Pablo salió a correr
temprano, como todas las mañanas. Era su ritual preferido al empezar el día, con
el que conseguía activar su mente antes de dirigirse a la redacción del
periódico para comenzar su jornada laboral. El aire fresco del amanecer le
despejaba, le permitía pensar con claridad y le hacía capaz de resolver los
problemas con mayor lucidez.
Se encaminó hacia el puerto,
agradeciendo el suave viento cargado de humedad y de olor a sal que le impactaba
sobre el rostro. El día anterior había sido complicado. Por un lado, la oferta
desde la sección de Internacional. Por otro, la presión de Carol, rozando la
exigencia, para establecerse juntos por fin y proponerse formar una familia. Lo
que estaban haciendo todos sus amigos, vaya. Parecía que acercarse a los
cuarenta llevaba implícito que tu vida cambiase por completo, que se diese la
vuelta como un guante, para mostrar el cálido relleno de lana, en lugar de la piel
brillante, tersa y resbaladiza que había lucido hasta entonces.
Llegó a los tinglados casi
sin resuello. La preocupación por tener que decidir la deriva de su vida le
había hecho apretar el paso más de lo acostumbrado. Se detuvo a tomar aire.
Contempló los trasatlánticos, los barcos de vela para pasajeros adinerados, los
yates de mayores y menores pretensiones. Todos ellos ofrecían la misma
oportunidad, la de vivir nuevas experiencias, la de dejar atrás lo conocido.
Los miró con envidia.
Un sonido que armonizaba perfectamente
con el escenario le impulsó a mirar hacia el cielo. Una bandada de gaviotas
emitía graznidos desaforados mientras se introducía entre las nubes, con las
alas extendidas, sugiriendo un sinfín de posibilidades, de rutas, de lugares
por explorar. «No pensar, solo dejarse llevar por el viento, ser arrastrado por
las corrientes de aire, sin rumbo fijo», reflexionó Pablo ante el espectáculo.
Le parecía un horizonte lleno de atractivos, y los ruidos emitidos por las
aves, una invitación a seguirlas.
Volvió la vista a tierra, y
se disponía a empezar a correr de nuevo, cuando vio algo que le llamó la
atención en el pantalán más próximo. Acercándose, distinguió una compacta
aglomeración de plumas blancas y grises. Una de las gaviotas no había podido
seguir a sus compañeras. Pablo contempló fascinado cómo la desafortunada daba
sus últimos estertores. Apoyada sobre sus patas, pegado el torso al suelo para
mantener el calor, se estremecía en silencio. Los ojos y el pico cerrados en
sendas líneas rectas, las alas pegadas al cuerpo, se cobijaba dentro de sí
misma, intentando proteger el débil hálito de vida que le quedaba. La
insultante libertad de que habían hecho gala sus hermanas contrastaba vivamente
con la vulnerabilidad de aquella, que se esforzaba por sobrevivir sin aparente
esperanza.
Tras unos momentos de resistencia,
la gaviota abrió sus alas lentamente, se inclinó hacia delante, doblando el
cuello hasta apoyar la blanca cabeza en el suelo, y dejó de moverse definitivamente,
quedando postrada en una última reverencia ante el mar y el cielo azul e
infinito.
Pablo se quedó allí de pie, hipnotizado por la imagen, durante un par de minutos.
Después echó mano al móvil
que llevaba en el soporte del brazo, y buscó un contacto que tenía en
Recientes.
–¿Torres? Sí, soy yo, perdona
que te llame tan temprano… Cuenta conmigo para la corresponsalía.
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