domingo, 16 de enero de 2022

Un poco más lejos

Sé que es imposible, que no tienen cuerdas vocales, pero esta mañana cuando pisé un caracol, hubiera jurado que gritaba. Le he pedido perdón y le he puesto unas ramitas alrededor a modo de entierro. 

Él confiaba en que su casita le protegería. Yo confío en que después del 1 va el 2, después de la A va la B. Y si apoyas un pie y después el otro, avanzas. Incluso con un mínimo de propulsión. Incluso si las tripas se te contraen y se expanden como si dentro de ti viviese un pequeño y monstruoso animal acuático. Das un paso y luego otro y te mueves. Puedes andar con los ojos hinchados o con picor detrás de las rodillas: igualmente avanzas y llegas donde te propones. 

Cada mañana hago el mismo camino, dejo atrás las playas y busco las rocas. Me esperan invariables, cada una en su postura.  Son amigas en las que me puedo apoyar. Me saludan y se alegran de verme. A mis preferidas les he puesto nombre, las palpo y les sonrío. Les digo gracias, amigas, por estar aquí y ser fuertes.

Me agarro a las certidumbres. Después del 1 va el 2. Un paso y otro paso te llevan hasta el acantilado. Es una fortuna tener dos piernas y un lugar donde esconderme hasta que el verano termine. Uno, dos, uno, dos. Qué suerte mis escarpines, el mar sin sirenas. El faro, incluso cuando no está encendido. Qué ganas de abrazarme a mí misma cuando saco de mi bolsita el sándwich de queso que me preparé hablando sola. Qué suerte que mis paredes me guarden. Perdóname, caracol, ¿podrás? 

Las tardes no las compensan los atardeceres. Tengo que acudir a mi cita con las rocas pero el cuerpo me pesa. El agua está demasiado fría. Un pie y después el otro mirando que no haya caracoles. Avanzo, me deslizo, he vuelto a llegar hasta aquí, un nuevo logro.  Qué terrible es destruir. Qué doloroso que te destruyan. Que te quiten tu refugio. Me meto en Google para corroborar que los caracoles no sienten más que de forma instintiva. No lloran. No aúllan. No les ponen nombre a las rocas. Son viscosos como las barras de bar. Como el pez que vive en mis intestinos. Como una vagina hambrienta. 

No existe para los caracoles nada que se le parezca a la felicidad y eso me hace preguntarme si sienten dolor.  Le doy muchas vueltas al hecho de que las casas deberían guarecernos. No es suficiente con nuestras edificaciones interiores. Necesitamos lo de fuera, lo que nos envuelve. La piel y las paredes. Las uñas. Una manta para dormir. Una toalla al salir del mar. Escribo estos pensamientos en mi libreta, compruebo satisfecha mi número de pasos. Me pongo el despertador para mi siguiente caminata y me digo a mí misma que cada día voy a ser un poco más roca. Duermo soñando con el camino que mañana me espera a la hora de siempre. El verano terminará, es un hecho, pero hoy me acuesto con la ilusión de que mis pies me lleven, cada día, al mismo lugar pero un poco más lejos. 


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