, tengo un prestigio en Clase y no quiero que me vean así, dice la Hija. El
Padre hace como que protesta, pero también siente cierto alivio. El Padre y la Hija hablan de muchas cosas. Sobre todo, la Hija. De sus planes, sus amigos y sus profesores: El Gnomo, Merchepótamo, Súper Gnomo, El
Monstruo de Tasmania, El Calvo de Mecánica y Caralimón… El Padre se parte de
risa, algunos son compañeros y ya nunca volverá verlos sin tener que disimular un poco.
Al pasar por la placa azul siempre surge la Pregunta ¿Qué coleccionaría
Guerricabeitia? El Padre no lo sabe y la Hija tampoco. Mucho mejor no saber, así juegan a imaginar. La Hija, cartesiana, asocia colección y cementerio: Guerricabeitia
era un arqueólogo decimonónico. Recorrió Oriente Próximo abriendo tumbas secretas
para encontrar ídolos sumerios, momias egipcias y cráteras griegas. El Padre,
en cambio, se fija en las cañas y lo imagina como un audaz entomólogo, vestido
de explorador con su salacot y su cazamariposas, cruzando peligrosas acequias y
tupidos campos de alcachofas para capturar raros especímenes de coleópteros y
mariposas. Una eminencia en bichos autóctonos valencianos, que luego sacrificaba
con éter y pinchaba cuidadosamente con alfileres dorados sobre el fondo de
corcho de una vitrina de caoba.
Hay más opciones, por supuesto, quinientos paseos a primera
hora dan para muchas historias. Por ejemplo, un bibliófilo excéntrico, especializado
en libros curiosos de autores medievales. Eso es, Guerricabeitia donó una
exótica colección de manuscritos insólitos: la novela negra de Ausias March,
un cuento erótico de Raimundo Lulio, un incunable con chistes de Tomás de
Aquino y el manual de recetas secretas de Averroes. O, por qué no, un
filatélico miope con una colección asombrosa de estampillas, pólizas de colores
y vitolas de puros. O un relojero loco, que acaparaba autómatas mecánicos de esos
que adivinan el futuro y pueden ganar cualquier partida de ajedrez. Hay mil posibilidades
sobre qué méritos acumuló el Coleccionista para ocupar un lugar tan destacado
en la tapia de un cementerio.
Una mañana de junio parece aclararse el misterio. El Padre y
la Hija encuentran un escarabajo enorme bajo la placa de la Calle. Es de un
raro metal verde, muy brillante, y está completamente inmóvil, parece muerto.
El Padre lo ve como una demostración palmaria. Entomólogo: este coleóptero singular ha
venido a presentar sus últimos respetos a su descubridor. De eso nada, dice la
Hija, es un escarabajo sagrado egipcio, que ha viajado por culpa de un
maleficio que desató el arqueólogo Guerricabeitia al profanar una tumba real.
Ha venido para vengarse. Mientras debaten, el escarabajo resucita, abre sus élitros y cruza pesadamente la tapia del cementerio. Ni siquiera saben si
Guerricabeitia vive o no, o si está enterrado al otro lado del muro. La duda permanece
y el misterio sigue abierto.
Lo que es seguro es que la Hija se marcha lejos el curso que
viene. Es sólo un año, dice ella con la boca, aunque sus ojos muestran justo lo
contrario. El Padre no se hace ilusiones: la vida nueva precisa aire fresco, y
el talento, oportunidades. Y no parece que ninguno de los dos extremos de la Calle
vaya a dar mucho más de sí. En el fondo es mejor, piensa, lo ha sabido siempre,
para esto lleva años preparándose, ¿no? para poder elegir. Y,
claro, ha elegido. Sus deseos pueden darlas vueltas que quieran, pero él sabe que la Hija no
volverá nunca.
El Padre sigue pasando a diario por la Calle. Ya ha pasado
más de mil veces más, aunque ahora el paseo es maquinal, como un acto reflejo. Medita sus cosas, planea las tareas del día o calcula el tiempo para su
jubilación, que ya empieza a parecerle interminable. Aunque, al ver cada día la
placa, es él quien se transforma por un rato en coleccionista, un coleccionista de
recuerdos.
Hoy le ha llamado la atención algo posado en la tapia. Una
libélula azul marino muy profundo, con alas grandes de vidriera Art Decó. Aunque
tiemblan levemente con el aire, el Padre sabe que está muerta. Debió acercase
anoche al calor del muro y ahí se ha quedado, prendida de la pared como un
broche. Sonríe otra vez al imaginar al entomólogo o quizás arqueólogo. Y, al
mirar a esa joya muerta, piensa por primera vez en hacer algo, tan evidente, que
no entiende que no se le haya ocurrido antes.
Cuando llega al despacho enciende el ordenador y busca en
Google: “Coleccionista Guerricabeitia”. Y ahí está: Jesús Martínez
Guerricabeitia, empresario, mecenas y, por supuesto, coleccionista. Un tipo
importante: hasta tiene una entrada en Wikipedia. Mientras lee, el Padre no
puede evitar un ramalazo de desilusión: ni arqueólogo, ni entomólogo, ni mucho
menos un coleccionista de artefactos exóticos. Ni siquiera decimonónico. Un exportador
de calzado que gastó parte de su tiempo y su dinero en juntar obras de arte contemporáneo.
No es que le parezca mal eso del mecenazgo, si hasta fue fundador de la
Editorial Ruedo Ibérico, pero hubiera preferido una foto en pantalones cortos y
con salacot. Y cazamariposas. Ya no quedan coleccionistas como los de antes.
El Padre quiere mandarle el enlace a la Hija, para que lo
lea cuando tenga un rato y recuerde los paseos y los debates imaginarios, pero
sospecha que esos episodios ya solo viven en su memoria y cambia de opinión. A
lo mejor es tiempo de pasar página y aprovechar las muchas oportunidades que
ofrece la vida. Y de ampliar horizontes. De momento, decide que se puede volver
a casa por dos calles hasta ahora inexploradas: la calle del Serpis o la de
Campillo de Altobuey. Cree que tardará exactamente lo mismo, es pura geometría.
Además, la palabra Coleccionista ha perdido de repente todo su interés.
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