Llegar a la
selva amazónica es más sencillo de lo que parece. Por cinco dólares tienes un
autobús desde Quito hasta Tena, una ciudad pequeña cerca del río Napo. Cinco
dólares y más de seis horas de viaje por una carretera alucinante que sigue el mismo
camino que llevó a Orellana hasta el Amazonas, hace casi quinientos años. Una
vez en Tena, el transporte se complica y ya es cosa tuya decidir hasta donde
quieres llegar, y cómo.
Yo iba a un sitio
llamado Ahuano, a 50 km de Tena. Un taxi hasta el embarcadero que hay al final
de la carretera (6 dólares) y, luego, un buen tramo en barca por el río (15
dólares, lo más caro del viaje).
Tenía reservada
una cabaña en una especie de campamento (lodge lo llamaba la propaganda),
regentado una pareja extraña y algo fuera lugar, especialmente en aquel lugar tan
fuera de cualquier referencia que yo hubiera conocido antes. Un chileno grande
y vehemente, que se pasaba el día protestando, a voces, por la indolencia de
los lugareños y la desorganización general del país. Una actitud sorprendente en
un un sitio remoto donde personas y mercancías sólo podían llegar en canoa. Su mujer era una
colombiana amable y silenciosa, que se dedicaba a la lectura, el yoga y la
contemplación. El yin y el yang, supongo. Además, había una cocinera y una
mujer que se encargaba de la limpieza. Y José, el guía. Mucha gente para un
único huésped en un sitio tan lejano en plena temporada baja.
José era un
indio al que un ecuatoriano de Quito llamaría quichua amazónico y que los
indigenistas de salón escriben ahora como kichwa. Los quichuas son realmente
una mezcla heterogénea de indígenas de la selva ecuatoriana (el Oriente se
llama allí) que, por caprichos del destino, han acabado hablando una lengua
lejana y completamente ajena a su cultura ancestral: el quechua. La cosa empezó
con los misioneros españoles, empeñados en transmitir la palabra de Dios
traducida a las lenguas indígenas. Al bajar de las montañas a la selva, descubrieron
que la confusión de Babel tenía un alcance mucho mayor del que sospechaban y
que allí se hablaban decenas de lenguas diferentes y sin relación entre ellas.
Y, como ya debían tener traducidos al quechua los catecismos y demás material
didáctico para salvar almas inocentes, los frailes no se vieron con fuerzas para
aprender el andoa, el secoya, el huao, o el shuar. Así que los cristianizaron a
todos en la lengua de Atahualpa, que se convirtió en el latín de
aquella zona de la Amazonía bajo la corona española. La fiebre del caucho
remató la faena hace 100 años, acabando con cualquier vestigio de identidad de
aquellas poblaciones que, sin embargo, hoy piensan que han sido kichwas desde que
Pachayaya los creara junto con la selva que les rodea.
Claro que José
no sabía ni una palabra de esta historia. Él se consideraba a sí mismo un
quichua del Napo, un napuruna, y, a pesar de hablar la misma lengua, no tenía ni
idea de quienes eran los incas. También hablaba español, aunque con un acento
curioso y un tono un poco brusco que acabé asociando a que realmente traducía,
en cada momento, lo que decía.
– Esas botas que
llevas no te servirán de nada – me dijo nada más verme disfrazado de Coronel
Tapioca para la intrépida vida del turista aventurero– se te van a llenar de
barro y entrarán sanguijuelas en cuanto andes un rato por el bosque. En tu
cabaña tienes un par de botas de goma altas, hasta la rodilla. El patrón te las
alquilará por dos dólares al día. Págaselos y las usas siempre que salgamos del
lodge.
Él llevaba chanclas,
se ve que no le preocupaban para nada las sanguijuelas ni los bichos.
– Y acuérdate de
llevar pantalones largos y camisa de manga larga. Si vas en camiseta y con esos
pantalones, los mosquitos te van a comer vivo.
Esto ya me
pareció excesivo, además de las chanclas, él vestía pantalones cortos con una
camiseta de manga corta, con propaganda del lodge. Debió adivinar mis
pensamientos y no me dejó preguntar.
– A mí no me
pican porque yo no sudo ni huelo como tú. Y no necesito botas porque sé dónde
piso, pero cuando vayamos al bosque también me las pondré.
La vida en
Ahuano es siempre igual. El sol sale a las 6 en punto todos los días de año. Sale de
golpe, en menos de 10 minutos se pasa de la noche cerrada a una luz cegadora. Un
desayuno en la choza hall-bar-restaurante y, al acabar, una bolsa con algo de
comida y agua para el almuerzo. Y José esperando con una canoa larga y con motor
para llegar al punto donde se iniciaba la excursión del día.
Alguna vez nos
cruzábamos con otra barca, pero generalmente sólo veíamos a mujeres
lavando o niños bañándose en la orilla. Nunca he sentido una sensación así, de estar lo más lejos posible de cualquier parte. Bajábamos por el Napo y subíamos por algún
afluente o afluente de algún afluente. Al llegar al punto elegido, dejaba la
canoa varada y empezábamos una caminata interminable.
– Si quieres ver
animales debes ir callado andando detrás de mí. Procura pisar donde yo piso y
no toques nada. Aunque no las veas, esto está lleno de arañas y escorpiones.
Los turistas andan por el bosque como si estuviesen en la ciudad y claro, con
tanto ruido los animales se alejan. Luego se enfadan porque no han visto nada
de lo que el patrón les ha prometido. Es de tontos venir hasta aquí para no ver
ni una oropéndola.
Y así pasábamos
el día andando sobre una pasta de barro y hojas putrefactas, bajo la sombra
verde de árboles inmensos forrados de setas gigantes, orquídeas y lianas,
viendo mariposas imposibles, serpientes, lagartijas de colores, sapos tremendos,
ranas venenosas y arañas de un aspecto terrible. Y toda clase de pájaros:
huacines, pavas, quetzales, oropéndolas y tucanes. Pero lo que más le gustaba a
José era hablar de las plantas.
– Mi padre es el
yachak (chamán) de la comunidad y conoce la utilidad de todas las plantas. Para
cicatrizar heridas, calmar picaduras, curar enfermedades, o para matar. Esa
liana que ves ahí es la planta del curare, el veneno de los shuar.
En uno de las
excursiones le pregunté si el puesto de chamán era hereditario y por qué no se
dedicaba a eso. No sé, seguro que los turistas pagarían por la experiencia de
conocer a un chamán de verdad y recibir sus sortilegios.
– Los chamanes
verdaderos no cobran dinero. Y para ser chamán debes tener conocimientos, pero
también el don. Mi padre me ha enseñado los conocimientos, pero el don no me ha
llegado de niño y no me va a llegar a mi edad, voy a cumplir cincuenta.
Eso sí que no me
lo podía creer, no es que no pareciera tener cincuenta, es que no aparentaba ni
siquiera treinta.
– Los blancos envejecéis
mal porque respiráis mierda, bebéis mierda y coméis mierda envuelta en
plástico. Y siempre andáis ansiosos y enfadados, como el patrón. Mira la gente
de aquí, parecemos más jóvenes y no enfermamos porque comemos comida natural y sólo
nos preocupamos por las cosas importantes.
Entonces yo
sacaba mi sándwich de la pringosa bolsa de plástico y me bebía el agua tibia de
una botella, también de plástico. Él traía su propia comida envuelta en hojas y
bebía té de guayusa de una botella de cristal. A veces remataba la comida con
unos sorbos de chicha que llevaba en una botellita
– Deberías
probarla, seguro que te iba a gustar. Lo
hacen las mujeres, fermentado la yuca con su saliva, después de masticarla concienzudamente.
Un día consideró
que mi buen comportamiento merecía el intento de ir ver a los monos
– Si quieres ver
monos tienes que tener paciencia. Perderemos toda la mañana para llegar a donde
viven y es posible que, una vez allí, no tengan ganas de dejar que los veamos.
Tú decides, pero luego no te enfades si no aparecen. Yo casi nunca llevo a los
turistas, porque hablan y hablan sin parar, no ven nada y luego se enfadan conmigo.
Los monos son caprichosos y hacen lo que quieren. Pero yendo los dos solos puede
que los veamos.
Efectivamente,
después de un viaje bastante largo por el Napo y otros afluentes más pequeños, llegamos
a una especie de laguna sin corriente, cerca de un claro. José apagó el motor y
me dijo:
- Ahora vamos a
esperar aquí. Dos horas y sin decir nada. Si en dos horas no se dejan ver,
tendremos que marcharnos. No se nos puede hacer de noche en el río.
Y los monos
vinieron. Al principio yo no vi nada, pero José oyó algo y miró a lo alto de un
árbol al fondo de la laguna. Había monos
aulladores, columpiándose en las ramas sobre el río. No uno, ni dos; muchos. Me
pidió mi cámara y estuvo haciendo unas fotos extraordinarias mientras yo disfrutaba
del espectáculo más asombroso que he visto en mi vida. A la vuelta estuvo más
hablador que de costumbre.
– Aunque desde aquí
parece que el mundo sea infinito y que no existe nada más que bosque, a cien kilómetros
hay un campo petrolífero. Los chinos han hecho una carretera al otro lado del
río, y un aeródromo. Allí había una comunidad de shuar y los soldados han
matado a los que no se han querido marchar, decían que eran agresivos. Nadie ha
protestado. Acabarán con esto tarde o temprano. Cien kilómetros de bosque no es
nada. Se lo comerán en pocos años.
El último día de
la estancia, el chileno impaciente me explicó que era costumbre dejar una
propina al servicio. Para que no hubiera disputas, era mejor que se diese a él
y ya se encargaría de repartirla entre los empleados. Entendí perfectamente el
mensaje y a la mañana siguiente, antes de desayunar, busqué a José para
despedirme a solas y darle la propina que había preparado. No quería aceptarla.
– El patrón es
el que recibe nuestras propinas. Se queda más de la mitad y reparte lo que
quiere, a veces nada. Si le dices que me la has dado a mí tendré problemas, ya
has visto cómo se pone. Yo trabajaría en otro sitio, me han ofrecido ser guía
en otros hoteles buenos en Puerto Tena y Misahuallí, donde vienen los gringos
con dinero. Pero vivo con mi familia en una cabaña de su propiedad y las
tierras que cultivamos también le pertenecen. No es que me queje, de verdad,
gano de sobra para mantener a mi familia.
Pero no quiero salir de aquí para acabar en una chabola en Tena o en
Quito.
Le rogué que se
quedase el dinero y preparé otro tanto para el patrón y evitar así un conflicto
seguro. Y regresé a Quito siguiendo la misma ruta que me había llevado hasta
allí.
No he vuelto a
saber de José; cómo podría, es imposible. No sé qué le habrá pasado durante la
pandemia ni cuánta selva se habrán comido ya las máquinas chinas. A veces me pregunto
cuántas excursiones le quedarán hasta que el ruido no lo hagan los turistas
patosos, sino los camiones y las sierras mecánicas acercándose. Y dónde podrán esconderse
los monos que se columpian, cuando quieren, a la orilla de un río que no se termina nunca.
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