miércoles, 2 de marzo de 2022

Brito. La reconstrucción

El día que murió su padre, a Brito lo atropelló un SEAT 131 Supermirafiori. Como una premonición, mientras el coche pasaba por encima de su zapatilla de paño a cuadros marrones, su padre se electrocutaba con un cable eléctrico de 5.000 voltios que sobrevolaba su cabeza. 


Llevaba zapatillas de “andar por casa”, que era todo lo que su familia se podía permitir en aquel momento. Brito podría haber llevado botas con puntera metálica reforzada, como llevaban la mayoría de los hijos de los obreros de La Fábrica, y no habría notado nada, pero su padre, sencillamente, no estaba para esas cosas.


El coche frenó, llevándose parte de la zapatilla en su rueda. Brito miró su pie, lo sacó de la zapatilla, tocó sus dedos, los movió, y gritó al conductor que hacía ademán de bajar: “no pasa nada”. Esa era siempre su manera de entender las desgracias: volaba por encima de ellas sin que le rozasen.


Entonces se giró, y lo vi temblar de una manera muy extraña, asíncopado. No era por el atropello, parecía un pequeño ataque epiléptico. Luego supe que, seguramente, se estaba electrocutando con su padre. Quizás la suela de goma de sus zapatillas le salvo de morir con él. Pensándolo bien puede que las botas con puntera metálica lo hubieran achicharrado. El propósito y el resultado no siempre van de la mano. Después siguió jugando al fútbol como si nada hubiera pasado.


Cuando Brito llegó a casa ese día me contó que enseguida supo que algo había pasado. 


Las vecinas rellenaban el rellano, se oían lloros dentro de su casa, y todos lo miraban con cara de pena mientras lo tocaban levemente, devotamente, como a un santo que cruzara ante ellos en una procesión. Una mano acariciaba la suya, otra le tocaba la cabeza y otra le rozaba la mejilla, y él simplemente avanzaba “bajo palio”, mientras algunas vecinas murmuraban sus letanías.


Su madre lo envío directo a su habitación sin apenas mirarlo, como si le estorbara. Cualquier madre habría abrazado a su hijo en un momento como ese, pero ella sabía que ese era su momento.


Brito supo que había llorado, y eso le preocupó, porque él sabía lo que su madre era capaz de aguantar sin llorar. 


Luego dejó la mochila, se quitó las zapatillas rotas y abrió discretamente la ventana de su habitación que daba a una pequeña terraza. Allí, una amiga de su madre comentaba a otra:


  • Ha tenido que ser terrible, estaba conduciendo una grúa que cargaba una bobina de acero. Dio marcha atrás para colocar la bobina en el camión.  Había un cable de alta tensión que no debía estar allí y lo tocó con el brazo de la grúa. Se quedó achicharrado como un pajarito.


Brito me contó que se imaginó a su padre chamuscado, negro, con los brazos y piernas estirados, como una codorniz demasiado pasada por la brasa. Y siguió comiendo su bocadillo tranquilamente…


  • “La Fábrica” siempre cuida de las familias de sus empleados, y mucho más en un caso así. La empresa os ofrece un millón de pesetas como compensación por el accidente. Con eso no tendrás que preocuparte por vuestro futuro o la educación de tus hijos. -le dijo el representante de la empresa.


  • El dinero no da la educación. Yo no quiero dinero. Solo espero que mis hijos puedan estudiar lo que quieran y que “La Fabrica” les pague siempre sus estudios. 


  • Lo podemos plantear, pero la empresa no puede seguir pagando si ellos no aprueban todo. Tendrás que comprometerte a que obtengan unas calificaciones mínimas. 


El representante de la empresa salió de aquella casa sabiendo que había conseguido un acuerdo muy favorable. Después vendería a sus jefes que había conseguido ahorrarle un millón de pesetas a “La Fábrica”. 


Esa noche su madre los reunió a él y a su hermana por primera vez, para decirles que sus calificaciones nunca debían bajar de notable. Que había renunciado a mucho dinero por tener la seguridad de que sus hijos siempre tuviesen pagados sus estudios. Esa frase la escucharía en su vida cientos de veces y se quedó grababa en su corteza prefrontal, como todas las creencias que se convierten en inamovibles. Después les contó, sin poder reprimir una leve sonrisa, que su padre había muerto electrocutado. Todos sonrieron nerviosos.


Esa noche, Brito estaba desvelado y se fue hasta la jaula de su hámster blanco. Lo cogió entre sus manos y lo acercó al enchufe. Cortó el cable del Scalextric, repeló el plástico con un cuchillo, e introdujo la clavija. Acercó los hilos de cobre del otro extremo al animal. Al tocarlo notó un leve temblor y un fuerte olor a quemado. Luego lo vio caer de lado con el ojo rojo abierto. Lo rozó con un dedo, pero el hámster no se movió. Seguía con el ojo abierto, pero no le miraba. Después cerró los suyos para concentrarse mejor y acercó lentamente el cable a su mano. Tocó los cables de cobre y notó como la electricidad atravesaba todo su cuerpo. Fue menos de un segundo, una sacudida rápida. Lanzó el cable lejos en un movimiento espasmódico y miró su dedo. Un pequeño agujero rojo, rodeado de blanco en los bordes, como el ojo de su hámster. Al día siguiente nos enseñó orgulloso su dedo de superviviente. 

Años más tarde, cuando compró una importante compañía eléctrica, me explicó que desde niño se sentía en deuda con la electricidad.


Después de terminar la carrera de derecho como número uno de su promoción, Brito consiguió su primer trabajo como abogado presentando un concurso de acreedores de una empresa de transporte. Ninguno de los camioneros pudo cobrar. Ningún proveedor. Ningún acreedor. Ningún banco. Ni siquiera el dueño de la empresa. Solo él cobró una buena minuta. Todos lo amenazaron, pero él voló como siempre, por encima de los ellos.


Con su primer sueldo se fue a Valencia, a la tienda Armani. Le atendió un dependiente amanerado y Brito fue muy conciso:


  • Yo no entiendo de moda, pero quiero ir siempre elegante.


El dependiente le buscó un traje negro de corte clásico. Se lo probó, se vio bien. En ese mismo momento compró cuatro trajes negros exactamente iguales.


Después de una salida a bolsa, de ser portada de los diarios económicos más importantes del país y de numerosas fotos con la familia real en su palacete de Mallorca, a Brito lo mató, metafóricamente hablando, una conversación telefónica. Villarejo registraba miles de conversaciones por orden del Presidente de un gran banco. Un día Brito recibió una llamada:


  • Varios accionistas del banco estamos pensando en provocar el relevo en la presidencia. Queremos saber si podemos contar contigo. 
  • ¿Quien está detrás? 
  • Moncloa
  • Por supuesto, pero quiero hablarlo en persona. 


El presidente del banco escuchó la conversación, gracias a Villarejo,  y ordenó a sus gestores de fondos que vendieran las acciones de la  empresa de Brito y también que todos los comerciales de su red aconsejaran a todos sus clientes la venta de las acciones de la empresa.


Todo su imperio se hundió…parecía que ya nunca volveríamos a oír hablar de él, pero Brito emergió, se sacudió como un perro mojado, y unos meses más tarde volvía a ser portada de todos los periódicos económicos de Brasil.

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