domingo, 30 de enero de 2022

Sonata de otoño



–No corras tanto, Sara, que la salida de la autopista ya no puede estar lejos… Mira, ahí la tenemos, gira a la derecha y luego otra vez.

La conductora se giró brevemente dedicándole una sonrisa irónica al copiloto, quien no se percató, enfrascado en descifrar las indicaciones de la pantalla del móvil. Qué lástima, Carlos era buen chico, y le gustaba, incluso habían pasado un par de noches juntos después de alguna sesión interminable de trabajo en la productora y las copas posteriores, pero su carácter serio y precavido, y quizá también la evidente adoración que sentía por ella, la disuadían de mantener otra relación con él que la estrictamente profesional.

El vehículo de alquiler dejó atrás la confortable autopista bordeada de árboles y se internó en el monte por una carretera secundaria en muy buenas condiciones. Pronto vieron las indicaciones, «Pazo de Oca», mientras aumentaba la frondosidad de los bosques y disminuía la frecuencia de aparición de las casitas diseminadas por la campiña. A Sara tanto el verde paisaje como los cielos cargados de nubes y la luz en tonos fríos que estas filtraban le resultaban familiares, eran muy similares a los de otra parte de Galicia en la que había pasado los veranos de su infancia con su abuela materna.

Al aproximarse a la verja de entrada pudieron distinguir la majestuosidad de la barroca construcción de piedra oscura, rodeada de cuidados jardines tallados en formas caprichosas, y las espadañas de la iglesia. Aunque sesenta años antes Juan Antonio Bardem ya había filmado allí la misma historia, sin duda no había mejor escenario para el rodaje de «Sonata de Otoño», la nueva adaptación de la novela de Valle-Inclán.

Sara aparcó delante de la verja, y bajó del coche con cuidado de no meter sus botas en ninguno de los charcos provocados por la lluvia, fina pero continua, que los había acompañado desde el aeropuerto de Santiago. Se resguardó bajo un tejadillo, y miró hacia el interior de la finca, extrañada de no ver a nadie.

–¿Cuál era el nombre del guardés que se suponía que nos esperaba? Aquí no hay nadie.

–Francisco Núñez. ¿Quieres que le haga una llamada? –contestó Carlos bajando la ventanilla.

–Poca cobertura tenemos, me temo.

–Es la única persona que vive aquí. Se ocupa de mantener esto en buenas condiciones hasta que vuelvan a abrirlo al público. Hace unos meses se produjo una serie de incidentes, una teja cayó sobre la cabeza de una mujer, se encontró un perro muerto en el salón principal de la casa, luces que se encendían y apagaban… era como si la casa estuviera expulsando a sus visitantes, y la Xunta decidió cerrar el Pazo hasta que se calmase la histeria colectiva. Lo que nos viene genial para rodar la película, por cierto.

Tras media hora de vana espera, y varios bocinazos para advertir de su presencia, sobre el camino que llevaba a la casa apareció por fin una figura humana. Era un hombre mayor, probablemente pasaba de los ochenta años, que vestía con elegancia ropa de cazador. Se dirigía hacia ellos a buen ritmo, que denotaba su fortaleza.

–¿Es usted Francisco? –le gritó Sara–. Habíamos quedado en vernos hoy, ¿verdad? Somos de la productora, ¿puede abrirnos?

Carlos salió por fin del coche, estremeciéndose al golpearle una ráfaga de viento frío.

El anciano abrió la puerta de la verja en silencio. Sara enhebró entre exclamaciones de frío y un tono de cierta irritación una perorata en la que le explicaba quiénes eran y qué localizaciones de la finca estaban interesados en visitar: el salón de la casa señorial, la iglesia, los jardines, las caballerizas...

El hombre les indicó que entraran con un gesto. Cerró la puerta con llave detrás de ellos. Sin decir palabra les fue acompañando por los lugares que había mencionado Sara, quien iba anotando en su tablet las observaciones que le hacía Carlos, quien no dejaba de mirar todos los rincones con interés.

De repente el hombre rompió su mutismo.

–¿No quieren ver la bodega? Les llevaré hacia allí.

Se encaminaron a un edificio de techo bajo. El anciano sacó una gran llave de hierro y abrió la puerta. Bajaron tres altos escalones, y se encontraron en el centro de una sala, rodeados de barricas de vino. La luz tenue que entraba por el vano de la puerta formaba sombras con sus figuras sobre el suelo de cemento.

El hombre empezó a dar una explicación sobre la historia de la casa. Hablaba lentamente, y tenía una voz profunda, y buena dicción.

–Este Pazo se levanta sobre una antigua fortaleza medieval de los señores de Oca, que pasó a manos del Arzobispado de Santiago hasta que fue devuelto por el Papa al rey Felipe II…

Su oscura voz se calentaba a medida que iba hablando, e iba subiendo en intensidad. Mientras hablaba miraba fijamente a Sara, quien se sentía incómoda, pero a su vez no podía apartar la vista de los ojos azules y chispeantes del anciano, ni dejar de escuchar su subyugante voz. Carlos, inquieto, miraba hacia todas partes.

–Hacia 1735 se construyó la torre almenada del Pazo, y pocos años después se trazaron los jardines y se levantó la capilla…

El anciano no escatimaba detalles, y el discurso se hacía más y más largo. Fuera, el cielo se había vuelto más gris y las nubes más amenazantes, y el interior de la bodega era cada vez más oscuro. Carlos empezó a moverse entre las barricas, buscando algo.

Bruscamente, el anciano elevó el tono de voz, mientras retrocedía hasta la puerta.

–Así que, como ven, esta es una casa señorial, con siglos de historia. Y yo soy D. Alfredo Fernández de Córdoba, el legítimo propietario de la misma, por más que los duques de Medinaceli se hayan empeñado en desposeer a mi rama de la familia. Y no voy a consentir que nadie venga a molestarme en los últimos días de mi vida, que he decidido pasar en el que tenía que haber sido mi hogar.

En un movimiento rápido se dio la vuelta y subió los escalones ágilmente, espoleado por la rabia expresada en su mirada, y empuñando la llave intentó cerrar la puerta. Pero Carlos se adelantó, e introdujo en el quicio el mango de una pala que había mantenido detrás de su espalda en los últimos minutos, impidiendo que la puerta se cerrase, y que le sirvió para hacer palanca y abrirla de par en par de nuevo. D. Alfredo cayó de espaldas, quedando tumbado en el barro, aparentemente inmóvil, como si todas sus fuerzas le hubieran abandonado con el golpe.

Sara contemplaba la escena con estupor. Vio cómo Carlos se adentraba en la bodega y se dirigía a una esquina, manteniéndose agachado unos momentos, y al poco empezó a oír unos balbuceos de una voz desconocida con fuerte acento gallego.

–Me atacó… Vino hace unos meses, me dijo quien era y le dejé establecerse en una de las casas de jornaleros… No sabía que podía pasar esto…

Carlos ayudó a Francisco a levantarse, y le acabó de quitar la mordaza y las cuerdas que le tenían amarrado.

–Vámonos de aquí cuanto antes –dijo con determinación.

Sara obedeció, aún paralizada por la sorpresa. Y cuando consiguió reaccionar, sonrió y supo que en adelante le iba a mirar con otros ojos.

 

1 comentario:

  1. Maravillosa como siempre...y sorprendente relato de ¿terror? ¿amor?¿morriña gallega? Cómo puede caber tanto en tan pocas líneas.

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