viernes, 14 de enero de 2022

EL BÚHO

Con ojos de gélido vidrio, en retenida muerte, me miran los dos búhos disecados desde los extremos del aparador, como candelabros extintos. Detrás de ellos, en el gran espejo que les sirve de fondo, también estoy, de pie, enlutada, sola, después de que todos se hayan ido.

En la cabecera de la larga mesa está su silla, como un trono vacío, si él estuviera allí su cabeza se vería en el espejo escoltada por los búhos, veteada de blancos y grises como las plumas que cubren sus cuerpos. Al otro lado estoy yo, de frente, ocupando su lugar; y mi pelo es tan rubio que parece blanco; herencia de mí madre que según mi padre soy su misma imagen. Es por eso que a él todos le llamaban El Búho; incluso yo le he llamado siempre Búho. Y, a mí, que me llamo Maria, todos me llaman La Lechuza. 

Búho estuvo siempre a mi lado; a mi madre no la recuerdo, murió durante mis tres años. Él le fue fiel hasta la muerte, así que Búho y yo estuvimos siempre solos. Siempre, si levantaba la vista de cualquier cosa que yo estuviera haciendo, si el estaba cerca, su mirada estaba fija en mí y cuando no estaba yo sabía que sus ojos, ausentes, me seguían viendo. Conocía mis pensamientos, mis movimientos, cuando entraba, cuando salia, con quién y cómo. Lo ultimo que veía antes de dormirme eran sus ojos, intensos, de centinela, de pupilas profundas como la noche. Estaba en mis sueños, presente, una, y otra, y otra otra vez... En esos sueños, voy caminando pero mis pies no rozan el suelo; es de noche oscura, por una ciudad que no reconozco, tengo la certeza de que llegaré, pero no sé a dónde, sé que es un sitio determinado que desconozco, sé que me he perdido y no sé porque; pero algo me empuja a seguir, empuja suavemente como el ala de un pájaro, como una suave caricia en mi espalda y, sin embargo, es apremiante.

Una caricia en la mejilla, como el ala del sueño, me despertaba y allí estaban sus ojos, con su circulo solar bordeando la noche. Y su mirada, sin palabras, decía, hay que levantarse. Hay que ir al colegio. Hay que ir a la universidad. Tienes que venirte conmigo a trabajar. 

Trabajar con El Búho era estar a su lado, de pie, como un soldado escoltando a su general, en silencio, aprendiendo, observando: cada gesto, cada mirada, cada palabra; de cada una de las personas que se presentaban ante él: proponiendo, suplicando, pidiendo, informando. Luego a solas los dos, en silencio, me enfrentaba a su mirada y yo sabia que el sabia, con solo mirarme, si había entendido todo lo que necesitaba saber para continuar su legado. El arco de sus cejas me indicaban su grado de satisfacción, si apuntaban hacia arriba, entonces, en silencio nos oíamos. 

Todo el mundo en nuestro entorno sabe quien era Él Búho: y le veneraban, y le envidiaban, y le temían. Él, les miraba fijamente, y en cada uno de sus ojos ellos veían la luz, y la profunda oscuridad. Y adivinaba de cada uno de los solicitantes sus pensamientos, sus deseos, sus necesidades, sus sentimientos, su estado de ánimo. Y su silencio los envolvía; un silencio que más tarde llegaban a comprender cual era su alcance. 

Hoy, después del entierro todos han levantado sus copas para brindar ¡Por el Búho! ¡Por el Búho! ¡Por el Búho! luego han guardado silencio. Uno de sus hombres, que yo no conocía: alto, moreno, con ojos brillantes y negros; ha llegado hasta mi, ha levantado su copa y con una ligera reverencia ha dicho, ¡El Búho ha muerto, brindo, por la Lechuza! Luego ha besado mi mano, y todos los demás le han seguido.

Los ojos de mi padre, que también son los míos, están en el espejo, intercambiamos miradas como cuando él estaba. La lampara de bronce de seis brazos con sus tulipas encendidas está también en el espejo; queda sobre mi cabeza y es una corona grande y pesada. Y en el cuadro también están los dos búhos, ellos son el emblema de mi estirpe. Levanto mi copa y brindo con la imagen. Y pienso, Búho llevaba razón cuando interpretó mi sueño. Y dijo; en algún momento de tu vida sabrás cuando has llegado al lugar que tienes que llegar.



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