sábado, 15 de enero de 2022

LIBERTAD

 


Pablo salió a correr temprano, como todas las mañanas. Era su ritual preferido al empezar el día, con el que conseguía activar su mente antes de dirigirse a la redacción del periódico para comenzar su jornada laboral. El aire fresco del amanecer le despejaba, le permitía pensar con claridad y le hacía capaz de resolver los problemas con mayor lucidez.

Se encaminó hacia el puerto, agradeciendo el suave viento cargado de humedad y de olor a sal que le impactaba sobre el rostro. El día anterior había sido complicado. Por un lado, la oferta desde la sección de Internacional. Por otro, la presión de Carol, rozando la exigencia, para establecerse juntos por fin y proponerse formar una familia. Lo que estaban haciendo todos sus amigos, vaya. Parecía que acercarse a los cuarenta llevaba implícito que tu vida cambiase por completo, que se diese la vuelta como un guante, para mostrar el cálido relleno de lana, en lugar de la piel brillante, tersa y resbaladiza que había lucido hasta entonces.

Llegó a los tinglados casi sin resuello. La preocupación por tener que decidir la deriva de su vida le había hecho apretar el paso más de lo acostumbrado. Se detuvo a tomar aire. Contempló los trasatlánticos, los barcos de vela para pasajeros adinerados, los yates de mayores y menores pretensiones. Todos ellos ofrecían la misma oportunidad, la de vivir nuevas experiencias, la de dejar atrás lo conocido. Los miró con envidia.

Un sonido que armonizaba perfectamente con el escenario le impulsó a mirar hacia el cielo. Una bandada de gaviotas emitía graznidos desaforados mientras se introducía entre las nubes, con las alas extendidas, sugiriendo un sinfín de posibilidades, de rutas, de lugares por explorar. «No pensar, solo dejarse llevar por el viento, ser arrastrado por las corrientes de aire, sin rumbo fijo», reflexionó Pablo ante el espectáculo. Le parecía un horizonte lleno de atractivos, y los ruidos emitidos por las aves, una invitación a seguirlas.

Volvió la vista a tierra, y se disponía a empezar a correr de nuevo, cuando vio algo que le llamó la atención en el pantalán más próximo. Acercándose, distinguió una compacta aglomeración de plumas blancas y grises. Una de las gaviotas no había podido seguir a sus compañeras. Pablo contempló fascinado cómo la desafortunada daba sus últimos estertores. Apoyada sobre sus patas, pegado el torso al suelo para mantener el calor, se estremecía en silencio. Los ojos y el pico cerrados en sendas líneas rectas, las alas pegadas al cuerpo, se cobijaba dentro de sí misma, intentando proteger el débil hálito de vida que le quedaba. La insultante libertad de que habían hecho gala sus hermanas contrastaba vivamente con la vulnerabilidad de aquella, que se esforzaba por sobrevivir sin aparente esperanza.

Tras unos momentos de resistencia, la gaviota abrió sus alas lentamente, se inclinó hacia delante, doblando el cuello hasta apoyar la blanca cabeza en el suelo, y dejó de moverse definitivamente, quedando postrada en una última reverencia ante el mar y el cielo azul e infinito.

Pablo se quedó allí de pie, hipnotizado por la imagen, durante un par de minutos. 

Después echó mano al móvil que llevaba en el soporte del brazo, y buscó un contacto que tenía en Recientes.

–¿Torres? Sí, soy yo, perdona que te llame tan temprano… Cuenta conmigo para la corresponsalía.

 

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